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Fecha: 20000528
Título: Jesucristo es el rostro del amor
Duración: 11 min. 20 seg.
Amados Hermanos:
No podía ser más bello el tema que nos ofrecen las lecturas de este sexto domingo de Pascua. La palabra amor, esa palabra que atraviesa nuestras vidas, que construye las familias, que reúne los pueblos, que convoca las fuerzas humanas hasta el heroísmo, esa es la palabra que hemos escuchado con mayor abundancia en estas lecturas.
Amor, ¿un sentimiento? Sí; pero mucho más que un sentimiento.
El amor hace posible la vida, y sin amor, una vida saludable en lo físico, es una muerte triste. Siendo tan necesario el amor, que es como la respiración del alma, resulta difícil hablar de él.
Pasa un poco lo mismo que con el aire. Miles de veces al día, el aire, entrando a nuestros pulmones, nos conserva la vida. Pero poco pensamos en el aire. Sólo nuestra atención se dirige a él si nos hace falta o si se daña. Así sucede con el amor.
Poco pensamos en el amor, excepto cuando nos hace falta, cuando la soledad nos agobia, cuando el odio nos amenaza, cuando la envidia nos entristece, o cuando el amor se daña, como ese aire que se vuelve irrespirable, entonces sí pensamos en el amor.
La Biblia tiene otra manera de enseñarnos qué es al amor, tiene un camino distinto. Decir que el amor es escaso y definirlo por aquello que a nosotros nos hace falta, ha sido tentación, o digamos mejor, camino de pensadores y filósofos en distintos siglos.
No es ese el camino que ha tomado la Escritura; más bien, la Escritura nos anda mostrando la revelación del amor. Porque el amor no es una palabra que se pueda definir de cualquier manera.
El amor tiene rostro y ese rostro tiene nombre, y es Jesucristo. Jesucristo es el rostro del amor. Y después de Jesucristo, todo aquel que quiera hablar de amor, tendrá que volver sus ojos hacia ese rostro, para encontrar, en esos ojos, qué quiere decir la pureza; en esas palabras, qué quiere decir la verdad; en esa faz, cuál es la recompensa para los que aman.
Pero el rostro de Jesucristo no es sólo una estampa de ella, que pudiera adornar nuestras casas o nuestros cuadros en nuestros cuartos. El rostro de Jesucristo está atravesado por el dolor de la humanidad. La imagen última que nos ha dado Jesucristo en esta tierra es el rostro último, que es su testamento y su máxima muestra de amor, está surcado por sangre.
Le decía Dios a Santa Catalina de Siena: “El amor que yo os tengo se os ha hecho visible en la Sangre de mi Hijo”. La palabra amor está escrita con sangre. No la sangre del poeta romántico que después de escribir muchas veces: “No puedo vivir sin ti”, decide terminar con sus días.
Es esta otra sangre, la Sangre del Cordero, la Sangre que nos habla del perdón, la Sangre que nos habla del extremo, porque así nos dijo San Juan: “Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo” San Juan 13,1.
Cristo es el rostro del amor, pero el rostro de Cristo que nos muestra el tamaño del amor es el rostro de Cristo crucificado. La Sangre de este rostro nos está contando hasta cuándo, hasta dónde y de qué manera fuimos amados.
Las lecturas que nosotros hacemos en esta iglesia conventual están tomadas de un leccionario, es decir, libro de lecturas, preparado especialmente para Colombia, aprobado, desde luego, por la Conferencia Episcopal de nuestro país.
Como les he dicho en otras ocasiones, tengo el gusto de conocer personalmente a algunos de los ilustres exégetas y teólogos que colaboraron en esta traducción.
Y siempre, cuando escucho las lecturas del domingo en esta iglesia, presto particular atención a esos ligeros cambios que estos eminentes estudiosos hicieron en la traducción que aquí leemos y que es la misma que ustedes han recibido en sus hojas.
Por ejemplo, observemos, en el Santo Evangelio de hoy, lo que dice Jesucristo; entre otras cosas dice: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor” ” San Juan 15,10 , pero antes ha dicho: “Permaneced en ese amor que os tengo” San Juan 15,9. Esa traducción es nueva.
Al puro comienzo de la lectura, usted lo puede ver en su hoja, debe ser el versículo nueve, Juan 15,9. “Como mi Padre me ha amado, os he amado yo, permaneced en ese amor que os tengo” San Juan 15,9.
Usualmente, las Biblias y también la traducción para la Misa, decían simplemente: “Como el Padre me ha amado, os he amado yo; permaneced en mi amor” San Juan 15,9.
Esta vez hemos leído y proclamado: “Permaneced en ese amor que os tengo” San Juan 15,9. Es una especificación que quita la ambigüedad de la frase tradicional. La frase tradicional dice: “Permaneced en mi amor” San Juan 15,9.
Pero existe el peligro de que alguien entienda, que cuando Cristo dijo esto, estaba diciendo: “Permaneced amándome”.
Y Cristo no estaba diciendo: “Permanezcan amándome”, sino: “Permanezcan en esta revelación del amor divino”. La salvación tiene la fuente: Dios Padre, Dios Padre ama a su Hijo. Como el Padre ama al Hijo, el Hijo nos ha amado a nosotros.
De esa corriente que tiene su fuente en las entrañas del Padre Misericordioso y que brota con abundancia para nosotros a través de su Hijo, el Santísimo Jesucristo, en esa corriente pones la salvación.
La salvación no es sólo un sentimiento que brota de mí hacia Jesús, la salvación está en un torrente del diluvio de amor que brota de Jesús hacia mí. Esa es mi salvación. Porque un día Jesús me puede inspirar grandes ternuras y otro día Jesús no me puede inspirar nada, o no puede inspirarme nada.
No es la variabilidad de mi sentimiento lo que a mí me salva, es la permanencia, diríamos, la inspiración, la exageración obstinada de la piedad, de la misericordia de Dios, esa es mi salvación.
Y cuando Cristo nos dice que permanezcamos, lo que nos dice es: “Permanezcan en esta corriente de amor”, que tiene su revelación precisamente en la Pascua. Cristo dijo estas palabras, como aparece en el evangelio de Juan, pocas horas o incluso minutos antes de que se desencadenara el más espantoso de los odios, la más terrible de las violencias contra Él.
Y de esa violencia iba a nacer la sangre, y esa sangre es la que nos está repitiendo las palabras que antes Él nos había dicho, con intimidad de amigo, a sus discípulos: “Permanezcan en mi amor, permanezcan en el amor que les tengo” San Juan 15,9.
¿Qué sucede cuando una persona permanece en ese amor? Sucede lo que dice Catalina de Siena, de nuevo la cito: “El alma que se siente tan amada, no puede defenderse de amar”. Si a uno le dicen: “Ame al enemigo, perdone al secuestrador, tenga paciencia con el que asesina”, uno dice: “No puedo, no me da el corazón para tanto, no me pida eso, padre, no puedo”.
Pero cuando uno entra en esa corriente de amor, cuando uno ve qué le sucedió a Jesucristo y hasta qué extremo, y cuando uno siente que ese amor va llegando a uno, lo va lavando a uno, lo va colmando a uno, hay un día en el que uno también, metido en Jesús y con Jesús adentro, uno dice: “En el nombre de Jesús, perdono; en el nombre de Jesús, libero; en el nombre de Jesús, desato, el resentimiento no tendrá poder en mi alma”.
Eso lo puede decir el que está metido en la corriente de amor que brota de las entrañas del Padre misericordioso y que llega a nosotros a través de Cristo, porque el amor tiene un rostro y se llama Jesucristo. Ya la homilía la hizo Cristo en este evangelio. Permanezcamos ahí, ahí.
San Agustín, obispo de la antigüedad, les decía a sus fieles: "Comamos el Pan de la Vida, bebamos la bebida de salvación, porque tenemos mucho precio, somos de alto precio, pero hay que comer nuestro precio para no depreciarnos".
San Agustín era un gran orador. Todo lo que te da valor, todo lo que te hace valioso, para que no te desvalorices.
Acercándonos al altar, acercándonos a la mesa eucarística, comemos nuestro precio, comemos todo lo que nosotros somos para Dios, nos alimentamos de aquello que nos hace valiosos, y revestidos de ese valor, podemos permanecer en el amor que Cristo nos tiene y amar a nuestros hermanos.