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Fecha: 20060903

Título: Valorar el bien que trae la Ley

Original en audio: 16 min. 18 seg.


Ustedes habrán notado que con mucha frecuencia, la primera lectura y el evangelio van como en un mismo tema. La segunda lectura a veces complementa y a veces abre un tema distinto. Pero, en general, en los domingos es más fácil ver la relación entre el evangelio y la primera lectura.

Así sucede también hoy. La primera lectura ha sido tomada del libro del Deuteronomio, y en ella Moisés hace un elogio de la Ley. Invita al pueblo de Dios a ser fiel a esa Ley.

Sin embargo, antes de la fidelidad, lo invita a la admiración. Sentir admiración y cariño, sentir agradecimiento, amor, alegría por la Ley. La lógica consecuencia de todos esos sentimientos, es la fidelidad.

Y en el evangelio, pues, también está el tema de la Ley, aunque de una manera distinta. Resulta que los fariseos eran grandes amantes de la Ley. Pero, podemos decir que se iban al otro extremo, porque no sólo querían que se obedeciera la Ley de Dios, o tal vez no era lo que más les importaba, la Ley de Dios, sino todas sus costumbres y sus propias leyes.

Entonces, Jesús viene a decir: "No le podemos dar ese lugar, el lugar de la Ley de Dios, no se lo podemos dar a ninguna palabra humana" San Marcos 7,6-8.

Con la ayuda del Espíritu Santo, tratemos de recibir este mensaje para nuestras vidas. Tratemos de ver cómo esto se aplica a nuestra existencia.

En primer lugar, me gusta mucho eso de Moisés, que uno tiene que valorar la Ley, uno tiene que valorar lo que ha recibido antes de ser fiel. El que no valora el compromiso que tiene, será fiel solamente a la fuerza.

Cuando una persona se siente feliz, por ejemplo, de su matrimonio, cuando se siente feliz de la persona que ha escogido y de la persona que lo ha escogido a él, cuando piensa que esa relación es lo más hermoso que le ha pasado en la vida, le resulta muy fácil ser fiel.

En cambio, si esa persona no siente esa alegría, si no siente el bien del matrimonio, casi que cualquier cosa que se le diga por la fidelidad o en favor de la fidelidad, le va a parecer algo forzado, que le están quitando su libertad y que lo están presionando.

Pues, hay un matrimonio, una especie de matrimonio que Dios quiere celebrar con cada uno de nosotros. La Ley, lo que nosotros llamamos la Ley o los Mandamientos, en hebreo significa también la Alianza, es la palabra de alianza.

¡Alianza, como el matrimonio! ¡Alianza, como usted hace un negocio con un buen amigo! ¡Una alianza! Dios quiere hacer ese buen negocio con cada uno de nosotros, y Dios quiere celebrar ese matrimonio con cada uno de nosotros. Pero, hay que sentir la alegría, el bien de la Ley.

¡Qué bueno es creer en Él! ¡Qué bueno es lo que Dios manda! ¡Qué bueno es lo que Dios dispone! Mas, eso no es tan fácil. Al principio, uno puede sentir que las Leyes de Dios tienen un rostro muy antipático, empezando por el hecho de que muchas de ellas comienzan con la palabra "no": "No mates, no forniques, no mientas" Exodo 20,13-16.

Tantos no'es hacen que la Ley tenga una cara bastante antipática. Por eso se necesita la predicación, se necesita la oración y se necesita la reflexión, para encontrar el fruto dulce debajo de esa cáscara un poco amarga, encontrar lo que hay ahí.

Pasa como con las nueces: hay que abrirlas. Porque, si uno descarta la nuez debido a que tiene la corteza arrugada y dura, se pierde el fruto que va dentro.

La Ley tiene una cara arrugada y dura por todos esos no'es. Pero, por dentro es saludable y dulce. Eso lo descubre uno a través de la enseñanza que recibe y a través de la oración, de la meditación, de la reflexión en estas cosas.

Miremos, por ejemplo, lo que tiene que ver con ese "no" del "no mentir". A veces es muy cómodo decir una mentira y salir de un mal paso. A veces es muy cómodo inventar una historia y no quedar mal ante un amigo. O, a veces es muy cómodo mentir, -qué sé yo-, ante el jefe, o ante el estado, o ante un sacerdote. A veces, la mentira puede ser cómoda.

Pero, si uno se pone a reflexionar lo que significa el no mentir y lo que significa la transparencia, la sinceridad, la capacidad de confiar en otra persona, en no tener que estar verificando lo que el otro me dice, imagínate lo que sería una relación así entre amigos, o entre padres e hijos.

¡Imagínate lo que es una sociedad en la que se puede creer en la palabra de la gente! ¡Imagínate lo que eso traduce en términos de paz, de serenidad del corazón, de alegría, de caminos abiertos para la amistad!

Si uno valora lo que significa ese bien, si uno valora el bien que nos trae el no mentir, le resulta mucho más fácil dejar de mentir si se ha acostumbrado a hacerlo. El mensaje es: valora el bien que te trae la Ley.

Valora el bien que te trae, por ejemplo, la fidelidad. La fidelidad, a veces, puede ser difícil con tantas alternativas y con tantos placeres intensos que se ofrecen en este tiempo. Con lo fácil que a veces resulta ser infiel, pues, entonces, es difícil ser fiel.

Pero, hay que valorar el bien de la fidelidad. Hay que valorar lo que significa tener éso, tener ese santuario, tener ese recinto de amor, de confianza que es un hogar. Jamás se construye un hogar sobre la arena movediza de la infidelidad, de las aventuras, de los placeres de última hora.

Así no se construye nada que dure. Sólo se puede construir un verdadero hogar, sobre la fidelidad, la absoluta, recíproca y gozosa confianza entre el hombre y la mujer. Entonces, si uno se enamora de esa confianza, de esa fidelidad, le resulta más fácil ser fiel. Ese es el mensaje que quisiera que tomáramos de la primera lectura del día de hoy.

Y digamos ahora algo sobre el evangelio. Resulta que los fariseos, no solamente tenían estos principios saludables, sanos de la Ley de Dios, sino que se habían llenado de costumbres.

Por ejemplo, eso de estarse lavando no era por asunto de higiene; no era por limpieza. Era porque ellos sentían: "Nosotros somos el pueblo puro, y todos los demás sólo son sucios, son impuros".

Entonces, si yo he ido al mercado, he tenido que tocar una cantidad de gente impura. El rito de lavarse era una manera de decir: "Que quede fuera de mí esa impureza, porque yo soy el limpio".

Es un modo de pensar muy peligroso. Si uno está haciendo eso todos los días, uno se convierte en juez de todo el mundo y se llena de vanidad, se llena de autosuficiencia, se llena de crítica, por lo menos interiormente. En todo caso, esa era la manera como obraban ellos.

Hay algo de bueno en esa forma de pensar, porque, ¡sí!, es verdad que uno tiene que valorar que uno sea miembro del pueblo de Dios, y es muy hermoso pertenecer a ese pueblo. Pero, entrar con todas esas costumbres, ya es mucho más cuestionable.

Jesús viene a decirle a esta gente: No podemos confundir la raíz sólida, el tronco firme de nuestra fe; no lo podemos confundir con las ramas, con lo que es accesorio, con lo que es accidental.

Es decir, no todo en la religión es absolutamente incambiable, eterno. Hay gente que si le cambian algo, entonces, ya no. A mí me pasó, -me estoy acordando de un caso personal-, con un amigo que yo tenía, que se fue volviendo supremamente conservador y tradicionalista.

Según él, no hay excusa posible para que un sacerdote no se presente, no se vista, no lleve su atuendo propio. Es decir, el sacerdote tiene que llevar el cuello, el cuello romano o clergyman que llaman, o tiene que llevar el hábito como en el caso nuestro.

Y dado que yo muchas veces voy por la calle sin hábito y sin clergyman, sin nada que me identifique expresamente como sacerdote, entonces este hombre se fue llenando de amargura, se fue llenando de rabia, de modo que a estas alturas ya no me saluda.

No me saluda, porque: "¿Cómo así? ¿Qué sacerdote es ése? ¿Por qué no se viste como sacerdote?" Bueno, se pueden criticar muchas cosas en mí; tal vez sea un error mío, o tal vez muchos sacerdotes cometamos ese error. Pero, yo pregunto si esa es razón suficiente para quitarle el saludo a una persona. Porque, las cosas están de ese tamaño.

Entonces, ahí es lo que Jesús nos está diciendo. Hay que tener, ¡sí!, unas prioridades; hay que tener algo que es esencial. Y lo que viene de Dios, la Ley de Dios, nos libera.

No obstante, también hay que entender que no todas las cosas son igualmente importantes. Yo no puedo poner al mismo nivel creer en Dios, aceptar a Jesucristo, amar a mis hermanos, o usar clergyman. ¡No puedo poner al mismo nivel todas las cosas!

No es el mismo nivel decir una mentira para que me dejen ir a una fiesta, o cometer un aborto. No es lo mismo; hay niveles, hay prioridades.

Por tanto, Jesús nos viene a decir: ¡Ojo con lo esencial! Porque, a veces uno se queda con las ramas. A veces uno se contenta con que está rezando mucho, o está yendo mucho a la iglesia. Eso nos puede pasar a algunos aquí: "Yo voy mucho a la iglesia; rezo mucho", mas por dentro, los sentimientos son de amargura, de odio, de crítica. Y uno todo lo justifica, todo lo de uno lo justifica.

Jesús nos podría decir a nosotros como dijo a los fariseos: "Ustedes están perdiendo lo fundamental. Se están perdiendo lo esencial, porque ustedes se quedan con las ramas. El culto que ustedes dan es solamente una cosa exterior. Honran con los labios, pero por dentro su corazón carece de amor".

Mientras se carezca de esa esencia de misericordia, de amor, de poder entender a la otra persona, de buscar el bien de los demás, entonces con clergyman o sin clergyman, con muchos rezos o con pocos rezos, tal vez nos hemos apartado del Señor.

La religión de Jesús es muy real, es muy concreta y tiene que ver con éso: "No te pierdas de lo esencial".

Otra cosa que me ha sucedido también en este país, -claro que hay muchas historias de mi propio país, pero es para contar cosas aquí actuales-, terminábamos de celebrar la Misa alguno de estos días, una Misa en inglés, y se acerca una persona.

Me dice: "-La Misa suya está okay". "-Bueno, gracias" . "-Su Misa está..., ¡sí!, está bien. Pero, ¿conoce usted, padre, la Misa verdadera? ¿The all right Mass? Porque, la Misa verdadera, la Misa, Misa, la que sí se llama Misa, es la Misa que es en latín y que es con todo lo demás. ¡Esa es la Misa verdadera! Your Mass is okay, is okay. Usted, como dador de Misa, pasa, pasa. Pero, usted debería conocer la otra Misa".

Y llega el momento en el que se forman divisiones en la Iglesia. Eso nos pasó en la Iglesia Católica en el siglo veinte. Entonces, los seguidores de la Misa en latín llegaron a un punto en el que dijeron: "Pues, nosotros no creemos que esa sea la verdadera Misa, la que se celebra en la lengua de cada país. Esa no es la verdadera Misa, porque la única Misa que sirve, es la Misa en latín".

Ahí estaría Jesús diciendo: "Oiga, ¿no será que ustedes están poniendo su palabra por encima de la Palabra de Dios?" Luego, fíjate cómo el mensaje de este domingo es un mensaje muy balanceado.

Por una parte, valorar la Ley de Dios. Saber que cuando Dios manda cosas, no las manda porque sí. Si Dios le dice a uno: "Mire, no mienta", "no mienta" es: "¡No le conviene mentir, hermano! Se va a tirar la vida si sigue diciendo mentiras".

¡No mienta! ¡No diga mentiras! Porque, si usted le dice mentiras a otros, empieza usted mismo a creerse sus mentiras y llegará el momento en el que no sabrá, ni para donde va ni de donde viene.

Lo que Dios dice, lo dice para nuestro bien, y la Ley en sí misma, nos hace bien, nos guía, nos ilumina. Hay que quererla para obedecerla. Esa es la primera parte.

La segunda parte es: "Mire, utilice su cabeza, conozca la Palabra de Dios, reflexione para ver qué es lo primero y qué es lo segundo. Porque, uno puede caer en extremismos, y hay gente que cae en extremismos como esto que hemos mencionado.

Porque si no es así: "¡No! ¡Eso no es un verdadero sacerdote! ¡Esa no es una verdadera Misa! ¡Esa no es una verdadera oración!" Es que uno se llena de ese extremismo de los fariseos y termina poniendo la palabra humana por encima de la Palabra de Dios.

Entonces, sigamos esta celebración recordando lo que nos dijo Jesús: "Lo importante está en lo que está sucediendo ahí adentro de ti".

"Que es que la sociedad donde yo vivo..., que los curas que yo he conocido..., que el mundo está patas arriba".

No es lo de afuera. Lo importante es: ¿Qué está sucediendo dentro de ti? ¿Qué hay adentro de ti? O, como lo llama Jesús, en el corazón: ¿Qué hay en tu corazón? ¿Hay malas intenciones? ¿Qué brota de tu corazón? ¿Sale deshonestidad? ¿Sale robo? ¿Sale trampa? ¿Sale orgullo? ¿Sale difamación? Eso es lo que hay que verificar.

En vez de estar criticando a todo el mundo de afuera: "Que es que mi mamá..., que es que mi abuelo..." "Ahí fue donde se desgració este país" , como decía alguien en Colombia.

En vez de estar criticando afuera, ¿por qué no vigila lo que le está pasando a usted adentro? Vaya allá a lo esencial, vaya a eso que es fundamental, y no cambie nunca la Palabra de Dios solamente por tradiciones humanas.