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Fecha: 20060507

Título: Jesus llama a la puerta para que seamos ovejas de su redil

Original en audio: 39 min. 9 seg.


Amadísimos Hermanos,

Durante todo el tiempo de la Pascua, y en realidad durante toda nuestra vida cristiana, estamos celebrando una sola realidad, la gran noticia: Jesús está vivo, el Señor está vivo y está dando vida.

No sólo está vivo sino que está vivificando, no sólo ha recuperado la vida sino que es la fuente de la vida nueva; a través del derramamiento del Espíritu Santo, a través del don de Pentecostés, los discípulos de Cristo quedaron impregnados con la vida misma del Resucitado.

Por eso no es extraño que ellos, ya desde los primeros tiempos, empezaron a realizar prodigios admirables, porque no eran ellos, era el Espíritu de Dios, el Espíritu de Cristo, el Cristo vivo obrando en ellos, realizando maravillas, comunicando nueva vida.

Y la primera lectura de hoy nos recuerda uno de los milagros que fue decisivo en los comienzos de la predicación evangélica, el milagro mismo no está contado ahí, pero podemos recordarlo aquí fácilmente.

Entraban Pedro y Juan al templo y un mendigo, paralítico de nacimiento, pedía limosna, Pedro se le quedó mirando fijamente y le dijo: "Oro y plata no lo tengo, pero lo que tengo..." Hechos de los Apóstoles 3,6, -y lo que tenía era la vida de Jesús, el poder de Jesús, el Espíritu de Jesús-.

"Lo que tengo, eso te doy: En el nombre de Jesús, levántate y anda" Hechos de los Apóstoles 3,6. Y este hombre, que nunca había caminado, se pone en pie, se pone en pie de un salto y empieza a brincar y empieza a caminar, a correr manifestando con su misma alegría y con esos saltos de gozo, lo que significa la vida cristiana.

Nosotros que estuvimos postrados por el pecado y condenados a una triste mendicidad suplicándole gozos al mundo, suplicándole un poquito de alegría a una botella, suplicándole un poquito de amor al dinero de la prostitución, nosotros que estuvimos suplicándole un poquito de amistad construida a base de chismes, mentiras y calumnias.

Nosotros que hemos pedido sentirnos un poquito importantes a base de soberbia, hemos sido mendigos de los ídolos y de las mentiras de este mundo, postrados y condenados a la mendicidad, hasta que llegó un Apóstol, hasta que llegó la predicación vigorosa de Jesucristo, a través de algún ministro, a través de algún Pedro, a través de algún Juan, a través de alguien.

Esa buena noticia nos alcanzó como una oleada, como una inundación de amor, y entonces nosotros, lo mismo que este mendigo, hemos saltado de gozo y hemos entrado en la casa de Dios.

Porque lo más admirable de este milagro, es que ese pobre mendigo estaba siempre a la puerta y nunca entraba, y esos son muchos católicos que están siempre a la puerta, están siempre ahí en el borde, saben que algo extraño sucede en el altar, saben que algo extraño sucede con el pan y el vino, saben que se cuentan historias sobre el perdón y sobre la sanación; pero todo lo miran de lejos como extranjeros.

Dice San Pablo la Carta a los Efesios: "Todo lo miran de lejos, pero nunca entran" Categoría:Efesios . "Una vez que el Espíritu de Dios se apodera de ti, ya no eres extranjero ni forastero" Carta a los Efesios 2,19, dice Pablo en la Carta a los Efesios.

Cuando llega el Espíritu de Dios hacia ti, ya sientes que eres de la familia y eso fue lo que sintió el mendigo, que no sólo pudo caminar, no sólo pudo saltar, sino que por fin, por fin pudo entrar en el misterio.

Ese es el significado de la entrada al templo, pudo entrar en la casa de Dios, pudo sentirse de la familia de Dios.

Eso es también lo que nos dice la segunda lectura: "Miremos, hermanos, qué amor tan grande nos ha tenido Dios para llamarnos sus hijos,y es verdad, porque lo somos" 1 Juan 3,1.

El día que uno se convence que uno es hijo, que es verdad que uno es hijo, entonces uno salta de gozo y uno, como este mendigo, no puede parar de cantar y de celebrar el amor de Dios, "porque soy de la casa de Dios, porque pertenezco a su familia".

¿Ustedes han sentido esa alegría? ¿Ustedes han sentido ese gozo? Levanten la mano el que haya sentido ese gozo de ser de la familia de Dios, muchos han sentido ese gozo.

Este hombre entró alabando a Dios no sólo con los gritos de júbilo, sino con su cuerpo curado. Los cuerpos curados, los cuerpos sanados, las vidas reconstruidas son la gran alabanza, la alabanza no es en primer lugar asunto de palabras.

Jesús nos advirtió que la oración no era la multiplicación de palabras, es tu vida sanada, es tu familia reconstruida, es tu mirada que ya no tiene que bajarse avergonzada, ahora ya puedes mirar a los ojos, ahora ya no tienes que esconderte de Dios, ya no eres Adán escondiéndose entre las hojas del Paraíso.

Ahora eres de la familia, ahora miras a los ojos, ahora sientes paz en tu corazón y ese corazón tuyo que palpita con ritmos de alabanza, esa es la gratitud, ese es el gozo que también experimentó ese mendigo.

Por supuesto, un milagro de este tamaño no podía quedar inadvertido, la gente que tal vez entraba sólo por costumbre, sólo por rutina a aquel templo de Jerusalén, se encontró un día con algo absolutamente inusitado, un hombre que cantaba y gritaba y lloraba de alegría y no dejaba de dar saltos.

Y algunos pensarían: "Este está loco", y otros pensarían, como pensaron de los Apóstoles en Pentecostés: "Este debe de estar muy borracho", y no estaban equivocados, hay una ebriedad santa, hay una santa ebriedad que trae el Espíritu, un sentimiento de gozo desbordante que no cabe en palabras.

Y por eso, porque no cabe en palabras, El capítulo 16 del evangelio de San Marcos dice que: "Los que crean en Jesucristo hablarán lenguas nuevas" San Marcos 16,17.

Simplemente porque no existe, en los idiomas del mundo, una palabra que pueda expresar lo que se siente cuando uno por fin, por fin puede abrazar el amor de Dios, cuando uno por fin puede sentir el beso y la acaricia de Dios, cuando uno por fin puede decir: "Entonces sí soy de los tuyos", "entonces sí soy de tu familia".

La gente extrañada vio que este hombre daba brincos y gritaba como un loco y también es verdad que estaba loco, porque es una locura, pero una locura santa el encontrarse con Dios. Y muchos de los que han venido a esta casa de oración, que se llama "la Mansión", saben muy bien lo que estoy diciendo con esta locura.

Porque para el mundo, para los valores de este mundo siempre será una locura que tú gastes una noche en vigilia o que tú gastes una mañana recibiendo instrucción y aprendiendo a bendecir a Dios.

Para el mundo siempre será una locura que tú cultives la honradez, que ames la pureza. Para el mundo siempre será una locura que tú renuncies a vengarte y que en cambio prefieras orar por tus enemigos.

Para el mundo todas esas cosas son locas y son extrañas y nosotros siempre seremos extraños y locos para este mundo, hasta que la figura de este mundo pase, hasta que los cielos se deshagan, con gran estrépito aparezcan los cimientos de la tierra y el Señor Jesús vuelva en gloria.

En ese momento quedará claro que lo que era realmente loco era darle la espalda a Él, y lo que era realmente tonto era evitar su Palabra.

Pero mientras llega ese momento glorioso, mientras llega ese momento grande y santo, mientras llega ese momento en el que todos los ojos tendrán que contemplar la gloria del que regresa a tomar posesión y gloria del universo, mientras llega ese momento, nosotros estamos saludablemente condenados a ser unos locos.

No está mal ese título, porque loco consideraron a Jesucristo y loco consideraron a San Pablo. "De tanto estudiar ya se te revolvió el seso", le decían a San Pablo, y loco consideraron a San Francisco, y loco consideraron a Maximiliano María Kolbe, cuando escogió dar su muerte en un martirio horroroso, intercambiando su destino con un preso condenado a muerte.

O sea que sí somos de esos locos, feliz nuestra locura; y si somos de esos locos, bendito sea el Señor, porque pertenecemos a la asamblea de sus elegidos.

El impacto maravilloso de esa locura causó revuelo, la noticia se divulgó inmediatamente por todo Jerusalén: "Un gran milagro ha acontecido, algo está sucediendo", y tenía que ser así, porque el Señor Jesús está vivo y el que está vivo da vida.

Jesús, óiganme bien hermanos, Jesús está vivo; pero no está ocioso, Jesús no está ocioso, está vivo y se pasea en medio de su pueblo; está vivo y está ocupado curando gente, está vivo y está ocupado alejando el imperio de Satanás; está vivo y está instruyendo a los suyos; está vivo y está reuniendo a su pueblo; está vivo y está llamando a muchos y a muchas para que se gasten, para que se consuman dando luz.

Como la imagen preciosa de este cirio que tenemos aquí, -cómo me gusta el cirio de la Pascua, cómo me gusta esa imagen preciosa de una luz que se gasta en frente del pueblo-, muchos sienten ese llamado, muchos sienten esa vocación.

Entiendan bien eso, no viene de ustedes, eso viene del Señor Jesús que está vivo y que hace cosquillas y caricias en tu corazón para que te sientas convocado y te sientas llamado a quemarte como ese cirio dando luz a otros; Jesús está vivo pero no está ocioso y una prueba impresionante de que Él está vivo y dando vida, fue el milagro de este paralítico curado.

Entonces la gente se reunió, se reunió porque querían entender lo que había sucedido, algunos decían que no era en verdad el mendigo, otros decían que sí era, y él dio testimonio y dijo que sí, que el Señor lo había curado; pero fue sobre todo la predicación de los Apóstoles la que mostró quién era el verdadero Autor de ese maravilloso milagro.

La historia debería tener un final perfecto y feliz; pero lamentablemente las autoridades de ese tiempo, en vez de postrarse con gratitud ante el Rey de la gloria, sintieron que el poder del Cristo vivo era como una amenaza al poder que ellos tenían.

Ellos sintieron que su poder estaba siendo cuestionado por esa oleada maravillosa de amor, en realidad tenían razones para temer, porque allí donde reina Jesucristo, allí donde de veras aparece el esplendor de Cristo, cualquier otro reinado, cualquier otro imperio, cualquier otro aparato que queramos presentar y cualquier otro pasto se queda chico,

Todo palidece frente a la luz de Jesús, todo se ve tan pequeño y casi ridículo frente a la luz de Jesús, en realidad estos judíos, estas autoridades judías tenían razones para tener miedo, porque efectivamente, ahí donde brilla Jesucristo, todo lo que antes parecía luz, ahora es casi sombra y ellos sentían que iban a ser eclipsados por Jesús, por eso empezaron a perseguir a los Apóstoles y los sometieron a juicio.

Y la respuesta que dio el príncipe de los Apóstoles, San Pedro, es lo que hemos escuchado en la primera lectura de hoy.

De esto que sucedió con las autoridades judías tenemos que aprender algo: si es verdad que el Señor Jesús brilla con la luz inmortal de la Pascua, si eso es verdad sólo tienes dos opciones, dos: o te pones a luchar contra esa luz, o te dejas invadir de esa luz.

Ese es el juicio de la historia humana, una vez que el Crucificado y sepultado ha resucitado, ante la luz de su Resurrección sólo hay dos opciones: o intentas tapar esa luz e intentas luchar contra ella, o te dejas llenar de esa luz para volverte luz también tú.

Y hoy tenemos que tomar esa opción, hermanos, si queremos recibir de Dios esta invasión saludable, esta deliciosa inundación de la luz, Cristo para convertirnos también nosotros en luz o si queremos neciamente y estérilmente luchar contra esa luz.

La historia cuenta cómo muchos quisieron luchar contra esa luz y cuenta también el desenlace de sus vidas, y el desenlace, el final de sus esfuerzos, cuando estos acontecimientos de la primera lectura de hoy sucedían, todo parecía quedarse en una anécdota, por allá en un rincón del Imperio Romano.

Lo grande, lo fastuoso, lo impresionante era la vida del Emperador romano con todas sus huestes y sus ejércitos, con todas sus provincias, sus riquezas, con su inmenso poder, veinte siglos después, ¿qué queda de todo eso? ¿Qué queda de todo ese fasto? ¿Qué queda de toda esa supuesta grandeza? ¿A quién le importa hoy el Emperador romano, si no es a alguien que quiera hacer historia y descubrir en esa historia por qué se cayó ese imperio?

Veinte siglos después lo que empezó siendo una anécdota marginal en los bordes del Imperio Romano, es un incendio de amor que ha llegado también hasta esta ciudad y que aquí ha producido millares de conversiones y ha cambiado muchas vidas, veinte siglos después.

Muchos de esos emperadores quisieron pelear contra la luz, encarcelaron a los cristianos, los amenazaron, se burlaron de ellos. Mujeres hubo que fueron tristemente violadas y torturadas; niños que tuvieron que entregar su vida por no negar a Jesucristo; ancianos cruelmente vejados hasta la muerte.

Con toda suerte de tormentos se quiso acallar el testimonio de estos cristianos, como prolongando la historia que cuenta la primera lectura de hoy, ya estos Apóstoles fueron encarcelados.

La lucha contra la luz es tan antigua como el primer despuntar de esa luz que aconteció el día de la Pascua, ¿y cual ha sido el resultado de todos esos esfuerzos? Simplemente que todos esos imperios y todos esos necios luchadores contra la luz, van pasando y van quedando atrás, como hojas muertas de un árbol que jamás podrá dar fruto.

Y entre tanto, generación tras generación, reverdece el olivo maravilloso, reverdece el árbol de la vida, y más y más corazones se abren al amor, porque como dijo Agustín: “Fuimos creados para ese amor y no hay otro lugar donde tengamos descanso”.

¡Cuántos han luchado contra Cristo! ¡Cuántos se han opuesto a la luz! Una de las historias más impresionantes es lo que sucedió durante todo el siglo XX, especialmente con el comunismo en la Unión Soviética.

Otra vez las cárceles, otra vez las torturas, otra vez los sacerdotes a las mazmorras, otra vez las burlas desde las cátedras universitarias, desde los libros y las enciclopedias, desde los medios de comunicación se dijo y se gritó por todas partes, que era una mentira la fe y que Dios no existía y que Cristo era un engaño.

Se trató de sepultar la luz, y por un momento pareció que Rusia quedaba para siempre eclipsada en su fe; pero aun bajo esa bota militar espantosa, queriendo hundir la semilla de la luz, venció esa luz y hoy por hoy la generación más joven, los niños y adolescentes que están aquí, ya sólo conocerán ese comunismo ateo como una historia triste, como una hoja más en el árbol muerto que jamás dará fruto.

Hoy te invito, hermano, hoy te invito a que sigas el camino de la vida, no pierdas tu tiempo luchando contra la luz que nadie podrá vencer.

"Cristo, una vez resucitado de entre los muertos ya no muere más, la muerte no tiene poder sobre Él" Carta a los Romanos 6,9, y la semilla de los mártires, la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos, como ya predicó San Cipriano.

Por eso nosotros tomamos el camino de la luz y por eso nosotros podemos repetir y cantar como lo hemos hecho, cantar con gozo en el día de hoy, como dijo el Apóstol Pedro: “Sepan, sepan ustedes y todo el pueblo de Israel, este hombre está aquí sano delante de ustedes por el nombre de nuestro Señor Jesucristo de Nazaret, a quien ustedes crucificaron y que Dios resucitó de entre los muertos" Hechos de los Apóstoles 4,10.

"Él es la piedra que ustedes desecharon y que se ha convertido en la piedra angular” Hechos de los Apóstoles 4,11.

Y sobre todo esa frase que hace temblar al infierno, que hace retroceder al demonio y que trae una esperanza sin límites al corazón humano, no desde el cielo, no existe otro nombre dado a los hombres por el cual podamos alcanzar la salvación: Jesús es el Señor, Jesús es el Rey.

¿Y a dónde nos lleva esta meditación, hermanos, sino es a la adoración y a la alabanza? Por eso esa segunda lectura es para mó como un oasis delicioso, refrescante de amor, de alabanza y de adoración: "¡Miren qué amor nos ha tenido el Padre!" 1 Juan 3,1.

Cada vez que el Señor me ha permitido visitar este santo lugar, esta casa de predicación y de oración en Santa Cruz, que Dios siga bendiciendo por muchos, muchos años. Cada vez que he venido aquí, parte de mi alegría es ver los ojos y los rostros de ustedes cuando bendicen al Señor.

Porque en esos rostros, sin que ustedes se den cuenta, el Espíritu Santo dibuja con trazos delicados el rostro de un amor que no viene de esta tierra, sus rostros son embellecidos y sus sonrisas son adornadas con esplendores de cielo, porque ustedes, cuando bendicen al Señor, están mirando el amor que nos ha tenido el Padre, ese amor por el que quiso que nosotros nos llamáramos y fuéramos hijos suyos y camináramos en la luz.

Como ustedes se dan cuenta, hermanos, hay una opción que tomar: o le voy a permitir al demonio que haga de mi cara un tablero de sus blasfemias, o le voy a permitir al Espíritu Santo que haga de mi cara un retablo de la gracia divina.

Hoy le tienes que entregar tu cara a alguien: o entregas tu cara al poder de la amargura, o entregas tu cara al poder y a la belleza del Espíritu; hoy le tienes que entregarle tu cara a alguien.

Eso es, amados hermanos, eso es precisamente recibir a Cristo como pastor de nuestras vidas. nosotros vamos detrás de Él vamos siguiendo sus pasos, vamos escuchando su voz, nos ha convencido su amor; porque hemos descubierto que Cristo es el primero y Maestro, es el verdadero y Santísimo Pastor que amó más a las ovejas que al salario. Este es el significado del amor.

Cristo tiene poder en el corazón humano, porque Cristo le da al corazón humano el alimento, la luz y la salud que estaba esperando, pero aquí hay algo más profundo que podemos decir, hay una clave secreta, hay un código secreto de acceso al corazón humano.

Últimamente suelo utilizar, para la evangelización, Internet, entre otros muchos métodos que hay hoy, me imagino que se puede hacer propaganda a la página a través la cual presto un servicio, como lo prestan muchas otras personas.

Mi página se llama precisamente fraynelson.com, y a través de Internet he tenido unas sorpresas maravillosas sobre el poder del amor de Dios, porque así como Dios está haciendo esto en este lugar, Dios está haciendo maravillas en otros sitios y es hermoso ver cómo los puntos se van conectando, haciendo una red, que es capaz de rescatar a los peces y rescatarlos para la vida.

Pero mi historia de Internet va a que casi todo lo que uno tiene que hacer en Internet requiere entrar un código, una contraseña, un password. Para entrar a una cuenta de correo, o para accesar a una base de datos, o para subir unos archivos al servidor de Internet siempre hay que meter una contraseña, y si no tienes la contraseña no puedes entrar.

Han venido muchos falsos pastores a este mundo y nos han engañado de muchas maneras; pero la contraseña secreta, la contraseña última del corazón humano, esa que da acceso a lo íntimo de la vida, esa que te conecta desde el centro de tu alma, esa contraseña no la conocen esos falsos pastores.

Nosotros somos hechura del Dios creador, el Dios poderoso, el Dios santo y voy a describir las cosas de esta manera: Papá Dios dejó en el centro mismo de tu alma un código que no lo sabe nadie sino Él.

Pero como enseña la Teología, que todo lo que tiene el Padre lo tiene el Hijo, menos el ser Padre, por supuesto; como hay una absoluta y perfecta comunicación de todo bien y todo don entre el Padre y el Hijo, entonces el Padre nos creó y dejó esa contraseña allá en lo íntimo, en el centro del alma.

Dejó una contraseña y esa contraseña es la que conoce el Hijo, entonces, cuando llega el Hijo, cuando se hace presente el Cristo vivo, cuando llega el Señor de la gloria a la vida, Él sí sabe cuál es el código de acceso y ese código de acceso es muy sencillo, tiene cuatro letras en español: se llama “amor” o se llama “cruz”.

En la cruz del amor y en el amor de la cruz, Jesús ha revelado la contraseña que le da acceso absoluto a todos los recursos del corazón humano.

Cuando Cristo llega a tu vida y escribe su contraseña secreta, y su contraseña secreta, es: “te amo hasta el extremo de la cruz, y hasta la cruz llegué porque te amo”, eso lo escribe Él con caracteres.

Pero el problema es que esos caracteres no son los de un teclado de computador, esos caracteres son su Sangre, en su Sangre Él ha escrito su contraseña, en su Sangre Él ha escrito cuánto te ama, en su sangre Él ha escrito esa contraseña que de antiguo sólo conocía y sólo conoce el Padre celestial.

Y ese es la diferencia entre el verdadero pastor y los falsos pastores, los falsos pastores nos ofrecen algunas cosas y por un tiempo y con muchas mentiras. Nos ofrecen algo de alegría por un tiempo y con mucho engaño, nos ofrecen algo de paz por un tiempo y con mucho engaño.

En cambio cuando llega este Pastor bendito, cuando llega el Supremo y Santísimo Pastor, el Señor Jesús, Él escribe su contraseña secreta con el rastro de Sangre que alcanzó hasta el Gólgota y allá, con el martilleo de los clavos, entra esa contraseña en tu corazón, y tu entiendes que has sido amado hasta el extremo.

Y entonces sucede algo maravilloso cuando entra esa contraseña, entonces un estrépito impresionante resuena en el alma y sucede lo que los carismáticos llaman “quebrantamiento”, ¡huy se rompe el corazón, y se abre el alma, y se alzan las antiguas puertas, y entra el Rey de la gloria a vivir y a realizar su misterio en tu existencia!

Traducido al lenguaje de Internet ese es el evangelio de hoy, el evangelio de hoy dice: “Conozco a mis ovejas” San Juan 10,14-15.

Vamos a traducir esto a Internet: "Yo tengo el password", eso es lo que significa, "yo tengo la contraseña, yo sé la contraseña de todos tus correos, yo sé cómo se llega hasta el centro de tu alma, yo sé cómo puedo entrar a tu corazón".

Pero aquí hay un misterio, un misterio que me deja asombrado, este Jesús que sabe cómo entrar, llama a la puerta. A veces eso me da alegría, a veces me da ternura, a veces me da rabia, perdón Jesús, me da rabia porque a veces le digo a Jesús: “Si tu sabes la contraseña, ¿por qué no entras directamente sin pedir más permisos?”

Pero entonces Jesús se me pone bravo y se me pone serio y dice: "¿Y es que tú no conoces la obra de mi Padre? Mi Padre os ha creado con entendimiento y con voluntad y yo no voy a contradecir la obra de mi Padre, “yo toco a la puerta y espero” Apocalipsis 3,20.

Y eso es lo que está haciendo Jesús hoy, hoy Jesús está tocando a tu puerta; Él tiene la llave, Él podía entrar así no más; pero Él toca la puerta y Él sabe que tú estás adentro postrado y enfermo, paralítico y mendigo; tú estas adentro y ya no tienes fuerza ni siquiera para abrir esa puerta; pero hay en ti un relámpago de esperanza, hay una lucecita, hay una semilla de gozo.

Hoy te pido, por el valor de la Sangre de Cristo, te pido: ¡Abre esa puerta ya! Yo sé que estás postrado y paralítico y que ni siquiera puedes levantarte para mover esa puerta; pero si tú le dices a Jesús: “Entra”, ya Él tiene tu contraseña, Él escribirá sus cuatro letras que son “amor” o que son “cruz”, Él las escribirá.

Porque ya las escribió en una sangre que jamás coagula, que jamás se seca, en una sangre que sigue manando en el altar de la Eucaristía, ahí Él volverá a escribir su contraseña y podrá entrar a tu vida.

Dile a Él hoy que le das autorización, que le das permiso, tal vez sientes miedo como sintieron estas autoridades judías, tal vez sientes miedo como muchos que hemos sido cobardes lo hemos sentido, porque este que les habla, no ha sido ningún valiente, es un pobre cobarde que muchas veces se asusta cuando tiene que hablar.

Pero si tú y yo le decimos hoy al Señor: “Te doy permiso, usa tu contraseña, empuja mi puerta con el madero de la cruz, empuja mi puerta y entra, Señor; está desordenada mi casa, está un poco sucia, tal vez huele mal, pero es mi casa y desde hoy, Jesús, hoy es también tu casa, Señor, hoy te abro mi puerta, Señor para que tú entres.

¡Qué le voy a esconder al que ya me conoce! ¡Qué le voy a esconder al que ya me conoce y ya me acepta! ¡Que le voy a esconder al que ya me conoce, ya me acepta y ya me ama!

¿Y qué le voy a esconder al que ya me conoce, ya me acepta y ya me ama y me ha salvado? Para que sea de los suyos, para que camine con su rebaño, para que sea oveja de su redil, para que atienda su voz y no la voz de los falsos pastores que serían capaz de venderme por mejorar su salario.

Hoy Jesús, tal vez postrado, tal vez paralitico, tal vez mendigo, postrado allá en el fondo de mi casa y asustado, hoy te digo, entra esa contraseña, pronuncia esa palabra de amor escrita con Sangre, empuja Señor con el árbol de la vida, con el árbol de tu cruz, empujala fuerte y entra, entra Señor.

Hay hermanos que se están quebrantado en este momento, porque sienten dolor, porque han retrasado tanto tiempo, yo les digo que Jesús tiene paciencia, porque tiene amor; hoy les digo, Jesús tiene poder porque tiene amor, Jesús tiene compasión porque tiene amor.

Deja que se inunde de luz tu vida, dile hoy a ese Pastor: “Quiero ser de los tuyos, quiero vivir y morir a tu servicio”.

Nos vamos a poner de pie y le vamos a decir esto al Señor, hoy le vamos a decir al Señor que lo aceptamos como Pastor de nuestras vidas, que queremos que su rebaño santísimo crezca, hasta que abarque todos los pueblos, y que queremos que todos los que tienen autoridad en nuestra vidas, la tengan en el nombre de Él y siguiendo sus mandamientos.

Porque no habrá un gobierno bueno si niega a Jesucristo, porque no habrá una cátedra buena si niega a Jesucristo, porque no habrá un sistema económico bueno si niega a Jesucristo, porque no habrá paz si esa paz niega a Jesucristo, porque solamente en Él, solamente en su Nombre somos salvos y no hay otro Nombre por el cual debamos salvarnos. Amén.

Di Señor, pronuncia Señor esa contraseña, hoy te doy permiso de que entres a mi vida, tal vez me asustan muchas cosas, tal vez me asusta la suciedad que pueda haber, tal vez la oscuridad que hay, tal vez plagas, lagartos y ratas que han entrado en mi casa porque la tengo descuidada.

Entra tu Señor, ayúdame, recibe el hilo de mi voz que te suplica, recibe el hilo de mi voz que te ruega, que te implora; ven, Señor, acéptame hoy, aunque mil veces te haya dicho que no, hoy te digo que sí.

Perdóname Señor, libérame Señor, sáname Señor y haz tu obra maravillosa en mi vida; ven Jesús, entra a mi vida, yo me entrego a ti, yo pongo mi confianza en ti y quiero vivir y quiero morir como oveja de tu rebaño, porque nada mejor me puede suceder, porque nada más grande me puede suceder, sino ser tuyo desde hoy y para siempre.