Ck02006a
Este es el segundo domingo de Cuaresma. Recordaremos, seguramente, que en el primer domingo veíamos a Nuestro Señor Jesucristo en el tiempo duro, el tiempo de la prueba, el tiempo de la tentación (cf. Lc 4,1-13). El panorama es completamente distinto en este segundo domingo: aquí lo contemplamos radiante, rodeado de luz (cf. Lc 9,28-36). Podríamos decir, que el tiempo de la tentación, lo encuentra rodeado de las tinieblas que se abalanzan contra Él; en la Transfiguración, en cambio, de Él sale la luz que envuelve a sus discípulos, a sus seguidores, a sus apóstoles más cercanos.
Lo primero que debemos preguntarnos en este domingo, es: ¿Por qué ese contraste?; el domingo pasado veíamos al Señor, en las horas malas, difíciles, y ahora lo vemos rodeado de gloria y esplendor. Ahí hay una enseñanza para nosotros: como sucede todos los años, se tiene como primer domingo de Cuaresma, “Las Tentaciones”; y, como segundo domingo de Cuaresma, “La Transfiguración”; entonces, ahí está la síntesis, podríamos decir, de lo que nos aguarda entre la Cuaresma y la Pascua. Estos dos domingos, son como una síntesis del camino de la vida de Cristo, y del camino de la vida cristiana: El Cristo, que padece en el desierto, y que es vejado por el demonio en el desierto, de alguna manera, anticipa el misterio de la Cruz; el Cristo, glorioso y transfigurado, muy posiblemente, sobre el monte Tabor, ese Cristo, de alguna manera, anticipa la resurrección. Así, que el primer mensaje de hoy es que en estos dos domingos, está como la síntesis de la Cuaresma y de la Pascua.
Lo segundo que podemos observar, es que el Evangelio de hoy ha sido tomado de San Lucas, pues, estamos en el ciclo C de las lecturas dominicales y, como sabemos, cada domingo toma un texto de este evangelista; el año entrante tendremos el ciclo A, en donde será San Mateo quien nos guíe; y, el siguiente año, ciclo B, tendremos a San Marcos. Así, la Iglesia nos va dando distintas luces, distintas perspectivas para contemplar el misterio del único Cristo. Pues, bien, el hecho de que el segundo domingo de Cuaresma tenga siempre la Transfiguración, nos invita a preguntarnos, qué hay de especial en la versión que nos presenta San Lucas. Y, sí hay un detalle que no debemos dejar perder: Lucas es el único evangelista que nos dice que Jesucristo estaba en oración (cf. Mt 17,1-9; Mc 9, 2-10); la oración acompaña este misterio hermoso de la Transfiguración. Podríamos decir, que de algún modo, la oración es la que hace posible ese baño y esa manifestación de la gloria divina en la humanidad de Cristo.
Y la buena noticia es que eso también se cumple en el caso nuestro; una vida cristiana marcada por la oración, es una vida transfigurada. A través de la oración, nosotros aprendemos a descubrir en lo ordinario y en lo común de nuestra vida, el resplandor de la presencia del Señor. Es muy interesante, en el misterio bello de la Transfiguración, ver cómo los evangelistas nos dicen que las ropas que Él usaba diariamente han brillado, podríamos decir, su cotidianidad ha brillado; lo que Él es de manera ordinaria, ha manifestado su esplendor. Lo mismo sucede con nosotros: cuando el cristiano se llena de esa virtud preciosa de la oración, sus ropas, lo ordinario de su vida, se llena de esplendor, se llena de gracia, se llena de belleza. ¡No te pierdas esa oportunidad!, ¡no te pierdas de ese resplandor!; deja que Dios ilumine lo sencillo y cotidiano de tu vida, con el esplendor de su amor, y entonces también tu existencia será Transfiguración y será Evangelio.