Camino de Sanación Tema 4 de 5

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Mis Queridos Amigos:

El corazón humano, ese que palpita dentro de tu pecho en este mismo instante, es toda una maravilla. Un corazón humano normal palpita más de sesenta veces por minuto y, eso, todos los días del año. Fácilmente un corazón palpita unas cien mil veces durante un día, eso significa muchos millones de veces si pensamos en un año, estamos hablando de cerca de treinta y cinco millones de veces en un año, eso significa que un señor de unos treinta años, pues ya ha tenido miles de millones de palpitaciones. ¡Qué maravilla es el corazón! No se detiene, además es muy grave que se detenga, muy serio.

El corazón humano es una maravilla, tú eres una maravilla, hermano. El corazón es sólo una de las maravillas que tienes adentro. Tus células, las células de tu cuerpo se renuevan sin cesar a un ritmo impresionante. Son cientos de miles de células por segundo que se están renovando. Los glóbulos rojos de tu cuerpo recorren decenas de kilómetros todos los días, son los mensajeros que llevan el oxígeno a todos los rincones de tu cuerpo, a todos los músculos y tejidos. Tú eres un milagro permanente, eres algo impresionante.

Si miramos los órganos de nuestros sentidos, nuestros oídos, la vista, el olfato es una cosa maravillosa, es impresionante. El olfato tiene una serie de receptores químicos para cientos de miles de sustancias distintas, y eso que hay especies animales que tienen un olfato todavía más desarrollado. Se dice, por ejemplo, que un perro puede identificar de tal manera el aroma, el olor de una persona, que no lo confunde con ninguna otra. Y un perro puede conocer decenas de miles de personas, pero no las confunde.

Somos maravillas de Dios. Y nuestra inteligencia, nuestro cerebro, imagínate que estoy hablando, y la operación que está haciendo tu cerebro en este momento: recibes esos impulsos auditivos y vas armando un discurso, vas armando palabras y las vas conectando con tus recuerdos, con tus sueños, con tus dolores, con tu oración. Házme el favor de decirle a la persona que tienes a tu lado: "Eres una maravilla del Señor".

Somos maravillas de Dios. Pero además de nuestra naturaleza, músculos, tendones, huesos, nuestro sistema digestivo, circulatorio, reproductor, además de todo eso, hay otras maravillas aún mayores, porque nuestro cuerpo puede compararse al cuerpo de los animalitos, por ejemplo, y algunos nos ganan. Pero resulta que nosotros podemos pronunciar el nombre de nuestro Hacedor, y le podemos llamar, y podemos pronunciar ese Nombre, podemos experimentar su presencia.

Hace un momento cuando entraba, veo ese hermosos espectáculo: una asamblea en alabanza, cantando, bendiciendo, glorificando al Señor, eso no pueden hacer los perritos, el perrito no puede conocer a su Creador; dicen que los elefantes tienen buena memoria, pero ellos no pueden recordar los prodigios de Dios; dicen que las hormigas son muy laboriosas, pero ellas no saben lo que es trabajar para el Dueño del universo, dicen que las águilas tiene una mirada muy penetrante, pero ellas no pueden escrutar las Escrituras.

Muchos animales son ágiles, muy ágiles, como las ardillas, los conejos, o los ratones, pero solamente nosotros podemos llegar hasta los escondites de la sabiduría.

Hermano, yo quiero que te sientas feliz de existir, quiero que sientas que los arroyos de vida que corren por tu ser son ya un regalo de tu Padre del cielo; quiero que te sientas gozoso de poder pensar, poder amar a Dios; quiero que sientas que llevas escrito el amor de Dios en cada una de tus células. ¡Cuánta hermosura está escondida en esas maravillas! Y nosotros no tenemos que pensar en eso: sucede como un regalo permanente.

En silencio, como esclavos discretos llenos de amor, los distintos tejidos de nuestro cuerpo van haciendo su obra. Eso que tú desayunaste hoy, ahí se va digiriendo, se van rompiendo las moléculas, se va preparando la absorción exactamente de lo que necesita tu cuerpo. Y tú ya no tienes que pensar en eso, tú eres como el gran gerente, tú sigues con lo tuyo, pero hay alguien, hay algo dentro de ti que va haciendo la maravilla.

Desde que te despertaste hasta esta hora, ya son varias horas del día, no has tenido seguramente que concentrarte en que "tengo que respirar, tengo que respirar, que no se me olvide respirar, a ver, acordarse , acordarse: no dejar de respirar".

Funciona como por sí solo. Litros y litros y litros de oxígeno han llegado a tus pulmones, recorren tu ser, y ese oxígeno hace posible el vigor de tus músculos, la lucidez de tus pensamientos la hermosura de tu sonrisa, ¡qué sonrisas tan bellas tenemos este domingo aquí! Esa persona que está sonriendo con alegría es una persona que se siente amada, yo quiero que te sientas amado, yo quiero que sientas que tienes escrito el amor de Dios en todo tu cuerpo, yo quiero que sientas que Dios te pensó con amor.

Las más grandes maravillas sin embargo escapan a nuestra vista. ¿Qué es un pensamiento? ¿Qué es un recuerdo? ¿Cuál es la casa de la memoria? ¿En dónde están los laboratorios de la imaginación? Las ideas, ¿qué son las ideas?

Los filósofos rompen su pequeña cabeza tratando de escrutar estas preguntas, los neurólogos, los neurocientíficos examinan el cerebro, utilizan todo tipo de recursos: resonancias magnéticas, isótopos radioactivos, rayos X, rayos gamma, miran el cerebro una y otra vez, buscan patrones de comportamiento, pero no logran precisar en dónde se esconde el recuerdo que tú tienes del primer abrazo que te dio tu madre, ¿dónde está ese abrazo? ¿Dónde habita? Y, sin embargo, te acompaña.

Veo con alegría que hay varias parejas que han venido aquí juntas. A ver, por ejemplo, parejas de novios, parejas de esposos, tómense un momento de las mano y levántelas para que se vea, mírenlos, son bellos. Y cada una de esas parejas tiene una historia, y esas parejas pueden recordar, y tienen esa dulce memoria de un primer beso, de una primera serenata, de una primera poesía.

Y eso habita contigo, pero hasta ahora ningún científico puede decir: "El primer beso está metido aquí entre esta fisura y este lóbulo", nadie sabe dónde habita el primer beso, pero el primer beso te acompaña. Y la primera oración que hiciste está contigo y te acompaña.

Eres un misterio, eres un milagro, eres un santuario, eres una historia de amor, y la llevas contigo. y el mundo te intenta repetir, y te dice de muchas maneras que no tienes valor mientras no te pongas no sé qué ropa; no tienes valor mientras no uses tal o cual perfume o loción; no tienes valor si no te subes a tal o cual automóvil; no tienes valor si no has ido a tal o cual lugar de vacaciones. Y Dios, en cambio, te repite: "Tú eres precioso para mí, tú eres valioso para mí; yo te hice, yo te diseñé con delicadeza y con amor".

Eres una maravilla, eres un milagro, eres un santuario, eres una palabra que Dios pronunció con ternura. Lo que dice esa canción tan bella es totalmente cierto: "Dios se alegró, Dios cantó el día que tú naciste". Cada criatura y cada uno de nosotros lo somos, pero especialmente cada ser humano lleva de un modo único la huella de su Creador. Eres imagen, eres semejanza de el Dios altísimo.

Y tú tienes que recordar, y tú no puedes olvidar que eres ese regalo precioso, que existir es maravilloso, y tú no puedes poner la fuente de tu alegría, ni la fuente de tu paz en una cuenta bancaria; tú no puedes poner la fuente de tu alegría, ni la fuente de tu paz en la ropa que usas, en los lugares a donde vas, en la gente con la que tratas. Simplemente, mi hermano, simplemente eleva tus ojos al cielo, mira esas manos que Dios te da, siente la maravilla de existir y sonríe y sábete muy amado por el Señor. ¡Es grande la manera como Dios ha obrado contigo!

Todavía hay misterios mayores. Están los misterios de la biología y la anatomía y la fisiología; luego están los misterios de la mente, de la psicología, del deseo, del presentimiento; están los misterios de la comprensión, del entendimiento, de la solidaridad, de la misericordia; eres capaz de empatía, esa palabra es muy importante y es muy necesaria hoy.

Llamamos empatía la capacidad de conectar con lo que otra persona está viviendo, y eso eres tú: no solamente estás abierto a recibir imágenes o sonidos, tú tienes una capacidad de percibir el mundo interior de otra persona. La puedes desarrollar más o menos, hay personas que la tienen en mayor o en menor grado, pero eso existe en ti, la empatía, la capacidad de conectar con el mundo interior de otro, sentir la tristeza que otro siente, alegrarse de la alegría que otro tiene.

Es decir que no solamente somos maravillosos cada uno de nosotros, sino que el gran plan de Dios, la gran maravilla se descubre en la comunidad humana, se descubre cuando tú miras a tu amigo, y con sólo reconocer su rostro, algo ves que te dice: "Hoy está triste". Y él no te ha pronunciado una palabra, pero ya tú lo sabes, porque tú conoces el rostro de tu amigo, y tú sabes leer no solamente la tinta que está sobre un papel, tú sabes leer un rostro, sabes leer un gesto, sabes conectar con la otra persona, puedes entender lo que está sucediendo en otros lugares.

La vacas que existen en Paraguay nunca se enteran de lo que les pasa alas vacas que están en Venezuela, o que están en Costa Rica, o que están en Estados Unidos. Las hormigas del Japón jamás se interesan por las hormigas de Bolivia, o por las hormigas de Simbabwe; en cambio tú tienes la capacidad de abrirte a un mundo amplio, tú ves lo que está pasando en Egipto, y eres capaz de preocuparte; las noticias te cuentan de un terremoto que hubo ayer en México, y tú alcanzas a sentir un impacto; hubo una matanza en Noruega, un señor como loco asesinando gente, y tu corazón se sobresaltó.

¡Estás vivo, Estás vivo y puedes conectar, y puedes sentir lo que otra persona siente! ¡Y esta es una maravilla, porque esto es lo que hace que la comunidad humana pueda actuar como una sola! Si nosotros logramos conectar la comunidad humana, podemos lograr maravillas. Si el Paraguay se une, puede blindarse para defender la vida. Son cosas maravillosas, no estamos solos, podemos conectarnos unos con otros, y no nos van a vencer.

Si nosotros logramos implantar en todos los corazones el respeto por el embrión humano, por el feto humano, por el bebé; si nosotros logramos implantar el respeto por cada ser humano, ningún logrará que se cometa un solo aborto en este país, ningún poder lo logrará. Esa es la fuerza que tenemos de conectar unos con otros.

Pero todavía hay más maravillas. la maravilla de maravillas es la oración, es la cumbre más alta: allí donde tu corazón se abre al infinito, allí donde experimentas aquello que o puede decirse en palabras, allí donde recibes el bálsamo del perdón, allí donde Dios, la mano misma de Dios, toca tu corazón y lo unge, y tú quedas untado de Dios, y tú quedas oliendo a Dios, y tú quedas con sabor de Dios en tu boca, eso sucede, hermanos, eso es verdad, y muchos lo han experimentado, muchos lo hemos experimentado.

Muchos hemos abierto las páginas de la Escritura y de repente hemos visto con sorpresa: "!Aquí está mi vida! ¡Este soy yo!". Hemos abierto las páginas de la Escritura y hemos visto la historia de un hombre que amaba mucho a Jesús, un hombre valiente, que cuando se anunció persecución contra Cristo, dijo: "Pues yo no te voy a abandonar, y si tengo que morir, muero por ti" San Lucas 22,33. Pero ese hombre, unas horas después, estaba negando a Cristo, ¿cómo se llamaba ese hombre? Pedro.

Y yo he leído esas páginas, y esas páginas han roto mi alma, y esas páginas han denunciado mi cobardía, y esas páginas me han mostrado quién soy yo, y de repente he sentido: "Yo soy Pedro, yo he hecho eso"; pero luego he visto, porque me lo dice el Evangelista San Lucas, luego he visto que Jesús cruzó su mirada con Pedro, después de que Pedro lo había negado, y por un momento se miraron esos dos, y Jesús estaba ya roto y humillado, y Pedro le mira a los ojos y no se dicen una sola palabra, pero Pedro "salió y lloró amargamente" San Lucas 22,62.

Y yo leo eso, y yo siento que se me humedecen los ojos, y yo repito, golpeándome el pecho: "Yo soy Pedro, yo he hecho lo mismo, yo he negado muchas veces a mi Señor". Y experimento, entonces, dolor por mi pecado; y experimento, entonces, esa misma ternura, ese mismo amor que le llegó a Pedro. Y el mismo calor del abrazo de Cristo, yo siento que el corazón se me muere, pero siento que Cristo me abraza y que el palpitar de su corazón le devuelve el ritmo a mi corazón, y entonces digo: "Si hay esperanza para Pedro, hay esperanza para mí".

Y leo también en el evangelio de Lucas la historia de un hombre que le pidió la herencia al papá, y se fue lejos, y lo perdió todo,y llevó una vida miserable, y su vida se confundía con la vida de los chanchos, vivía como un cerdo, y sentía ya hambre de la comida de los cerdos; pero hubo un viento del cielo que sacudió a ese corazón. Este hombre recapacitó: "!Qué esto haciendo, por Dios, que estoy haciendo!" Este hombre recapacitó y dijo: "En la casa de mi padre los jornaleros comen mejor que yo. Me levantaré e iré, voy a casa de mi padre" San Lucas 15,17-18. Y se puso en camino.

Y yo leo esas páginas, y las lágrimas visitan mis ojos, y yo digo: "!Es que ese soy yo, ese soy yo!" Y probablemente algunos o muchos de los que están aquí están sintiendo lo mismo, probablemente algunos o muchos de los que están aquí están sintiendo: "Yo tengo que levantarme, yo tengo que volver, yo tengo que volver a la casa de mi Padre, yo ya no puedo seguir lejos de Dios. Lejos de Dios sólo hay muerte, yo ya no puedo seguir lejos de Dios; lejos de Dios solo existe la tiranía del Faraón; lejos de Dios sólo hay derrota, sólo hay fracaso.

"Me levantaré e iré, voy a ir a la casa de mi padre. Voy a decirle: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco que me llames hijo tuyo" San Lucas 15,18-19. Y este hombre se puso en camino, y llegó a la casa del papá. Y su primera sorpresa es que el papá se asomaba cada día a esperarlo. Y entonces uno se pregunta: "¿Y yo quién soy para hacer esperar a Dios?"

"¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?", se preguntaba el poeta Lope de Vega en el siglo XVI. "¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? ¿Que interés se te sigue, Jesús mío?" ¿Por qué me esperas, por qué me sigues esperando? ¿Por qué conservas la paciencia conmigo que no he hecho otra cosa sino ofenderte? ¿Por qué eres así?" Pero mi Padre no tiene otra respuesta; su sonrisa, su amor, su paciencia sólo tienen una explicación, esa explicación está en la Primera Carta del Apóstol San Juan: "Es que Dios es amor" 1 Juan 4,8, Dios no sabe ser otra cosa, Dios no puede ser otra cosa.

Y entonces yo llego donde ese Dios amor y le digo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti" San Lucas 15,18, y cuando yo iba a decir: "Ya no merezco que me llames hijo tuyo" San Lucas 15,19, mi Papá me abrazó tan fuerte que ya no pude hablar más. Y con su abrazo, y con su perdón, y con su misericordia, me recordó lo más importante: "Siempre, siempre, siempre, siempre, siempre serás mi hijo, siempre, siempre, siempre serás mi hijo, siempre será mi hijo".

Yo quiero, hermano mío, que tú experimentes la voz de tu Padre del cielo que hoy te está diciendo: "Siempre, siempre, siempre, siempre vas a ser mi hijo, siempre; nunca, nunca, nunca me he olvidado de ti; ni un solo día he dejado de esperarte". Hoy te dice tu Padre del cielo: "Ni un solo día he dejado de esperarte. Por la mañana temprano asomaba yo a mi ventana, y esperaba ver a lo lejos tu paso, hijo mío".

Y a mediodía, después de comer alguna cosa, de nuevo me asomaba porque no sabía si con el resplandor del día vendría también la luz de tu mirada. Y al caer de la tarde, por si acaso estuvieras cansado, yo me asomaba otra vez, por si tú quisieras venir, hijo mío". Y en la noche, no sosegaba mi sueño, porque no sabía si algún ladrón pudiera hacerte daño, si tú vinieras de noche, hijo mío".

"Porque siempre serás mi hijo, porque yo no me puedo olvidar de ti, "porque tengo tatuado tu nombre en mi mano" Isaías 49,16, porque no me puedo olvidar de ti, porque te amo sin límites".

Y esa, mis hermanos, esa sí que es la maravilla de maravillas, eso se llama la misericordia de Jesús, esa es la maravilla de maravillas, eso es lo que rompe al corazón más duro, ¿cuál es el corazón más duro? El corazón más duro es el de las personas que están acostumbradas a torturar seres humanos. Lamentablemente, la mayor parte de los sistemas de gobierno, la mayor parte de los imperios necesitan torturadores.

En América Latina, lo hemos vivido o quizás lo seguimos viviendo, son los desaparecidos, desaparecidos en Chile, desaparecidos en Argentina, desaparecidos en Paraguay, desaparecidos en Honduras, desaparecidos en Nicaragua, desaparecidos en Colombia, desaparecidos en Cuba y en República Dominicana, y todos sabemos el triste destino de la mayor parte de esos llamados desaparecidos. Se les ha desaparecido de la sociedad humana, para que lejos del escrutinio público, puedan ser torturados a placer.

Y hay seres humanos, peores que monstruos, que son capaces de dedicar su tiempo a eso, a destruir metódicamente la maravilla de Dios que que es el ser humano. También en tiempo de Cristo existía esa raza extraña de monstruos. Cristo, en su Pasión, fue sometido a una máquina de tortura, una máquina hecha de seres humanos insensibles. El ejército romano tenía una estructura rígidamente piramidal, la autoridad es completamente vertical y la subversión se paga a un precio tan alto, que a nadie se le ocurre rebelarse.

Esto significa que los que están arriba tratan con crueldad, con imposición y con dureza a los que están abajo. Y esos, como no pueden desquitarse con los de arriba, maltratan a los de más abajo, y esos, a los de más abajo. Y así se llega finalmente al soldado raso, el que sólo recibe insultos, el que sólo recibe grosería y opresión.

Esos soldados, los de último rango, mal pagados, siempre mal tratados, insultados en su hombría y en su dignidad todos los días, esos soldados sólo tenían un juguete para divertirse, sólo tenían un lugar para descargar su rabia, ese lugar eran los prisioneros. Los esclavos y los prisioneros, prisioneros de guerra, esos eran los que tenían que aguantar todo el ímpetu de venganza, toda la humillación reprimida, toda la agresión que estos soldados de último rango habían recibido.

Cristo Nuestro Señor fue arrojado a ese grupo de personas acostumbradas a torturar. Los látigos que utilizaban los romanos no eran simplemente fuetes o pedazos de cuero; a esos flecos de cuero les amarraban pedazos de metal y pedazos de hueso. Cuando un soldado de esos, vigoroso, fuerte y bien entrenado, le tiraba un azote al pobre desgraciado que recibía, se llevaba un pedazo de carne con cada azote. Esos son los torturadores del Imperio Romano.

Había un jefe de torturadores, ese jefe era el que tenía que vigilar el momento de la crucifixión. ¿Cuál era el papel del jefe de torturadores? ¿Qué tenía que hacer? Tenía que verificar que el condenado a muerte iba a sufrir sin parar, sin ayuda y sin auxilio hasta morirse.

Ustedes recuerdan que cerca de la Cruz de Cristo había unos soldados, esos soldados tenían su jefe, un centurión romano, el trabajo de ese centurión era solamente uno: impedir que alguien ayudara al que se estaba muriendo, impedir que alguien aliviara al que se estaba muriendo, impedir cualquier cosa que disminuyera la tortura del pobre condenado. Ese era el repugnante y tenebrosos oficio del centurión romano. Estaba ahí simplemente para verificar que hasta la última gota de dolor caía sobre ese ser humano hasta que se muriera.

¿Cómo puede llegar un ser humano a eso? Sólo Dios lo sabe. Y por eso, cuando crucificaron a Cristo, ahí estaba el centurión romano, para verificar eso, que nadie ayude, que nadie alivie, que la tortura llegue hasta el final, que sufra, y sufra, y sufra, sin parar. Todo por la grandeza del supuesto imperio, porque así son los imperios: homicidas, capaces de destrozar, insensibles a la verdad del se humano.

Este centurión, con toda probabilidad, había presenciado muchas muertes, había estado ahí. Con su rostro más duro que la piedra, con su corazón más insensible que el bronce, había estado ahí, viendo morir; en medio de horribles quejidos, en medio de lamentos que serían capaces de romper tu alma o la mía, este hombre permanecía, más duro que la piedra o el bronce, simplemente cumpliendo una orden: "Tiene que sufrir hasta que se muera, no tiene otro límite". Por eso digo yo: es difícil encontrar un corazón más insensible que el del centurión romano.

¿Pero qué sucedió cuando murió Jesucristo? Sucedió lo que aquí se cuenta. Tomamos el evangelio según San Marcos, capítulo quince: "Llegado el mediodía, la oscuridad cubrió todo el país hasta las tres de la tarde. A esa hora, Jesús gritó con voz potente: "Eloí, Eloí, ¿lamá sabactaní? Que quiere decir: "Dios mí, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Al oírlo, algunos de los que estaban allí dijeron: "Está llamando a Elías". Uno de ellos, corrió a mojar una esponja en vinagre, la puso en la punta de una caña y le ofreció de beber, diciendo: "Veamos si viene Elías a bajarlo"" San Marcos 15,33-36

"Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Enseguida, la cortina que cerraba el Santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Al mismo tiempo, el capitán romano, que estaba frente a Jesús, al ver cómo había expirado, dijo: Verdaderamente este Hombre era Hijo de Dios"" San Marcos 15,37-39.

Ya ves lo que produjo la muerte de Cristo: se rasgó el velo del Santuario, y se rasgó el corazón del centurión. El velo del Santuario que separaba la intimidad de Dios del corazón del pueblo. Se rasgó el Santuario, quedó abierto el camino a la intimidad y al secreto de Dios. Se rasgó el corazón del centurión. Este hombre, que había visto morir a tantos, este hombre, que tenía su corazón más dura que la piedra o que el bronce, este hombre sintió que se partía por dentro.

Yo quiero que reconozcas, hermano, el poder del amor que hay en la Pasión y en la muerte de Cristo. Yo quiero que reconozcas que se ha regado, que ha estallado, que se ha vertido sobre el mundo un amor tan potente, tan potente, que es capaz de abrir el camino para que tú llegues hasta el Santuario, hasta el corazón de Dios. Y quiero que sepas que se ha abierto también el corazón del hombre más duro, porque eso es lo que significa este pasaje: que se abrió con la muerte de Cristo, se abrió el corazón de Dios, y se abrió el corazón del hombre.

Para eso murió Cristo, para que tu corazón se abriera, para que tu dureza se acabara, para que tú experimentaras que todo ese veneno que ha llegado a tu existencia puede salir, y para que tú experimentaras que toda la bendición, que todo el amor, que toda la santidad, que toda la hermosura de Dios se ha abierto y que hay un río nuevo que sale de templo nuevo, como lo vio Ezequiel. Y ese río nuevo trae bendición en su corriente y en sus aguas, y ese río nuevo alegra la ciudad de Dios, y ese río nuevo quiere llegar a ti.

La muerte de Cristo ha abierto tu corazón, la muerte de Cristo ha abierto el corazón de Dios, el puente está puesto, Cristo lo ha creado con su amor, con su entrega infinita, con su obediencia sin límites, con su caridad que desborda toda barrera, que rompe todo prejuicio, que vence todo obstáculo; se ha roto el obstáculo, se ha abierto el camino, el puente está puesto, contempla a tu Dios, visita a tu Señor.

Si está abierto el corazón de Dios, si los torrentes de su bendición corren como manantial nuevo que refresca y que sana, recíbelo, recíbelo. Yo te hablo como San Pablo: "Somos embajadores de Cristo", y es como si Dios mismo te exhortara por medio mío: ¡Déjate reconciliar con Dios!" 2 Corintios 5,20. Recíbele el manantial a Papá Dios, báñate en esa agua nueva, agua del Jordán que curó de su lepra a Naamán, el sirio.

Báñate en esa agua, báñate en ella, agua preciosa de la piscina de Siloé, que abre tus ojos para que veas el rostro de Dios; báñate en esa agua, agua del pozo de Sicar, donde tú y yo que somos la samaritana, por fin encontramos la fuente del verdadero amor; báñate en esa agua, agua que brotó de la roca, aquella roca rota por la vara de Moisés; báñate en esa agua, agua que cura tu incredulidad; báñate en esa agua, agua atraída por la oración de Elías, y que sana la sequedad de la tierra agostada de tu corazón.

Báñate en esa agua, agua que reposa en las tinajas de la boda de Caná, agua que se vuelve vino de alegría y de fiesta, vino de alabanza y de gozo si tú lo recibes; báñate en esa agua, agua que el Apóstol San Juan vio brotar del costado de Cristo, porque salió sangre que perdona tus pecados, agua que te bautiza, que te renueva y que sacia tu sed.

Recibe el agua de Cristo, recibe el manantial de Dios, recibe su amor, déjate bañar en ese amor. El vidente del Apocalipsis pregunto por qué tenían vestiduras blancas los que estaban el el cielo, y alguien le contestó: "Es que han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero" Apocalipsis 7-14. ¡Báñate en ese arroyo!

Tú que has experimentado las cisternas agrietadas de las que habló el profeta Jeremías, tú que conoces, hermano mío, tú que conoces la vaciedad de los ídolos de esta tierra, tú que ya has probado las aguas cenagosas del pecado, deja que Cristo te lave por dentro y por fuera, deja que Cristo consuele tu corazón, lo renueve y lo levante. Tú que ya has experimentado tantas mentiras, tantos amores falsos, tú que ya has conocido el placer engañoso, conoce ahora, mi hermano, conoce la alegría que no engaña, conoce el amor que no engaña, conoce la ternura que no en gaña.

Hoy te invito: Conoce a Jesucristo, conócelo, no de lejos, conócelo de cerca; mírale, mírale a los ojos como Pedro, para que Cristo también haga brotar un río en tus ojos, río de lágrimas de arrepentimiento y alabanza. Conoce a Cristo, no lo conozcas de lejos, conócelo de cerca, escucha cómo se rompe ese pan, porque a Éĺ se le reconoce al partir el pan.

Conoce a Cristo, escucha la voz de Cristo, que te está diciendo por boca del sacerdote: "Yo te absuelvo de tus pecados. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". ¡Conoce la voz de Cristo, conócelo!

Hoy, hermanos, hoy es día de gracia y de bendición. Ustedes tienen que saber que esta jornada se ha preparado con mucho esfuerzo pero sobre todo con mucho amor y con mucha oración. Ustedes tienen que saber, mis hermanos que hoy las llaves del cielo se abren para caer sobre esta hermosa asamblea. Hoy el Señor tiene promesas de consuelo, de alegría, de poder y de sananción par este pueblo que Él ama tanto. Hoy el señor derrama su amor sobre este pueblo.

Vas a dejarte, mi hermano, vas a dejarte lavar y bañar por esa agua; vas a dejar que caiga sobre ti el Espíritu Santo de Dios. ¡Qué hermosa la naturaleza del Espíritu que no cabe en ninguna palabra; le llamamos fuego, le llamamos agua, le llamamos viento, y todo eso es y mucho más.

Hoy viene el aliento sagrado de Dios, hoy viene el poder de Dios, hoy viene el fuego de Dios a limpiar de los restos de una vida de pecado aquello que hay en tu corazón. Hoy viene el poder de Dios, como un manantial poderosísimo que no sólo te lava y te sacia, sino que también hace fecunda tu vida. Hoy viene el viento del Espíritu a levantar, hermano, ese corazón, para que tú sepas, para que tú recuperes la dignidad que tienes.

Acuérdate cómo empezamos esta reflexión: tú eres una maravilla, hermano, y tú no puedes vivir agachado y entristecido, como si fueras poca cosa. ¡Qué grande eres, hermano! ¡Vales precio de la sangre de Cristo! ¡Qué grande el amor que se derrama sobre ti!

Por eso, les invito a que ahora nos pongamos de pies. Vamos a clamar esa agua, ese fuego, ese viento. Bienvenidos son todos, especialmente, los que estén más tristes, los que vengan más cansados, los que vengan más decaídos. Ustedes, hermanos, los que se pueden sentir más tristes, más decaídos, más deprimidos, ustedes hoy son los predilectos de Jesús.

Hoy Jesús promete efusión maravillosa de su Espíritu sobre este pueblo. Bendito, bendito, Jesús. A ti elevo mi mirada, a ti elevo mi alegría, a ti te canto, Jesús, a ti te bendigo.

Y Clamo, y suplico, Señor, por el amor con que subiste a esa Cruz, por el amor con que soportaste los clavos, por el amor con que soportaste la humillación, por el amor con que soportaste las espinas, por virtud de ese amor, te suplico: Haz obras grandes en este pueblo; trae, Señor, torrentes renovadores de tu gracia. Haz maravillas en tu pueblo. Bendito seas, Señor. Gloria a ti, Jesús. Bendito seas, Señor. Gracias, gracias, Señor, gracias, gracias por el don de tu Espíritu; gracais por mi madre la Iglesia, gracias por los santos y divinos Sacramentos, gracias, Señor.

Gracias, Señor, por mi cuerpo y por mi alma, por mi pasado, mi presente y mi futuro, todo lo entrego en tus manos. Benditos seas, Señor. Bendito seas, Señor. Bendito seas, jesús. Alabado seas, Señor. Bendito seas, Jesús. Bendito, bendito, adorado, santo, Señor, bendito seas, Señor.

Amén.