Bscj002a
Fecha: 19970606
Título: Entremos por la puerta pequeñita, que esta abierta en el Corazón de Cristo
Original en audio: 26 min. 41 seg.
Queridos Amigos:
El texto del evangelio nos presenta la última de las crueldades que se realizaron con el cuerpo de Cristo, la última de las crueldades.
La crucifixión, es decir, el colgar a una persona de un madero hasta que se muriera, es uno de los más horrendos tormentos imaginados por la mente humana, lo utilizaba el Imperio Romano para castigar ejemplarmentente a los rebeldes, a los sediciosos, a los subversivos, a los esclavos, de manera que ante ese castigo ejemplar, nadie volviera a atreverse a seguir por ese camino.
Los dirigentes del pueblo judío lograron de Pilato el trágico favor de que ese castigo le fuera aplicado a Jesucristo, es decir, que Él fuera crucificado.
El crucificado, después de haber perdido sangre, moría por deshidratación y por asfixia. Normalmente, el tormento era tan espantoso, que algunas personas, no soportando ver tanto dolor, intentaban desclavar a los ajusticiados, intentaban descolgar a los crucificados.
Y por eso se convirtió en costumbre, para los romanos, que cuando se crucificaba a alguien, había que poner un grupo de soldados que vigilaran, mira lo que voy a decir, que vigilaran que nadie pudiera tener ni un poquito de caridad con el que se estaba muriendo.
El objetivo de los soldados era ese, impedir que alguien pretendiera aliviar, en algún sentido, la agonía del que se estaba muriendo.
Si esto ya parece demasiado cruel, si esto ya parece de bestias, de hienas, y creo que no hay animal que tenga la crueldad que tiene el ser humano, ahí no paraba la cosa.
Después de un tiempo de crucifixión, que podía ser de horas, y había personas que podían resistir hasta más de un día, si la persona finalmente no moría, pues entonces la agarraban a palo, esto que aquí llaman "quebrar las piernas" San Juan 21,32, de modo que en las contorsiones infernales de tan terrible dolor, la persona acabara de morir.
Hasta allá llega un imperio cuando no quiere perder a sus súbditos; hasta allá llega un imperio cuando quiere asegurar su permanencia y su fuerza; hasta allá llega un imperio cuando no conoce la Ley de Dios y cuando se diviniza a sí mismo, cuando se considera Dios. Esto es lo que hemos escuchado en el evangelio.
De los tres que estaban crucificados en esta ocasión, porque hay que tener en cuenta que los romanos crucificaron a mucha gente, Cristo fue uno más dentro de una lista bastante extensa de crucificados, en esta ocasión los crucificados, como sabemos, eran tres, de esos tres, uno, el de la mitad, ya había muerto, ese es Jesús; los otros dos maleantes, los otros dos malvados, todavía respiraban, todavía tenían algo de vida.
Y por eso el texto que hemos escuchado lo que nos presenta es el encuentro del garrote de los soldados romanos, para despedazar a palo al que estaba ahí colgado, para que acabaran de morir los dos ladrones que estaban con Jesús.
Y como a Jesús ya no se le podía hacer nada, porque ya estaba muerto, como si no bastara lo que había sucedido, uno de estos seres, no sé si llamarlos personas, uno de estos seres, sintió que el cadáver no podía quedar así no más, y con su lanza atravesó el costado de Cristo ya muerto.
Un gesto horripilante, no sólo cruel sino inútil, y ese gesto es la suprema humillación de una persona que muere y cuyo cadáver ni siquiera es respetado, una persona a la que no se le puede aplicar lo que nosotros solemos decir a nuestros difuntos: "Que descanse en paz".
Puede decirse que la sevicia de este Imperio llegaba hasta el extremo, de que si pudiera perseguir a las personas para seguirlas torturando después de muertas, las perseguiría.
Esa es la escena que se nos presenta en el evangelio: la dureza impenetrable, inhumana, la dureza indecible del Imperio, que finalmente en esa lanzada, finalmente en ese atravesar el costado de Cristo no quiere dejar en paz ni siquiera su cadáver.
Pues bien, este gesto inútil, absurdo y cruel es el que estamos celebrando hoy, no por lo que se hizo, sino por lo que nació de ahí.
Y aquí empieza la poesía. Predica un Santo Padre de la Iglesia y dice: "Así como Adán, dormido, donó de su costado una costilla de la que Dios hizo a Eva, así también de Cristo, el nuevo Adán, ya dormido en la Cruz, del costado de Cristo, ya dormido en la Cruz, Dios Padre sacó sangre y agua, agua de Bautismo, sangre de Eucaristía".
Del costado de Cristo dormido en la cruz, como de un nuevo Adán, nace su esposa, la Iglesia; así como de Adán, Dios creador hace a Eva, mientras Adán duerme, así también de Cristo, dormido, Dios hizo a la Iglesia, mientras Cristo duerme".
El gesto del soldado fue contemplado por Juan, el Apóstol y Evangelista que cuenta estas cosas, y él dice: "Sé que mi testimonio es verdadero" San Juan 20,35.
Este, inútil y cruel gesto, nos abrió las entrañas de Cristo, y eso es lo que estamos celebrando hoy, las entrañas abiertas de Dios. En la lanza del soldado, nos abriste tu costado, ¡oh piadoso Rey de paz!
Cuando se empiezan a describir todas estas crueldades, que lamentablemente han acompañado a la historia humana en todos los siglos, llega un punto en el que uno siente que se le revuelven las entrañas; cuando uno ve el Corazón abierto de Cristo, es posible que se le abra el corazón a uno, porque el dolor es lo que cierra el corazón, y el dolor es el que abre el corazón.
Si el dolor nuestro nos volvió cerrados en nosotros mismos, que sea el dolor de Dios el que hoy nos abra; si nosotros cerramos la puerta de nuestra vida y dijimos: "Aquí nadie entra porque todos son falsos, todos son traidores, todos son mentirosos, aquí nadie entra", y cerramos nuestra puerta, y así nos convertimos en prisioneros de nuestra propia cárcel.
Si así hemos obrado nosotros, si el dolor te obligó a abrir la puerta, que hoy este dolor inconmensurable abra esa puerta; si el amor tuyo, traicionado o desilusionado, te obligó a cerrar la puerta, que el amor de Cristo, tan desilusionado y tan traicionado, él te invite a abrirla.
Cristo aceptó ser atravesado por la lanza del soldado, como aceptó ser coronado de espinas, ser flagelado, ser crucificado. ¿Qué es? ¿Es un cobarde?
Catalina de Siena dice: "No fueron suficientes los clavos para tenerle, si no le tuviera primero amarrado el amor". No era el poder del Imperio, no era la fuerza de los clavos, no eran las correas con que solían amarrar los romanos, no era el cansancio lo que le tenía ahí, era el amor.
Acuérdate lo que Él le dice a aquel discípulo cuando la escena del Huerto: "Guarda la espada, no me defiendas tú. ¿No crees que si yo llamara a mi Padre no enviaría doce legiones de Ángeles para que me defendieran? San Mateo 26,52-53.
No, no era el Imperio lo que le tenía dominado, era el amor; lo único que le puede a Dios es el amor; lo único que le gana a Dios es el amor; lo único que doblega a Dios es su propio amor, y eso es lo que estamos celebrando hoy, hoy celebramos a un Dios doblegado.
¿Por el Imperio Romano? ¿Por la crueldad de los hombres? ¿Por la muerte? ¿Por la tortura? No. Hoy celebramos a un Dios fijo al tormento, humillado hasta la muerte por su amor, por el tamaño de su amor, por la proporción de su amor. ¿Qué puedo hacer para conocer ese amor?
Decía el Padre Raúl Cruz, un jesuita, decía: "Algo extraño sucede con la cruz, normalmente nos admiramos de las cosas cuando las empezamos a ver, las cosas nuevas atraen nuestra admiración". Y decía el Padre Raúl: "Pero con la cruz pasa algo extraño, sólo empieza a admirarnos y sólo empieza a hablarnos cuando la hemos mirado cien veces".
Una cruz, otra cruz, otra cruz, ¿cuántas cruces nos rodea? Cruces al cuello, cruces en las pulseras, cruces a la cintura, cruces de San Benito, ¿cuántas cruces nos rodean? Cruz que hacemos con nuestras manos, cruz que hacemos con ramas y flores, y la llamamos "cruz de mayo", una cruz en nuestras tumbas, una cruz a la puerta de la casa.
¿Has mirado la cruz? ¿Cuántas veces? ¿Has mirado, mirado la cruz? ¿Has pensado en lo que ahí estaba sucediendo? Porque hay dos maneras de mirar la cruz, una es mirar lo que nosotros estábamos haciendo, otra es mirar lo que Él estaba haciendo.
Y por eso se necesita mirar cien veces la cruz, y por eso, seguramente, necesitaremos celebrar muchas veces la solemnidad del Sagrado Corazón, muchas veces, seguramente, porque cuando nosotros miramos la cruz, nos ponemos a pensar en nosotros, en nuestros sufrimientos, o en la crueldad del ser humano, o en lo absurdo de la vida, o en todas las razones que nos llevaron un día a cerrar nuestra puerta y a decir: "¡Aquí nadie entra!" Esa fue nuestra actitud.
Pero de pronto sucede, a la centésima vez, después de que ha pasado mucho tiempo, en que uno se pone a mirar esta cruz, en que uno se queda mirando la cruz, y por un instante uno ya no piensa en que "mi vida, en que mis cosas, en que mis dolores, ¡ayyyy!", ni tampoco se queda uno mirando: "Claro, ahí está pintada la alcantarilla que es el ser humano"; claro, ¿meterse uno a bueno para que le hagan a uno eso? Claro, ahí está pintado el ser humano".
El que mira la cruz sólo para compadecerse o para maldecir su vida, no ha visto nada; el que mira la cruz sólo para renegar de la especie humana, no ha visto nada; el que mira la cruz y por un instante piensa qué había en Él y dentro de Él, y para eso se necesitaba una puertica, y esa puertica fue la que nos hizo el favor de abrir el soldado, hoy una puertica, chiquita, para mirar el corazón de Dios. Una puertica, apenas eso necesitábamos.
De manera que la solemnidad del Sagrado Corazón es una invitación a mirar a Él, qué estaba pasando en Él, que había dentro de Él. Si Él ha abierto una puerta es para que entremos, y si quieres entrar, es para que te hagas esta pregunta: "¿Quién es Él? ¿Qué estaba haciendo Él? ¿ Qué había dentro de Él? Gracias a Dios podemos responder: dentro de Él había oración, Cristo estaba orando en la cruz.
Esas palabras tan conmovedoras: "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Salmo 22,2, San Mateo 7,46, San Marcos 15,34, como sabemos, son la palabras de un salmo; Cristo estaba orando en la cruz, no estaba renegando, no maldijo a nadie, no juró venganza, no blasfemó, estaba orando porque estaba amando, eso es lo que Él estaba haciendo.
Deja por un momento de mirarte a ti, tus cosas, tu vida, sí,sí sí; ¡entra tú con todas tus cosas! ¡No te estoy diciendo que las dejes, sino que dejes de mirarlas! ¡Entra tú con todas tus cosas por esa puertecita que te abrió el soldado hoy! ¡Entra! ¡Entra! tú con todas tus cosas! ¡Entra tú con todos tus dolores, con todas tus lágrimas, con todas tus quejas! Lo que necesita tu vida para cambiar es ese suave toque del amor.
Mira, para el que ama no hay cosas imposibles, pregúntaselo a los enamorados, nada les parece difícil, no es que nada les parezca imposible, es que no les parece ni siquiera difícil, para el que ama nada hay imposible.
Dejar un vicio, cuántas veces preferimos justificar nuestro vicio: "No, es que esto es normal, todo el mundo lo hace, es parte de mi cultura, es parte de mi desarrollo, es parte de mi afectividad, es parte de mi sensibilidad".
Y lamentablemente, qué favor tan malo nos hacen algunos psicólogos cuando nos enseñan a eso, a pretender justificar lo que se llama pecado; pero en el otro extremo, hay otros señores, llámalos moralistas o como los quieras llamar, que nos hacen otro favor peor, que es acumular complejos de culpabilidad: "Usted es la embarrada, usted se va a condenar, usted no logra nada, de usted no nace nada".
El Corazón de Cristo no es, ni es el súper psicólogo permisivo que te dice: "Todo está bien, sigue por ahí, eso es normal"; ese no es Cristo; ¡yo no me imagino a Cristo aprobándole las porquerías a uno! ¡Lo que es puerco es puerco, para qué le va a cambiar el nombre!
Pero Cristo tampoco está e la cruz castigando, castigando y acomplejando, no, eso no es Cristo, ¿qué está haciendo Cristo en la cruz? Está orando y está lleno de un amor, que es el que seguramente te hace falta a ti para dejar tu culpa y tu pecado.
La manera de salir del pecado no es decir que es normal: ¡No, es normal! ¡No es normal que Colombia esté como está! ¡No es normal que se muera tanta gente! ¡No es normal todo lo que tiene que oír uno en la confesión! Y bendito sea Dios que lo oye en la confesión, ¿y lo que uno no oye? ¿Lo que nadie oye? ¡Eso no es normal! ¡No es normal el país en el que estamos, y la familia colombiana! ¡No es normal! ¡claro que no es normal!
Cristo no está para aprobarnos nuestra vida con sus porquerías; pero tampoco está para acomplejarnos, no; Cristo tiene el toque, el toque bendito de amor.
Entremos, todos lo necesitamos, como Salvador de todos ha venido, porque todos lo necesitamos. Entra, entremos por esa puerta, entremos en ese amor, evitemos los dos mentirosos, ¿y cuáles son los dos mentirosos? El que me dice que mi pecado está bien, que eso es normal, que eso se vale.
¡Ay, cuanto daño hacen las personas que así hablan! ¡Cuanto atan los corazones! ¡Quita a ese mentiroso! ¡Y ahora quita el otro! El otro es el que te dice: "¡Te vas a condenar, eres un culpable, no sirves para nada, nunca podrás vencer eso, estás mal, estás peor!" ¡Quita ese otro mentiroso, ese ser acomplejante, opaco, amargo! ¡Quítalo!
Y quitados esos dos estorbos, entra en Él, entra en su amor y dile: "Señor, ¡admito lo que soy! Y no le voy a cambiar el nombre a las cosas, ¡admito lo que soy!"
¡Qué descanso poder decirlo! Haga usted la prueba en su corazón de decir eso: "Admito lo que soy, admito que soy un cobarde, admito que estoy atado a una cantidad de cosas, admito que soy un envidioso, admito que soy, que soy tantas cosas".
"Jesucristo, admito lo que soy, lo admito en mi corazón, admito lo que yo soy; hoy no me voy a decir mentiras, pero tampoco me voy a dejar humillar; no me voy a decir mentiras, tampoco me voy a condenar; no me voy a arrojar al infierno, me voy a arrojar a otras llamas".
Si lo quieres mirar así, míralo así. Escoge a que llamas te quieres arrojar, ¿a las llamas del infierno del absurdo? ¿A las llamas del infierno, del egoísmo? ¿A las llamas del infierno del engaño de creer que todo está bien sólo porque tú lo dices? ¿A las llamas del infierno o las llamas de Cristo? Esa es la alternativa en esta noche.
Y yo te digo, como en el libro del Deuteronomio: "Ante ti está la muerte y la vida" Deuteronomio 30,15, ¡escoge la vida! Ya estuvo bien de las llamas del infierno, ¿tú crees que el infierno está sólo para después de esta tierra?
El infierno como realidad posible para el desenlace de la historia humana, ciertamente está para después de esta tierra, pero el infierno ya empieza cuando uno empieza a darle cuerda a la cabecita y a decir: "No, yo sí estoy bien, yo sí estoy bien", y se le va torciendo la cara a uno de la porquería de mentira que se está diciendo, se le va creciendo la nariz de las mentiras.
Eso es un infierno, pretender uno que "yo estoy bien, y que estoy bien, y que es normal". Y es otro infierno, que ya empieza en esta tierra, empezar uno a acomplejarse: "Yo tan malo, yo no logro nada, nada supero, yo no puedo nada, nada logro, voy a hacer otro intento, no me resultó, ¿qué haré? Soy malo". Ese es otro infierno.
Ahora dime tú qué prefieres, ¿prefieres las llamas de esos infiernos que son preludio del infierno eterno? ¿O prefieres las llamas de amor, de caridad, de ternura, de purificación del Corazón de Cristo?
Esa es la alternativa para hoy, esa es, y le digo y le digo a mi alma: "Escoge las llamas del Corazón de Cristo, porque ese fuego calma tus ardores; porque ese fuego calma el ardor de tu ira, o de tu concupiscencia; porque ese fuego incendia lo que antes era pereza, tardanza, negligencia, torpeza; porque ese fuego alumbra, purifica, transforma".
Jesús, queremos entrar en tu fuego, la crueldad humana, bien representada en la lanza absurda de ese soldado, abrió la puerta; pero la puerta la abrió tu misericordia, la puerta la abrió tu amor; queremos entrar por esa senda, queremos arrojarnos en las llamas de tu Corazón; queremos experimentar tu amor, Señor, queremos sentirnos amados por ti".
"Hoy admito lo que soy, hoy admito quién soy; te admito, Señor, y quiero entrar en ti, y quiero que tú entres en mí, quiero que cenemos juntos, quiero que me hables palabras de amor, las que sólo te puedo creer a ti, porque ya no le creo a nadie; dame esas palabras, Señor".
"Dame de ti, dame de tu perfume, dame de tu alimento, dame de ti, Señor; dame de tu mirada, dame de tu cuerpo, porque todo será distinto si tú estás conmigo. Yo creo en ti, Señor, yo espero en ti y te amo; a ti te bendigo, mi Señor, mi Salvador, ¡oh piadoso Rey de paz!"