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Fecha: 20000611

Título: Hay una profunda relacion entre el misterio de la resurreccion de Jesucristo y el don del Espiritu Santo

Original en audio: 18 min. 18 seg.


El evangelio que acabamos de escuchar, corresponde al día de la Pascua, y desde ese día hasta hoy, hemos estado celebrando el tiempo de la Pascua, el tiempo pascual.

Esa lectura, la que acabamos de oír en el evangelio, se proclamó hace cincuenta días, y ahora la volvemos a oír. Al principio y al final del tiempo de la Pascua, esta lectura, en la cual Cristo resucitado regala, concede el don del Espíritu a sus discípulos.

Uno podría preguntarse: "¿Al fin cuándo fue la efusión del Espíritu? Porque el día de la Pascua Cristo les dice: "Recibid el Espíritu Santo" San Juan 20,22.

Cincuenta días después, en Pentecostés, como nos cuenta la primera lectura, sucedió aquello de la oración en común de los Apóstoles, cuando resuena la casa, un viento impetuoso se deja sentir, aparecen lenguas de fuego y empiezan a hablar en lenguas extrañas, también ellos.

La Pascua tuvo su comienzo con la resurrección de Jesucristo, y de Cristo resucitado brota el Espíritu. Eso nos lo ha recordado el evangelio.

Pero el Espíritu también se hace presente, de acuerdo con lo que prometió Jesucristo: "Os conviene que yo me vaya, les decía a los discípulos en la Última Cena. Porque, si yo no me voy, no viene el Espíritu; pero si yo me voy, os lo enviaré" San Juan 16,7.

Y el evangelio de Lucas nos cuenta que Jesús, antes de la ascensión, les dijo a los discípulos: "Quédense en Jerusalén hasta que se cumpla la promesa; ustedes van a ser revestidos del poder del Espíritu" San Lucas 24,49.

Y se fue Cristo, como dijo el evangelio de Juan, los discípulos le hicieron caso, como dicen los Hechos de los Apóstoles, escritos por San Lucas.

Y el poder del Espíritu llegó por esos Apóstoles, la luz del Espíritu llegó sobre sus inteligencias, y el amor que sólo da el Espíritu llenó con su fuego a esos corazones, y fueron transformados por el Espíritu, y de esa transformación nació una comunidad sin miedo, capaz de predicar la resurrección del señor.

Si nos preguntan entonces: "¿Cuál es el día de la efusión del Espíritu?" Tenemos que decir: "Cristo resucitado está más allá de todo día, de toda fecha y de toda hora; Cristo ha roto las barreras del tiempo, del espacio, de la cultura, de la lengua. Cristo, que apartó la piedra del sepulcro; Cristo, que venció la frialdad del sepulcro; Cristo, que triunfa sobre los azotes y sobre los clavos; Cristo, al que nadie puede detener, no tiene ni tiempo ni hora".

Lo que sí sabemos es, que de ese Cristo resucitado, brota, mana para nosotros una fuerza incomprensible, una luz maravillosa, un afecto, un cariño, una cercanía, una ternura que nos hace sentir en Dios y que hace sentir a Dios dentro de nosotros. No sabemos explicar, no sabemos poner en palabras esa maravilla.

Y por eso, nos enseña Santo Tomás de Aquino: "Llamamos Espíritu a eso que no podemos abarcar con nuestra mirada, no podemos envolver con nuestra inteligencia, no podemos hacer caber en nuestras palabras". Algo, mejor todavía, Alguien que viene a nosotros, que es distinto de nosotros y que sin embargo nos hace ser verdaderamente nosotros.

Cuando una persona se mete en nuestra voluntad, se mete en contra de nosotros; pero cuando es el amor el que llega, y el Espíritu Santo es el amor por esencia, cuando es el amor el que llega, el Espíritu nos hace distintos de lo que éramos, pero nos hace más nosotros mismos. Nadie más puede hacer eso.

Lo primero que quería destacar, hermanos, es esa profunda relación entre el misterio de la resurrección de Jesucristo y el don del Espíritu Santo. Del misterio de Cristo, vencedor de la muerte, nace el misterio de esta efusión maravillosa que llega a nosotros y que nos hace vencer también el poder de la muerte en nosotros, como venció el poder de la muerte en los Apóstoles.

En segundo lugar, hablemos un poco sobre qué podemos hacer para recibir a ese huésped tan maravilloso, qué podemos hacer, cómo podemos recibir también nosotros esa gracia.

Un señor, que vivía en Samaría y que se llamaba Simón, pensó que el Espíritu Santo se podía adquirir con dinero, y ofreció dinero al Apóstol Pedro, para que cuando Simón, -que era Simón el mago-, impusiera las manos, llegara el Espíritu Santo, como si fuera asunto de dinero. Hay gente que tiene mucho dinero y no tiene cómo comprar eso que da el Espíritu.

¿Cómo podemos nosotros recibir este don del Espíritu? ¿Cómo podemos nosotros acoger esta gracia del Espíritu? ¿Qué podemos hacer para que suceda en nosotros eso que se cuenta en la Escritura? Desde lo más maravilloso hasta lo más ordinario, todo es tan bello cuando está impregnado de Espíritu, ¿qué podemos hacer?

Jesucristo enseñó a los Apóstoles, y de las enseñanzas de Cristo podemos tomar algunas sugerencias para también nosotros disponernos, especialmente en este día de Pentecostés, disponernos a recibir el Espíritu. Vamos a sintetizar esas sugerencias en cuatro puntos.

Primero: la efusión del Espíritu tiene que ver con la noticia sobre Jesucristo, sobre todo ese capítulo hermosísimo, capítulo décimo de los Hechos de los Apóstoles, que hay que leer en la casita, ese capítulo nos cuenta cómo el Apóstol Pedro una vez se puso a predicar sobre Jesús.

Las palabras sobre Jesús, el testimonio sobre Jesús prepara el corazón para recibir el Espíritu Santo. Porque Jesucristo fue concebido por obra y gracia del Espíritu, porque el Espíritu ungió a Jesucristo, fue el perfume, el aroma de Jesucristo.

Porque el Espíritu Santo colmó la oración de Jesucristo, porque el Espíritu Santo obraba señales y prodigios en Él, como nos dice San Lucas; porque el Espíritu Santo lo resucitó de entre los muertos, como dice San Pablo.

El misterio mismo de Jesucristo es el don del Espíritu. El que quiera experimentar el poder del Espíritu Santo entérese sobre Jesús, abra el oído a Jesús, abra la Biblia, lea usted el Evangelio, sienta, perciba el estilo de Jesucristo, la manera como obra Jesucristo, acostumbre su corazón a las palabras de Jesucristo. Usted estará muy próximo de que le suceda lo mismo que le sucedió a Jesucristo.

Porque si Él se llama Cristo es porque es el Ungido por el Espíritu, y toda la obra, todo el ministerio de Cristo es un ministerio del Espíritu Santo.

Primera cosa que podemos hacer: la Biblia, oír sobre Jesús, oír con el corazón atento, enamorado sobre quién es Jesús. Porque, en los testimonios sobre Jesús, nos van llevando a comprender la acción secreta y activísima del Espíritu Santo.

En segundo lugar, Cristo les dijo a los Apóstoles: "Oren, oren" San Mateo 26,41. Ya San Agustín, en el siglo quinto, se encontró con personas que decían: "Muy bueno su consejo, pero yo no sé cómo orar".

San Agustín respondió: "Mira, tu mismo deseo ya es oración; aunque no pudieras hacer nada más, sino sentarte en un rincón de tu cuarto, como mandó Cristo: "Enciérrate en tu casa"; aunque no pudieras hacer más que encerrarte y decirle a Dios desde el fondo del alma: "Ven, ven a mi alma"; aunque sólo pudieras hacer eso, aunque sólo le pudieras decir una vez, diez veces, mil veces: "Quiero quererte, quiero amarte, quiero sentirte", esa sería, seguramente, una excelente oración".

Y Cristo tiene una promesa para ti: "El que busca, encuentra; al que llama, se le abre" San Lucas 11,10. Y dice también, en el evangelio de Lucas: "Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cómo va a negar el Padre Celestial el don del Espíritu a quien lo pida?" San Lucas 11,13. Pero hay que pedir.

Hay algo que yo no puedo hacer por ti. Yo puedo predicar, que es mi manera de hablar sobre Jesús. Yo puedo rogar por ti, puedo tratar de darte testimonio, puedo ofrecerte algunas lecturas, pero yo no puedo reemplazar la oración que tú tienes que hacer.

Porque yo no puedo patear la puerta de tu corazón y abrirla, a veces quisiera. Esa la tienes que abrir tú y desde el fondo del alma decir: "Sí, sí, quiero". Y sucede.

En tercer lugar, la viva presencia de María, María, María santa; después de la humanidad de Jesucristo nadie tiene una experiencia tan profunda del Espíritu como la Virgen. María.

"El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha dado" Carta a los Romanos 5,5, dice San Pablo en el capítulo cinco de la Carta a los Romanos.

Estas palabras se cumplen particularmente en el corazón de María. Un corazón repleto del recuerdo de Jesucristo, repleto de la felicidad que da Jesucristo. María.

Es verdad que nadie puede abrir las puertas de tu alma. Pero hay una persona que puede ayudarte, que puede persuadirte, que con su manera de ser, puede llegar hasta ti y puede ayudarte a dar ese paso: María.

Ella concibió por la obra del Espíritu. Nadie tiene una obra tan carismática, tan espiritual, tan fantástica como la Virgen María. El Espíritu realizó en Ella lo que no ha realizado en nadie más.

Eso que se dice del Espíritu Santo en el libro de los Salmos, que el Espíritu renueva la faz de la tierra, que el Espíritu crea y renueva, eso lo realizó plenamente el amor de Dios, el Espíritu de Dios en el vientre santísimo de María, renovada, poseída, levantada por el Espíritu. La llamada a María y la oración con María, como los Apóstoles, atrae sobre nosotros al Espíritu Santo.

Queda un último elemento, el cuarto, que aparece sugerido en la última frase del evangelio de hoy. Cristo les dice a los apóstoles: "A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados" San Juan 20,23.

El Espíritu llega con poder, rompiendo, desatando las cadenas, y como dice san Pablo en la Carta a los Colosenses: "Trasladándonos del dominio de las tinieblas al reino de su Hijo querido" Carta a los Colosenses 1,13.

Los apegos que tenemos al pecado, son ellos sobre todo, pienso yo, el principal estorbo para que el Espíritu haga su obra.

Claro que alguien podrá objetar y dirá: "¿Pero no dicen que el Espíritu es precisamente para vencer el pecado?" Tienes razón. Pero lo que se te pide aquí, no es que tú seas perfecto y que luego que el Espíritu Santo te llegue como una medalla de felicitación.

Lo que se te pide es: "Suelta ese pecado, simplemente suéltalo y deja que Dios venga a obrar en tu vida. Dale permiso a Dios, dale permiso. No intentes que Dios piense como tú, no intentes que Dios se parezca a ti, no intentes que Dios justifique, que Dios apruebe tu vida.

Más bien pídele, ruégale y acéptale que Él haga tu vida, como a Él le gusta. No se trata de que Dios apruebe lo que tú eres, sino de que Dios te transforme para que tú seas digno de ser aprobado por Él y por la mirada límpida de recta conciencia.

Soltar el pecado, no podemos vivir en el pecado, no podemos vivir en la vanidad, en la superficialidad, en la sensualidad, en la mentira, en la codicia. No podemos vivir en eso, y al mismo tiempo esperar la acción poderosa del Espíritu Santo. No podemos estar amarrados a nuestros pecados y amando nuestros pecados, y pedirle a Dios que nos dé el amor del Cielo. Esto no puede ser.

Necesitamos soltar eso, decirle a Dios: "Yo no puedo vencer mi pecado, pero quiero, Señor, que transformes mi voluntad; yo quiero que tú me des la gracia que yo no tengo, que tú me des la fuerza que yo no tengo para que esta depresión, para que este odio, para que este resentimiento, esta sensualidad, para que esta superstición desaparezca de mi vida".

"Ven, Señor, ven a mi vida; estoy dispuesto a dejar lo que sea. Tú me ayudarás; quiero que vengas a mí, quiero que obres en mí; tú me ayudarás".

La persona que se dispone así, recibe de Dios grandes cosas. Lo único que se te pide es: no te aferres a tu pecado, suéltalo; y Dios lo alejará de tu vida. Suéltalo y Dios lo echará de tu vida. te quejas de que una fiera monstruosa te ataca y te ensucia; ¡pues no la abraces más! Suéltala y Dios la alejará de ti. Pero si tienes abrazado al monstruo que te destruye ¿de qué te quejas?

Hay que pedir a Dios: "Señor, yo no soy capaz de vencer a este pecado, yo quiero retirarle todo afecto a él, no quiero amarrarme a esto, quiero ser libre de esto".

Y entonces con la oración, con la intercesión de la Virgen y con la noticia de Jesucristo, nos dispondremos más y más.

Un día vendrá su viento tempestuoso y esas lenguas de fuego, y tú sentirás que Dios hace su obra como la hizo el día de la Pascua de los israelitas. Tú sentirás cómo Dios acaba con tus enemigos, te hace libre de los que te perseguían, aleja tus temores y te concede la victoria.

¡Para eso es Pentecostés, para eso hay que predicar de Pentecostés!