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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20000827

Título: Recibiendo la hostia recibimos al mismo tiempo el pan de Dios y el hambre nueva de Dios.

Original en audio: 15 min. 24 seg.


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Mis Queridos Hermanos:

En el evangelio según san Juan aparecen algunos milagros de Cristo, no muchos en número. El mismo evangelista advierte al final de su escrito que Jesús hizo muchas otras cosas que no están en este libro. Y dice: “Si se escribiera todo lo que hizo Jesús, no cabrían los libros en el mundo” Juan 21,25 Una expresión hiperbólica pero tan hermosa para indicar que con la venida de Cristo y con las obras de Cristo, realmente cambió por completo el panorama de la humanidad.

El Evangelista, pues, no nos cuenta todo lo que hizo Cristo, sino que él ha hecho una colección de cosas, una colección de acuerdo con un criterio que le dio el Espíritu Santo. ¿Cuáles eran aquellas obras que podían ayudarnos a ver? De lo que se trata el evangelio de Juan es de ver, es decir, descubrir las obras de Dios, descubrirlas, y luego dar nuestra fe a ese Dios que hace semejantes obras.

Cada una de estas obras el Evangelista Juan las llama en el original griego “seneion” una palabra difícil de traducir, bueno, es fácil de traducir, signo, seneion es “signo”; de ahí viene la semiología y la semiótica. Seneion es signo. Y por eso, lo que nos cuenta el Evangelista es que Cristo hizo signos.

xxxPero ¿cómo son esos signos? ¿De qué señales habla? Son señales reveladoras, son obras que si uno las piensa, si uno las medita, si uno las mastica, encuentra que tienen un significado profundo. Son signos cargados de un gran significado. Y precisamente uno de esos signos es la multiplicación de los panes, un milagro que impresionó muchísimo a la gente de aquella época y que fue contado por todos los evangelistas. La multiplicación de los panes.

Pero resulta que hubo gente que no se quedó con el signo sino solamente se quedó con la barriguita llena. Se quedaron con el alimento para el cuerpo y hasta ahí llegó el milagro para ellos. Jesús quiere que nosotros vayamos un paso más: quiere que descubramos a través de la abundancia de ese pan, la abundancia de su providencia, el alimento de su palabra y en últimas la generosidad de Dios que nos da el verdadero pan del Cielo porque el verdadero pan del Cielo es el mismo Cristo.

¿Qué podemos aplicar a nuestra vida de esto que estamos diciendo? Que Dios nos da muchos signos también a nosotros, pero hay veces que nos quedamos solamente con la superficie de lo que Dios nos ha dado y no descubrimos el sentido profundo, el llamado profundo que Dios nos hace, y no descubrimos, entonces, el amor con el que Dios nos ha dado las cosas.

Este milagro de la multiplicación de los panes lo cuenta el evangelista Juan en su capítulo sexto. Para decir que Cristo multiplicó panes no se necesitaba todo un capítulo que es larguísimo. Hoy hemos llegado hasta el versículo 69. Pero es que Juan no se limita a contar que Cristo multiplicó panes sino que toma toda la enseñanza que el mismo Cristo sacó a partir de esa multiplicación, como queriendo que nosotros no nos quedemos con las hojas sino que vayamos al sentido profundo hasta descubrir al verdadero pan de vida.

Pero hay gente que no quiere descubrir el significado profundo; quiere simplemente que le resuelvan su problema, y cuando Cristo les quiere decir “imagínense que Dios los ama tanto, tanto que les ha dado un pan para que no mueran, y el que coma de ese pan yo lo voy a resucitar en el último día, y ese pan que lo da mi Padre soy yo”.

Cuando Jesús llegó a esta parte, la gente que sólo le interesaba tener el estómago lleno, vio que esas explicaciones tan complicadas y esas enseñanzas tan difíciles para qué, eso está muy complicado, dejemos así. Y ya no siguieron con Cristo. Porque ya habían obtenido de Cristo lo que querían de Cristo. Arréglenos el problema que tenemos, la enfermedad que tenemos, el desempleo que tenemos, la paz que nos hace falta, el hambre corporal que tenemos. Arregle nuestros problemas.

Y aquí viene otro significado para nosotros: cómo nos acercamos a Dios. ¿Nos acercamos a Dios como un arregla problemas, tenemos tiempo para oír a Dios cuando nos habla después de que nos ha arreglado el problema? Muchos de estos sintieron que Dios les había arreglado el problema, ya habían solucionado sus enfermedades, ya habían pasado un rato muy bueno y ya habían comido hasta saciarse. Eso estuvo bien y ya me voy para mi casa.

Y cuando Jesús quería decirles la parte más entrañable para Él, la parte más significativa para Él, la revelación grande, que no era el acto de multiplicar alimento del cuerpo, sino el acto de donación que Dios estaba haciendo de su propio Hijo. Cuando Cristo iba a llegar a la parte más importante los alumnos estaban distraídos, los alumnos estaban desinteresados, los alumnos ya no tenían apetito porque a ellos les bastaba que les llenaran la barriga, y ya no querían más.

Por eso dijo Cristo: “Bienaventurados los que tienen hambre”, porque el que tiene hambre se queda hasta el final, porque el que tiene hambre oye todo el discurso, porque el que tiene hambre, el que no está saciado, ese, el que no está saciado, espera hasta que se le revela el pan del Cielo. El que ya está saciado, el que ya logró en esta vida lo que quería, tiene el carro que quiere, la salud que quiere, el carro que quiere, tiene los problemas resueltos. ¡Pobrecito! ¡Pobre de ti si eres un hombre saciado! ¡Te estás perdiendo lo mejor de Cristo! ¡Pobre de ti si eres una mujer feliz y tranquila! ¡Te estás perdiendo lo mejor de Cristo! ¡Pobre de ti! ¡Si estás tranquilo y satisfecho! ¡Pobre de ti! ¡Te estás perdiendo lo mejor de Cristo!

Lo mejor, lo más entrañable de Cristo está reservado para el que no está saciado, para el que recibe el pan multiplicado y se lo come, pero sabe que todavía le hace falta mucho.

El problema de nuestro mundo se puede resumir entonces en dos problemas. Un problema que significa dos problemas: el hambre y el alimento. Unos tienen hambre y no tienen alimento, y otros tienen alimento y se les acabó el hambre. Esos son los dos problemas que tiene el mundo. En los países subdesarrollados, empobrecidos, en vías de desarrollo, tercermundistas o como los queramos llamar, allí donde falta el alimento el problema es ese: que falta el alimento.

En los países súper desarrollados, súper tecnologizados, súper avanzados lo que falta es el hambre, esta otra hambre. Es una gran desventura tener hambre y no tener alimento, pero es una terrible tragedia estar saciado uno con las cosas de esta tierra y no tener más hambre, esto sí es tragedia. Y comparando las dos situaciones, Cristo dice: “yo llamo felices a los que tienen hambre y llamo desventurados a los que están saciados”. ¿Y la prueba dónde está? Está en el capítulo sexto del evangelio según san Juan.

Los que ya estaban satisfechos, los que ya estaban saciados, con ese bostezo que da el estómago lleno, con esa pereza, ya no querían oír nada más. Los que ya estaban saciados no necesitaban que Cristo les dijera nada, ni siquiera que les dijera que Él mismo es el pan de Dios. Ah sí, sí muy bueno el pan de Dios, pero estoy muy lleno, estoy muy lleno ahora. Otro día hablamos de tu mística y tus cosas.

Hermanos míos: pidámosle al Señor Dios que nos dé verdadera hambre, el hambre verdadera, que no nos deje saciar. Y quiero hacer una recomendación a los padres de familia. Muchos de ustedes, padres de familia que vienen aquí tienen hijos jóvenes, tienen hijos pequeñitos, tienen niños. Quiero recomendarles con espíritu fraterno y humilde: no les den a sus hijos solamente alimentos, cosas, juguetes, oportunidades, cursos, ropa, placeres, paseos. Si quieren ser verdaderos papás, denles a sus hijos un hambre que sólo Dios se la pueda saciar. Enseñen a sus hijos a estar de tal manera orientados hacia Dios que sepan distinguir entre lo que puede dar esta tierra, entre los panes de esta tierra y el pan de los Cielos.

Para mí un verdadero papá no es el que atiborra, el que colma y rebosa de alimentos, de bebidas, de placeres, de paseos y de tantas oportunidades a sus hijos, porque muchos de sus hijos están en las universidades que nosotros atendemos y tienen ganas de matarse y tienen ganas de suicidarse y no le encuentran sentido a la vida y están viendo a ver qué se encuentra para sentir algo raro, así sea despeñarse por allá de un acantilado.

Denles a sus hijos un tesoro que nadie les pueda quitar. El carro que ustedes le den, la carrera que ustedes le den, la plata que ustedes les den a sus hijos, esa plata se la pueden quitar. Denles a sus hijos hambre de lo que nadie sino Dios puede saciar. Ese es un verdadero papá. Ese es un tesoro de papá, esa es una maravilla de mamá.

Que Dios que hoy se regala a nosotros como alimento en la Eucaristía, nos regale junto con esa hostia, nueva hambre. Decía santa Catalina de Siena: “tú sacias al alma haciéndola de alguna manera insaciable”. Ese es el pan del Cielo, esa es la Eucaristía. Y así comulgamos nosotros: recibiendo esa hostia recibimos al mismo tiempo el pan de Dios y el hambre nueva de Dios. Vamos a comulgar hoy así. Y los que tengan hijos y los que tengan alumnos, y los que puedan hacer algo por los niños y los jóvenes, denles algo que va a ser la mejor brújula de sus vidas: un hambre que sólo Dios pueda saciar.