Catp011a

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El 22 de febrero, nuestra Iglesia Católica celebra la Cátedra de San Pedro. Cátedra, es la expresión que se utiliza para indicar la silla adornada y solemne, con que los antiguos maestros enseñaban. Todavía se usa esa expresión: por ejemplo, cuando se dice que tal o cual persona es catedrático, indicando que tiene una cátedra, es decir, el que enseña con un título particular, el que enseña con autoridad.

Hoy estamos recordando la Cátedra de San Pedro, porque Pedro es el primero entre los apóstoles, siempre mencionado así, en primer lugar, en todas las listas del Nuevo Testamento. Pedro es el único que ha escuchado algunas palabras de Cristo que no se dijeron a ningún otro apóstol; sólo a este apóstol le dijo el Señor: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18); sólo a él le dijo: “Yo he orado por ti, para que tu fe no desfallezca”; solo a él le dijo: “Tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22,32); solo a Pedro le dijo: “Guarda, cuida mis ovejas” (Jn 21,15). No son ovejas de Pedro, son ovejas de Cristo; pero, Cristo dijo estas palabras solamente a Pedro: “cuida, pastorea, alimenta a mis ovejas”. Por eso sabemos que hay un misterio de amor y unión con Cristo, que es propio de este apóstol, y de ningún otro. A ese servicio particular, al que Cristo llamó a este apóstol, lo llamamos el “Ministerio Petrino”, o sea, el Servicio Petrino; “Ministerio Petrino”, es el don particular, el carisma particular con el que Cristo dotó al primero entre los apóstoles, para cumplir una misión absolutamente única, que se condensa bien en aquellas palabras: “Confirma la fe de tus hermanos”.

Entonces, aunque todos los sucesores de los apóstoles, es decir, aunque todos nuestros obispos, tienen el encargo de enseñar con autoridad el Evangelio, es solamente este apóstol Pedro y sus sucesores, los que han recibido el oficio particular y el carisma particular, de confirmar en la fe, incluso a sus hermanos en el episcopado. Este encargo, este don, es el que nosotros, católicos, reconocemos en la persona del Papa, porque el Obispo de Roma, es precisamente el sucesor de Pedro. Hay una secuencia ininterrumpida, de casi trescientos nombres, que va desde Pedro hasta el Papa Francisco, y esa secuencia, que llamamos “sucesión apostólica”, contiene nombres de grandísima virtud, así como también otros que no han sido, en cuanto seres humanos, un ejemplo de verdadera virtud, sino más bien de vicio; pero, en medio de sus virtudes y de sus vicios, el carisma particular del sucesor de Pedro, permanece. Es deseable, por supuesto, que el Papa, el sucesor de Pedro, tenga gran virtud como persona, pero lo que le constituye en un ministerio específico, lo que le hace exactamente sucesor de Pedro, es ese Ministerio Petrino del que hemos hablado.

Y así encontramos en la historia de la Iglesia, que algunos Papas, aunque como personas fueran tan deficientes en sus virtudes, sin embargo, supieron confirmar en la fe a sus hermanos. Eso es lo que hay que pedir del Papa; por supuesto, esto reclama de todos nosotros gratitud, obediencia y también amor y oración. Nuestros deberes para con el Papa son esos: gratitud, por la entrega de su vida; obediencia, porque tiene un carisma particular que Cristo le ha dado; y luego, amor, porque ese es el vínculo que nos une, ese es el lazo que nos une en el rebaño de Cristo. Por supuesto, este amor se expresa en forma de oración; así, en particular, el Papa Francisco ha pedido muchas veces que oremos por él, y así lo hacemos, y lo seguiremos haciendo por él y por aquellos hombres, que escogidos por Dios, cumplan esa misma labor. Demos gracias al Señor por el Papa; oremos con constancia por él; pidamos al Espíritu Santo, que le haga crecer en toda virtud, pero sobretodo, que el timón de la barca de Pedro, esté siempre firme en las manos de Francisco y de sus sucesores.