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Fecha: 20030419

Título:¿Qué cosa es la pascua?

Original en audio: 38 min. 8 seg.


¿Qué cosa es la Pascua? La Iglesia entresaca de los tesoros de la Escritura pasajes preciosos que hemos recorrido en esta vigilia para enseñarnos qué cosa es la Pascua. Y vamos a tomar de esas lecturas, palabras que sean como perlas o joyas para que rodeen el misterio de la luz que nos envuelve. Que sean ellas, que sean estas palabras como las notas que cantan la canción de la vida.

La primera palabra está tomada del primer libro, es la palabra “bondad”. ¿Qué cosa es la Pascua? Es la bondad, la bondad misma de Dios. Bondad que ya se siente en la creación cuando nos acaricia el viento, cuando vemos la variedad de los colores, cuando sentimos aroma de flores, cuando nos maravillamos ante la multitud de las criaturas. Y entonces sentimos como un eco del Génesis; todo es tan bueno, todo debería ser siempre bueno. La Pascua es la bondad; pero esta primera lectura nos dice también que todo sucedió según el designio de Dios, según la voluntad de Dios y según la Palabra de Dios.

La primera lectura nos regala otra perla: “soberanía de Dios” la Pascua es la soberanía de Dios. Todo el desorden del pecado, el pecado personal, el pecado familiar, el pecado comunitario, el pecado social, el pecado estructural, el pecado del mundo; todo el desorden del pecado a veces hace temblar nuestro corazón y nos infunde una duda: “¿todavía Dios gobierna el mundo? La Pascua, la Pascua es la gran proclamación de la soberanía de Dios. Todavía Dios gobierna el mundo, todavía Dios gobierna mi comunidad, todavía Dios gobierna la Iglesia, todavía Dios gobierna mi vida. La Pascua es un relámpago de claridad que nos deja descubrir la soberanía de Dios.

En la segunda lectura tenemos otras dos perlas: una evidente, la Pascua es sacrificio. Momento culminante de esa lectura es cuando Isaac se dirige a Abrahán su padre y lo llama “padre”. En ese momento cómo no reconocer a Jesucristo, cómo no sentir, según nos predica también, la liturgia de las horas de estos días, cómo no sentir ahí enséñame mi xxxx, cómo no sentir ahí la voz de Cristo. La pascua es sacrificio, la pascua es oblación, la pascua es entrega generosa, entrega total, donación absoluta.

Junto a la palabra sacrificio, otra no menos importante en esta segunda lectura: la respuesta que le da Abrahán a su hijo Isaac, Dios proveerá el cordero. Y piensa uno que efectivamente Dios proveyó el cordero porque en la misa decimos “este es el cordero”. Ese es el cordero que Dios proveyó; por eso la pascua es providencia, la pascua es designio de salvación que en el tiempo oportuno ha traído a nosotros el bien que nosotros apenas podíamos soñar, porque dice san Pablo en la carta a los efesios que Dios ha hecho por nosotros más de lo que podíamos pedir, más de lo que podíamos pensar, más de lo que podíamos imaginar.

Sigamos nuestro recorrido y llegamos a la tercera lectura tomada del libro del Éxodo. Aquí también es evidente la primera perla que nos regala el éxodo. ¿Qué cosa es la pascua? La pascua es libertad. Libertad del tirano, libertad de la tiranía. Aquellos israelitas tenían un pequeño ejército, y la parte tierna de la lectura es cuando se preparan los hebreos para hacer frente al ejército del faraón y entonces el ángel que iba adelante tiene que pasarse atrás y llevar consigo aquella nube misteriosa de modo que no se logra el combate, no se realiza el combate entre el ridículo ejército de los hebreos y el altanero ejército de los egipcios.

No es por ese camino como va a venir la libertad. Son ridículas las fuerzas de los hebreos como es ridículo pensar que el ser humano puede vencer al demonio. Como es ridículo pensar que la pureza es posible, como es ridículo pensar que las palabras de un ser humano como yo puedan consagrar pan en cuerpo de Cristo. Toda la fe es ridícula, toda la fe es un absurdo, toda la fe es desproporcionada, es desmesurada. ¿Cómo es posible que enfrentemos al faraón, cómo es posible que unas palabras dichas por un sacerdote puedan absolver y destruir el pecado? ¿Cómo es posible todo eso? Es posible. Es posible porque Dios se hace presente, porque Dios conduce al faraón a su propia trampa.

Y aquí surge la segunda perla de esa tercera lectura. La primera es libertad, la pascua es libertad. Dice Jesucristo en el evangelio de Lucas “el Señor me ha enviado para dar libertad, para desatar a los que estaban encadenados”. La pascua es libertad, pero en esa libertad hay otro acto: la pascua es justicia. En su propia trampa han caído los egipcios; en medio del misterio de esa nube los hebreos siguen caminando, y en medio del misterio de esa nube no se dan cuenta los egipcios lo que Moisés si pudo ver: que las aguas se habían apartado. Lo que ven los egipcios es que las ruedas de los carros se traban. Claro, estaban avanzando pesadamente por el fango, por el lugar donde había estado el agua que se había retirado. Los egipcios no se dan cuenta, y en el momento en el que sentían como dice el salmo: “los perseguiré y alcanzaré, se saciará mi codicia en el momento en el que sienten que ya tienen su presa y van a hacer justicia a su modo, es Dios quien hace justicia, es Dios quien hace retroceder al enemigo, es Dios quien devuelve a su sitio al demonio y le dice “tú a tu lugar”.

Y ese es un descanso inmenso para el corazón humano, porque el corazón se aturde sintiendo la voz seductora de la carne, el brillo engañoso del mundo y la palabra orgullosa del demonio. Entonces Dios obra en la pascua y devuelve a nuestros enemigos; los devuelve a su lugar, o como decía san Benito “la pascua hace que el demonio se beba su propio veneno”. Lo devuelve a su lugar y qué descanso y qué alegría. Pocos textos del Antiguo Testamento destilan una alegría tan pura como el cántico de Moisés del paso del mar Rojo. Ese cántico que también hemos repetido es maravilloso porque no es sólo “me liberó”, sino “me hizo justicia de mis enemigos, puso en su sitio a mi adversario”.

La cuarta lectura está tomada del profeta Isaías. ¿Cuál será la palabra que nos dice Isaías? ¿Qué cosa es la pascua? Le preguntamos a Isaías en este texto del capítulo 54. Isaías nos responde lleno de gozo en esta noche como todos nosotros: “la pascua es reconciliación”. Encontramos cómo el Señor vuelve a tomar a la esposa que había abandonado; “como a mujer abandonada y abatida te vuelve a llamar el Señor”. ¡Qué imagen tan viva! Había razón para repudiar a esta esposa; y es muy interesante porque según la Ley de Moisés que permitió el divorcio, estaba permitido el divorcio, pero no estaba permitido recasarse con la repudiada. Dios contradice su propia Ley, Dios desobedece su propia Ley para volver a abrazar y para regalar un beso a la esposa que con justicia había repudiado. Y esa esposa es el alma nuestra que se ha hecho odiosa por el pecado, que se ha hecho apestosa por el pecado, que se ha hecho horrible por el pecado.

Con justicia somos repudiados porque hemos escogido el pecado, pero con bondad somos reconciliados. La pascua es reconciliación. Y sentir que la Iglesia que nada merece de repente se llena del amor divino y siente el abrazo y cariño de su salvador. Esto se llama pascua. La pascua es reconciliación, y esa palabra la vivimos ya desde el comienzo de esta celebración cuando se cuenta el poder transformante de esta noche en el pregón pascual.

¿Y qué más nos enseña esa cuarta lectura del capítulo 54 de Isaías, qué más nos cuenta, qué otra perla nos regala? La pascua es paz, le dice Dios a la esposa reconciliada, avergonzada, la esposa que siente ruborizarse como dice Ezequiel recordando sus faltas pasadas y lo poco que valoró su primer amor. Le dice: “estarás lejos de la opresión y no tendrás que temer”. No es solamente el abrazo de “te perdono”, es el abrazo de “no te suelto”, es el abrazo de “ahora te quedas conmigo”, es el abrazo de “ya no te dejo”, es el abrazo de “estaremos juntos”, es el abrazo de la paz. Dos palabras bellas que son otras tantas perlas en la corona de la pascua de Cristo.

En la quinta lectura también tomada de Isaías capítulo 55 tenemos otras joyas. Es la primera vez que aparece la palabra linda por excelencia en la Biblia, es la palabra “gracia”. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta? ¿Por qué gastar salario en lo que no da hartura? Y dice aquí: “escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos, acudid también los que no tenéis dinero”. La pascua es gracia, ha estallado la gracia, ha explotado el amor, un diluvio de bendición cubre la tierra; la pascua es gracia. Lo que no merecíamos, lo que nadie podía comprar, porque el que quisiera comprar el amor con todos los bienes de su casa sería despreciable. Lo que no podíamos comprar, lo que ya no merecíamos, de pronto está ahí sobre el altar.

Y de pronto, es banquete. “Banquete”, segunda perla de esta lectura. Banquete. La pascua es Eucaristía, la pascua es alimento, la pascua es banquete que nutre y que deleita, que sana y que satisface y por eso hay que llegar a la pascua con hambre insaciable de la luz, con un hambre insaciable de amor, con un hambre insaciable de alegría. Acerquémonos a la mesa de la pascua que es al altar de Cristo y comamos el manjar que verdaderamente nutre, el manjar verdaderamente delicioso.

¿Qué más es la pascua? Todavía hay una tercera perla en esta quinta lectura de Isaías; porque allá dice hacia el final: “como bajan la lluvia y la nieve del cielo, como no vuelven allá sino después de empapar la tierra y de fecundarla”. La pascua es, podríamos decir, eficacia, pero hay una palabra más bíblica: la pascua es “fecundidad”. La vida sin Jesús es estéril, y si hay algo que amarga al corazón que piensa es la esterilidad. La pascua es la semilla de fecundidad para todos los pueblos. Por la pascua soy fecundo. Por la pascua hay un sentido, hay un camino, hay un “para qué”, hay una prolongación, hay un fruto. Pascua, fruto precioso del árbol de la vida. Ese árbol es la cruz, el fruto es el mismo Cristo.

La pascua es fecundidad. Con la pascua soy fecundo, con la pascua, entonces, adquieren sentido todos los sacrificios, todas las lágrimas, todas las renuncias, todos los santos votos que hace el pueblo cristiano; toda pobreza, todo dolor, toda persecución. Todo encuentra su sentido, todo casa maravillosamente cuando llega la luz de la pascua, y entendemos que todo eso viene en su momento y su lugar como dice el Eclesiastés. Momento y lugar para ser fecundo, momento y lugar para dar fruto es Jesús porque Él mismo es el fruto y Él mismo es la pascua.

Y el libro de Baruc nos trae otras dos perlas en la sexta lectura. La pascua es “conversión”. “Despierta tú que duermes” dice en el Nuevo Testamento san Pablo. Despierta tú que duermes, te va a iluminar Jesucristo. La pascua es el pequeño esfuerzo que hace el ser humano para levantar sus párpados y saludar la luz que viene de tan lejos, que viene desde el cielo a visitarnos. Haz eso, por lo menos levanta los párpados; por lo menos abre el corazón. Ha llegado de muy lejos el enviado del Padre. Ha hecho un largo camino, y en el camino se ha lastimado las plantas de sus pies, lleva llagas en sus manos, está roto su cuerpo, se ha bañado en su propia sangre. Por fin ha llegado a la puerta de tu corazón. ¡Ábrela, abre esa puerta, conviértete! Pascua es conversión. Saluda a la luz que viene de tan lejos, que tan alto precio ha pagado para poder besar tus ojos.

Él es nuestro Dios y no hay otro frente a Él, nos dice el libro de Baruc. Y hace un elogio de la Ley. Bien hacían los judíos piadosos en alabar la antigua Ley, porque es expresión de la sabiduría del Altísimo. Pero nosotros tenemos una nueva Ley, y esa es la segunda perla que nos regala esta lectura de Baruc. La pascua es la Nueva Ley; que si ya era admirable conocer el bien y diferenciarlo del mal, más grande es lo que nos ha dado Cristo. No sólo tener noticia de lo bueno y lo malo, sino sentir que el bien nos atrae irrefrenablemente y sentir que el mal se aparta, es puesto en su sitio. La Ley de Moisés mereció elogios de Baruc, y solamente mostraba la Ley nueva, la Ley del Espíritu. La ley de Cristo merece alabanzas y lágrimas de gozo porque no sólo muestra, puede.

La pascua es la nueva Ley, la pascua es la Ley que impera en nuestros corazones. Porque había prometido Dios: “voy a reunir a mi pueblo, voy a proclamar la Ley, pero ya no será Ley en tablas de piedra, será Ley en sus corazones. La pascua, entonces, es la nueva Ley. ¡Cuántas cosas es la pascua, cómo es de bella la pascua! Y nos falta todavía la última lectura del Antiguo Testamento. ¿Qué más es la Pascua? Estamos en la lectura de Ezequiel. La pascua es el momento en el que Dios reúne, la pascua es reunión, pero hay otra palabra más bíblica: mejor, la pascua es “comunión” de pueblos diversos, de culturas distintas y de todos los siglos. Nos reunimos en esta noche para adorar al único Cristo. Porque nadie piense que estamos celebrando esta pascua únicamente nosotros.

Ya sabemos que se nos unen los ángeles y los santos, pero hay que contar aquí que ellos responden “presente”; hay que contar aquí a los santos; aquí está todo el poder de inteligencia que Dios dio a santo Tomás; toda la ternura, la poesía y la luz que tuvo san Agustín; toda la delicadeza, toda la pureza de santa Inés, de santa Rosa. Todos son perfumes, todas son luces, todas son gracias, todos son cantos de todo el pueblo que ha nacido del único Cristo. La pascua es la gran comunión; la pascua es la fiesta que atraviesa los siglos; la pascua es la fiesta que se ríe de las fronteras; la pascua es la fiesta que se traduce a todas las lenguas; la pascua es la gran comunión, la gran reunión de todos en el único Jesús, en el único cordero.

¿Qué más es la pascua según Ezequiel? “Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres”, y repite lo que ya le había dicho Dios a Abrahán. Así como Cristo le repitió a Pedro la palabra que había empezado la historia y después de resucitado le dijo “sígueme”, la palabra con la que primero lo había invitado, así también resuena la palabra de Ezequiel. Porque lo primero que le había dicho Dios a Abrahán era esto: “tú serás mi pueblo, tú serás mío y yo seré tuyo”. Y después de todas las tormentas, y después de todos los pecados, y después de todas las rupturas, y después de todas las vergüenzas, después de todas las humillaciones, otra vez Dios repite su misma palabra: “vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”.

Estamos ante un Dios que no se desdice, un Dios que no retrocede, un Dios que no se acobarda, un Dios que permanece. Esta perla la podemos mirar de dos modos. Digamos que la pascua es “fidelidad”, es la gran fidelidad de Dios; es capaz de sostener su palabra por encima de todo; o digamos también que la pascua es “promesa”. Fidelidad si miramos esta perla de cara al pasado, promesa si la miramos de cara al futuro. Fidelidad si recordamos que Dios está aquí repitiendo lo mismo que dijo al primero entre nuestros padres; promesa si pensamos que esto todavía está por cumplirse; porque sólo se cumplirá completamente que Él es nuestro Dios cuando Él sea todo en todos, según dice san pablo a los Corintios.

Si llegamos a la epístola, llegamos a la carta a los romanos. ¿Qué es la pascua? Preguntémosle a Pablo. Claro que si le hacemos la pregunta completa nos tiene hasta el amanecer respondiéndonos. Porque toda la vida de Pablo fue eso, fue la experiencia de la pascua, fue el gozo de la pascua, fue la predicación de la pascua. Que casi no se le caía ese nombre; el nombre de Cristo, el nombre de Jesús de los labios, dice santa Catalina. ¿Qué cosa es la pascua? Pero como no podemos demorarnos seguramente hasta el amanecer, saquemos rápida, casi furtivamente unas cuantas perlas de lo que nos regala san Pablo aquí. La pascua es “bautismo”, y bautismo significa purificación, y bautismo significa vida nueva y bautismo significa paso. Esas tres salen del solo bautismo: vida nueva, paso, purificación.

Esta es la noche que purifica; la noche que purifica la intención, la noche que purifica el corazón, la noche que purifica los labios, la noche que purifica el corazón. Y esta es la noche de la vida nueva, esta es la noche donde nos damos el lujo de sentirnos renacer, no importa cuántos años nos haya visto el sol sobre esta tierra. Esta es la noche del paso, paso fundamentalmente de la muerte a la vida. ¿Y qué más podemos decir, mirando el texto de san Pablo? Esta es la noche de la “cruz gloriosa”. Que existe cruz, no lo podrá negar quien haya sufrido en esta tierra, que serán todos los seres humanos; pero que haya una cruz gloriosa eso sólo lo podemos aprender de Cristo. Que uno pueda mirar una cruz y gozarse; eso es una gracia.

Hay una gente que no quiere abrazar la cruz; hay gente que no entiende por qué representa a Cristo con tantas heridas y sangre; que uno pueda mirar la cruz y que uno pueda sentir gozo en la cruz, y que uno pueda sentir gratitud ante la cruz; esto es algo que proviene solamente de esa misericordia que se llama la pascua. Hoy y en esta noche entendemos que de ese sufrimiento puede salir luz; que de ese sepulcro puede salir perfume y que de esa muerte puede empezar la vida. Eso lo entendemos hoy: la pascua es la cruz gloriosa. Y la pascua, nos dice san pablo, para completar las cinco perlas de su epístola, es “victoria”. Casi sobraría decirlo, porque no hemos hecho sino cantar la victoria de Cristo. La pascua es triunfo, la pascua es victoria.

¡Qué alegría poderle cantar a uno que se llama Jesús, que ha vencido al peor de los enemigos y lo ha vencido con la máxima sabiduría, con la máxima fuerza, con el solo aliento de su boca, con el solo amor de su corazón! ¡Qué grande poderle cantar a uno que vence de esa manera! ¡Qué grande ver que fue perfecta la victoria del Señor! Y perfecta la llamamos porque pretendía el demonio, infundir, por lo menos venganza, por lo menos desobediencia, por lo menos orgullo, por lo menos amor propio en el crucificado. Y en todo esto fue derrotado. Murió Cristo sin amarse más de lo que amaba la voluntad del Padre, murió Cristo pidiendo perdón por sus enemigos, murió Cristo sin dejarse llevar de orgullo alguno, murió Cristo venciendo al peor enemigo de la mejor forma.

¡Cómo no cantarle a este vencedor! ¡Cómo no sentirnos orgullosos de nuestro jefe y general, de nuestro líder, de nuestro héroe y nuestro modelo! ¡Cómo no sentir que hay una razón para cantar y para gozarse! Es que cuando miramos al mundo especialmente a los jóvenes encontramos que peregrina la gente por esta tierra buscando a quien admirar y por eso cuando un cantante no se desafina ya la gente llora y paga por ir a un concierto; y cuando un presidente dice “yo no me le voy a arrodillar a la subversión” ya la gente cobra esperanza. Cómo necesitamos de líderes, cómo necesitamos de modelos, cómo necesitamos de jefes. Vivimos diciendo que somos independientes, adultos, autónomos, pero la verdad es que el ser humano siempre necesita dónde posar y donde descansar sus ojos.

Y eso es lo que tenemos nosotros, eso es lo que tenemos sobre todo en la pascua: a dónde mirar, a dónde descansar los ojos y decir “aquí no hay nada que criticar, aquí no hay nada que destruya, aquí no hay nada que engañe”. Porque cuando se mira la historia de los grandes generales o de los grandes científicos, o de los grandes filósofos, o de los grandes inventores ¡cuántas decepciones! El primer libro que yo leí, la primera biografía que leí de un científico fue de Isaac Newton y me pareció un hombre fantástico, poco después me enteré de cómo obraba Isaac Newton con sus colegas y cómo se ensañaba en destruir a cualquiera que quisiera empañar su honra. El hombre así como era de reconcentrado para resolver los problemas de matemáticas así era reconcentrado su odio para destruir a cualquier enemigo suyo hasta volverlo trizas. Y ese era el gran Isaac Newton.

Y si seguimos con los científicos, se murió Einstein sin nunca poder decirle Tú a Dios. ¿Voy a admirar a un hombre así? ¿Voy a decir que ése es mi modelo? o ¿A quién voy a buscar? ¿A quién voy a buscar? ¿A un Alejandro Magno voy a buscar? o ¿Busco a quién, a un presidente, tal vez el de Norteamérica? ¿A quién voy a buscar? ¿A una cantante o a una modelo, que luego la están sacando de una clínica por una intoxicación por sobredosis de droga? ¿Esos van a ser mis modelos? San Pablo me enseña en donde puedo descansar mis ojos. Y no digamos ejemplos solamente de las profesiones y oficios seculares. La vida, si bien lo pensamos, es una larga sucesión de decepciones, una larga sucesión de desilusiones.

No sólo nos desilusionan las modelos cuando se engordan o se arrugan, no sólo nos decepcionan los cantantes cuando se drogan o los meten en la cárcel; no sólo nos decepcionan los generales o los presidentes cuando se llenan de orgullo, de crueldad y pretenden eternizarse en el poder. Nos decepcionan también nuestros priores, nos decepcionan también nuestros maestros, nos decepcionan también hermanos de hábito, y casi podemos decir que no hemos conocido ni un sacerdote, ni un predicador, ni un misionero que no nos haya desilusionado una vez. Frente a todo ese valle hondo, ese valle oscuro de las decepciones humanas, hoy se levanta el cirio de la pascua que es Jesucristo. Y en esa luz que no muere encontramos una victoria que se puede cantar hoy, mañana y toda la octava y el resto de este año y hasta el fin de mi vida y luego por la eternidad.

En Cristo tengo tema y tengo música para celebrar una victoria que jamás termina. Preguntémosle a Marcos el evangelista qué cosa es la pascua. Y ¿qué nos responde él? Pues tomemos las palabras que dice ese ángel ahí junto al sepulcro: “¿Buscáis a Jesús el nazareno, el crucificado? No está aquí”. Esa noticia es maravillosa: “No está aquí, ha resucitado, mirad el sitio donde lo pusieron”. La pascua es una muerte sin presa. La trampa se rompió y escapamos. La pascua es un sepulcro vacío, es una muerte sin presa. La pascua es la sonrisa de Dios, es la alegría de Dios que ha dejado sin su alimento al vientre insaciable y cruel de la muerte. No está aquí. San Pablo dice: “el último enemigo vencido será la muerte”, pero ya la vemos vencida.

¿Qué es la pascua? Le preguntamos a Marcos, y Marcos responde: “la pascua es muerte vencida”. Qué bueno que haya uno que haya vencido a ese imperio aparentemente universal de la muerte, qué bueno ver a la muerte, mirarla en sus cuerpos negros y decirle “¿dónde está muerte, tu victoria, dónde está muerte, ti aguijón?, se te ha escapado la presa, hoy tienes que irte sin haber ganado, vete”. Poder despedir a la muerte, poder saludar a la vida y desde luego, digamos en términos de nuestras palabras: “la pascua es anuncio, la pascua es evangelio”, eso es la pascua: evangelio. Si esto conocemos hay que contarlo al mundo. Hay que decírselo a Pedro, hay que decírselo a los discípulos.

Cosa y advertencia que no sobra: “vayan y díganselo a Pedro”. Aunque luego Pedro tiene el encargo de confirmar en la fe a todos sus hermanos, vayan y díganselo a Pedro. Eso es muy importante. Porque Pedro, según explica san Agustín, corresponde al orden de la Iglesia sobre todo en esta tierra. Evangelicen a Pedro. Evangelicen a Pedro es: “sean pascua para que los sacerdotes puedan creer en la pascua. Sean pascua para que los obispos vuelvan a predicar como antiguos padres, La pascua. Sean pascua, brillen de pascua, huelan a pascua para que los misioneros no olviden qué tienen que anunciar, para que los teólogos sepan qué tienen que estudiar, para que los confesores sepan cómo tienen que absolver”. Sean pascua y cuéntenselo a Pedro para que la Iglesia entera pueda sentir el júbilo y pueda sentir la paz y pueda sentir la cálida brisa de esa mañana.

La pascua es “evangelio”. Como ustedes ven, la palabra evangelio tiene un ángel adentro. La pascua tiene ángeles. Hay que llevar noticia, como ángeles, hay que llevar noticia, hay que proclamar la noticia como los ángeles, hay que ser ágiles como los ángeles, obedientes y audaces como los ángeles hasta llevar el anuncio al último confín de la tierra. Porque no está en el sepulcro, porque Cristo ha resucitado, porque la muerte no tiene poder sobre Él y porque va delante de nosotros a Galilea.