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Fecha: 19970928

Título: El Senor nos llama a ser rectos y alegres para ser santos

Original en audio: 21 min. 57 seg.


Queridos Hermanos:

Abundan en contenido y en enseñanza las lecturas que nos regala la Iglesia en este día. “Feliz el que se acerque con hambre de Dios a escuchar su Palabra" [[:Categoría: ]]. ; "feliz el que tenga sed del Señor, porque Él dará a cada uno según la medida de su deseo" Salmo 37,4.

Me acuerdo aquí de una enseñanza de Santo Tomás de Aquino, hablando de la gloria del cielo. Dice Santo Tomas que la única diferencia esencial entre los bienaventurados, es la diferencia en el amor; el que más ama, ve más; y el que ama menos, ve menos; todos estarán llenos, pero el que se presenta ante Dios con un vasito pequeñito, eso es lo que se lleva; el que se presenta ante Dios con una inmensa tinaja, eso es lo que se lleva.

Ojalá nosotros nos presentemos ante Dios con inmensas piscinas para que Él las llene con lagos, y mares, y océanos hambrientos de Él, porque hay tanto para ofrecer en Dios, hay tanto que Él quiere compartir y comunicar con nosotros, que a veces lo que hace falta no es quién predique ni quién enseñe, sino hace falta quién quiere escuchar.

A veces como que vuelve a cumplirse aquella palabra de Isaías que recordaba el Apóstol San Pablo: “Quién dio crédito a nuestro mensaje?” Carta a los Romanos 10,16.

Es como salir por las calles, según dice aquella parábola, a invitar a las personas al banquete del Reino y descubrir que estaban tan contentos comiendo su basura que no querían comer banquete, que no querían alimentarse bien, y esto nos puede pasar a nosotros.

La pasión que tiene Dios, por así decirlo, el profundo interés que tiene Dios en que nuestra vida encuentre por fin su centro y su lugar y nos alimentemos de lo que vale la pena, ese fuego devorador que hay en Dios para que uno busque lo que sí vale, ese fuego es el que hace hablar al Apóstol Santiago con esas palabras tan duras que hemos escuchado en la segunda lectura, palabras que intentan desenmascarar al rico, intentan quitarle una venda de los ojos.

Yo diría esto: ahí se habla de riquezas que ya están corrompidas y cuya herrumbre se convierte en fuego que condena al rico, este es un mensaje muy fuerte sobre el que poco se habla tal vez en la Iglesia.

En una época como la nuestra, en la que Dios da tantos mensajes de tantas maneras y por tantos caminos, yo todavía me sigo preguntando por qué hay tan poquitos mensajes que tengan que ver con estas cosas.

Yo creo que si el apóstol Santiago viviera hoy y presentara esto como Palabra de Dios, tal vez nosotros lo callaríamos fácilmente diciendo: “Usted no se meta en política, usted no se meta en economía, usted es un teólogo de la liberación, usted es un ser peligroso que no tiene por qué predicar en la Iglesia”.

Pero resulta que como es la Palabra de Dios la que está aquí, y resulta que es la Iglesia la que nos manda leer esta Palabra, pues hoy nos tocó aguantarnos el sermón, hoy nos toco aguantarnos el regañito porque resulta que viene de parte de Dios y es un mensaje, y es un mensaje de Santiago.

Yo no dudo de que Dios inspire muchos de los mensajes que se presentan como tales; pero si a alguien le interesa, sigo teniendo mi interrogante de por qué esos mensajes continuamente castigan unos ciertos pecados, continuamente fustigan unos ciertos males, que son males y que son pecados, pero no mencionan estos otros.

Que se nos invite a orar más, que se nos invite a cultivar la pureza, que se nos invite a ayunar, a hacer penitencia, bendito sea el Señor y en buena hora, porque efectivamente, sin un corazón puro nadie verá a Dios, y sin oración no hay amistad divina y no se progresa en la vida espiritual si no hay un rechazo real a las fuerzas del mal y una purificación real de nuestra vida.

Penitencia, pureza, amor, oración, comunión con la Iglesia, viva Dios y todo eso es cierto, y todo eso hay que predicarlo por muchas voces y por muchas altavoces, ¿pero y qué pasa con estas palabras de Santiago? ¿Y qué pasa con estos mensajes que nos recuerdan que el Evangelio tiene una connotación también en esos otros aspectos, como son la billetera, como son las cuentas, como son las economías?

Yo no quiero dedicar toda mi atención y todas mis palabras a este aspecto; pero yo no puedo dejar pasar una lectura como esa, sin que destaquemos esto, porque hay una cierta forma de espiritualidad que hace caso omiso de esas implicaciones sociales, de esas implicaciones económicas del Evangelio.

Y repito, varias veces se calla al predicador, y a mí me han intentado callar también así, tendiendo sobre él como una especie de velo de sospecha; si uno menciona estas connotaciones prácticas que tiene la Palabra de Dios, entonces se convierte en un personaje a veces sospechoso.

Y sucede una cosa muy graciosa, y yo me voy a permitir compartirles aquí con toda fraternidad. Resulta que como yo creo en el poder del Espíritu Santo, y en los carismas, y en la predicación, y en la sanación, y en todo eso, entonces para algunas personas yo vengo resultando demasiado espiritualista.

Por ejemplo, yo creo que para muchas de las personas de mi comunidad, -yo soy dominico de la Orden de Predicadores-, yo soy demasiado espiritualista; pero para otros círculos muy espirituales, y de mucha oración, y de mucha intercesión, y de mucha alabanza, yo resulto demasiado izquierdista y demasiado liberacionista y no sé qué otras cosas.

Tal vez sea como la señal, la señal de Jesucristo, porque de Cristo se dijo que era signo de contradicción. Si yo tuviera que hablar simplemente para agradar al auditorio, pues hoy tendría serios problemas porque no podría hablar de esto.

Yo creo que ante este auditorio cultivado y selecto y amoroso de la vida espiritual, estas palabras no son precisamente las más simpáticas; pero no podíamos dejar pasar esa lectura, y hay que darle gusto a Dios antes que a los hombres.

Llegar con hambre. Yo llegué al tema este de la Carta de Santiago por una razón, y es que habíamos dicho que el que tiene más hambre se alimenta más, de manera que hay una gran diferencia entre lo que propone la Sagrada Escritura y lo que a veces se presenta como reforma social.

Porque es que se pretende hacer a veces una reforma social desde el odio, es decir, "odiemos a los que tienen o a los que pueden, odiémoslos a ellos, venzámoslos a ellos y así cambian las cosas".

Esa no es la motivación del apóstol Santiago en esta carta, y aquí tenemos que diferenciarnos netamente de la lucha de clase y de todas esas historias. No, no es el odio sino el amor el que mueve a las personas.

Usted sabe que Cristo es el manantial del amor vivo y verdadero de Dios, y usted sabe que Cristo con eso amor entre pecho y espalda, a veces cogía a una persona y le gritaba “hipócrita” San Lucas 6,42, a ver si despertaba.

Así como en un exceso de amor untó sus dedos en saliva y se los metió en sus oídos al sordo para vencer su sordera, hay veces que Cristo también quiere meterse en la vida de uno y decirle: “Despierte, hermano, abra los ojos y dese cuenta de qué es lo que vale y qué es lo que no vale; dese cuenta usted de qué es lo primero y qué es lo segundo”.

De manera que si Cristo nos habla por boca del Apóstol Santiago con estas palabras y dice clarísimamente, porque así insiste una y otra vez esta Carta, y nos dice clarísimamente: “Ay de vosotros los ricos” Santiago 5,1, pues nos está diciendo: "Si tú estás poniendo tu confianza en eso, mira qué corrupción y mira qué fuego devorador tendrás en herencia".

De modo que si es verdad que estas implicaciones sociales las han tomado algunos teólogos para recoger las banderas del marxismo o de quién sabe qué otros movimientos, nosotros no estamos en esa técnica ni en esa tónica.

Nosotros queremos recordar las implicaciones del Evangelio, y queremos recordar en dónde hay que poner la confianza, para comprender también nosotros, que el que se siente saciado ese es un desgraciado, en el sentido original de la palabra, ha perdido la gracia, porque está saciado, porque no tiene hambre, porque Dios no puede hacer nada con él, tan sencillo como eso.

De aquí sería necesario pasar a la respuesta que hemos dado en el salmo. Uno a veces repite estos estribillos o estos versículos de los salmos de una manera un poquito inconsciente. Mira cómo nos dice: “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón” Salmo 119,111; "son rectos y alegran el corazón" Salmo 119,111.

Aparentemente, algo trivial, analízalo un poco y verás que no. Tanto el apóstol Santiago, como toda la Palabra de Dios, nos invita efectivamente a llevar una vida recta; pero he aquí el punto, ¿quién de nosotros se había atrevido a asociar la rectitud de la vida, la honradez de la vida, la sinceridad de la vida, con la alegría?

“Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón” Salmo 119,111. A mí me parece que el tiempo que vivimos en cierto sentido opone las dos cosas; es decir, llevar una vida recta, llevar una vida según Dios, parece tan pesado, parece casi imposible para muchas personas, seguramente para muchos de nosotros en muchas circunstancias.

Y entonces, o llevamos la vida recta, o llevamos la vida alegre. Pero resulta que la respuesta del salmo dice que la rectitud y la alegría van juntas, y esto tiene un mensaje de profundo contenido y de profunda espiritualidad para nosotros.

A mí me parece, que se puede llamar verdaderamante en camino de santidad a una persona, cuando su vida es recta y alegre. Me voy a permitir hacer una pequeña aclaración a este respecto. Podemos decir que la vida espiritual tiene como tres grandes etapas, que en otros momentos hemos llamado "primera generación", "segunda generación" y "tercera generación".

Por decirlo rápidamente, la primera generación es la emoción de encontrar a Dios, típicamente, "en un retiro espiritual que hice, encontré que Dios me amaba, asistí a un congreso, fui a una presentación o una obra de teatro espectacular, única, encontré a Dios".

Y ese es el primer paso, la primera generación. Entonces me enamoro de Dios, hablo de Dios, Dios es mi amigo, Dios está conmigo, Dios es maravilloso, cuánto tiempo perdí, etcétera. Primera generación.

Pasa un poquito de tiempo y uno se da cuenta de que todo no se arregla con entusiasmo, sobre todo porque hay vicios pertinaces, resistentes que no salen tan solo con los aleluyas, que no salen tan solo con el jubilo,que no salen tan solo con los aplausos o con el entusiasmo.

Uno entonces comprueba que hay momentos en que es terriblemente incoherente: "Ya me convertí, -por ejemplo, y esto les sucede a muchas personas-, pero sigo siendo un perezoso"; "ya me convertí y sé que tendría quel leer más Biblia, pero cojo esa Biblia y no entiendo nada"; "ya me convertí y no puedo rezar el Rosario ni siquiera una vez al día".

Entonces se da un segundo paso, la persona cae en la cuenta de que su vida espiritual requiere algo más que un encuentro gozoso; esta segunda generación es la palabra “compromiso”. La persona entonces dice: "Tengo que comprometerme, tengo que educarme, tengo que sacar tiempo, yo no puedo estar sólo en lo que a mí me entusiasma".

Entonces, el de la primera generación sentía que todo lo de Dios le entusiasmaba; el de segunda generación tiene esa cara un poquito como aburrida, que a mí me parece reconocer en algunos de ustedes, esa cara de la persona que ya sabe que la cosa es a precio, que el asunto es serio y que uno tiene que comprometerse y que ya la cosa no es tan suave.

Que uno no todos los días ayuna entre júbilos y aleluyas, porque hay veces que, precisamente, el día en que uno quería ayunar, es el día más complicado, y a uno se le daña el genio, y ya no es tan fácil. Esto es la segunda generación, compromiso.

Después de un tiempo, usualmente estas etapas toman mucho tiempo, y sobre todo la segunda generación, muchísimo tiempo.Después de un tiempo la persona llega a un feliz descubrimiento: "No hay nada como la Cruz de Jesucristo".

La persona se abandona en la Cruz de Jesucristo, y empieza a participar de la Pasión del Señor; ahí realmente se está encaminando en una vida verdaderamente cristiana.

En el momento en el que se enamora de la Cruz de Cristo y comprende el valor precioso del sufrimiento unido a Él, en ese momento empieza a alborear una cosa que llamamos tercera generación. Primera, segunda y tercera generación.

Fíjate que eso es lo que nos ha dicho el salmo: primera generación, la alegría, "estoy alegre, estoy feliz, estoy gozoso, Dios me ama; segunda generación, "pero además tengo que ser recto, no puedo ser simplemente alegre, tengo que ser recto y correcto, y entonces eso significa tener paciencia y significa esforzarse y significa poner uno de su parte".

Entonces fíjate, el de primera generación suele tener la alegría pero no tiene la rectitud, tiene la alegría, tiene el entusiasmo, pero es un iluso, es un poco como cuando las personas se enamoran, las personas enamoradas no le ve ningún defecto al otro: "¡Es que es tan maravilloso, es espectacular!"

La persona de segunda generación, que es la que ya se ha comprometido con el otro, ya no sólo le ve un defecto, le ve todos los defectos, ahí sí ve todo lo que antes no había visto: "Pero es que..., pues sí, yo a ti sí te quiero, pero si fueras como un poquito más delgado, un poquito más alto, como menos giboso, como más organizado, si no torcieras las ojos así, si no me hicieras esa cara, si cambiaras ese tono y si te peinaras...", hasta que él dice: " Bueno, ¿al fin qué, me quiere o no me quiere, o qué?"

Entonces, así nos pasa con el Señor Dios: primera generación, alegría, pascua todo fue un éxito, todo el mundo se convirtió, todos los que nos ven se convierten, es maravilloso. Alegría, pero una alegría ilusa, es una alegría que todavía no tiene la coherencia, no tiene la rectitud; alegría sin rectitud.

La segunda generación es la rectitud sin la alegría, entonces ya la persona se vuelve circunspecta, y empieza a mirar con un cierto desprecio a los que tienen entusiasmo, ¿no? Es la gente que ve a los otros, los otros que están todavía en la etapa de la aleluya y la alabanza, y entonces los mira así como por arriba y dice: "sí, yo también pasé por esos grupitos; si, yo también viví esas experiencias; sí, uno pasa por ahí, pero eso no dura".

¿Ve? Ya la persona lleva la rectitud pero no tiene la alegría, ha perdido la alegría. Lo típico de la persona de la segunda generación es que se siente como un mulo de carga, como un burro que le toca hacer lo que le toca hacer, y entonces es la persona que, como lo que decía un santo maestro de nuestra Comunidad, de la Orden dominicana, "anda chirriando".

Usted sabe que la carreta, no la palabrería, sino la carreta, el objeto, cuando no tiene aceite anda chirriando, entonces así se vuelve la persona en segunda generación, le fala el aceite del Espíritu Santo, y entonces sí hace las cosas, pero las hace como en contra vía: "Bueno, entonces vamos a hacer eso, está bien. ¿Entonces toca asistir a un curso? Bueno, vamos; ¿entonces toca formarnos? Pues vamos también; ¿qué mas toca? ¿Toca dar limosna? Pues demos limosna, qué caray".

Pero es la persona que siente que "toca", que "toca"; ha perdido la alegría.

Entonces fíjate, primera generación es la alegría, sin la rectitud; la segunda generación cambia, es la rectitud pero sin la alegría. En segunda generación la persona siente que convertirse cuesta, que el asunto no era tan gratis, y es cuando pienso: “¿Yo a que horas me metí en este problema? Yo estaba muy bien como estaba”.

Cuando la persona llega a tercera generación, ahí sí puede decir este Salmo: “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón” Salmo 119,111, ahí la persona vive la coherencia, el desprendimiento, la oración, el ayuno, la generosidad, lo vive todo, pero vive al mismo tiempo la alegría.

Una biografía, tal vez no más conocida, la más difundida de Martha Robin, la fundadora de los Foyeres de Charité, se intitula: “La Cruz y la alegría”. Cuando yo me encuentro a una persona alegre, que al mismo tiempo es una persona recta; o cuando me encuentro a una persona correcta, que al mismo tiempo es una persona gozosa, yo digo: “Si es cristiano, si cree en Jesucristo, sí está en comunión con la Iglesia, estoy ante un serio proyecto de santidad"; si me encuentro con eso.

Y uno le va tomando como cierto olfato, como cierta capacidad de reconocer dónde hay verdadera virtud; ya a estas alturas de la vida y ya a estas edades que Dios nos ha concedido llegar, a estas alturas, uno no se entusiasma ni se deslumbra así no más, porque hay alguien que se siente muy contento y llore de emoción, bomito, eso es bonito.

Y porque halla otro que diga: "No, la cosa es luchando, y esta es una cantera, y yo soy un picapedrero, y yo tengo que darle", uno tampoco se trama por eso. Pero cuando uno se encuentra con la robusta y gozosa sencillez del que es coherente y al mismo tiempo humilde y gozoso, ése sí puede que esté en un proyecto serio de santidad, ése quizá sí va por donde es.

Este sí es el llamado que yo creo que el Señor nos hace en este día, a no tener solamente la alegría, a no tener solamente la rectitud, sino a ser correctos y al mismo tiempo gozosos.

Nos falta, sin embargo, un elemento importante ahí, y es, que hay personas que son correctas y son alegres mientras nadie se meta con ellas: “Porque ay de que se meta conmigo; tóqueme, y verá el problema en el que se va a encontrar usted”.

Entonces hay personas que son ejemplos preciosos, porcelanas bellísimas de santidad; pero al igual que las porcelanas finas, de ver y no tocar.

Estas personas, probablemente, vayan bien orientadas; pero les hace falta algo nuevo, algo distinto, que es lo que nos dice precisamente el Señor Jesús aquí en el evangelio: el anhelo por la gloria de Dios.

Uno más o menos logra equilibrar la paz mental y la coherencia moral; "pero entonces que nadie se meta conmigo". Así uno no es un servidor de Jesucristo, sino probablemente un gran vanidoso. Y yo me he encontrado que muchos de nosotros, que éramos vanidosos en las cosas del mundo, nos convertimos y nos volvimos vanidosos de las cosas espirituales.

Entonces, una persona por ejemplo que era vanidosa con sus zapatos, con su ropa, con su presentación personal en general, se convierte al Señor, y deja un poco esas vanidades, pero fácilmente entra en otras vanidades.