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Fecha: 19970504
Título: El amor infinito de Dios
Original en audio: 15 min. 22 seg.
Queridos Amigos:
Escuchemos con los oídos del corazón aquello que acaba de decirnos Jesucristo.
Asomémonos a la profundidad insondable de sus palabras y del corazón que se entreabre cuando Él habla: “Como el Padre me ha amado, dice Jesucristo, así os he amado yo” San Juan 15,9.
“Como el Padre me ha amado...” San Juan 15,9. ¿Hemos pensado en esa frase, cuánto ama Dios Padre a su Hijo Jesucristo? Difícilmente nos hacemos una idea de lo que significa amar a un hijo; pero aquellos que son papás pueden tener una idea de que es eso de querer a un hijo, hasta dónde se quiere a un hijo.
La diferencia es que este Hijo es Jesucristo, y que este Padre es el Padre Dios.
Hay una manera de tener noción de cuánto es ese amor. Sí, hay una manera, el tamaño de ese amor es una cascada inmensa, infinita, desbordante, es un río, es un torrente, es un viento, es un fuego, es una paloma, y se llama el Espíritu Santo.
El tamaño del amor de Dios, es el tamaño de Dios, el tamaño del amor que Dios Padre le tiene a Dios Hijo, es Dios Espíritu Santo, ese es el tamaño del amor.
Cada padre quiere a su hijo y cuando los papás tienen varios hijos a cada uno lo quieren de modo singular y a cada uno lo quiere en esa historia particular que cada uno es, pero ningún hijo en esta tierra logra agotar la paternidad de su padre.
Cada papá al engendrar a su hijo ha dado algo de sí mismo, ha gastado una parte de su vida, ha dado de su propio ser, de sus entrañas, ha dado de su tiempo, de su sonrisa, de su atención y de su corazón, ha dado algo; pero en ningún hijo lo ha dado todo, porque por eso precisamente, puede engendrar varios hijos.
Dios Padre, en cambio, sólo tiene un Hijo y en ese Hijo agotó todo su ser padre. En ese Hijo, que es nuestro Santísimo Señor Jesucristo, Dios Padre dio todo cuanto es; no puedo decir que dio todo su tiempo, porque Dios no tiene tiempo, dio su misma eternidad, Dios no dio una parte de su corazón, porque su corazón es sencillo, no tiene compartimientos, no tiene divisiones.
Dios no sabe sino darlo todo, porque Él mismo es simple, no tiene partes, Dios se comunica entero y por eso el Hijo de Dios es único, y por eso, en ese único Hijo de Dios está toda la fuerza, toda la belleza, toda la gracia, toda la sabiduría de Dios su Padre.
No sucede entonces con Dios Padre como pasa con los papás de esta tierra, que en cada hijo muestran algo de su manera de ser papás; Dios Padre, en su Único, en su Unigénito, en Jesucristo, dio, agotó, comunicó y donó todo lo que podía ser de si mismo.
Y por eso, el amor de Dios Padre a Dios Hijo es incomparablemente mayor al amor que cualquier criatura pueda sentir por su hijo, porque Dios Padre en el acto eterno, anterior y superior a todo tiempo, anterior y superior a toda criatura, de engendrar a su Hijo, acto que no es un acto de creación, sino que es el engendrar a su Hijo desde toda la eternidad, en ese acto Dios se agotó.
Dios no se agota en la creación, Dios tiene, con respecto a la creación, una relación semejante a la que tienen los papás de esta tierra con los hijos de esta tierra.
Como Dios no puede decir todo de sí mismo en una sola flor por hermosa que sea, ha querido hacer muchas flores.
Como no puede retratar toda su grandeza en un solo árbol o en una sola montaña por grandes que sean, ha hecho muchas montañas, como no hay un solo abismo que le pueda contener, Dios ha hecho abismos insondables en esta tierra, y en los mares, y en los espacios infinitos del cosmos.
Y así, en esa multiplicidad y variedad, en esa sabiduría, en esa belleza, en ese perfume que está regalado por toda la creación, nosotros podemos hacernos una idea de la potencia creadora de Dios.
Dios al crear quiso hacer multiplicidad de criaturas, porque ninguna de ellas lo puede agotar; pero su Hijo no es una criatura, su Hijo no proviene de un acto de creación, su Hijo ha sido engendrado no creado, como decimos en el Credo.
Y precisamente porque el Verbo ha sido engendrado y no creado, por ese acto agota a Dios, lo que no sucede con la creación, la creación es sólo una muestra.
Podemos decir que el universo que conocemos, así desborde nuestra capacidad de pensamiento y de admiración, el universo que nosotros conocemos es sólo una muestra de lo que Dios puede hacer, sólo una muestra.
Un Santo como Santo Tomás de Aquino dice que el universo que conocemos no es el único universo que Dios ha podido hacer, y con audacia dice Santo Tomás: "Dios hubiera podido hacer universos aún mayores, aún más grandes, aun más bellos, llenos de secretos, aún más sublimes, sabiendo que los científicos no terminarán en las edades del hombre de escrutar las maravillas del cosmos".
Pues bien, la creación nos desborda, la creación nos colma de admiración y tenemos tarea para investigar y para hacer poesía y para hacer arte en la creación hasta el final de los siglos.
Eso es sólo una muestra de lo que Dios puede hacer, eso no agota a Dios; pues el Hijo de Dios sí agota a Dios, en el Hijo de Dios, al que llamamos el Verbo y la Palabra, sí hay una expresión completa de lo que Dios es.
La creación no puede abrazar a Dios, Dios sí puede abrazarla a ella; pero la creación entera, siendo tan grande que nos desborda y nos embriaga con su belleza y con sus misterios, la creación no logra comprender a Dios, no logra abarcar a Dios.
Pues bien, el Hijo sí logra abarcar a Dios. Ese es el tamaño, por estas palabras podemos hacernos una idea del tamaño del amor que Dios le tiene a su Hijo.
A toda la creación no le tiene un amor como el que le tiene a su Hijo, pues en toda la creación no hay una imagen completa de lo que El es, mientras que en su Hijo está completo todo lo que El es.
Ahora bien, detengámonos un instante, como el que llega al borde de un abismo, como es el abismo de la misericordia, y escuchemos nuevamente una sola frase del evangelio “como el Padre me ha amado así os he amado yo” San Juan 15,9.
Yo me esfuerzo cuanto puedo en describirles, amigos y hermanos, en describirles en algún sentido, por dónde van las grandezas del amor que Dios Padre le tiene a su Hijo, y yo siento que mis palabras desfallecen, que los pensamientos quedan inconclusos, incompletos.
Nuestra mente no logra decir si quiera la palabra que anuncia ese tamaño de amor, pues bien, para sorpresa, para jubilosa sorpresa de nuestro corazón, ese es el amor que Cristo nos ha manifestado a nosotros, es un amor que ya no tiene entonces comparación alguna en la creación, las palabras son demasiado precisas para exagerarlas o para disminuirlas.
“Como el Padre me ha amado a mí” San Juan 15,9, y ya sabemos que el tamaño de ese amor es el Espíritu Santo, y ya sabemos que el tamaño de ese amor no tiene paralelo en la creación.
Dice Cristo “como el padre me ha amado a mí, así os he amado yo a vosotros” San Juan 15,9, así se revela, como en ningún otro sitio, el salto infinito que hay entre la obra de la creación y la obra de la redención.
Si en la obra de la creación tenemos tanto que agradecer a Dios y no nos alcanzarían mil días para agradecerle lo que significa habernos creado, si nosotros podríamos, lo mismo que Santa Clara de Asís, de extasiarnos de gozo hasta las lágrimas por el sólo hecho de haber sido creados.
Pensemos qué significa que Dios haya querido tener para nosotros, no un amor pequeño, siendo todo grande en Dios, sino el amor más grande que Él podía tener, ese es el amor del Espíritu Santo y ese es el tamaño del amor que el Padre tiene al Hijo y el tamaño del amor que el Hijo ha manifestado amándonos a nosotros.
Con razón dice nuestro Señor Jesucristo: “Permaneced en mi amor; como el Padre me ha amado, así os he amado yo” San Juan 15,9. “Permaneced en mi amor” San Juan 15,9. Permanecer en el amor que Cristo nos tiene, permanecer en el amor que el Padre le tiene a Cristo, permanecer en la gracia incalculable del Espíritu.
Necesitamos ser livianos, muy livianos, necesitamos ser dóciles, muy dóciles, demasiado dóciles, porque hoy se nos invita, hermanos, a irnos en alas del viento, hoy se nos invita a tener la sutilidad del Espíritu, a estar tan infinitamente dispuestos al amor, que ahí donde aparezca su susurro, con él se confunda nuestra voz de obediencia.
Pero hoy también se nos invita a ser infinitamente ardientes, infinitamente ardorosos, hoy también se nos invita a quemar con fuego, a llenar de fuego el corazón, que en otro tiempo puede arder por las pasiones de esta tierra, ya que se nos ha revelado que el amor que Dios nos tiene es el amor que existe dentro de Él, un amor que no tiene paralelo en esta Creación.
Ahora se nos está invitando a que tengamos dentro de nosotros ese fuego, ese Dios que no cabe en ningún lugar del cosmos, ese Dios ahora quiere encerrarse en nuestro corazón, o mejor, quiere dilatar nuestro corazón a las latitudes, a las dimensiones de algo que supera cuanto es nuestro ser y en cuanto puedan descubrir nuestros instrumentos científicos.
Se trata de que Dios mismo nos pueda dar de su fuego, se trata de que el corazón humano, que anda siempre a la caza del infinito y que por esa razón no se engaña cuando no se sacia con las cosas de esta tierra, se trata de que el corazón humano, por fin, pueda descansar.
Cuando la gente, y la gente somos nosotros, cuando nosotros corremos y buscamos pedacitos de descanso, pedacitos de placer, pedacitos de poder, pedacitos de riqueza, qué tristes, qué ridículos nos vemos, qué mendigos tan extraños siendo hijos y dueños, teniendo este tesoro, teniendo este amor que nos enriquece.
¿Qué clase de gente somos, que sin embargo, como si no supiéramos quién nos ha amado, salimos a mendigar y salimos a pagar carísimo lo que gratis nos ha otorgado nuestro Salvador?
Vamos a permanecer en el amor y permanecer en el amor significa volverse fuego. Santa Catalina de Siena decía: “Mi naturaleza es fuego, es fuego”. Ella había entendido lo que dice este capitulo 15 de San Juan: “permaneced en el amor" San Juan 15,9.
Hay que permanecer en el fuego, hay que ser sutiles como el viento, hay que ser penetrantes como el Espíritu, hay que ser libres como ese amor que con libertad se derrama mas allá del pueblo judío, en todas las naciones de la tierra.
Que venga a nosotros esa gracia del Espíritu, que podamos entender, como nos lo muestra esta capilla, que sólo cuando las puertas están abiertas al amor de Dios, sólo así puede llegar ese viento y quizá llevarnos, llevarnos a donde nosotros mismos nos esperaríamos.
Así resulta que nuestra mayor libertad es ser esclavos de esta libertad; así resulta que nunca somos tan grandes como cuando somos pequeños ante Dios, y que nadie comprende quién es Dios y cómo es Dios sino aquel que reconoce, que de manera incomprensible ha sido amado por Dios.
A Él la gloria y el honor por los siglos eternos.
Amén.