Bp06005a
Fecha: 20060521
Título: La embriaguez que no destruye
Original en audio: 9 min. 25 seg.
Amigos Muy Queridos:
Se va acercando la fiesta de Pentecostés, que viene a cerrar con broche de oro este tiempo pascual. La fiesta de Pentecostés es la fiesta del don del amor, la fiesta del amor de Dios.
Pentecostés es la fiesta que nos invita a celebrar la manera como Dios nos ha amado, y a celebrarla con el amor que el mismo Dios nos otorga, nos concede.
Las lecturas de hoy tienen ya un poco de ese sabor de Pentecostés. La primera lectura, por ejemplo, nos recuerda una famosa predicación que tuvo el Apóstol San Pedro. Él estaba hablando sobre Jesús, hablando sobre la manera como Jesús amó.
Y esa predicación fue tan convincente, fue tan poderosa, que atrajo el don del amor de Dios sobre la gente que estaba oyendo. Quedaron tocados por ese amor.
Vino el Espíritu de Dios sobre ellos, y se presentaron unas cosas maravillosas, como las del día de Pentecostés. Empezaron a orar, empezaron a cantar, empezaron a proclamar la grandeza de Dios en diferentes lenguas, tal vez algunas de ellas lenguas nuevas. Porque, así obra el Espíritu Santo.
Estas lecturas nos están hablando de ese amor que es como una ebriedad, ese amor que es como una borrachera de gozo. En algunos lugares, el alcoholismo es un problema muy serio. Y uno se pregunta por qué la gente busca el alcohol, o busca también otras maneras de enajenarse.
¿Qué hay en el ser humano que le lleva a buscar esas sustancias como las drogas, o como el alcohol? Parece que en el ser humano hay una necesidad íntima de infinito.
Necesitamos rebasar, necesitamos superar el mundo, tal como lo alcanzan a percibir nuestro sentido y nuestra razón. Intuimos, presentimos, que estamos hechos para algo más grande, para algo infinito.
Y por eso, buscamos el placer desbordante del alcohol, o el placer desbordante del sexo, o el placer desbordante de las drogas. En ese éxtasis, en esa sensación enloquecedora de felicidad, el ser humano trata de asomarse al infinito.
Porque, ya dijo San Agustín, que, "nosotros fuimos creados para ese infinito que es Dios". ¡Nosotros fuimos creados para el Infinito!
Entonces, los días normales, estos días que vienen y se van: ganar dinero, gastar dinero, hacer unas compras y después comerse el mercado, estudiar un poco y luego lograr un trabajo, todo eso es como demasiado ordinario, todo eso es demasiado opaco.
Nosotros anhelamos, nosotros suspiramos el color, el esplendor, la experiencia maravillosa de un amor sin límites. De ahí que corramos detrás del alcohol, o de las drogas, o de todo tipo de experiencias sexuales.
Pero, ¿qué queda después de ello? Pues, lo sabemos. Los excesos del alcohol destruyen no solamente el hígado; destruyen la pareja, destruyen la familia.
Ayer publicaba "The Irish Times", la condena a cadena perpetua de un hombre por haber apuñaleado a uno que se suponía era su mejor amigo. La cosa sucedió en medio de una espantosa borrachera.
Ese hombre cuenta que se había tomado algo más de dos botellas de vino. No sabía lo que estaba haciendo. Hubo un malentendido y con un cuchillo atravesó a su amigo, le causó la muerte y arruinó también su propia vida. La justicia irlandesa acaba de condenarlo a cadena perpetua.
Y vemos también lo que sucede con los excesos en la vida sexual. Por estar buscando y buscando, pues, se destruyen los hogares. Es tan triste ver familias que llevan años y años de estabilidad, y de pronto, por una aventura, por buscar un nuevo placer, se deshace un hogar, se multiplican las lágrimas y los resentimientos. ¡Esos son los frutos que deja ese exceso!
Y sobre las drogas no tenemos que dar muchas explicaciones. Conocemos la destrucción del cerebro. Conocemos los crímenes que están rodeando el mercado de las drogas.
En otras palabras, el ser humano sí necesita embriagarse, sí necesita un placer sin límites, sí necesita una alegría infinita. Pero, las cosas de este mundo, como decir, el alcohol, esas cosas no lo pueden saciar.
Lo sacian por un momento solamente, y con un precio demasiado alto, a costa de destruir su propio organismo, de destruir su familia y de destruir la sociedad.
Sin embargo, de todas maneras el ser humano necesita esa embriaguez, necesita ese gozo, necesita esa intensidad de felicidad. Y nadie lo sabe mejor que Dios. Por eso, Dios nos envió a su Hijo Jesucristo, que es el verdadero rostro del amor.
Eso es lo que nos ha dicho la segunda lectura de hoy: "Dios nos manifestó su amor. Dios envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos vida por medio de Él. El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios primero, sino en que Él nos amó primero y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados" 1 Juan 4,9-10.
Esa es una sorpresa muy grande que uno se lleva. Cuando se piensa en que uno es un pecador, y cuando se piensa en que Dios envió a su Hijo, ahí sí, como dice el pregón pascual: "Para salvar al esclavo, entregaste al Hijo".
Se trata de una noticia que a uno lo hace enloquecer de alegría. Y esa locura ya no es una locura que destruye. Esa embriaguez no es una embriaguez que lo mate a uno; es una embriaguez que da vida. ¡Eso es Pentecostés, mis hermanos!
Pentecostés es la embriaguez que no te destruye. Pentecostés es la locura que no te acaba sino que te reconstruye, y junto contigo, reconstruye tu familia y reconstruye la sociedad.
Hermanos queridos, demos gracias a Dios por esta fiesta que viene. Sigamos el ejemplo que nos da el Señor Jesucristo: "Como el Padre me amó, yo los he amado a ustedes" San Juan 15,9.
Jesús nos ha mostrado el verdadero rostro del amor, ha merecido para nosotros el don del Espíritu Santo. Con el poder y la gracia de ese Espíritu, nosotros nos volvemos capaces de amar a las otras personas, sin utilizarlas.
Cuando no está el Espíritu de Dios de por medio, uno sí puede amar. Pero, uno ama utilizando a las personas. Ese amor no es suficiente y no hace bien.
Cuando ya viene el amor de Dios a nosotros, cuando ya obra el amor de Dios en nuestras vidas, entonces ya amamos a la manera de Cristo y se cumple lo que dijo Jesús: que, "damos fruto, y ese es un fruto que permanece" San Juan 15,16.
Tengan buen ánimo, por favor. Cultiven sus corazones. ¡Cultivemos nuestros corazones! ¡Preparémoslos para vivir Pentecostés!
Si en este país hay jóvenes, especialmente; jóvenes que andan mendigando pedacitos de alegría, consiguiendo droga, o consiguiendo alcohol, o teniendo por ahí aventuritas a ver si embarazan a alguien, o quedan embarazadas...
Si en este país, lo mismo que en otros lugares, hay tanta hambre de ese amor, que nosotros experimentemos el amor de Pentecostés, y que podamos transmitirlo a otros hermanos.
Amén.