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Las lecturas de este domingo coinciden en un tema, el mandamiento de Dios; ciertamente la palabra mandamiento no es la más simpática entre los cristianos católicos de nuestro tiempo. El mandamiento nos parece como una imposición, algo que no quisiéramos hacer, lo que simplemente nos toca hacer. Este domingo nos brinda una maravillosa oportunidad para que redescubramos lo que quiere decir el mandamiento.
Cuando vamos, por ejemplo al médico, él nos receta cosas: “debe tomar esto, debe dejar de comer esto, debe hacer esto”; esos son mandamientos. Cuando estamos manejando, por ejemplo nos estamos moviendo por las distintas carreteras, hay una serie de mandamientos: “aquí no pueden cruzar a la izquierda, aquí debe seguir recto, aquí tiene que tomar esta desviación”; esos son mandamientos. ¿Nosotros seguimos esos mandamientos por qué?. Es aquí donde nos ayudan las lecturas del día de hoy; la primera lectura fue tomada del libro del Deuteronomio y es interesante cómo en este capítulo cuarto se nos habla del mandamiento que da vida, es decir detrás de la obediencia está una plenitud de vida, y es lo que Dios quiere otorgarnos, es decir el mandamiento, como en el caso de las indicaciones que nos da el médico, o las señales de tránsito; el mandamiento de Dios quiere guiarnos a lo largo de nuestro camino, a los largo de nuestra vida, para que encontremos plenitud de vida.
La segunda lectura tomada del capítulo primero de la carta de Santiago, muestra otra dimensión de los mandamientos de Dios y es que el mandamiento me da vida, pero el mandamiento se aplica a la vida; no es simplemente una teoría que tengo en la cabeza, no es simplemente una idea que comprendo; es algo que tiene que “aterrizar”, que llegar a la vida concreta de cada uno de nosotros, por eso dice Santiago: “la verdadera religión consiste en ayudar a las viudas, a los pobres, a los huérfanos en su necesidad”. Es decir que el mandamiento de Dios no solamente es plenitud para nosotros si lo obedecemos, sino que a través de nosotros, es bendición y es plenitud para aquellos, especialmente los más necesitados dentro de nuestra comunidad y sociedad. Dicho en otra manera, en la forma que entramos en verdadera obediencia a los mandamientos de Dios, la sociedad se vuelve un lugar más apto para la vida humana. Esas tensiones que a veces surgen en nuestras comunidades, que aparecen en la sociedad, se van a aliviar en buena parte si somos fieles al mandamiento de Dios, si tomamos en serio el querer de Dios y decimos: “oye, se puede vivir de otra manera, podemos tener verdadero interés por aquellos que son excluidos”; es lo que el Papa Francisco lleva diciéndonos mucho tiempo: “es necesario que estemos atentos a las periferias”; es decir a aquellos que son excluidos. Llevamos dos elementos: el mandamiento es vida para mi, pero también es vida a través de mí.
El texto del Evangelio está tomado del capítulo séptimo de San Marcos, y ahí encontramos otra dimensión de este mismo tema del mandamiento, el cual tiene su fuente en Dios, es mandamiento de Dios no es de los hombres, y por eso tiene autoridad sobre nosotros, porque Dios es nuestro creador, es decir quien verdaderamente conoce la vida humana es Dios; Él es quien sabe cómo está hecho el corazón humano y ese mandamiento, nos dice Jesús, transforma nuestro ser desde adentro hacia afuera, no empezar por la fachada, por las apariencias, sino por empezar por lo profundo, lo verdadero, lo auténtico, lo genuino de nuestro ser; si empezamos ahí en lo profundo de lo que somos entonces comenzamos también a conectar con lo profundo del querer del Señor.
Son tres las enseñanzas del día de hoy: primero, los mandamientos nos dan vida, nos llevan a una plenitud de vida; segundo, a través de nosotros la obediencia a Dios trae bien, salud, paz, unidad a la comunidad en la que vivimos; tercero, que el mandamiento viene de Dios y quiere transformarnos desde adentro, de lo más íntimo y verdadero de cada uno de nosotros hacia nuestra realidad exterior, no empezar por las apariencias sino por un corazón limpio, sincero y puro ante Dios.