Camino de Sanación Tema 5 de 5
Mis Hermanos:
Cuando Jesús hizo su primer milagro en las bodas de Caná, estaba María; cuando Jesús muere en la Cruz, al pie de la Cruz está María; cuando los Discípulos imploran el don del Espíritu Santo, cercana ya la fiesta de Pentecostés, ahí está María. María acompaña el nacimiento y el crecimiento del pueblo de Dios.
Es apenas natural, porque ese pueblo nuevo de Dios, es también el cuerpo de Cristo, y ese pueblo nuevo de Dios, que es el cuerpo de Cristo, no puede nacer de otro corazón o de otro vientre, sino de allí donde nació la cabeza de ese cuerpo.
Los bebés no tienen dos mamás, ¿qué tal un bebé que tuviera una mamá para la cabeza y otra mamá para el cuerpo? Eso no puede ser. La misma mamá de la cabeza es la mamá del cuerpo. Cristo es la cabeza, la mamá de la cabeza es María, la mamá del cuerpo es María. Las mamás no tienen dos amores, un amor para la cabeza del bebé y otro amor para el cuerpo del bebé. la mamá, con el mismo amor con que ama la cabeza, ama el cuerpo. María, con el mismo amor con que ama la cabeza, que es Cristo, ama al cuerpo de Cristo, que somos nosotros.
María no tiene dos amores, María tiene un solo amor que se llama Jesucristo, y María nos ama en razón de Jesucristo, por eso se llama a la Santísima Virgen "Madre nuestra en el orden de la gracia", porque María ama a Cristo, ama que Cristo se forme en nosotros, quiere que Cristo se forme en nosotros, esa es María.
El amor de María es un amor en razón de Cristo. La manera como María nos ama es para que en nosotros se forme Jesucristo. Se puede decir que en el Bautismo recibimos como una semilla de la vida cristiana, esa semilla tiene que crecer. El Apóstol San Pablo nos dice, en el capítulo cuarto de la Carta a los Efesios, que Cristo tiene que crecer en nosotros hasta alcanzar su plenitud. Tenemos que llegar a la madurez del hombre perfecto en Cristo. Y ese crecimiento de Cristo en nosotros, eso es exactamente lo que María quiere para nosotros.
Estas son las palabras de San Pablo. Dice él: "Yo, el prisionero de Cristo, les exhorto a que se muestren dignos de la vocación que han recibido. Mantengan entre ustedes lazos de paz, permanezcan unidos en el mismo Espíritu. Ustedes han sido llamados a una misma vocación y a una misma esperanza"Carta a los Efesios 4,1-4.
Y luego dice: "Hasta que todos alcancemos la unida en la fe y el conocimiento del Hijo de Dios, y lleguemos a ser el hombre perfecto, con esa madurez que no es otra cosa que la plenitud de Cristo" Carta a los Efesios 4,13.
Hermanos, Cristo tiene que crecer en nosotros y llegar a la madurez en nosotros. El mismo Apóstol San Pablo dijo en la Carta a los Gálatas. "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí" Carta a los Efesios 2,20. Cristo había crecido, Cristo había tomado posesión de su reino en la persona de San Pablo. Cuando Cristo crece en una persona, esa persona crece en la santidad.
Y cuando podemos decir con San Pablo. "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí" Carta a los Gálatas 2,20, en ese momento se habla de santidad. Ser santos es eso: ser santos es el fruto de haberle dado permiso a Cristo para que crezca en nosotros, ¿pero quién acompaña ese crecimiento? La misma mamá que acompañó el crecimiento de Cristo cabeza, y esa es María. María, que acompañó el crecimiento de Cristo cabeza, María acompaña el crecimiento de Cristo en ti.
Eso es lo que María quiere hacer en tu vida: quiere acompañar ese crecimiento, "hasta que llegues a una plenitud, a una madurez" Carta a los Efesios 4,13, dice San Pablo, hasta que "seamos santos e inmaculados en su presencia por el amor" Carta a los Efesios 1,4.
Entonces María tiene una verdadera maternidad en nosotros: maternidad espiritual, pero no maternidad fantasiosa o imaginada, no es una maternidad irreal, es una maternidad espiritual, porque es en el orden del Espíritu, en el orden del Espíritu Santo, que es el que va formando a Cristo en nosotros.
El Ángel Gabriel le explicó a María: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti" San Lucas 1,35, ese es el mismo Espíritu que viene en nosotros, ese Espíritu forma a Cristo en nosotros, ese Espíritu nos renueva, nos transforma. Ese Espíritu que renueva la faz de la tierra, quiere que dejemos atrás las obras antiguas, dejemos el hombre viejo marcado por el peso del pecado, y seamos criaturas nuevas, renovadas en la hermosura de Jesús. Decía San Pablo: "Llevamos en nuestro rostro descubierto la gloria de Cristo" 2 Corintios 3,18.
Y María está ahí acompañando ese proceso, María está ahí con una verdadera maternidad. Por eso, la vida del cristiano, sea que lo sepa o que no lo sepa, está siempre acompañada de la presencia, la intercesión y el ejemplo de la Santísima Virgen. Esto se cumple, incluso, para los protestantes, que es una cosa que me parece muy triste. El protestante niega a María, pero María no niega al protestante; el protestante le da la espalda a María, pero María no le da la espalda al protestante.
María mira con amor a los musulmanes, a los ateos, a los judíos, a los agnósticos, a los nueva era, a los protestantes, porque María solamente quiere una cosa, María sólo quiere que Jesús se forme en todos nosotros, que aparezca la gloria de Cristo, porque María no tiene otro amor, María no tiene otro proyecto, María no tiene otra forma de vida; su corazón inmaculado, habitado por el Espíritu Santo, solamente conoce y entiende de la gloria de Jesús, del Evangelio de Jesús, del poder de Jesús. Y ella está ahí, sea que la reconozcas o que no la reconozcas, sea que la invoques o que o la invoques, Ella quiere que Jesús tenga victoria en tu vida y en todas las vidas.
Pero, por supuesto, es mucho más sencillo si tú reconoces esa presencia. Ella de todas maneras va a estar. Y al final de los tiempos, la intercesión, el ejemplo y la maternidad espiritual de Nuestra Señora se hacen sentir en la humanidad. Sea que la llamemos o no la llamemos, Ella está. Como una mamá, aunque el hijo se le vuelva ingrato, ella sigue siendo mamá; aunque el hijo le dé la espalda, ella sigue siendo mamá; aunque el hijo traicione y huya, ella sigue siendo mamá.
María está ahí acompañando el peregrinar de la humanidad entera, esperando y apresurando la hora de Jesús en cada ser humano y en el conjunto de la humanidad. Pero es más sencilla la vida, es mucho más clara, mucho más luminosa si reconocemos esa presencia.
Las mamás acompañan con su cariño, con su palabra, con su amor y con su apoyo las vidas de los hijos. Pero especialmente una mamá sabe que tiene que hacerse presente cuando el hijo o cuando la hija está en dificultades. Mientras una mamá tenga salud, si sabe que un hijo tiene un problema, ahí se presenta, porque ella, porque la mujer que es madre, sabe y entiende perfectamente que es ministra de la vida, esa es la hermosa vocación que tiene la mujer desde su ser en cada una de sus células, en la estructura de su cerebro, ¡qué vocación tan hermosa, al mismo tiempo tan exigente!
La mujer es ministra de la vida, y como ministra de la vida da vida, cría la vida, cuida la vida, repara la vida, sostiene la vida. La mujer experimenta de un modo único la fuerza de la vida, la experimenta en su propio cuerpo, se sabe fecunda, tiene una connaturalidad, tiene una profundidad espontánea y natural para reconocer las fuentes de la vida.
Y por eso, la mujer sabe que ahí donde hay mayor dificultad, ahí donde hay mayor dolor, ahí donde hay mayor precariedad, ahí es donde se necesita más ayuda. Es tan fuerte ese impulso en antas mujeres, que a menudo la mujer resulta más valiente que el hombre. En Colombia tenemos una Congregación de religiosas misioneras, la gente las conoce como las Misioneras de la Madre Laura. Este nombre proviene de una mujer llamada Laura Montoya. Laura Montoya fundó esta comunidad de misioneras, y estas misioneras son reconocidas en mi país, -supongo que están en otros sitios también-, son reconocidas por su increíble audacia.
Donde no llegan los sacerdotes, donde no llegan los misioneros varones, mucho más allá, en la jungla misma, ahí están las Misioneras de la Madre Laura aprendiendo lenguas nuevas, aprendiendo a convivir con indígenas, evangelizando el Nombre de Cristo en poblaciones que no aparecen en ningún mapa. ¿Qué lleva a estas mujeres a esa audacia maravillosa? Ese impulso de vida, porque el impulso vital de la mujer tiene una expresión en formar un hogar.
Pero la mujer que no tiene hogar, no por eso deja de ser fecunda, por eso tenemos tantas misioneras laicas y religiosas, que encuentran una fecundidad maravillosa entregando la fuerza de su creatividad, la fuerza de su generosidad, la fuerza de su ternura y de su alegría en lugares remotos, en situaciones extremas.
Así también tenemos a esa mujer que vivió en nuestra época, murió no hace mucho, la Beata Madre Teresa de Calcuta. Lo que nadie se atrevía a hacer, aquellos a los que nadie quería acercarse, esos fueron objeto de predilección para la Madre Teresa. En el sistema de castas que tiene la India, los últimos de los últimos son llamados los "parias". Según ese sistema absurdo, sistema de castas, los parias no merecen nada, ni siquiera que se les voltee a mirar.
En Calcuta, la inmensa metrópolis cargada del escándalo de una desigualdad sin parangón, en Calcuta, una pequeña y menuda mujer, la Madre Teresa, se dedica a la empresa imposible de recoger indigentes, recoger moribundos, recoger pordioseros, recoger gente drogada, enloquecida, ancianos solos, los cuida con amor, los asea, le da alimento, y en cuanto ve una oportunidad, quiere acercarlos al corazón de Cristo.
¿Por qué esta mujer llega hasta ese extremo? Por la misma razón que la Madre Laura parte hacia la jungla del Amazonas, porque ella tiene dentro un impulso de vida, una fuerza de vida, y ella sabe que será feliz solamente si da vida.
¡Qué grande, qué maravilloso es el corazón de la mujer cuando es fiel a su vocación de ministra de la vida! ¡Qué grande esta Madre Teresa de Calcuta! ¿Qué grande otra mujer, Chiara, así dicen en italiano, Clara, diríamos en español, Chiara Lubich. En el norte de Italia arrecia la Segunda Guerra Mundial, estamos hablando de mil novecientos treinta y nueve, cuarenta, cuarenta y uno. En la ciudad de Trento, sí, la misma ciudad donde se reunió el famoso Concilio que lleva ese nombre.
En el siglo XVI, en la ciudad de Trento, los vecinos viven con enorme sobresalto, es época de guerra, las alarmas están encendidas, las puertas a los refugios antiaéreos están abiertas. Saben ellos que en medio de la noche una sorpresa desagradable puede llegar. El rugido de los aviones cargados de muerte, y en cuanto se siente llegar el rugido de ese monstruo, las sirenas, las alarmas despiertan a la población que dormía. Enormes cornetas despiertan de manera brutal a los vecinos que apenas alcanzan a arroparse.
Es una noche enormemente fría de invierno. Se meten como pueden en algunos cobertores, gabardinas, abrigos y corren, como topos asustados, a los refugios antiaéreos. Metidos en esas cuevas sienten retumbar la tierra, saben que cada estremecer de tierra significa otra bomba, otra casa otro edificio despedazado; sienten que su mudo se deshace muy cerca de ellos, y metidos en esas cuevas, son impotentes, lo único que pueden hacer es escuchar cómo crujen los antiguos edificios y cómo se derrumban sus esperanzas.
En ese ambiente de muerte, en ese ambiente de caos, confusión y dolor, la gente se deprime espantosamente. Se escuchan los lamentos, los gemidos; nadie se atreve a mirar la cara de nadie, porque todos están demasiado tristes, y ver llorar, hace llorar más. En ese ambiente de tinieblas, y de frío, y de muerte, en ese ambiente que parece una anticipación de la soledad, del infierno, en ese ambiente, a esta mujer llamada Chiara, se le ocurre una idea: como hay que pasar tantas horas en el refugio antiaéreo, apresuradamente mete en su abrigo una copia del Nuevo Testamento.
Y a la luz temblorosa de una vela, mientras se estremecen los cimientos del refugio antiaéreo, ella, impávida, va pasando las páginas de un mensaje de vida, porque es tiempo de guerra, es tiempo de muerte; pero ella sabe que ni siquiera las bombas de esos aviones tiene suficiente fuerza para destruir la fe que ella tiene.
Se pone a leer el Evangelio, es una muchachita, es una jovencita, porque a menudo Dios llama a los jóvenes y a las jóvenes para que sean los héroes de la fe. Chiara va leyendo las páginas de su Evangelio, Chiara es una joven italiana hermosa, alegre, que tiene muy buenas amigas. Chiara pronto invita a sus amigas a que lean junto con ella el Evangelio. Están leyendo el Libro de la Vida, mientras afuera todo respira a muerte; están leyendo el Libro de la Vida, mientras las bombas reparten un mensaje de odio y de destrucción.
Esta es una mujer que es fiel a su ser de mujer, es una mujer que da vida. Chiara lee las páginas del Evangelio, y aunque retumbe la tierra, y aunque parezca que todo se muere, no se ha muerto la luz de la vela que le sirve para leer, y no se ha muerto la fe que se alimenta con esa lectura.
Y Chiara no pierde el tiempo maldiciendo a esos aviones que arrojan bombas; Chiara no pierde el tiempo lamentándose o deprimiéndose; Chiara, en medio de la noche y en medio del frío, ya está preparando un amanecer; porque Chiara esta de noche, pero ya cree en la mañana; Chiara está en el frío, pero ya cree en la primavera; Chiara está experimentando muerte, pero ella cree en la vida, porque su cuerpo le habla de vida, porque su corazón palpita vida, porque su fe respira vida. Es una verdadera mujer, de esas mujeres necesitamos muchas: mujeres fecundas, mujeres santas, mujeres generosas.
Y Chiara empieza a hablar de esperanza. Parece increíble, hace mucho frío, y todo huele a muerte, la gente sabe que al salir de ese refugio antiaéreo, probablemente lo que va a encontrar al volver a su casa es que no hay casa; saben que cuando vuelvan a lo que fue su lugar de residencia, probablemente encontrarán destruidos sus recuerdos y al mismo tiempo sus sueños.
Pero Chiara es una mujer valiente, y en medio de ese dolor y de esa espantosa incertidumbre, Chiara tiene el acto más valiente de todos, ¿y saben cuál es? Sonreír. Chiara sonríe, pero no es la sonrisa de la persona demente, no es la sonrisa de la persona cínica, no es la sonrisa del que nada entiende, es la sonrisa del que lo entiende todo. Chiara entiende que, aunque tenga tanto poder la muerte, tiene más poder la vida, y su sonrisa es un anuncio de esa vida nueva que un día llegará.
Chiara es la Fundadora de un Movimiento muy hermoso que son los "Focolares", "Focolari". Un focolari es como una hoguera, "fuogo", en italiano, es fuego; focolari es como un fuego pequeño, una hoguera. Y así se llama ese Movimiento, porque Ciara, en medio de la noche, encontró una hoguera para espantar el frío del invierno, para espantar el frío de la muerte, y para espantar el frío de la derrota, y para espantar el frío de la depresión.
La Madre Laura Montoya, en las selvas del Amazonas; la Madre Teresa de Calcuta, en las calles de la gran ciudad recogiendo indigentes; la Madre Chiara Lubich, en los refugios antiaéreos: tres ejemplos de mujeres, mujeres que ante el rostro descompuesto y repugnante de la muerte, supieron mirar a los ojos a ese monstruo, miraron a los ojos al monstruo que se llama la muerte, y no le tuvieron miedo.
Estas tres mujeres, cada una verdadera hija de la Santísima Virgen, cada una verdadera discípula de la Madre de Cristo, estas tres mujeres son testimonios recientes de cómo es verdad lo que dice el evangelio de San Juan: "De pie, junto a la cruz, estaba María" San Juan 19,25. Estaba María mirando las llagas, ¡cuánto duelen esas llagas! Pero mirando, a través de las llagas, la misericordia divina, ¡y cuánto consuela esa misericordia!
Ahí estaba María, mirando las espinas, ¡y cuánto duelen esas espinas! Pero mirando que esas espinas forman la corona del Rey humilde y del Príncipe de paz, ahí está María disfrutando ya esa paz.
Ahí está María, mirando los clavos, esos clavos que no podían perforar la carne de su Hijo sin perforarle a Ella el corazón, mirando esos clavos que perforan, que destruyen, pero mirando también que esos clavos han dejado para siempre, fijado en el corazón de Dios y fijado en el corazón del hombre, un puente de amor, porque los puentes se fijan con poderosos pernos y clavos.
Y esos clavos de Cristo fueron los pernos con los que se afianzó el puente de nuestra salvación. Y así como los clavos le hacen sufrir de una manera imposible de expresar en palabras, así esos clavos le dan la certeza de que el puente ha sido tendido, la gracia ha encontrado un camino, la salvación ha sido decretada para la raza humana.
Ahí está María, mirando a los ojos a la muerte, venciendo con el esplendor y con la claridad de su mirada virginal ese abismo sin nombre de la crueldad humana. ¡Qué lucha tan desigual! ¿Qué podrá esta pobre Mamá frente a la fuerza, la altanería, la arrogancia de los soldados humanos? ¿Qué podrá esta pobre mujer? Parece completamente indefensa, parece completamente impotente; pero así como al Hijo no le pudieron arrebatar la unión con el Padre, así también a la Madre no le pudieron arrebatar la unión con el Hijo.
El corazón de María no pudo ser separado del corazón de Cristo, y unidos estos dos corazones, estos dos benditos y sagrados corazones, son ahora un solo palpitar, de modo que no es distinto el amor que está sobre la cruz y el amor de Aquella que mira al Crucificado. No son dos amores, es una sola respiración de gracia, es una sola unión, es un solo espíritu, y por eso la Iglesia se atreve, se atreve, a llamar a María Corredentora, porque hay una sola respiración de amor, porque hay un solo corazón como si fuera, hay una sola sangre, hay un solo espíritu.
Esa es María, María al pie de la Cruz, María frente a las llagas de Cristo. Grábate, por favor, esos ojos de Ella; grábate, por favor, esa mirada de Ella, grábala muy bien en tu corazón; graba muy bien en tu alma esos ojos, grábala, graba esa mirada, ¿por qué te insisto? Porque esa es la misma mirada que María tiene para ti hoy, esa es la misma mirada con la que Ella contempla tus caídas, tus dolores, tus obstáculos, tu depresión, tu cansancio.
María no tiene dos corazones, tiene uno solo para amar a Cristo y a los cristianos; María no tiene dos compasiones, una compasión para Cristo y otra compasión para el cristiano; María tiene un solo corazón, uno solo, compasivo, inmaculado, misericordioso y generoso; y esa misma mirada del Calvario, es la misma mirada con la que Nuestra Señora ve las llagas de la Iglesia, ve el dolor de los cristianos, ve la persecución de los fieles discípulos de su Hijo.
María contempla esas llagas, que son tus dolores y los míos, y con la misma ternura, con la misma delicadeza y con la misma cercanía con que Ella está ahí al pie de la Cruz, así está cerca de ti, con la fuerza de su intercesión, con el poder de su amor.
María, ¡qué fuerte es su oración! Cuando se acercaba la fiesta de Pentecostés, los discípulos no podían entender, no podían saber de qué les hablaba Cristo. Cristo les había hablado: "Quédense en Jerusalén, Hechos de los Apóstoles 1,4, capítulo uno de los Hechos de los Apóstoles. "Quédense en Jerusalén, oren, "aguarden la promesa el Padre"" Hechos de los Apóstoles 1,4.
Nadie sabía bien a qué se refería Cristo, sólo hubo unos oídos que entendieron, sólo hubo unos oídos que supieron de qué iban esas palabras, sólo hubo unos oídos que resonaron frene a esa promesa: "Quédense en Jerusalén" Hechos de los Apóstoles 1,4. Quédense en asamblea santa, quédense en oración. Sean ustedes como la tienda del encuentro allá cuando Israel peregrinaba en el desierto; sean ustedes asamblea de oración, tienda del encuentro.
Cuando Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente, Judá fue su santuario, Israel fue su dominio. El mar, al verlos, huyó; el Jordán se echó atrás. Los montes saltaron como carneros, las colinas como corderos. ¿Qué te pasa mar que huyes, y a ti, Jordán, que te echas atrás? ¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros; colinas, que saltáis como corderos? En presencia del Señor se estremece la tierra, en presencia del Dios de Jacob Salmo 114,1-7.
Este salmo se refiere al peregrinar del pueblo por el desierto. No tenían templo, no tenían altar, no tenían dónde reunirse; pero es que no importan las tiendas de campaña, no importa el ladrillo ni el cemento, no importa el hierro ni la madera, lo que importa es que el pueblo de Dios se reúna, y que el pueblo ore, y que sea un santuario vivo, y que Dios se manifieste en su pueblo
Y eso fue lo que sucedió en Pentecostés: María entendió lo que estaba sucediendo. Discreta, silenciosa, iluminada interiormente por el Espíritu, comprendió que lo más grande estaba por suceder. Y cuando digo lo más grande, digo, más grande incluso que la Resurrección, porque la Resurrección misma quedaría sin propósito si no fuera comienzo del cuerpo nuevo que es la Iglesia. La Resurrección está ordenada a la victoria de Dios en su pueblo.
¡Qué hermoso ver a Cristo Resucitado, pero ese es sólo el comienzo. Ahora, esa victoria de Cristo tiene que adueñarse de todos, tiene que llegar a todos, tiene que tocar a todos, y eso es lo que se consigue con la efusión del Espíritu.
María lo entendió, María comprendió que en esa oración estaba el comienzo del pueblo nuevo. Sin buscar ningún protagonismo, sin darse jamás un primer puesto, simplemente con algunas amigas y con los Apóstoles, empiezan a orar. Ella tiene el secreto de Dios, Ella comprende algo que nadie más comprende, pero Ella sabe que no es cosa de ponerlo en palabras, Ella sabe que las lenguas de fuego sólo las puede dar Dios. Y por eso se retrae, discreta, hermosa; Ella se retrae, porque quiere que brille únicamente la gloria divina.
Ella entra en el templo de su propio corazón y ofrece, en el altar de su alma, sacrificios espirituales, que son los anhelos, que son las súplicas más profundas que se hayan dicho en esta tierra por corazón de persona humana.
Cristo es verdadero Hombre, por supuesto, y el corazón de Cristo es templo de todos nosotros, pero nos enseña la teología: en Cristo hay una sola persona y es la persona del Verbo, persona divina. La persona humana que ha conocido la oración más intensa, la intercesión más perfecta, la súplica más alta, se llama María.
Vamos, mis hermanos, a presenciar a esta Santa Señora. Debía tener Ella un poco más de cincuenta años, tal vez cincuenta y cinco, tal vez sesenta. Era una mujer bastante mayor para los estándares de la época. Era casi lo que llamamos a veces con cariño y a veces con desprecio, una viejecita. Y Esta ancianita lleva sin embargo en su corazón el tesoro y el camino de la oración como nadie más la ha hecho. Y Ella se une en oración, seguramente utilizando los salmos, pero con toda seguridad utilizando el testimonio que sus ojos han contemplado, porque nadie conoce tanto a Jesús como Ella.
Y María empieza a orar: "Ven, ven", le dice al Espíritu Santo, eso lo dice María, que conoce a ese Espíritu como nadie lo ha conocido, como nadie lo puede conocer. "Ven", dice Ella, "ven", le dice al Espíritu, Espíritu que habita en el corazón de Ella, Espíritu que realizó en el vientre de Ella el milagro de la Encarnación. Podemos decir que María le habla al Espíritu con una familiaridad, con una cercanía, con una profundidad, con una intensidad que sencillamente no tienen comparación en esta tierra.
¡Qué hermosa esta mujer en oración! ¡Qué hermosa su súplica! Sus ojos cerrados, sus manos quizá unidas, quizá levantadas a los cielos, manos en las cuales se extiende nuestra plegaria, manos que se alargan hacia el cielo como jalando el cielo para que venga a la tierra, manos que hacen viva la oración de Isaías, capítulo sesenta y tres: "¡Ojalá rasgaras el cielo y bajaras!" Isaías 63,19, manos que se atreven a rasgar ese cielo, manos que atraen el poder del Espíritu.
Llegó la fiesta de Pentecostés, están reunidos una vez más, llevan muchos días de oración; ahí está María, María no pide para sí el primer lugar. En un rincón de aquel recinto, en un rincón de aquel Cenáculo, en silencio, Ella suplica, con una fuerza que condensa toda la fuerza de los Profetas, que condensa todo el grito del Antiguo Testamento, es todo el Antiguo Testamento el que clama por la boca de esta mujer, es la voz de los Profetas, es el clamor delos Patriarcas, es la súplica de los Reyes.
Ella clama con intensidad, y lo mismo sus amigas, porque no estaba sola, tenía amigas; lo mismo sus amigas, ¡qué lindas las amigas de María! ¡Ni sus nombres conocemos! Quizás estaba ahí una tal Juana, de la que nos habla San Lucas en el capítulo noveno, quizás estaba María Magdalena, no sabemos, ahí estaban las amigas de María, ¡qué importante tener amigas y orar con las amigas! María ora con insistencia y los Apóstoles también.
Han hecho un largo retiro espiritual, se han convencido de la Resurrección; algunos elevan algunas plegarias, otros leen textos de la Escritura; todos están rogando; se han levantado temprano en la mañana, es el día de Pentecostés. "Eran cerca de las nueve de la mañana cuando se abre el cielo, se abrió el cielo, oye eso, se abrió el cielo para ti y para mí, se abrió el cielo y bajó el amor de Dios; se abrió el cielo y llovió el amor de Dios; se abrió el cielo y Dios abrió su corazón y cayó ese fuego divino.
Y empiezan a aparecer lenguas, lenguas de fuego, y un viento, un rugido, pero no ya el rugido de un monstruo como en las bombas de la Segunda Guerra Mundial, un rugido, un viento nuevo que inaugura una nueva creación. Y empieza a temblar el lugar en el que se encontraban, porque parece que la tierra no puede aguantar tanto cielo. Se sacude el lugar, y empiezan a escucharse cánticos, y empiezan a bendecir a Dios, y se levanta uno tras otro, y alaban al Señor.
Y María, allí escondida, María en un rincón, no le interesa aparecer, no le interesa brillar, sólo le interesa Jesús, no le interesa nada más; no tiene otro amor, sólo quiere a Jesús, sólo quiere que brille Jesús. Y empiezan a cantar y empiezan a alabar. Palabras de bendición. La lengua que ellos comparten es el arameo, empiezan a bendecir en arameo; pero de pronto un prodigio: hay uno que empieza a hablar en koiné, el griego de la época; y de pronto otro empieza a hablar en sirio, y otro empieza a hablar en fenicio, y otro en etíope, y todos entienden: Babel ha sido vencida, Pentecostés ha llegado.
Y María está ahí, esa es la Santa Señora. Eso es lo que Ella quiere hacer con nosotros hoy: Ella quiere atraer el rocío del Espíritu, el bálsamo del Espíritu, Ella quiere traer ese poder del Espíritu, para que tu cuerpo, hermano, para que tu cuerpo sea sanado; que venga el Espíritu y haga de ti una criatura nueva, que venga el Espíritu y te renueve esa mente; que venga el Espíritu y te arranque ese resentimiento, ese afán de venganza que tú tienes; que venga el Espíritu y te quite ese complejo que tienes, ese complejo de inferioridad, "y que yo o puedo nada, "y que yo no valgo nada".
Viene el Espíritu, viene por la poderosa intercesión de María, y de todos los santos y de los ángeles; viene el Espíritu, desde el corazón de Papá Dios; viene el Espíritu para sanarte de tus heridas. Y ahí está María, enfermera de Jesús, discreta callada. Cuando todos empiezan a cantar, también Ella canta, pero sus ojos y sus oídos no están en el Cenáculo: ya están en el cielo.
Ella sabe que ese Cenáculo es sólo el comienzo, ella sabe que ese Cenáculo no es el triunfo todavía; ese Cenáculo es sólo la degustación, el aperitivo, que la fiesta grande, arriba, en el cielo. Es solo el comienzo.
Ella está aquí, mis hermanos, Ella nos acompaña con su oración, Ella nos acompaña con si intercesión. Y hoy vamos a pedir con mucho amor esa intercesión de María, para que el bálsamos del Espíritu Santo te sane de tus heridas. Especialmente le vamos a pedir a María que nos enseñe a ser familia, la gran opción de la Iglesia en Paraguay es por la familia. El camino de la evangelización en la hermosa república del Paraguay, y en toda América, es el camino de la familia. Porque la Iglesia Católica es casi la única institución que defiende, en toda circunstancia y en todo escenario, el valor de la familia.
Por eso, necesitamos que María le traiga tal sosiego, tanta luz a los corazones, que nuestros jóvenes y nuestras jóvenes, que ustedes, queridos muchachos y muchachas, no jueguen al amor, no jueguen. El amor no es para jugar, ni el cuerpo es para jugar, el cuerpo no es un juguete. Mira el cuerpo de la Santa Señora, y descubrirás la dignidad del cuerpo humano; mira el cuerpo de tu Redentor, y descubrirás la dignidad del cuerpo humano. El cuerpo no es un juguete, el sexo no es un juguete, el amor no es para jugar, el amor es un pedacito de sagrario y de cielo que tienes en ti, no es para jugar.
Hoy, que el ejemplo y la intercesión de María, nos prepare para mirar, con ojos puros, agradecidos, alegres y santos, el misterio del amor. Si tienes novio, si tienes novia, piensa una cosa: el amor no es para jugar, ni que él juegue con ella, ni que ella juegue con él; si tienes esposo o esposa, piensa una cosa: el amor no es para jugar, la esposa que te dio Dios no es un juguete para que tú lo cambies por otro juguete, para que le agregues más juguetes; tu esposa vale precio de la Sangre de Jesús, tus hijos son santuarios de Dios, y tú mismo vales que Cristo se subiera a la Cruz. Hay que respetar, hay que amar, siguiendo el camino de la humildad, el camino de la oración y el camino de la pureza: el camino que nos marca María.
La familia se renueva, la familia se sana, la familia se sostiene, la familia se defiende.
Papás, si sus hijos no han entendido estas lecciones, tengo que decirles una noticia muy dura: por el momento quedas aplazado como papá, así de serio es esto. Si tus hijos no han entendido que tus cuerpos son santos, si tus hijos no han entendido que formar un hogar es formar una escuela de santidad, si tus hijos no han entendido que la familia es el santuario de la vida, primera iglesia, "iglesia doméstica", la llamaba Pablo VI, si tus hijos no han entendido esto, con todo el respeto y con un enorme dolor en el alma, te tengo que decir: estás aplazado como papá, estás aplazada como mamá. Aplazado todavía no significa perdido, quiere decir aplazado.
Tendrá que ir a complementario, y ese complementario es: únete al corazón de María. A fuerza de oración, con sus manos virginales levantadas al cielo, abrió las esclusas celestiales para que cayera la lluvia de la gracia. Como papá o como mamá, te toca eso, no tienes otro camino.
La gente siempre dice: "!Ay, los sacerdotes, qué difícil su vocación, qué dura esa renuncia, cómo les toca de difícil!" A mí me parece, que igual o a veces más difícil, es la vocación del papá o de la mamá. Porque un papá, me permito contarles, un papá no tendrá descanso hasta que no vea a sus hijos en el cielo, una mamá no puede tener descanso asta que no vea a sus hijos en el cielo.
Y tiene que interceder y tiene que volverse María Santísima, porque si no van a ir tus hijos al cielo, ¿para qué los pariste? Si no son para el cielo, ¿dime para dónde son? Si no son para el cielo, ¿dime para quién son? Si no son para el cielo, ¿para qué te dejaste embarazar? La única razón para ser mamá es para tener santos. Mi estimada amiga, le cuento eso. La única razón para ser mamá es para tener santos.
"Bueno, mis hijos, yo cómo le dijera: mis hijos son buenas personas, son buenos ciudadanos, son muy saludables, son muy inteligentes". "-!Resuma, señora! Son santos, ¿sí o no?" "-Pues no". "-Está aplazada", ya, y ahí termina. ¿Qué toca Y usted, se metió de papá, de mamá, a usted le toca ser papa o mamá de santos, no tiene otra posibilidad. Así funciona la Iglesia.
Claro que yo ya veo a algunos que me están mirando: "Yo, ni me entré de sacerdote, ni me casé, yo estoy tranquilo". ¡Pues no! A ti te toca cumplir Primera Corintios, capítulo siete: La mujer no casada, el hombre soltero "se ocupa de las cosas del Señor" 2 Corintios 7,32;2 Corintios 7,34. O sea que no me venga a quí a decir: "Ah, no, yo estoy libre, tranquilo", no, nada, aquí todo el mundo sale con su encargo, aquí todos tenemos misión.
Esa cara de pesar, esa cara de de tristeza que pusieron las mamás cuando les dije que estaban aplazadas. ¡No se entristezca! Unámonos al corazón de María, pidamos familias santas para nuestro Paraguay, familias santas para América y para el mundo.