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Fecha: 19970606
Título: Contemplando el Corazon abierto de Cristo, descubrimos el abismo de nuestro propio corazon
Original en audio: 10 min. 31 seg.
La profecía de Oseas empieza describiendo el amor de Dios en términos humanos, para terminar superando el amor humano en términos de Dios.
Me parece que aquí está, tal vez, el centro, o por lo menos uno de los núcleos de esta preciosa, de esta sustanciosa y nutritiva celebración.
Dice así: "Cuando Israel era joven, le amé" Oseas 11,1. "Con cuerdas humanas, con correas de amor lo atraía" Oseas 11,4.
En esta parte se nos describe el cuidado que Dios tiene de su pueblo, como el cuidado que tiene un padre de su hijo, o como el que tiene un amado de su amada.
Pero, más adelante expresa: "Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, que soy Dios y no hombre" Oseas 11,8-9.
Habla a la manera humana para que le entendamos. Mas, nos dice que no es humano, para que confiemos en Él, más de lo que confiamos en nosotros mismos.
Se manifiesta con sentimientos humanos, se presenta con entrañas capaces de conmoverte. Pero, luego nos muestra que la conmoción de sus entrañas y que la altura de su amor, superan lo que alcanzan nuestros anhelos y lo que pueden nuestras entrañas.
Así es también la revelación en la Sagrada Escritura. Dios habla de manera humana; dice que extiende su brazo, dice que arde en cólera. Y sin embargo, siendo Dios, ni entra en cólera, ni tiene un brazo para extender.
Hablándonos así, se aproxima a nuestra humanidad y hace que nosotros de alguna forma comprendamos el mensaje. En el momento decisivo, no obstante, también nos hace entender que ese lenguaje nuestro, no es suficiente; que ningún brazo tiene el poder que tiene Dios, que ningún perdón, que ningún olvido humano, se asemeja al perdón de Dios.
Y en la fiesta de hoy comprendemos, que ninguna ternura humana da la imagen precisa, completa, acabada, de la ternura de Dios.
Es lo que nos ha mencionado la segunda lectura. Dice San Pablo, que, "pide a Dios, nos conceda robustecernos en lo profundo de nuestro ser, para que abarquemos lo mismo que los Santos: lo ancho, lo largo, lo alto, lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía, el amor cristiano" Carta a los Efesios 3,16-18.
Dios habla como hablan los filósofos, los literatos, los historiadores, o los poetas. Y habla para ser comprendido. Pero, habla, sobre todo, para que comprendamos que no comprendemos. Habla, sobre todo, para que entendiéndolo, sepamos que su entendimiento y su sabiduría superan la nuestra.
Por eso, habla para ponernos en camino. La Escritura Sagrada no es una explicación de Dios, no es una anatomía de Dios, no es una fisiología de Dios, no es, si se pudiera decir ese término, una psicología de Dios.
La Escritura Sagrada habla para que nuestro corazón y nuestra mente entiendan que no entienden, entiendan que han de ponerse en camino, entiendan en qué dirección y hacia dónde está ese Infinito para el que hemos sido creados.
De esta manera, la Escritura Sagrada, cuya plenitud es Jesucristo, se hace camino con nosotros. Puesto que el ser humano es peregrino, Dios también se hizo peregrino con su Palabra.
Acompaña con su predicación nuestros pasos, continuamente, iluminando nuestro corazón. Calentando nuestro corazón en su amor, lo va dirigiendo hacia el Infinito. Y de ese modo transcurren los días en esta tierra, hasta que más allá de esta tierra, ya sin ruido de palabras, podamos encontrarnos con la Palabra.
Para que ya no sean muchos los amores ni muchas las providencias, sino uno sólo el don y uno sólo el amor. Después de haber oído todas estas palabras en la tierra, será una sóla palabra, su Verbo, el que en el Cielo nos declare que Él es Dios.
Y luego de haber experimentado de tantos modos su ternura y su solicitud en esta tierra, será un sólo amor, un sólo viento y una sóla llama, su Espíritu, el que nos incendie en éso mismo que Él es.
Por ello, el soldado atraviesa el Corazón de Cristo, atraviesa el costado de Cristo. Y Juan nos dice, que, "ahí se cumplió lo de la Escritura: Mirarán al que traspasaron" San Juan 19,36-37.
¿Qué se mira en ese Corazón abierto de Cristo? Ese Corazón de Cristo es la suprema profecía de Dios. Ese Corazón de Cristo es la perfecta y última parábola de Jesús. Todavía muerto, sigue predicando.
En ese Corazón roto, hay una última metáfora, hay un último símbolo. ¿Qué se puede ver en ese Corazón abierto?
Decía con poca luz algún protestante, que "qué hacíamos nosotros devorando las vísceras del Señor".
Con un poco más de luz, comprendemos que el mismo que habló de trigos, de perlas, de siembras, de hijos que se van de la casa y vuelven, el mismo que habló de viñas, de ladrones, de doncellas, el mismo que supo decir con tantas palabras cómo es el Reino de Dios, llevaba en su propia Carne, toda la realidad, toda la fuerza expresiva de la Palabra.
Por eso, Cristo en la Cruz, especialmente, así, como le contemplamos hoy, roto, Cristo roto en la Cruz, es la última parábola, es la última predicación, es el oráculo de los últimos tiempos en el que el corazón humano se queda suspenso, viendo abierto el Corazón de Dios.
En ese Corazón abierto de Dios, entiendo que en realidad nunca he sabido nada. En ese Corazón roto de Dios, comprendo que jamás he amado de veras. En ese Corazón abierto de Dios, en ese hueco, en ese vacío que la lanza produce dentro de la Carne de Cristo, por fin se abre un vacío, por fin se abre un roto en el propio corazón.
Entendemos así, que hemos caminado, que vivimos con un abismo adentro, y que ese abismo sólo lo podrá llenar el abismo de Dios.
Éste, pues, es un día esencialmente contemplativo, un día para avanzar con humildad y con gratitud, con una lágrima y una sonrisa, en medio de esta última predicación de Cristo.
Este es un día para meter los ojos, -y con los ojos, la alabanza, y con la alabanza, el corazón-, en el Corazón de Dios. Es un día para pedirle a Él, rogarle a Él y agradecerle a Él, ese Corazón abierto.
Sólo sabremos algo de ese Corazón, cuando ese mismo vacío esté en nosotros, cuando nuestra carne se asemeje a la de Él, cuando tengamos nosotros, como dice San Pablo en algún lugar, "los mismos sentimientos de Cristo" Carta a los Filipenses 2,5.
El que muere con Cristo, el que padece con Cristo, entiende qué es lo que hay en ese Corazón. Entiende cuanto puede ser entendido mientras vamos en esta tierra, hasta que llegue la plenitud de revelación del amor en el Cielo.