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Fecha: 19970518

Título: El Espiritu Santo llega a todos los corazones

Original en audio: 2 min. 38 seg.


La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos ha presentado una enumeración de los pueblos que había en la antigüedad.

Lucas, autor de este libro, hace una lista de la gente que había en ese momento en Jerusalén.

La fiesta de Pentecostés era en el judaísmo una celebración que había tenido muchos cambios con los siglos.

En el tiempo de Nuestro Señor era la celebración de la promulgación de la Ley y con ese motivo, siendo una fiesta tan importante para los judíos, concurrían de muchas naciones y de muchos lugares en Jerusalén, esto explica por qué había gente de muchos sitios en ese momento.

Pero lo hermoso aquí es doble: primero, que los judíos celebraban la promulgación de la Ley por Moisés. Y en ese día Dios pronuncia su definitiva Ley por Jesús, una Ley que ya no está escrita en tablas de piedra sino que quedará escrita en nuestros corazones.

Una Ley que mueve, no desde fuera tratando de convencernos, sino desde dentro impulsándonos; esa Ley de amor es el Espíritu Santo.

En segundo lugar, es hermoso en este pasaje, ver que toda esta gente de distintas naciones está ahí y ahí escucha el Evangelio.

Podemos decir que en este momento Dios trajo las naciones a Jerusalén, y que luego llevaría a Jerusalén a las naciones.

En este momento trae como embajadores a estos que oyeron esa primera predicación, son como embajadores del Evangelio que vienen de distintos lugares, pero esos embajadores son apenas las primicias de la universalidad del mensaje de salvación, de esas maravillas que Dios habría de realizar luego en todos los otros pueblos.

Aquí está como en una raíz, como en un brote lo que habría de ser después el árbol de la predicación evangélica.

Aquí está como la semillita de mostaza que luego se convertirá en ese árbol inmenso que acoge instituciones, ministerios, carismas, comunidades, Órdenes y todo aquello que debería florecer en la Iglesia.

Primero, gente de todas las naciones, que está ahí para oír el Evangelio; y luego, un Evangelio, que saliendo de Jerusalén, se riega por todas las naciones hasta llegar también a nuestros pueblos, también a nuestros corazones, para que nosotros podamos creer y recibir lo mismo que creyeron los Apóstoles.

El Espíritu es el que hace esa obra.