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Fecha: 20030817
Título: Cristo, mostrandonos su Sangre preciosa, nos hace ver cuan preciosos somos ante los ojos de Dios.
Original en audio: 19 min. 9 seg.
Amados Hermanos:
Llevamos varios domingos escuchando fragmentos del capítulo sexto del evangelio según san Juan. Este capítulo sexto cuenta un milagro muy conocido de Jesús: el milagro de la multiplicación de los panes.
Un milagro que aparece en los cuatro Evangelios, pero en el evangelio de Juan tiene una particularidad, y es que este milagro, por decirlo así, tiene un desarrollo, no se queda solamente en saciar a mucha gente durante un día, sino que tomando como punto de partida la multiplicación de los panes.
Cristo mismo, según lo que nos va contando el evangelista, va desarrollando la idea del alimento, hasta llegar a presentarse Él como alimento para nosotros.
Y esto es maravilloso porque es una cosa muy grande hacer una multiplicación de panes, pero es una cosa sublime, es una cosa de infinito amor y de infinita luz, que hayamos podido conocer estas palabras que nos dice el Evangelista.
Estas palabras que Cristo pronuncia cuando se declara a sí mismo: “El pan que ha bajado del Cielo" San Juan 6,50,"el pan que da la vida eterna" San Juan 6,54,", el pan que no es como el maná, sino que es regalo de Dios para que tengamos vida que no acaba" San Juan 6,48.
A pesar de que el énfasis está en el pan, Jesucristo habla también de su Sangre; y así como dice que su carne es verdadera comida, también dice que su Sangre es verdadera bebida.
Y yo quisiera, hermanos, destacar este aspecto porque quiero relacionarlo con la segunda lectura del día de hoy.
Es posible que esa segunda lectura haya quedado casi inadvertida en nuestra atención porque, como en la primera lectura, del libro de los Proverbios, y el evangelio nos hablan de banquete y nos hablan de alimento y nos hablan de pan, entonces tal vez la segunda lectura quedó un poco inadvertida, pero esta segunda lectura tiene también un mensaje muy importante para nosotros.
Y por eso el tema de la Sangre como verdadera bebida nos ayuda a relacionar el texto del evangelio con lo que nos ha dicho san Pablo en su carta a los Efesios.
A ver, ¿qué es lo que nos ha dicho Pablo? Sobre todo destaco una frase: “No os embriaguéis con vino, pues eso lleva al libertinaje. Llenaos más bien del Espíritu Santo” Carta a los Efesios 5,18. Aquí san Pablo nos está hablando de dos bebidas, puesto que se trata de dos modos de embriaguez.
Existe una embriaguez que conduce al pecado, es la embriaguez del vino; y existe otra embriaguez que conduce a la alabanza, y que conduce al amor a Dios y que conduce a la generosidad en el servicio a los hermanos, esa bebida espiritual es precisamente el Espíritu Santo.
Es interesante la comparación entre estas dos embriagueces, que repito, corresponden a dos bebidas: la embriaguez del vino y la embriaguez del Espíritu Santo. Pero el vino no es solamente emborracharse con el fruto fermentado de las uvas. Embriaguez del vino o embriaguez del mundo o embriaguez mundana es todo lo que significa ese enajenamiento, ese estado eufórico, pero ficticio que producen tantas cosas.
Por ejemplo, el juego. El juego también produce una adicción, lo mismo que el trago, porque el juego produce una especie de embriaguez.
Mire usted a una persona, por ejemplo, puede ser un muchacho que esté jugando computadores, maquinitas, y la persona está metida en esa pantalla mirando cómo los marcianos invaden la Tierra. Está metido, está absorto y siente un deleite, y cuando logra vencer a la máquina, se siente feliz, y uno no entiende por qué se siente feliz ese tipo.
Pues está feliz porque está embriagado pero con una embriaguez mundana, la embriaguez del juego. El deporte también produce o puede producir embriaguez. La droga es una forma de tener un deleite o una euforia, una alegría intensísima pero ficticia.
La persona que se siente drogada navega entre unas nubes espectaculares y conoce unas creaturas fantásticas, pero después se le pasa el efecto de la droga y entonces se siente deprimido porque ha tenido que aterrizar. Su alegría era mentirosa, su alegría era falsa.
Además, todos esos placeres producen libertinaje, es decir, producen en el ser humano la incapacidad de someterse a los mandamientos de Dios. Una persona que es adicta al juego es capaz de faltar a sus deberes de familia. ¡Cuántas personas por adicción al juego gastan hasta el mercado de la casa porque tienen que gastarse ese dinero!
Y que el licor lleva al libertinaje eso tampoco es difícil de demostrar, y la droga también. Me dicen que algunas de las personas, ya se trate de guerrilleros o de paramilitares que intervienen en matanzas espantosas, esa gente que coge una moto sierra para despedazar a un ser humano vivo, primero se drogan para hacer esas cosas, y en medio de su estado alterado, en medio de una borrachera de sentimientos de toda clase cometen esas barbaridades.
Ese es el fruto propio de las embriagueces de este mundo. Pero existe otra embriaguez, existe la embriaguez del Espíritu Santo. Una vez decía una santa que tiene la Iglesia Católica, se llama santa Catalina de Siena, una mujer que murió muy joven y que fue muy llena del Espíritu de Dios, con una sabiduría que venía del Señor.
Decía ella: “Si la gente que se revuelca en los pecados de impureza pudiera sentir la alegría y el perfume de la pureza, dejaría sus pecados”.
Esa frase es importante. Tal vez lo que le hace falta a ese muchacho que es adicto a las maquinitas, porque esa es una adicción también. Se los encuentra uno dándole a esos botones y destruyendo marcianos y destruyendo los unos y los otros y gritan y sufren, sudan, gastan la plata. Tal vez uno de esos muchachos adictos si pudiera sentir la alegría del Espíritu, si pudiera sentir el gozo del Señor, quedaría libre de eso.
¡A cuánta gente ha liberado Jesucristo de las cadenas del alcoholismo, de las cadenas del juego! Las adicciones son un reemplazo de la alegría que en realidad quiere darnos el Señor. Y esto quiere decir que cuando llega la alegría verdadera, cuando llega el amor verdadero, entonces la alegría falsa huye, y el amor falso huye.
Voy a hacer una comparación muy sencilla. Supongamos una mamá que tiene mucho tiempo de no ver a su hijo, pero tiene una foto del hijo. Como ella le tiene tanto cariño a su niño, de vez en cuando toma esa foto y la estrecha, la abraza, le da un beso, porque quiere a su niño. De pronto el niño llegó de sorpresa y además no era ningún niño sino un hombre grande. Llegó el hijo.
¿Qué tal la mamá que mirara al hijo y tomara otra vez la foto y la abrazara y le diera el beso a la foto? No, que ya llegó el hijo. Entonces ella corre a abrazar al hijo de verdad. Corre a abrazar al niño de verdad, a su hijo. La foto era un reemplazo porque no estaba el muchacho, pero ya cuando llega el hijo, ya qué cuentos de foto. ¿Quién le va a dar un beso a la foto si tiene al hijo ahí?
Así nos pasa a nosotros también. Esas adicciones que tenemos, como puede ser el juego, el sexo, la droga, el licor, hay muchas adicciones; esas adicciones que tenemos es porque andamos buscando una alegría infinita, una alegría que no se apague, una alegría que le muestre el color y el sentido a la vida, eso es lo que andamos buscando.
Pero cuando nos encontramos con Jesús, entonces sentimos que ya esas otras alegrías chiquitas, son demasiado pequeñas porque ya nuestro corazón ha probado la alegría de verdad, la alegría genuina, la embriaguez que no engaña ni hace daño, la que no lleva al pecado ni deja remordimiento. Eso es encontrar a Jesucristo.
Y eso es lo que dice san Pablo: “Dejen de estarse embriagando con cosas raras". Especialmente la juventud anda haciendo experimentos raros. Experimentos: "A ver, ¿qué pasa si me meto una borrachera de tres días? A ver, ¿qué pasa si mezclo droga con trago? A ver, ¿qué pasa si me monto en una moto y voy a 280 kilómetros por hora, qué pasa? Andamos buscando cosas extremas, cosas raras, placeres intensos.
El día que nos encontremos con Cristo, Cristo nos pone a andar a más de 280 kilómetros por hora, Cristo nos pone a millón; Cristo nos muestra un gozo, una alegría, una bondad que no conocíamos. Eso es lo que uno encuentra en la Sangre de Cristo.
La Sangre de Cristo es la bebida espiritual, la Sangre de Cristo es la experiencia más intensa del amor más intenso; la Sangre de Cristo es la luz más grande que tenemos para descubrir el tamaño del amor que no merecemos pero que sí recibimos. Esa es la Sangre de Cristo.
Y por eso, en la Sangre Santísima del Señor, experimentamos un amor, experimentamos una bondad que hace que todas las demás cosas parezcan chiquitas. Vamos a dar otra comparación y con esto acabamos.
Resulta que esta es la historia de una muchacha que se miraba al espejo y decía: “Yo no soy una reina de belleza, pero yo tampoco soy fea, yo soy bonita”. Y ella siempre esperaba que alguien la valorara, que alguien la amara y que alguien la quisiera.
Muy pronto se dio cuenta que cuando quería tener novio había muchos novios que querían quererla, muchos hombres deseaban amarla, pero todos cobraban un precio: “¿Tú quieres que te ame? Yo te voy a dar amor, pero tú me vas a dar a mí cama”.
Y entonces la niña decía: “¿Y es que no tiene dónde acostarse en su casita?” Y todo el mundo le proponía ese negocio a ella. Y esta niña entonces se sentía triste porque decía: “Si no les acepto, me quedo sin amor; y si les acepto, entonces no, como que no es la hora, qué tal que quede embarazada, no, tal vez no es el momento”.
Y entonces la muchachita se arriesga y empieza a tener una serie de experiencias, de intimidad, pero cada vez se siente más vacía, porque ella está comprando amor con su cuerpo. Eso se parece mucho a lo que hace una prostituta. La prostituta, pues, compra otras cosas, pero las compra con su cuerpo y, sobre todo, que es muy difícil engañar al propio corazón.
Y después de que una muchacha se ha acostado con el tercer muchacho, y se da cuenta de que ese noviazgo tampoco va para ninguna parte, empieza a sentir que ya tiene las letras aquí escritas y empieza a sentir que es una deshonra lo que está haciendo.
No porque se lo diga el cura, no porque se lo diga el obispo, se lo diga el Papa, se lo diga la Biblia, o se lo diga la mamá, sino porque ella misma siente que es un irrespeto lo que está haciendo con ella misma.
Esa pobre mujer está buscando a toda costa una experiencia de amor. Imaginémonos que esa mujer pudiera encontrarse con Jesucristo. Imaginémonos que esa mujer pudiera sentir el amor de Jesucristo. Esa mujer encontraría que sí es posible un amor unido al respeto, que sí es posible un amor que toma en cuenta la dignidad que ella tiene.
Por eso cuando una mujer conoce verdaderamente el amor de Jesucristo, es una mujer que si siente la vocación al matrimonio, hace valer la vocación al matrimonio, que es vocación a matrimonio no a prostitución.
“Yo lo que quiero hacer es una hogar. Hogar, no se trata solamente de sentir cosas en mi cuerpo. Yo quiero hacer un hogar. Si lo que yo quiero hacer es un hogar, y yo sé que yo valgo como mujer, entonces mi atención se dirige a aquellos hombres con los que fundadamente puedo esperar hacer un hogar. Los demás no me interesan”. Así Jesucristo reconstruye la vida de la gente.
¡Cómo es de importante encontrarse con Cristo! A medida que nos vamos encontrando con Cristo, Cristo nos libera del poder del placer, Cristo nos libera de las adicciones, Cristo nos libera de los vicios, porque a medida que nos sentimos amados, a medida que nos sentimos gratuitamente amados, en esa misma medida sentimos que tenemos un valor.
Una muchacha después de que se siente amada por Cristo, después de que se siente redimida por la Sangre de Cristo, ya no se vende por dos caricias ni por tres besos. Una mujer, después de que se siente amada por Cristo, sabe que vale muchísimo.
¿Ustedes creen que un muchacho o una niña que dice esta frase: “Valgo tanto que Dios entregó a su Hijo por mí, y valgo tanto que Cristo regó su Sangre por mí”? ¿Ustedes creen que después de decir una frase de esas, un muchacho se va a dejar tratar como si fuera una basura en cualquier pandilla o se va a dejar tratar como una basura en cualquier noviazgo?
Cristo levanta la dignidad; Cristo, mostrándonos su Sangre preciosa, nos hace ver cuán preciosos somos ante los ojos de Dios.
Vamos a seguir esta celebración. San Agustín decía que hay que comulgar, desde luego en gracia de Dios, hay que comulgar porque en la comunión conocemos cuánto valemos.
Y decía san Agustín: “Come tu precio para que no te deprecies”. Vamos a recibirle ese consejo a san Agustín. ¡A comulgar santamente, a alimentarnos del Cuerpo y de la Sangre del Señor y a saber que somos preciosos ante sus ojos! Verán cómo las cadenas caen y Dios trae libertad a nuestra vida.
Amén.