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Fecha: 20010318

Título: Si Dios te visita, ¿que frutos puede encontrar?

Original en audio: 23 min.


El dueño de aquella planta fue a buscar fruto y no lo encontró; el dueño de nuestras vidas es Dios, Él fue el que nos plantó, y Dios quiere encontrar fruto en sus plantas, Dios quiere encontrar fruto en nuestras vidas.

La primera reflexión para este día es esa: si Dios te visita, ¿qué frutos puede encontrar? ¿Qué frutos está dando tu vida? Es una pregunta que tenemos que hacernos siempre, pero que conviene hacerse sobre todo en este tiempo de Cuaresma.

Se acerca el tiempo de Pascua, se acerca el recuerdo y la celebración de la vida nueva que Dios trajo a este mundo a través de la predicación, de las obras y de los padecimientos de Cristo.

Cristo ha regado por el campo del mundo la semilla de su Palabra, esa Palabra ha sido regada sobre todo con el poder del Espíritu de la Pascua. Se acerca el recuerdo y la celebración de la Pascua, ¿qué hemos hecho con la semilla que Dios nos ha dado? ¿Qué hemos hecho con el amor que Dios nos ha dado? ¿Qué hemos hecho con la Palabra que Dios nos ha dado?

Todo lo que nosotros tenemos, todo hay que examinarlo en la presencia de Dios y preguntarnos qué hemos hecho con lo que Él nos ha dado, porque somos la siembra de Dios y Dios quiere encontrar fruto en nosotros.

Hay una santa dominica del siglo XIV que se llama Catalina de Siena, ella dice que se puede comparar, en un árbol, las hojas son como las palabras, y los frutos son como las obras; hay vidas que son como árboles que tienen hojas y hojas, pero no tienen frutos; tienen muchas palabras, prometen muchas cosas, tienen buenas intenciones, tal vez, pero los frutos no se ven.

¿Cuáles son los frutos de nuestra vida? ¿Qué está dejando nuestra vida? Una manera de preguntarse esto es ponerse ante la realidad de la muerte: "Si yo me muero hoy, que puede pasar, un accidente, un atentado o lo que sea, si yo me muero hoy, ¿qué queda de mí? ¿Qué estoy esperando para dar fruto bueno?

¿O seré yo un árbol que sólo tiene hojas y hojas, pero que nunca dio fruto? O peor, ¿un árbol que ha dado fruto malo? ¿Qué queda de mí?

Por ejemplo, un padre de familia tiene que preguntarse: "Engendré a unos hijos, ¿qué hice de mis hijos? ¿Quiénes son esos hijos? ¿Cómo son? Una madre de familia tiene que preguntarse: “Ahora que yo me voy a morir, ¿con qué se van a quedar mis hijos?" No hablo de las paredes de una casa, ni de los surcos de una siembra, hablo del corazón, ¿qué queda en el corazón?

Un joven tiene que preguntarse: “Me voy a morir, -esta semana estábamos llevando al cementerio a un muchacho que tenía unos veinte años-, ¿qué queda de mí?" Cada joven tiene que preguntarse eso: "¿Qué queda de mí? ¿Una colección de cassettes o de CD’s? ¿Un poco de ropa para que la repartan? ¿Una libreta de teléfonos que nadie va a usar? ¿Qué he sembrado yo que merezca permanecer, que valga la pena?

Un santo muy grande de la Iglesia, que se llama San Agustín, decía que para reformar la vida, es decir, para convertirse, pero una verdadera conversión, lo que uno tenía que preguntarse era esto: "¿Qué queda, qué vale de lo que estoy haciendo para la eternidad? ¿Qué merece durar?"

Por eso es tan importante el sacramento de la confesión, porque en la confesión nos volvemos hacia Dios y reconocemos que hay muchas cosas que hemos hecho y que son frutos malos.

"De pronto me voy a morir, -puede decir alguno de los aquí presentes-, me voy a morir y lo único que queda de mí es el recuerdo de las trampas que traté de hacer en los negocios, de las mentiras que dije en el amor, de los malos ejemplos que le di a mis amigos, del egoísmo con el que me presenté ante mis vecinos, de la indiferencia que tuve ante el dolor de mi prójimo".

Es muy triste llegar a la hora de la muerte y decir: “Dios no tiene un fruto bueno que encontrar en mí, el único que se va a alegrar con que yo me muera es el dueño de la funeraria", es muy duro tener que decir eso, "y el único que se va a entristecer cuando yo me muera es el dueño de la cantina, los demás, ni pena ni gloria".

Hermanos, este es el tiempo de la gracia, este es el tiempo de la conversión, cada uno tiene que preguntarse eso, "nadie tiene la vida comprada", dice el refrán. Cada uno tiene que preguntarse: "¿Qué queda de mí?”

Hay una respuesta que nos da nuestra fe cristiana: lo único que verdaderamente queda, lo único que verdaderamente vale es lo que se hace en el amor y por el amor: amor de Dios, que es el que merece llamarse amor, porque a veces llamamos amor al deseo que tenemos de que nos amen.

San Pablo nos advierte en la segunda lectura que escuchábamos hoy: no nos fiemos de que somos el pueblo de Dios, porque ya hubo gente que se consideró pueblo de Dios, esos que estuvieron por el desierto, y dice: "La mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto" 1 Corintios 10,5.

Lo único que permanece, lo único que vale la pena es el amor. Las personas que uno recuerda con cariño son las personas que le dieron verdadero amor, las personas que lleva uno en el corazón son las personas que verdaderamente amaron.

Yo le puedo asegurar, si le pregunto a cualquiera de ustedes, o si me pregunto a mí: "¿Usted a quién recuerda con cariño? ¿A quién recuerda?" Seguramente usted va a nombrar a las personas que le dieron verdadero amor.

Mis amigos, no esperemos más tiempo, que esta Cuaresma no pase inútil para nosotros, no esperemos más tiempo, hay una resolución que hay que tomar y esa resolución es: “Le voy a decir sí a Dios, voy a aceptar la Palabra del Señor. Yo quiero creer en ti, Señor, quiero recibir tu Palabra en lo profundo de mi alma. Señor, yo te acepto, dame, Señor, de tu amor”.

Hay una cosa muy interesante en la lectura del evangelio: esa mata no había dado frutos, pero el dueño dijo: “Vamos a esperar todavía un año y vamos a echarle abono” San Lucas 13,8. Con la paciencia de Dios, y con el abono que Dios nos eche, nosotros vamos a poder dar fruto.

Hoy tenemos que decirle al Señor: “Tal vez mi vida ha sido una cosa estéril, ha sido como la vida de un animalito: comer, dormir, aparearse, divertirse y seguir comiendo, durmiendo, apareándose y divirtiéndose".

"Tal vez mi vida ha sido como la de un animalito; pero hoy, Señor, hoy yo te pido que me tengas paciencia; hoy te pido, Señor, regálame un poco de tiempo para cambiar mi vida; hoy, Señor, te pido que me regales de tu fuerza, de tu abono, hazme fecundo". Seguramente Dios va a responder a esa súplica y nosotros vamos a dar fruto.

¿Y cuál es el abono? A las matas a veces se les echa estiércol animal para darle abono, ese es el abono para la planta, pero a una persona hay que darle otro abono.

¿Cuál es el abono espiritual que nos da Dios para que nosotros podamos ser fecundos? La Palabra, la Palabra, hermanito, usted tal vez tiene en su casa Palabra. Así como el abono animal sirve para darle vida a la plantica, y a veces la rejuvenece, le da vigor para ver si da fruto, aquí tenemos, vea, un ejemplo, la Palabra.

¿Qué está haciendo esa Biblia empolvándose por allá en un rincón de su casa? La Palabra. “Ah, pero es que yo no entiendo la Biblia, es que es muy difícil la Biblia”. ¡No, señor! Cuando llegan los protestantes ahí sí van y desempolvan la Biblia, ¿no?

No es difícil, tome la lectura del Evangelio, tome las Cartas de San Pablo, tome los Salmos, empiece por ahí; abra la Palabra, y cuando abra la Palabra dígale a Dios: "Señor, mi corazón ha sido seco, estéril, a mí esas cosas de religión ni me han gustado; pero ahora, Señor, yo te pido: quiero que tú hagas fecunda mi vida". Ahí está: abono para que su vida se vuelva fecunda.

Más abono, porque uno solo, sigue igual de seco como ha sido toda la vida. Más abono: la oración. Usted por la mañana en su casa, o por la noche, o durante el día en su trabajo, usted puede hacer oración, y usted a través de la oración va a hacer fecunda su vida.

La oración es como ese alimento, es como ese abono que le va a dar fuerza a su vida; utilice ese abono, utilice esa fuerza.

Si se siente triste, descorazonado, desanimado, si se siente tentado de pecar, no pelee sólo con sus fuerzas, dígale a Dios: “Señor, necesito tu abono, necesito tu fuerza, solo no voy a poder; yo quiero ser fecundo, Señor, yo quiero que me regales de tu vigor, estoy como cansado, me estoy aburriendo de ser bueno”.

En estos días venía un padre de familia aquí a la casa cural y me decía: “Mis hijos están pensando irse para la violencia, están cansados de ser buenos, están aburridos, porque los están matando”.

Pues usted no se canse de ser bueno, usted no se canse de buscar el bien, la paz para todos, la justicia, no se canse; si usted siente que se le están acabando las fuerzas, levante sus brazos al cielo y dígale al Señor: " Señor Dios, mis fuerzas se están acabando, necesito refuerzo, necesito vigor, necesito abono, necesito, Señor, de ti”.

No vas a hacer una oración de carrera, como por salir del paso; hay gente que pasa por la iglesia, pero pasa y se traza la señal de la cruz como si estuvieran espantando moscas, y uno no sabe si se están arrodillando o se están cayendo, y salen corriendo.

Una oración echa de carrera y mal no sirve de vida, no sirve de abono, yo estoy hablando de la oración del corazón, esa oración sincera que nace de aquí, de las entrañas, esa oración con la que usted le dice a Dios y le enseña a decir a sus hijos: “¡Señor, te necesitamos, Señor!”.

No son oraciones dichas por rutina, son oraciones del corazón, oraciones sustanciosas, jugosas, esas son las oraciones que cambian el alma.

Si su hijo lo único que ve de usted es un papá desesperado que no hace sino quejarse: "¡Ah, esta situación! Ah, es que esto! ¡Ah..." Y maldiga y eche pestes, ¡su hijo se cría como un resentido!

Yo quiero invitar, ya que Dios nos trajo hoy un buen grupo de señores que son jefes de familia, cabezas de hogar, yo quiero invitar sobre todo a los papás: sean lideres de oración en sus casas, enséñenle al hijo que esto no es deshonra: “véngan, mis hijos, vamos a rezar y es a rezar bien, esto no es de carrera, esto no es por salir del paso.

Usted sabe muy bien que la situación está difícil, mis hijos, vamos a rezar y a rezar bien, y no se limiten a las palabras que se repiten, ustedes, desde el fondo del corazón, hagan oración, pídanle a Dios".

Llevamos dos abonos, vea: la Palabra y la oración, eso es fecundo. Le doy otra pista: las obras de misericordia, ese es alimento, ese es abono. ¿Usted no ha sentido esa alegría, ese sabor dulce en la boca, ese calorcito rico que le da a uno cuando se hace una obra buena?

"Que yo soy muy pobre, que yo no puedo dar nada". Mire, por lo menos escuchando, aconsejando, sonriendo, rezando, intercediendo, compartiendo un pocillo de agua de panela, usted puede hacer una obra buena. saque usted, sauqe de su casa, de su despensa, de su ropita, de lo suyo, la caridad no es un privilegio para los ricos, la caridad es un derecho maravilloso que todos tenemos.

Tome usted de lo suyo, de su tiempo, de su alegría, ¿a quién le estará impedido aquí ir a visitar a un enfermo que está solo, esa señora a la que nadie voltea a ver? Usted puede hacer una obra de misericordia, vaya, sienta el amor, deje que Dios le sonría por esos ojos del pobre, del anciano, del enfermo, del que está deprimido.

Cuando esa persona que está tan sola, tan triste, tan pobre le sonríe a usted, es Dios que le está mandando esa sonrisa a usted, y eso le va cambiando el corazón a usted, y le va dando ganas de ser bueno hasta el último día de la vida, y ese es el abono para el corazón.

Pero si usted vive solo ocupado de sus negocios, haciendo platica, la que pueda hacer, para luego gastársela como la quiera gastar; si usted sólo vive para usted y para sus amigotes, el corazón se le llena de miedo, de egoísmo y de sequedad.

No, mi amigo, usted me va a hacer el favor, a través de la oración, a través de la lectura de la Palabra, a través de las obras de misericordia, deje que Dios le riegue con abundancia ese campo del corazón y usted empezará a sentir que usted da fruto.

Y cuando llegue el día, que tendrá que llegar, de salir de esta tierra, usted va a sentir en el corazón: "Mi vida valió la pena, viví diecisiete años, .hay gente que se muere a los diecisiete-, viví veinte años, -hay gente que se muere a los veinte-, viví treinta, o cuarenta, o setenta años, mi vida fue un regalo, mi vida dio fruto para la gloria de Dios.

Ánimo, mis hermanos, pueblo mío, ánimo, llenémonos del rocío de lo alto, vamos a llenarnos del poder del Espíritu Santo, vamos a llenarnos de oración, y de Palabra de Dios, y de solidaridad, y de misericordia; vamos a llenarnos de vida, y verá cómo podemos extender el Reino de Dios, que es reino de vida, de justicia y de paz.