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Fecha: 19970323

Título: El silencio de Cristo durante su Pasion y en el momento de su muerte

Original en audio: 8 min. 19 seg.


A la puerta de la Semana Santa, la Iglesia presenta ante nuestros ojos el relato seguido de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Se hace lectura continua y solemne de la Pasión del Señor, para que nuestros ojos se dispongan a mirar lo que se nos va a mostrar, para que nuestro corazón se prepare a la altura de amor que Dios le ofrece, para que nuestros oídos ya no se escandalicen al oír los insultos contra el Hijo de Dios, en cambio sepan alegrarse, entendiendo en las palabras de Cristo la declaración bendita de nuestro perdón.

Se proclama esta Pasión para que nuestras palabras y nuestra boca se acostumbren a proclamar en dónde está nuestra redención.

Así como cuando se va de camino, al llegar al alto de una colina, se puede mirar lo que está por delante, así también este Domingo de Ramos es como ese alto desde el cual podemos mirar los prodigios de amor que aparecen en la sencillez y también en la sordidez de estos acontecimientos.

En verdad, en lo que acabamos de escuchar hay más amor que en el resto del Evangelio, y bien sabemos que el Evangelio entero es un océano de caridad y de gracia.

Hay mayor prodigio en la muerte silenciosa de Cristo, que en todos sus milagros; hay más enseñanza, en estas breves palabras que Él pronuncia en su Pasión, que en todos los discursos, sermones, amonestaciones de su vida entera; hizo más por nosotros Jesucristo padeciendo, que con todo lo que hizo.

Y si nos mueve a admiración el poder de sus milagros, sanaciones, exorcismos, la autoridad con que se dirige a los elementos de la naturaleza, con que aleja la enfermedad o expulsa a los demonios.

Si todo ello nos llena de admiración, es necesario que nuestro corazón reserve lo mejor de su amor para estos acontecimientos en los cuales lo más grande de su grandeza es saber humillarse, y lo más sabio de su sabiduría es poder presentarse como necedad ante los hombres, como esacarnio ante su propio pueblo.

De acuerdo con el texto que escuchamos en este año, el texto de San Marcos, hay algunas particularidades que de pronto vale la pena destacar. Porque el Domingo de Ramos se lee siempre la Pasión del Señor, pero dependiendo del Año Litúrgico en que nos encontramos, se lee ya de Mateo, ya de Marcos, ya de Lucas. Este año, como lo acabamos de escuchar, se lee la Pasión según San Marcos.

El estilo de Marcos es escueto, casi avaro en palabras. El Evangelista, a lo largo de toda su obra, más que hablarnos de Jesús, e incluso más que presentar las palabras de Jesús, se ha esforzado por presentar las obras de Jesús. Este evangelista como que quiere que sean los hechos los que hablen.

Este Evangelista como que quiere que nosotros nos metamos en los hechos, nos hagamos contemporáneos y partícipes de las realidades maravillosas que nos ha contado a lo largo del evangelio, y que están como condensadas en el relato que acabamos de oír.

Particularidad de Marcos es la insistencia en la soledad de Cristo. Si uno medita brevemente el conjunto del texto que acabamos de oír, lo que vamos viendo es cómo Jesús se va quedando solo, se va quedando sin esas multitudes que le aclamaban, se va quedando sin el agradecimiento de los que le acogían, se va quedando sin la compañía de sus discípulos, se va quedando, finalmente, solo ante la noche, ante el dolor y ante la muerte.

El punto último de esta soledad está en la exclamación tomada del Salmo 21: "¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?" Salmo 21,2. La soledad de Cristo, ese misterio que aparece ya en su silencio. Jesús está silencioso porque está solo, y si hay quien le rodea, esos que le rodean son el sanedrín, para insultarlo, o la soldadesca, para burlarse de Él.

La meditación en la soledad de nos obliga a volver a leer todo el evangelio; el silencio solitario de Cristo nos obliga a reconocer que no hemos entendido quién es Él, y aunque sean relativamente pocas las palabras que el Evangelista nos da en su obra, este silencio misterioso con que Cristo recibe la muerte, nos invita y nos apremia a leer toda su vida de otro modo.

Porque todo el evangelio está escrito, finalmente, para que uno sepa quién es el que hace las maravillas, quién es el que logra los exorcismos, las sanaciones; pero cundo se va a dar esa revelación suprema de quién es Él, lo que aparece es silencio, silencio que rompe el grito no menos misterioso de Cristo al morir.

Los crucificados morían asfixiados, la posición formidablemente incómoda, aplastantemente incómoda en que se encontraban, iba impidiendo la respiración; Cristo muere dando un grito, que es tan incomprensible, como lo que le ha sucedido. Y en ese grito está su dolor y está su victoria.