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Fecha:19970427

Título: Permanecer en la Vid verdadera: Jesucristo

Original en audio: 30 min. 10 seg.


Queridos Amigos:

La lectura del Evangelio que se hace en la Eucaristía, casi siempre empieza con las palabras “en aquel tiempo”. Esta es la traducción de una expresión en latín, que también se repitió muchas veces: "In illo témpore".

Desde luego esto no significa que en la Biblia, si la leemos directamente en los Evangelios, cada párrafo o cada dos párrafos esté diciendo "y en aquel tiempo y en aquel tiempo". Es como un estribillo que la Iglesia utiliza, ese estribillo ayuda a que el pasaje o la lectura que se va a hacer, entre de una manera como más suave en nuestro entendimiento, en nuestra conciencia.

Pero a veces sería mejor que no se dijera así, “en aquel tiempo”, y de echo hay otras traducciones para la Liturgia que no utiliza ese estribillo, porque no todo sucedió en aquel tiempo, o mejor todavía, sucedió en tiempos y en momentos muy concretos.

Por ejemplo, la lectura que acabamos de escuchar del Santo Evangelio, no sucedió en algún tiempo o en aquel tiempo, sino en un momento muy especial, precisamente pertenece a los discursos de despedida que evangelio de Juan nos presenta como una especie de larga sobre mesa que tuvo Cristo con sus discípulos.

Después de haber lavado los pies a los discípulos, después de haber compartido con ellos la cena de Pascua, después de que el traidor se ha ido a cumplir su propio ciclo, después de que ha contado su victoria sobre el mundo, entonces, llegado ya ese capitulo quince de San Juan, dice el Señor: “Yo soy la verdadera vid y vosotros sois los sarmientos” San Juan 15,5.

Sería mejor, en ese sentido, que la introducción del Evangelio dijera, no en aquel tiempo, sino algo así como: "Durante la la Última Cena, dijo Jesús a sus discípulos".

Y en ese momento podía Cristo hablarles de unidad y podía contarles que ellos estaban unidos a Él y que Él era la raíz de la unidad de todos ellos, se lo podía decir ahí precisamente porque la Cena fue la declaración de amor de Cristo a sus discípulos, y a través de ellos, al mundo entero.

Precisamente, porque en el sacramento eucarístico, memorial de su Pasión y sello de su victoria, está toda la unidad de nosotros, precisamente porque acababa de celebrar esa unidad en esa Cena, les podía seguir hablando de unidad, les podía hablar ahora de unidad de otro modo diciéndoles que Él es la vid y que ellos son los sarmientos.

Pero fíjate que dice: "Yo soy la verdadera vid" San Juan 15,1, no es la única vid, hay otras vides y hay otros viñedos.

No todo lo que prospera en este mundo es Cristo, mientras no llegue la cosecha final, mientras no llegue la ciega definitiva, seguirá prosperando la vid verdadera, pero seguirán prosperando otras vides, otros cultivos.

Inspirados por ese comentario, sigamos recorriendo lo que nos dice el Señor en el Evangelio y tratemos de aplicarlo a nuestra vida. “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador” San Juan 15,1.

Cristo y la obra de Cristo es un cultivo del Padre Celestial en esta tierra, el Padre que creó todas las cosas con su poder, todas las quiso revivir con su sabiduría y con su amor, pero mientras que la creación ya abarca todo lo que podemos ver, la redención no abarca todo lo que podemos encontrar.

Adonde quiera que se dirijan nuestros ojos, aunque pudieran descender a lo profundo del infierno o a lo alto de los cielos, en todo encontraríamos la mano del Creador.

Pero para encontrar la mano de este Divino Labrador, para encontrar las manos de este Padre que es el labrador, hay que dirigirse a Cristo.

Para encontrar la creación basta abrir los ojos, para encontrar la redención hay que tener abiertos esos ojos con una nueva luz, que es la luz de la Palabra de Cristo.

Hay que tener no sólo ojos sino limpieza en los ojos, y por eso es necesario que sea la palabra de Cristo, como dice este mismo evangelio, "la que pueda limpiar el corazón y limpiar los ojos" San Juan 15,2.

Sin los ojos limpios uno ve que la obra es de Dios, uno ve que la creación es de Dios, pero uno ve a un Dios derrotado.

Sin la palabra de Cristo uno sabe que el universo lo hizo Dios, pero siente que se le salió de las manos y uno siente que el pecado y el mal corren tanto, que seguramente el corazón se le muere por dentro a uno y uno dice: "¿Pero entonces dónde está Dios si está prosperando tanto el mal?"

Es necesario, para poder ver la vid que Dios está cultivando, es necesario tener limpio el corazón, tener limpios los ojos y tener limpios los oídos.

Si no están limpios los oídos por esta Palabra, el anuncio del Evangelio no llega hasta al corazón; y si no están limpios los ojos, aunque estemos en medio de la vid, no podremos encontrarla.

Y luego viene la historia de lo que va a suceder con los sarmientos: "A todo sarmiento mío que no da fruto, lo arranca; y al que da fruto, lo poda para que de más fruto" San Juan 15,2.

Realmente, no se diferencia demasiado arrancar y podar, ¿cómo se puede podar sin arrancar, sin quitar algún pedazo? ¿Y cómo se puede limpiar sin quitar algo?

Y esta es la gran dificultad en la vida espiritual, uno quiere ser limpiado por Dios pero no quiere perder nada, pero se puede, es necesario ser podado.

Pregúntele a un árbol: "Bueno, ¿cómo hacemos para limpiarte sin quitarte lo que sobra?" Habrá que quitar las hojitas que ya están muertas, habrá que quitar las ramas que de pronto ya se echaron a perder por alguna infección o peste.

De manera que aquí está todo el progreso, pero también toda la dificultad del progreso en la vida espiritual.

Al que da fruto, lo poda para que dé más fruto; y mientras se está podando, mientras Dios está podando la vida de uno, lo que uno siente es que le están arrancando, porque arrancar y podar se parecen mucho.

Pero si uno tiene la mirada limpia, y por eso la palabra de Cristo limpia la mirada y los oídos y el corazón, uno se da cuenta de que no me está arrancando, me está podando, no me ha desechado, sólo me está corrigiendo, y como dice la Carta a los Hebreos, los papás corrigen a los hijos que aman.

Si nos os corrigiera Dios, y ahora diríamos a la vista de este evangelio, "si Dios no os estuviera podando, señal sería de que no sois hijos legítimos sino bastardos, así habla la Carta a los Hebreos" Carta a los Hebreos 11,8.

De manera que hay que tenerle miedo a que Dios no lo pode a uno, porque significa que ahí sí me desechó. Fíjate cuál es el destino de los sarmientos que dan fruto y los que no dan fruto: el que da fruto, es podado para que dé mas fruto; mientras que el que no da fruto, es arrancado.

La poda es un proceso, hay que mirar la ramita, hay que quitarle esta hoja, quitar lo de más allá, quitarle esta, bueno, ese es un proceso. Arrancar es podar.

Si Dios me está podando, señal es de que algún fruto estoy dando o voy a dar; si Dios no me estuviera podando, ¿qué quiere decir? Señal es que Dios ya me arrancó y eso sería gravísimo.

Entonces por eso, los grandes santos se quejaban ante Dios cuando pasaba tiempo y no llegaban ni desiertos, ni persecuciones, ni tentaciones, pues entonces decían: "Ya me botó, me desechó Dios, quiere decir que me arrancó".

Porque usted sabe que después de que se arranca el sarmiento, nadie se pone a podar a una rama que ya arrancó; la rama que se poda es la que está pegada al árbol, si no hay poda quiere decir que "ya me arrancaron". Si hay dificultad, pero la fe permanece, quiere decir que también hay fruto, y sobre todo, que también habrá fruto.

"Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado” San Juan 15,3; nos ha hablado de podar y ahora nos habla de estar limpios.

Evidentemente, la limpieza a la que aquí se refiere corresponde a la misma poda, la gran poda, el gran recorte que Dios hace es básicamente la obra de su Palabra, porque esa Palabra que tiene filo, varias veces la Escritura la compara a esa espada, "espada de doble filo" Carta a los Hebreos 4,12, Isaías 49,2, Apocalipsis 1,16, esa palabra que tiene filo, es la que va haciendo la poda.

Modo de apresurar la poda: sumergirse en la Palabra de Dios: modo de aplazar la poda: olvídese de la Palabra de Dios; pero el que se olvida, el que se aleja de la Palabra de Dios, lo que hace es alargar y alargar y alargar la poda.

Es práctico, si queremos mirarla de ese modo, sobre todo para los corazones que tienen o que tenemos afán, es más práctico sumergirse, entrar en la espesura de la Palabra, escuchar la Palabra de Dios, oír y oír una y otra vez la Palabra de Cristo que es capaz de podarnos, sobre todo porque es preferible que lo pode a uno la Palabra y no que lo poden los hechos.

Es preferible que sea la Palabra de Dios en mi mente y no la Palabra de Dios en las realidades de afuera la que me pode. Porque Dios me dirá a mí muchas veces: "Mira, no te conviene tal amistad", esa es una palabra.

Es preferible obedecer a esa palabra y no esperar a que se muera, o a que suceda un accidente, o a que llegue un pecado para entender que lo que me habían dicho con la Palabra, así era.

"Oiga, que no haga más eso, ya deje su chisme, oiga,oiga"; preferible que obedezca a la voz que se oye y no tenga que obedecer a los hechos". Se armó el tierrero, se armó un escándalo, problema terrible. ¿Por qué esperar a que sean los hechos que lo convenzan a uno? ¿Por qué no hacerle caso pronto y primero a la Palabra?

Yo quiero decir, inspirado en este texto y en otro texto del profeta Amós, yo quiero decir que Dios siempre habla primero; concretamente, lo que dice Amós fue: “Nada hace el Señor sin contarle primero a sus siervos los profetas” Amós 3,7.

Dios no es violento ni es drástico, su mano es delicada pero fortísima, su presencia es suave pero sumamente eficaz y Él primero hablará,tenga la certeza, primero hablará, primero lo dirá: "Ame, perdone, no peque".

Todo aquello que nos ha dicho la Palabra de Dios, y sobre todo, todo aquello que nos ha revelado en Cristo, Él primero lo dirá: "Renuncie a usted mismo, tome su cruz, es por ahí, es por ahí, es por ahí".

Pero si la Palabra no tiene suficiente fuerza, si la Palabra en la mente no tuvo fuerza y uno fue terco y tosudo, luego vendrán los hechos unos tras otros, y esa es una poda que duele muchísimo más, esa sí es la poda que duele.

Entonces la invitación, en este versículo, es hacerle caso a la Palabra que escuchamos, para no tener entonces que hacerle caso a los hechos consumados y a los problemas, cuando ya no tienen otra solución.

Obedezca ahora, esa es la invitación, obedezca ahora, de buena voluntad y con docilidad, y no tendrá luego que obedecer de mala voluntad y a la fuerza cuando los hechos ya se cumplan.

"Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros” San Juan 15,3. Fíjate que antes nos había dicho que el labrador, el Padre celestial, a veces arranca a una rama, pero hay también la posibilidad que la rama se arranque, que la rama se vaya.

Es verdad que hay veces que el labrador tiene que arrancar, claro que San Pablo dice, desarrollando el tema aquel de los judíos, dice que también pueden ser reinjertadas las ramas. Es hermosa la compatibilidad, la congruencia que tiene este texto con lo que cuenta San Pablo sobre el olivo y el acebuche, por allá en la Carta a los Romanos.

Pero nosotros estamos con este texto, así como el Padre Celestial, a veces arranca una rama, así como el labrador a veces arranca una rama, también hay veces que estos sarmientos rebeldes se arrancan y se excluyen.

“Permaneced en mí, dice, permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí” San Juan 15,4.

Y fíjate que eso es tan realista, es tan cierto, ¡qué palabras tan profundas dice Cristo cuando son realidades tan sencillas!

Mire, si usted arranca una rama, la rama no se envejece, no se seca inmediatamente; si mira una rama recién arrancada o una flor, por ejemplo, una flor recién quitada de la mata, todavía parece que tiene toda su vida, parece, parece que tiene toda si vida; pero esperemos un instante y esa rama, que era verde, pronto se seca, se vuelve amarilla y finalmente se pudre o se quema.

Tomemos esa flor, recién arrancada, valdrá lo mismo que esté en el rosal; esperemos un momento, dejemos que pase un tiempo y pronto comprobaremos cómo, esa florecita que parecía tener vida, en realidad ya no tenía vida, en realidad estaba en vía de extinción.

Lo mismo le pasa al cristiano, uno se separa con rebeldía de Cristo porque ya se siente "crecidito", uno siente que uno ya vuela solo, ya no tiene que estar dependiendo tanto: "Ya yo crecí, ya yo sé cómo son las cosas". Y uno se separa.

Apenas se acaba uno de separar, los dones que Dios le dio siguen enteros, atención, los dones siguen enteros, porque Dios no es mezquino ni vengativo, Dios no es como ese señor iracundo que entonces: "Se pueden ir...". No, Dios deja que la persona se vaya y que se vaya como el hijo pródigo, con toda la herencia.

El que tenía dones del Señor, se separa del Señor, y sigue con los dones del Señor; pero ya son dones estériles, ya son dones para su propia perdición, ya son dones, facultades, regalos, capacidades, potencias que sirven para su propia desgracia, ya no para dar fruto, y así sucede efectivamente.

Hay un par de aplicaciones que quisiera compartir con ustedes sobre esta historia de la rama que se arranca del árbol, el sarmiento que se arranca de la vid, uno de la historia de la Iglesia y otro más cercano a nuestra historia personal.

En la historia de la Iglesia, yo quisiera mencionar el caso de la Reforma Protestante. Cuando Lutero, y Calvino, y Zuwnglio, y en fin, cuando toda esa gente se separó de la Iglesia, no se secó inmediatamente, no se secó, siguieron predicando.

Y si uno lee los escritos de los protestantes, y no sólo de esa época sino de siglos posteriores, ahí hay muchas cosas que tienen todavía el verde de cuando estaban pegados al árbol.

Mire, entre otras cosas, Lutero, si no lo había comentado, ahora lo comento, Lutero tiene uno de los más bellos escritos sobre la Virgen María, quién creyera, uno como que asocia a protestante a enemigo de la Virgen, pues no, Lutero tiene un artículo bellísimo de comentario al Magnificat y a María Santísima escritos por él.

Ahí el árbol está todavía verde, dejemos que pasen los siglos, dejemos que pase el tiempo y vamos viendo qué salió de eso; poco a poco contemplamos con tristeza, cómo esa rama, separada de su árbol, se va secando, cómo se va disgregando, cómo se va dividiendo.

Fíjate que el árbol, teniendo no sé cuántas decenas de miles de hojas y cuántos cientos de ramas, y de flores, y de frutos, es un solo árbol; se seca el árbol o se cae, se le cae una rama y de inmediato empiezan a disgregarse las hojas, y las ramas, y las flores y los frutos.

Perdida la unidad de la rama con el árbol, la rama pierde la unidad de sí misma, eso le pasó al protestantismo; separado de la Iglesia, al principio parecía tener gran vigor y parecía ser una renovación del espíritu del evangelio.

Esperemos, dejemos el paso de los siglos y veremos cómo de eso que parecía un movimiento aparentemente vigoroso, empiezan a disgregarse más y más movimientos, cada vez más débiles, cada vez más disparatados, cada vez más dispersos, cada vez más contradictorios, cada vez más cercanos a la disolución total.

Entonces vendrán después de esa reforma, vendrán las grandes corrientes, que el luteranismo, el metodismo, los presbiteranos; pero si seguimos avanzando, entonces luego se van dividiendo, que los Cuáqueros, que los Pentecostales, y luego ya vendrán los Testigos de Jehová, los Mormones, y luego vendrán las iglesias de garaje, que es lo que tenemos hoy.

Es decir, al principio parece que la cosa tiene vida; pero si uno deja que pase el tiempo, uno se va dando cuenta de que siempre se paga con la muerte haberse separado del árbol, haberse ido de la vid siempre se paga con la muerte, con la esterilidad.

El segundo ejemplo que quería compartir con ustedes es el de la persona que estuvo muy vinculada, estuvo muy unida, por ejemplo, a un grupo de oración. Yo he conocido ya varias historias o casos de esos.

Pero la persona vio dificultades, vio que era muy jarta esa poda,¿no? Porque como todo lo poda Dios, las personas, los grupos, las comunidades, todo lo poda Dios, yo me imagino que los congresos también los podará Dios.

Como Dios todo lo poda, entonces este señor o esta señora se aburrió de que que le estuvieran podado y se aburrió de los problemas y dijo: “Bueno, yo aprendí a orar, yo aprendí a orar, yo ya sé cómo son las cosas, yo puedo llevar una disciplina de oración, qué tantos directores espirituales, al fin y al cabo uno se dirige, uno sabe hacia dónde va”.

Bueno, y la persona se separa. Pues bien, que se vaya, Dios no le va a quitar los dones, que se vaya.

Los dones que Dios le dio, de lenguas, de interpretación, de milagros, de virginidad, de profecía, todo lo que Dios le haya dado,Dios no se los va a quitar, es que Dios es generoso, Dios no es mezquino, Dios no anda recogiendo las cosas: "A ver, se va, pero se va sin nada".

No, Dios le dice: " Váyase y llévese todo lo que quiera, yo le ayudo a empacar", y Dios es de los que le ayuda a uno a empacar; y se va.

¿Y qué va a suceder al cabo del tiempo? La persona dice: "Basta con que yo me ponga una disciplina de oración, yo entonces voy a orar, y yo voy a leer, y yo voy a... Mire, voy a hacer mi plan, mi plan es: voy a orar, voy e estudiar, voy a hacer penitencia y voy a predicar".

Unos meses después nos encontramos con la persona: “Bueno, no he podido volver a predicar pero estoy estudiando, estoy orando y hago penitencia”. Unos meses después la encontramos: “La salud se me dañó, pero yo sí estoy orando y yo estudiando”.

Unos meses después la encontramos: “Yo hago oración cada vez que puedo y es una oración muy sincera”. Unos meses después la encontramos: “-¿Y usted qué? "-Yo qué de qué o qué? ¿O cómo? ¿O qué?"

Ha muerto la vida espiritual dentro de la persona, lo que era vigoroso y lo que era fuerte se fue deshaciendo, se fue deshaciendo, se fue deshaciendo, finalmente, está lista la rama suficientemente seca para ser echada al fuego, ya no sirve sino para el fuego.

De modo, mis queridos amigos, que este texto es precioso para cultivar la mística por la unidad; pero no es la unidad en torno a una rama sino en torno a la vid, es en torno a Jesucristo, es la unidad en torno a Jesucristo.

“Como el sarmiento no puede dar fruto por sí si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante” San Juan 15,4-5.

Porque es que sí un árbol gigantesco, gigantesco, gigantesco y por allá, veintiocho metros sobre el suelo, da una flor, esa flor salió de una rama así de pequeñita; pero esa flor salió de un árbol así de grandotote, ¿ves?

Cada una de las flores sale de la rama, pero sale de todo el árbol. El que está unido a Jesucristo da fruto, porque no está dando fruto desde su pequeño ser de ramita, sino está dando fruto desde su inmenso ser de Cristo.

El que esté conectado a la fuente de poder, el que esté conectado a la savia viva que es Jesucristo, ese da frutos inesperados, ¿por que? Porque no da fruto desde su pequeño ser, sino desde el inmenso ser, desde el abundante ser, desde el torrente de gracia, desde Jesucristo, desde ahí, desde esa fuente está dando fruto, y esos son los frutos precisamente que permanecen, porque hay que saber que no todos los frutos permanecen.

“Sin mí no podéis hacer nada” San Juan 15,4. Bueno, esa frase es un poco extraña, porque uno dice: “Bueno, pero yo conozco gente, por ejemplo, que ni cree en Dios y sin embargo saben hacer obras buenas”.

Hay que saber entender la frase. ¿Qué sucede con esas que llamamos “obras buenas”, cuando no están hechas en el nombre de Dios? ¿Qué sucede con eso que nosotros consideramos como fruto cuando no es un fruto de la verdadera vid?

Acuérdate que no es la única vid, sino la vid verdadera, ¿qué sucede con esos frutos? Aquí también nos vendrá bien un ejemplo, un ejemplo un poco complicado. Vamos a ver, si Dios me ayuda. Mire usted, el caso de una persona que está viviendo en adulterio, abandonó a su familia, dejó, por ejemplo, a su esposa, hizo un nuevo hogar.

A ver, él lo llama “nuevo” y lo llama “hogar”, llamémoslo nosotros así; hizo un nuevo hogar y empezó a cuidar sus hijos, aparentemente todo muy bien, "nos hemos entendido muy bien con mi nueva esposa, he tenido lo que nunca tuve, nos hemos comprendido".

Sí, vamos a suponer que todo eso es cierto, ¿sabe usted qué ha hecho con eso? Le ha enseñado a sus hijos que el camino para tener un hogar es adulterar, su éxito, su logro, es su mismo fracaso.

Es lo mismo que el papá que le enseñara a su hijo: "Mire, mijo, a través del atraco que le hice al banco la semana pasada, estamos comiendo esta semana, ¿qué opina, mijo?" Con eso le está enseñando que robar es lo que produce ese bienestar.

El que insiste en que su hogar de adúltero es bueno, está enseñando a sus mismos hijos a que tener un hogar bueno se logra a través del adulterio y de la infidelidad. Fíjate que ahí se muestra cómo, cuando no está Dios, incluso que lo que parecen frutos son venenos, e incluso, lo que parecen obras, son desastres.

Dice aquí, “Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca, luego lo recogen y los echan al fuego y arden” San Juan 15,6.

¿Cuál es la diferencia entre el fruto y el fuego? Pues mucha, pero una de las principales es que al fruto le sale semilla para un nuevo árbol, en cambio, la rama echada al fuego, se disuelve en esa luz, en ese calor y no queda finalmente nada.

De modo que aquí está la gran escogencia, la gran opción que Dios nos pide que hagamos. Escoge, ser estéril, escoge, ser desierto, ser ceniza, escoge, o eso, o dar vida; escoge si deseas ser ceniza o vida, escógelo, toma hoy la opción uniéndote vigorosamente al que es la vid.

“Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará” San Juan 15,7. Alguno dirá: "Aquí está la magia, porque ete es como el sueño de la magia, que lo que yo desee, se realice".

Esa sería una lectura muy superficial del asunto. Mire usted: “Si permanecéis en mí, -esa es la condición, y el que permanece en Cristo permanece en la voluntad de Dios.

De manera que cuando aquí se dice: “Pedid, y recibiréis” San Juan 15, 7, o cuando se dice: “Si permanecéis en mí, lo que pidáis se realizará” San Juan 15,7, no se nos está diciendo que cualquier barbaridad que sa uno se le ocurra Dios la va a hacer.

Sino que se nos está diciendo: "En el momento en el que tú entres en el torrente dela voluntad de Dios, tú verás cómo las cosas rinden y se realizan, eso es lo que sí se va a realizar; cuando tú entres en la voluntad de Dios, en el torrente del amor de Dios, tu verás que ahí sí las cosas funcionan.

Mi papá cuenta una anécdota del Padre Jaime, que fue párroco nuestro allá en Bogotá. El Padre Jaime un vez iba por una carretera y empezó a notar que todo el mundo venía en contravía, y entonces dice: “Bueno, pero ¿estos desgraciados no se darán cuenta de que vienen en contra vía?”

Hasta que uno de ellos, haciendo sonar repetidamente el pito, y probablemente insultando al pobre padre, le hizo caer en cuenta que era él el que iba en contravía. Y hay veces que uno en la vida uno obra así: “¿Por qué será que todo se me oponen? ¿Por qué? ¿Por qué será?" ¿No será que usted es el que se está oponiendo a todos?

Aquí dice “Sí permanecéis en mí” San Juan 15,7, eso es encontrar la vía; “si permanecéis en mí y mis palabras, las que limpian, permanecen en vosotros, ahí sí entrareis en la vida” San Juan 15,7,y ahí sí uno siente que las cosas rinden.

Que las cosas rinden no significa que las obras sean fáciles; pero sí significa que las obras son de Dios y que se hacen en la maravillosa fecundidad y en la fantástica velocidad con la que Dios sabe obrar sus cosas, entonces es preciosa la enseñanza.

Bueno, ¿No será que yo estoy como el padre Jaime en su viejo carro? Yo conocí ese carro, el carro de la contravía, yo lo conocí, ¿no será que yo estoy como el Padre Jaime en contravía y en contravía?

Pero hay que descubrir la contravía de los obstáculos, una cosa es contravía y otra cosa son los obstáculos; porque Jesús dice que cuando uno esté cumpliendo la voluntad de todas maneras a uno también lo van a podar.

Entonces se necesita la luz de la Palabra para saber si lo que se me opone es un obstáculo, pero estoy cumpliendo la voluntad de Dios, o lo que se me opone es una contravía, porque voy exactamente en contra de la voluntad de Dios.

Pues la manera de saberlo es lo que Cristo nos enseña: “Si permanecéis en mi y mis palabras permanecen en vosotros” San Juan 15,7.

¿Y en dónde sabemos si permanecemos en Él y Él en nosotros? Pues lo sabemos a través del testimonio de nuestra conciencia, lo sabemos a través de la presencia del Espíritu Santo, lo sabemos por nuestra comunión con la Iglesia, lo sabemos a través de la palabra, de la predicación particular de algunas personas.

Pero es el testimonio concurrente de esto, dándole tiempo y el primer lugar a una conciencia sincera, es el testimonio de todo esto lo que nos enseña que si voy unido a Jesucristo y su palabra permanece en mí.

Dios nuestro Padre nos ha ofrecido un precioso banquete en este texto; alimentémonos de esta Palabra y que esta Palabra que hemos recibido y que hemos comulgado ya en nuestro corazón, ahora la podamos comulgar en el sacramento que Cristo estaba instituyendo cuando les dijo a los discípulos: "Yo soy la vid. Y vosotros los sarmientos" San Juan 15,5.