Bram002a
Fecha: 20030413
Título: Encontrar al que estaba escondido en la cruz.
Original en audio: 26 min. 22 seg.
Las tres lecturas que hemos escuchado son tres miradas al misterio de amor que vamos a celebrar en esta Semana Santa. Miramos ese misterio con los ojos de un Profeta, este es Isaías en el capítulo 50; miramos ese misterio con los ojos de un Apóstol, este es Pablo, en el capítulo segundo de su Carta a los filipenses.
Y luego miramos ese mismo misterio con los ojos de un Evangelista, este es Marcos, que habiendo conocido el testimonio de primera mano de los Apóstoles y guiado por el Espíritu Santo, nos concede hoy el relato de la Pasión del Señor.
Son tres miradas a un mismo misterio y de aquí podemos entender cómo todo, todo, mira hacia Jesús. Los Profetas, los Apóstoles, los Evangelistas, la Escritura entera habla de Jesús como Él mismo lo dijo disputando una vez con los judíos: “Vosotros estudiáis las Escrituras, ellas hablan de mí” San Juan 5,39.
Todo mira hacia Jesús, todo habla de Jesús. En la Creación, porque todo fue hecho por Él; en el Cielo porque todo fue hecho para Él. Pero especialmente en el orden de la redención porque en Él se han reconciliado todas las cosas.
Dejémonos guiar por estas palabras y miremos desde este domingo el misterio que prontamente vamos a celebrar con la Iglesia en todo el mundo.
Quisiera empezar por las palabras del Apóstol que describe la Pascua del Señor como un movimiento, un descenso, un abajamiento que luego se convierte en un ascenso, en una victoria. En ese capítulo segundo de su Carta a los Filipenses Pablo describe los cuatro grandes pasos del abajamiento de Cristo: primero, "no hizo alarde" Carta a los Filipenses 2,6.
Segundo, "fue uno cualquiera" Carta a los Filipenses 2,7; tercero, murió Carta a los Filipenses 2,7, y dentro de ese tercero, cuarto, "murió crucificado" Carta a los Filipenses 2,8
Son los cuatro momentos de la kénosis, del abajamiento, del vaciamiento de Jesús. Y de esos cuatro momentos podemos tomar nosotros toda una escuela de vida espiritual. Porque entendían los antiguos monjes que toda la espiritualidad consistía solamente en una cosa: en adquirir la verdadera humildad.
No comprendida esta humildad como una virtud humana, una virtud de convivencia o una virtud que elimina el orgullo, sino como la gran virtud que le abre espacio a Dios. Sin humildad no hay nada porque sólo a la humildad se le ha concedido esa fuerza, la fuerza de abrirle un espacio a Dios.
Y por eso en escritos de Cartujos y de Trapenses, en escritos de monjes y de enamorados de la vida de unión con Dios, una y otra vez vuelve el tema de la humildad.
Porque parece que todo lo que hay que lograr en la vida, sobre todo si es vida de consagrados, es la verdadera humildad; y tener cualquier otra cosa, si falta esta virtud, seguramente es tener solamente un engaño, una fachada, una mentira.
Entonces, como estamos mirando el misterio del amor de Cristo con los ojos del Apóstol Pablo, y Pablo describe este misterio como un abajamiento en cuatro fases, aprendamos nosotros, hasta donde nos es posible, cómo es este abajamiento, porque los Doctores de la vida espiritual, desde los más antiguos hasta los más recientes ven, en la conquista de la humildad, la conquista de todo.
Lo primero es que no hizo alarde, y es que Jesús tenía realmente de qué alardear; "no hizo alarde de su rango divino, de su categoría de Dios" Carta a los Filipenses 2,6;lo primero es eso, no hizo alarde.
En cierto modo, y aún más, veló, ocultó. Es una cosa como paradójica, que en un mundo donde abundan tantos males, el camino de la humildad comience por esconder el bien. Tantos problemas que hay, tanta maldad y tanto pecado en el mundo, y lo primero que se le propone al que busque seriamente la vida espiritual es que oculte, es que vele sus bienes.
Y sin embargo esto es indispensable para el camino de la humildad, porque ocultar el bien no es mentir sobre el bien, ocultar el bien es sembrar lo más profundamente en nosotros y en el mundo.
Nosotros no escondemos el bien como el que esconde una vergüenza, sino escondemos el bien como el que esconde una semilla para que dé fruto a su tiempo. Jesús era el Mesías y sin embargo Él no hizo alarde de su condición de Mesías; tampoco lo negó.
Como lo oímos en el relato de hoy cuando le fue preguntado expresamente: “¿Eres tú el Mesías?” San Marcos 14,61, la respuesta fue: "sí" San Marcos 14,61. No mintió, siempre lo fue. Pero no hizo alarde de eso, estaba ahí, oculto.
Esto tiene muchísima sabiduría, mucha sabiduría. Y habría tanto que decir sobre eso, porque el que sabe sembrar su bien, el que sabe velar su bien sabe también permanecer firme en ese bien. E
El que tiene que buscar en mí hasta encontrar el bien que yo tengo, finalmente tiene que aprender mi lenguaje, finalmente tiene que aprender mi lógica, finalmente tiene que aprender mi pensamiento para descubrir ese bien, y por eso llega débil al centro castillo del alma que decía santa Teresa de Jesús.
El que sale del castillo del alma es vulnerable y es débil. El que permanece en él, permanece firme, permanece fuerte, porque el que llega hasta el centro ya llega cansado. El que tiene que hurgar en mí para encontrar el bien ya llega cansado y me encuentra fuerte, ya así es fácil vencerle.
Lo primero, no hacer alarde; lo segundo, muy parecido, "un hombre cualquiera" Carta a los Filipenses 2,7; un hombre cualquiera. con motivo de la guerra entre Estados Unidos e Irak hay muchísimas reflexiones que pueden hacerse, pero, yo he oído pocos comentarios de vida espiritual.
Se reflexiona es de la economía, la política, la historia, la religión incluso, pero hay un comentario interesante sobre la vida espiritual. Resulta que el presidente Bush quiere atrapar, quiere matar, quiere acabar a Sadam Hussein.
Los medios de comunicación nos hablan de los escondites, los baluartes, se decía en la antigüedad, los búnkers, se dice ahora, en que podría estar escondido Sadam Hussein.
Entonces, como en una versión macabra, hipertrofiada del gato y el ratón, el ejército más poderoso de la tierra busca a una persona para acabarla.
Y en las múltiples entrevistas que nos presentan los medios de comunicación habla algún Secretario de Defensa o algo así de los Estados Unidos y dice que en cualquiera de los refugios donde esté Sadam Hussein hay suficiente armamento para destruirlo.
Es decir, que si ese hombre está escondido en Irak, hay suficientes armas para destruir, no importa cuánto concreto, no importa cuánta tierra se haya excavado, se puede acabar con Sadam Hussein.
Pero, esa persecución, que de acuerdo con la perspectiva estadounidense necesariamente tendrá éxito, tiene éxito porque Hussein no es un hombre cualquiera; perseguir al que no es cualquiera es perseguir a alguien que siempre se está viendo.
Y es muy interesante porque uno de los modos de defensa de Sadam Hussein ha sido crear “clones”, dobles de sí mismo.
De manera que hay una cantidad de gente maquillada de Sadam Hussein, que por lo menos unos días atrás, ya ahora último esa estrategia no funciona, unos días atrás hacía apariciones y engañaba a su propio pueblo, y salía, y saludaba, y al parecer no era Sadam Hussein, sino un actor vestido, disfrazado y maquillado de Sadam Hussein para que la gente lo saludara.
Es decir ¿qué está haciendo él ahí? Está escondiéndose en el anonimato, está tratando de ser uno más, está tratando de disolverse.
En la guerra espiritual pasa exactamente lo mismo: cuanto más visible, cuanto más ostentoso, cuanto más notorio es un personaje, más vulnerable es también. Ser uno cualquiera es una gran defensa.
Es algo difícil de explicar, pero los Estados Unidos pueden perseguir hasta matar a Sadam Hussein, pero no pueden perseguir hasta acabar con Pepe Pérez, si Pepe Pérez es cualquier persona que nadie sabe dónde vive o que podría vivir en cualquier parte.
Tendrían que matar a todo el mundo para matar a Pepe Pérez. Es mejor ser Pepe Pérez y no hay necesidad de tener un búnker, no hay necesidad de encarcelarse en concreto docientos metros bajo tierra. El que es cualquiera, el que se disuelve en el conjunto, el que permanece anónimo permanece más fácilmente a salvo.
Yo no tengo duda de una cosa: si Jesús hubiera podido redimir a la humanidad sin salir nunca a la luz, lo hubiera hecho de mil amores. Jesús, –aquí especulemos-, Jesús no quería el ministerio público, no quería.
Miremos lo que fue su vida y descubriremos a uno que amó apasionadamente desaparecer, desaparecer; ¿cómo se las arregló Jesucristo para ser la santidad misma, para ser la pureza misma, para ser la bondad misma y que nadie se diera cuenta?
Y lo logró tan perfectamente que cuando tuvo que hablar del Reino de Dios la gente se extrañaba y decía: “¿Pero este?” San Marcos 6,2-3, lo cual prueba que había hecho perfectamente su tarea; se había disuelto perfectamente; había desaparecido perfectamente.
Jesús, –pienso yo-, y quiera el señor que le gusten mis pensamientos, Jesús no quería aparecer. Jesús quería redimir a la humanidad por vía de oración y de penitencia, quería, con la sola fuerza de su unión con el Padre, con la sola fuerza de su súplica, quería así cambiar el mundo entero.
Él no quería aparecer, Él no quería manifestarse. Pero entonces predicó Juan Bautista. Empezó a predicar Juan Bautista y llamó al pueblo al perdón, llamó al pueblo al arrepentimiento para el perdón.
Juan Bautista empezó a llamar a todos para que se arrepintieran y la gente empezó a responder a ese llamado; fue realmente un movimiento masivo, maravilloso en donde el pueblo entero estaba reconociendo que le había dado la espalda a Dios y que ahora quería encontrarse con Dios.
Y ese movimiento de amor hacia el Padre pues contagió a Jesús y entonces Jesús se fue con las multitudes que se arrepentían y por eso fue donde Juan, porque no podía ser indiferente su alma santísima a ese movimiento de amor que iba a provocar el abrazo entre Dios y el hombre; pero ahí también Jesús iba oculto, era uno entre otros, cualquiera diría: un pecador más.
Iba disuelto, anónimo, era uno cualquiera. Bueno, ahí el Papá hizo un poco de desorden porque entonces ya se oyó una voz, apareció la paloma, pero Jesús no dijo nada; dejó que la cosa pasara así, como luego sucedería en otra ocasión.
Cuando Dios Padre hablaba desde el Cielo había gente que pensaba que eso era un trueno. Entonces Jesús dejó que pensaran que fuera un trueno, y guiado por el Espíritu Santo, entonces se fue al desierto. Desapareció, hasta el último momento Jesús trató de permanecer completamente anónimo.
Pero un médico no puede permanecer anónimo cuando hay un enfermo, porque ya ahí ese anonimato se convertiría en culpa, porque impediría el ejercicio del amor. Entonces fue la fuerza del amor, ya cuando era indispensable, ya cuando nada se podía hacer sino empezar a sanar y empezar a consolar.
Fue ahí cuando Jesús empezó a predicar; pero Jesús tampoco quería predicar. Dirán ustedes que este es el Domingo de Ramos más raro que han tenido. Pero Jesús tampoco quería predicar. ¿Por qué Jesús empezó a predicar? Jesús no quería ser el médico que se viera sanando a los enfermos; quería que los enfermos se sanaran, pero Él no quería ser ese médico.
Pero entonces pasó una cosa terrible: Herodes apagó la voz de Juan Bautista, encarceló a Juan, y ese movimiento de amor, que venía del Espíritu de Dios, ese movimiento de conversión parecía perdido y destinado a la ruina porque ahora Juan había desaparecido.
Nos dice el Evangelio: “Cuando Juan fue encarcelado Jesús empezó a predicar” San Marcos 1,14; se dio cuenta de que no podía quedar escondida esa luz, y entonces, movido solamente por el amor empezó a anunciar que sí había una buena noticia, y empezó a sanar.
Pero cuando empezó a sanar trató de que los milagros quedaran lo más callados posible y por eso le repetía a la gente: “Mire, usted cállese; ya Dios le hizo una misericordia, entienda lo que le pasó, ya vívalo y ya cállese”.
Jesús amó como nadie ha amado la humildad, el desaparecer, el dejar así, y después de esas tandas de milagros volvía a sus prácticas de adolescencia, según le inspira Dios al padre Ignacio Larrañaga.
Dice el Padre Larrañaga que en la adolescencia fue cuando Jesús se acostumbró a las largas sesiones de oración, especialmente nocturna. Entonces después de todos esos milagros Jesús volvía a la oración y allá estaba tratando de cambiar al mundo, así escondido, y así permaneció.
Sólo la fuerza de los hechos, sólo la fuerza del amor y sólo el designio del Padre sacaron a Jesús hasta hacerlo visible. Pero fue en realidad Papá Dios el que tuvo que sacar a Jesús, tuvo que sacar a su Hijo de ese anonimato para mostrarlo, porque finalmente esa es la señal del amor para todos nosotros.
Entonces Jesús aceptó convertirse en señal del amor, pero puso una condición: que si tenía que ser esa señal de amor en Él pudiera llevar, sobre sí mismo pudiera llevar todas las señales del dolor. De manera que Jesús también en la cruz está escondido, está sepultado debajo de todas las capas del dolor humano.
Y por eso Jesús en la cruz en ese tercero y cuarto pasos de la humildad, Jesús en la cruz sigue oculto; y por eso Jesús en la cruz, –dice Santa Catalina de Siena-, tenía una gran tribulación, una colosal tribulación externa, pero una paz imperturbable en su alma. Estaba perfectamente escondido y allí sigue escondido.
La cruz es la gran parábola del Padre, porque a Jesús le encantaban las parábolas. Fíjate como una parábola dice y no dice; una parábola es una manera de hablar y esconderse; eso le encantaba a Jesús. La cruz es la gran parábola del Padre.
En la cruz el Padre dice todo y sigue escondido, y en la cruz Jesús está mostrándose hasta desnudo y sigue escondido. Tal vez nadie haya logrado eso: mostrarse y seguir escondido. Y ese es Cristo en la Cruz, el que se muestra y sigue escondido.
Y está escondido porque sólo con la mirada de la fe, es decir, sólo cuando empieza a entender el lenguaje que me dicen esas gotas de sangre, de sudor y de lágrimas, sólo cuando entro en el lenguaje de Él voy camino de su propio centro hasta encontrarme con Él.
Y por eso, los corazones que seriamente apuestan por la humildad son los corazones que seriamente penetran ese misterio y por fin encuentran al que estaba escondido.
Lo que se siente al encontrar al que estaba escondido en la cruz es lo que nos cuentan los místicos. Esa es la alegría embriagante de los que han podido abrazar al Jesús escondido en la cruz.
Y si un propósito santo podemos hacer para esta Semana que lleva ese nombre de "Santa" es ese: buscar al Jesús escondido, buscar el misterio ahí sembrado para ser fecundo en nosotros. Estas reflexiones nos despierta el Apóstol Pablo con su descripción de la humildad. ¡Qué bello para nosotros reconocer así a Jesús! Verlo desde este ángulo, sonreír con las estrategias de su amor y agradecerle lo que ha hecho por nosotros.
Que el Espíritu de Dios nos ayude para mirar también este misterio con los ojos del Profeta y con los ojos del Evangelista. Del Profeta podremos hablar en los cánticos del Siervo que escucharemos lunes, martes y miércoles santos, con la bondad de Dios.
Y de la mirada del Evangelista o de los Evangelistas podremos hablar en el Viernes Santo, donde nuevamente escucharemos este relato; en aquella ocasión será según la versión de Juan. Ojos para Cristo, oídos para Cristo, corazones para Cristo.