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Fecha: 20010318

Título: Aprovechemos la misericordia que Dios nos regala, porque no sabemos cuando vamos a morir

Original en audio: 21 min.


Amados Hermanos:

No cabe duda de que la muerte nos pone a pensar sobre la vida. Así sucede en nuestro tiempo y así sucedió en el tiempo de Cristo. Los que mueren en accidentes, los que mueren por la violencia de los hombres son siempre motivo de dolor, pero también motivo de reflexión.

Y Jesucristo en este Evangelio quiere que nosotros tomemos esas muertes y descubramos en ellas no una razón para juzgar a nadie, porque no vamos a decir que nosotros somos mejores o peores que las personas que han muerto en accidentes, en emboscadas o en lo que sea.

No entremos en esos juicios que son difíciles de sostener, pensemos más bien que Dios tendrá que ocuparse de todos los que mueren y que nosotros, que estamos todavía vivos, tenemos un motivo profundo de reflexión y de conversión por la muerte de esas personas.

La muerte nos invita a valorar el curso de la vida. Cuántas muertes suceden en edades tempranas. La primera muerte que yo recuerdo fue la de un compañero mío de colegio; yo tenía seis años de edad y él tenía siete. No sé qué extraña enfermedad se llevó a este niño.

Y yo estuve en el entierro de ese niño y no entendía nada y no sabía bien cómo portarme en la iglesia, pero ya se me había muerto un compañerito.

Y de las personas que se graduaron conmigo en la secundaria, ya tres han muerto. No sé si así le sucederá a todo el mundo, pero ese es el caso de mi vida. Uno por una enfermedad, otro por un accidente, otro por un problema congénito en el corazón y una cierta irresponsabilidad de él.

Pero yo estoy vivo, estoy aquí por voluntad de Dios, lo mismo que ustedes, mis hermanos. Podría no estar aquí.

En mi familia hay una enfermedad genética de la cual murió mi madrina de bautismo, pero nosotros supimos que ella tenía esa enfermedad con que se la llevó Dios. Ella, tía mía y madrina de bautismo, murió a los cuarenta y uno o cuarenta y dos años.

Yo no me he hecho los exámenes, presumimos que yo no tengo esa enfermedad, pero podría ser, yo podría estar muy cercano a la muerte, como muchos de ustedes, porque ¿quién está libre de un accidente o de tantas cosas que pueden pasar?

No nos quedemos diciendo palabras tristes solamente sobre la muerte, sino pensemos que cada día es una oportunidad. Un padre que me daba clases a mí en la universidad, un día nos hizo este juego: empezó a preguntarnos a los estudiantes: "¿Usted cuántos años tiene?" Y cada uno iba diciendo los años que tenía, que yo tengo veinticinco, yo tengo treinta, yo tengo veintisiete.

Y él a todo el mundo le decía sonriéndose: "Usted no sabe que tiene esos años". Claro, uno se quedaba extrañado y decía: ¿Qué será lo que nos quiere enseñar este padre? ¿Qué será?

Y así nos preguntó a cada uno de los estudiantes, tampoco éramos muchos. Cuando ya habíamos terminado todos, y él a todos nos había dicho: "Usted no sabe si tiene esos años", entonces nos dio esta explicación:

Si usted tiene cien pesos y se ha gastado setenta pesos, ¿cuántos pesos tiene? Pues treinta. Si usted tiene una caja de naranjas y se ha comido veinticinco naranjas, ¿cuántas naranjas tiene? Pues las otras, las sesenta y cinco. Lo que usted tiene es lo que todavía le queda.

¿Usted cuántos años tiene? Lo que uno tiene que responder es: "Yo no sé cuántos años tengo. Sé que me he gastado ya treinta, o treinta y cinco, o cuarenta, o sesenta años; ya me he gastado, ya me comí cuarenta años, ya me comí cincuenta años, ¿cuántos años me quedan?

Yo no sé, cada día es un regalo, cada día es una oportunidad, uno no sabe cuántos días le quedan. ¿Usted cuántos años tiene? Yo no sé.

Si le hubiéramos preguntado, por ejemplo, a uno de esos pobres que murieron en el avión supersónico, hay un avión supersónico que se llama el Concord. El año pasado hubo un accidente, uno de esos aviones supersónico y super modernos se incendió y se estrelló.

Y a mí me conmovió mucho, casi me hace llorar, el caso de una pareja, alemanes ellos. Toda la vida ahorrando, con ese temperamento metódico que tienen los alemanes para hacer todas las cosas, ahorrando, ahorrando, ¿para qué? Para el paseo de la vida, ellos querían irse a dar el paseo de la vida.

Él era un jubilado, ella era un ama de casa, habían ahorrado toda la vida y quería que el gran paseo de la vida, el gran paseo empezara en el mejor avión del mundo.

Si le hubiéramos preguntado a ese señor, un hombre bueno, como usted seguramente, tal vez como yo; a un hombre bueno que no ha hecho sino trabajar honradamente, si le hubiéramos preguntado a ese señor, que todavía no era un anciano, aunque ya estaba jubilado: "¿usted cuántos años tiene?"

Él hubiera dicho, después de entender el juego del padresito aquel: "Seguramente me quedan quince, veinte, treinta años para disfrutar; ahora sí voy a gozar, he trabajado duro toda la vida, he ahorrado y ahora me voy a dar la gran vida".

Y no era un pecador, no era un malvado, no era ningún criminal, era un hombre bueno. Y llegó al aeropuerto de París y se subió al avión supersónico, super moderno, el mejor del mundo, menos de dos minutos después lamentablemente, había muerto ese señor.

Cuando él llegó a París, no tenía idea de que le quedaban apenas unas horas de vida. Y así nos pasa también a nosotros. Tenemos que ser conscientes del momento que estamos viviendo. No podemos aplazar el tiempo de la amistad con Dios y decir: "Cuando yo sea viejito, me voy a volver amigo de Dios".

Uno de mis compañeros de colegio, de esos que murieron, era un muchacho piadoso. Cuando nosotros estábamos en la primaria, por allá en tercero o cuarto, nos dio por volvernos piadosos, nos volvimos dizque piadosos.

Íbamos con él y con otros amiguitos a la iglesia, nos arrodillábamos, no sabíamos ni qué era orar, pero ahí nos arrodillábamos un ratico y mirábamos a Cristo, y luego salíamos a jugar el partido de fútbol o a jugar a las escondidas.

Y luego ese muchacho creció, y él cuando fue joven era un muchacho piadoso, él participaba de la Pascua Juvenil Dominicana que organizaban los Padres Dominicos allá en el convento, y era feliz hablando con el que hoy es Monseñor Leonardo y con la hermana Beatriz Charria, y hablando con los catequistas.

Él se sentía feliz en la iglesia, y de pronto algunos amigos de él ¿sabe qué decían? -Este muchacho se llamaba Harold-, "este Harold es un pendejo, este Harold anda en cosas de viejas, tanta rezadera, tanto grupo, tanta oración, ¿para qué? Eso son cosas de mujeres".

Oiga, ¿quién se iba a imaginar que ese muchacho con esa juventud, con esa alegría, con esa oración, se estaba preparando para el encuentro con Cristo?

Salimos del bachillerato, cada uno entró a una universidad distinta, un día me encuentro con un compañero y me dice: "Si sabe lo que pasó? Harold se nos murió". Harold estaba preparando su encuentro con Cristo.

Por eso el evangelio de hoy es un evangelio que nos está gritando: ¡No le dé largas al asunto! Es que no es porque usted sea hombre o porque usted sea mujer; esto no es porque usted sea joven o porque sea viejo; no le dé largas al asunto.

Dios tiene paciencia, sí; Dios tiene amor, sí; Dios tiene misericordia, sí. Sí, claro que tiene amor, misericordia y paciencia, sí. Pero nadie sabe cuánto tiempo le queda. Aprovechemos la misericordia que Dios nos da.

Esa misericordia fue la que apareció en la parábola que dijo Cristo en el evangelio de hoy: había una mata que no daba frutos, el dueño quería arrancarla, pero el administrador le dijo: "No la arranque todavía; vamos a darle otro plazo, vamos a moverle la tierra y a echarle abono, y quién sabe si de pronto dé fruto"San Lucas 13,8. y el dueño dijo: "Bueno, vamos a dejarla, pero un año más".

Yo me pregunto cuántas veces son la oraciones de las personas, porque hay personas santas en este mundo, y las oraciones de las mamás, y las oraciones de los santos Ángeles las que le han dicho a Dios: "no lo arranque todavía, déjelo que todavía da fruto, de pronto deja esa vida perra que está llevando y se convierte y entra en una vida verdaderamente cristiana".

Aquí donde usted me ve, una vez estaba yo travesando la paralela de la Autopista Norte en Bogotá, era yo un joven estudiante de secundaria, estaba lloviendo mucho y yo no veía nada por estas gafas. Por allá entre brumas me pareció que se acercaba el bus que me servía, fui a atravesar la calle y resulta que no fue un carro el que me atropelló, sino yo el que atropellé a un carro.

Por una milésima de segundo pasó delante de mí un carro, de manera que no me cogió de frente, sino que yo volteé la puerta del lado del carro, di una vuelta como un trompo, caí al suelo y un jeep que venía a toda velocidad alcanzó a ver un bulto ahí y me esquivó por unos centímetros.

No les digo mentiras, una centésima de segundo que yo hubiera avanzado más, y aquí no estaría este padre predicando esto. Y así como yo le cuento esta historia, usted seguramente tiene historias similares porque a usted también le han pasado cosas de esas.

Uno lo que tiene que decir en ese caso no es: "¡tan de buenas yo!", no. Uno tiene que acordarse del capítulo 13 del Evangelio de Lucas y decir: "Dios me dio otra oportunidad, Dios me dejó otro rato, quién sabe quién intercedió por mí".

Hay una historia impresionante que ha salido por la televisión, la historia de un sacerdote que tuvo un accidente de tránsito. Oiga, y este padre cuenta esa historia, que como dicen, le pone a uno la piel de gallina.

Él cuenta cómo sintió que se moría, que abandonaba el cuerpo, y dice cómo se encontró con el rostro de Cristo, aunque no vio a Cristo sino a una especie de luz, y en un instante esa luz le mostró lo que él había sido en la vida, lo que él había hecho, no lo que otros habían hecho sino lo que él había hecho, y le mostró que su destino era el infierno.

Un padre y Dios le mostró -eso lo cuenta él mismo- que su destino era el infierno, ¿y por qué? Porque él era un sacerdote mediocre, que además poco se confesaba y cuando se confesaba se confesaba muy mal, porque él creía que como era sacerdote no tenía que confesarse o que podía confesarse de cualquier manera.

Y este señor sintió que Cristo, con esa majestad y con esa serenidad, le mostraba la realidad de su vida, y él sintió que una fuerza se lo quitaba hacia el abismo, hacia el infierno y él sintió que eso era lo justo con él, y en eso oyó la voz, así como pasó en el Evangelio de hoy, de una mujer, una mujer que le decía a Cristo: "déjalo, déjalo otro poquito".

Lo del Evangelio de hoy tal cual sólo que aquí no fue un administrador, sino una administradora y ustedes ya saben cómo se llama esa administradora. Y le dijo esa administradora, la Santísima Virgen, a Jesús: "déjalo que yo voy a rezar por él y él se va a convertir en un buen sacerdote tuyo."

Y Cristo, que ya le había mostrado a este hombre cómo eran las cartas, atendió el ruego de la Virgen, porque lo que nos cuentan las bodas de Caná, se sigue cumpliendo, la intercesión de María es poderosa.

Y entonces Cristo dijo: "por tu ruego, acepto", y este hombre, cuentan los médicos que ya estaba clínicamente muerto, empezó a recuperar los signos vitales y llegó a reestablecerse y pudo volver a decir Misa y pudo volver a predicar.

Claro, imagínese cómo será ese ministerio de ese sacerdote después de eso que le pasó. Él, poseído por el fuego del Espíritu Santo, no pierde un minuto en la oración, en la predicación, en el testimonio, en el estudio.

Él vive su vida actualmente, porque está vivo todavía, de una manera muy santa y ha dado ese testimonio que lo pasaron por la cadena de televisión EWTN.

Y lo han podido oír millones de personas, para que sepamos que la vida es seria, que Dios tiene paciencia que la intercesión sirve, vale, y también para que sepamos que tenemos que convertirnos porque tarde o temprano, de eso sí no se escapa nadie, hay un día en que hay que presentar cuentas a Dios, y no son las cuentas del vecino, ni las del hijo, ni las del papá, ni de la esposa, ni de la suegra, ni del enemigo, ni del amigo, son las cuentas propias.

Hermanos míos, volvamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda la sinceridad de corazón, con todas nuestras fuerzas y Dios, movido por los ruegos de los Ángeles y de los santos, nos va a recibir, va a convertir nuestras vidas, y le va a dar otra oportunidad a nuestra patria, a nuestro pueblo y al mundo entero.

Son los ruegos de los Ángeles, son los ruegos de los santos, son las oraciones de muchos de ustedes las que logran evitar catástrofes, por eso tenemos que orar sin cesar, de día y de noche, con humildad, con confianza y con amor, porque con la oración Dios va a dar una nueva oportunidad a mucha gente, seguramente también a nuestro pueblo y a nuestro país.