Bo19001a

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Fecha: 20000813

Título: "Nadie viene a mi, si el Padre no lo trae"

Original en audio: 18 min. 19 seg.


En La parte final de su Carta a los Efesios, el Apóstol San Pablo hace algunas exhortaciones para la vida de la comunidad; entre ellas, subrayo una parte de lo que hemos oído hoy: “Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados, insultos, toda la maldad: Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros, como Dios os perdonó en Cristo” Carta a los Efesios 4,31-32.

Quitar el mal, sembrar y cultivar el bien. "Sed buenos, comprensivos, perdonándoos" Carta a los Efesios 4,32. ¿Y de dónde saca uno esto para que no se quede solamente en una palabra ahí dicha? Yo quiero intentar, con la ayuda de Dios, una relación entre esta segunda lectura y la primera, tomada del Primer Libro de los Reyes.

Cuando vemos a Elías en todo su esplendor y su victoria de profeta, por ejemplo, en la famosa confrontación del monte Carmelo, cuando hizo quedar como un zapato a todos los profetas de Baal; en ese momento es agradable ser amigo de Elías. Hoy, en cambio, lo hemos visto derrotado, hoy lo hemos visto débil, lo hemos visto cansado, lo hemos visto desesperado, casi.

Si hubiera habido algún libro de Sartre por ahí, se suicida; pero no había existencialismo en esa época, y por eso este hombre lo que se le ocurre decir es: “¿Quítame la vida, esto no vale la pena, yo no valgo más que mis padres” 1 Reyes 19,4.

Es un momento malo de un hombre bueno. Un momento humillante de un hombre grande. Un momento oscuro de la vida de un hombre con tanta luz. Este momento, sin embargo, es necesario. Este momento oscuro, humillante y pequeño es necesario, para poder ser bondadoso y comprensivo con Elías.

Definitivamente, y así lo enseña Santo Tomás de Aquino, entre nosotros los humanos, la humildad dad y la misericordia están demasiado unidas; Y dice Tomás: “Difícilmente surge la misericordia si no es ante la debilidad, la fragilidad, la miseria del hermano”.

Y, precisamente, quienes han padecido miseria, oscuridades; quienes se han sentido capaces de traicionar a Dios son los más comprensivos. La altanería de nuestros juicios se acaba cuando vemos que el camino es superior a nuestras fuerzas. Esas palabras que le dice el Ángel a Elías son fundamentales para poder ser bondadosos y comprensivos.

¿Por qué tengo que ser comprensivo con el que va conmigo en el camino? Tengo que ser comprensivo con él porque el camino es superior a las fuerzas de él; y un día estallará, un día se cansará, un día se desesperará. Dale permiso de que un día se desespere. Dale permiso de que un día se canse.

El Ángel que le mandó Dios a Elías, no se lo envío para que le diera un catecismo y le dijera: “¡No diga bobadas!” El Ángel que le envío fue un Ángel para que le diera pan, agua y le velara el sueño.

Ese sueño, que de acuerdo con los psicólogos suele acompañar a la depresión. La depresión produce sueño. Claro que hay otras cosas que producen sueño, como el trasnocho y cosas parecidas; pero la depresión produce sueño.

Y Elías estaba con ese sueño propio de la depresión. El Ángel llegó ahí, le dijo: “Levántate, come” 1 Reyes 19,5, miró Elías, y dijo: “Ah, sí, un Ángel”. "Vio a su cabecera un pan cocido en las brasas y una jarra de agua" 1 Reyes 19,6,

No se puso hablar con el Ángel, ni preguntó de dónde había salido. Estaba tan triste que su problema no se lo podía arreglar ningún Ángel. Su problema, como el de Job, su problema, como es en realidad el problema de todo ser humano, era un problema entre el corazón de él y el corazón de Dios, y esto no me lo arregla nadie.

De manera que: "Bienvenido, señor Ángel, quédese por ahí paradito, Yo voy a comer aquí este poco de pan, este poco de agua, porque hambre sí tengo", y siguió durmiendo. Como este es el leccionario español, porque no hay leccionarios colombianos aquí, dice la expresión española: “Comió, bebió y volvió a echarse 1 Reyes 19,6,

Eso me recuerda unas monjitas españolas a las que les estuve predicando unos retiros. A la hora del almuerzo me decía la hermana, quien me estaba atendiendo: “Usted coma lo que le apetezca, y luego se echa”. Pues eso fue lo que hizo Elías aquí. “Comió lo que le apeteció y se echó” 1 Reyes 19,6. Quedó ahí tendido Elías, a terminar de dormir la depresión.

El Ángel del Señor lo tocó por segunda vez: “Levántate, Come, que el camino es superior a tus fuerzas” 1 Reyes 19,7. Son dos comidas. La primera comida es por todas las heridas del pasado; la segunda comida es por toda la extensión del futuro.

La primera comida es por todo ese cansancio acumulado; la segunda comida es dar fuerzas por lo que aún resta de caminar. Así, pues, necesitamos meditar tantas cosas tan bellas, tan productivas, tan nutritivas que pueden salir de este pasaje, y aplicarla a nosotros, y luego aplicarla a las otras personas.

Porque yo creo que especialmente nosotros, los que vivimos en comunidad, más tarde o más temprano, nos toca ver cómo incluso las personas que parecen más espirituales y más unidas a Dios, tienen estos ratos de cansancio, de agobio, de hastío, de depresión, de sueño.

Nada de raro que en un momento de esos, una persona, aunque parezca muy meritoria y de mucha virtud, flaquee, y cometa pecados. ¿Nos vamos a enorgullecer de esto? No, esta es la vergüenza humana, esta es la humillación humana, esta es la nada del corazón humano.

No nos vamos a enorgullecer de esto, pero saber que esto es así nos hace humildes; saber que esto es así nos hace comprensivos. Pablo decía: "Sed buenos, sed comprensivos, perdonándoos mutuamente" Carta a los Efesios 4,32. El que ha pasado por la experiencia de Elías ya no trata tan duro.

Como dice un himno en la Liturgia de las Horas, en la versión que solemos utilizar: “Que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede”; "Que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede". Claro que tiene derecho a quejarse, por ahí un día. Si está todos los días quejándose, no le vamos a creer que vive en la situación de Elías todos los días.

Decía una señora, que era una gran mamá, de las mujeres que yo les he visto verdaderamente vocación de madres, con todo el corazón. Gran mamá y gran profesora, decía ella, acostumbrada a corregir muchachitos, párvulos, pites, pitufos, en fin, todo este género de especies, decía esta señora: “Siempre hay que conservarle al niño el derecho al pataleo”.

Hay que entender. Eso fue lo que tuvo Elías Ahí: le dio la pataleta. Bueno, hay que entender que a la gente le puede dar la pataleta: "A ver, dele su pataleta. Ahora retuérzase para este lado; retuérzase para el otro, llore, gima. Bueno, ¡ya! ¡Pero no puede durar en pataleta tampoco!

Una buena pataleta, sin embargo, acompañada por un Ángel, porque toda pataleta requiere su Ángel, ayuda mucho a la conversión de la persona, ayuda mucho a dejar como esa altivez que solemos tener.

Hay un refrán que me gusta, y que dice: “Los jóvenes conocen las reglas; los viejos conocen las excepciones”. Entonces nosotros, usualmente conocemos es las reglas de las cosas, sobre todo en los comienzos, ¿y quién no será principiante?

En los comienzos conocemos las reglas, ¿no? Y tenemos la altivez propia de las reglas, y creemos que estamos a la altura de lo que conocemos. ¡Este es el error de uno! Uno cree que uno tiene una determinada estatura espiritual, porque tiene un conocimiento de cómo deberían ser las cosas, ¡pero uno no las ha vivido! Uno sabe cómo deben ser.

Entonces, uno desde la montaña, desde el montículo de todo lo que sabe, empieza a juzgar y condenar: "Bueno, yo creo que esa hermana va para el tercero; esa otra hermana para el quinto infierno; y esta para…" Empieza a mandar a la gente para la porra y para el infierno, hasta que uno se da cuenta de que el camino es superior a las fuerzas de uno.

Entonces, de pronto uno puede sacar, de una pataleta de esas, lo que dice San Pablo: “Sed buenos, comprensivos...” Carta a los Efesios 4,32.

Además, hay que saber lo que dice el evangelio. Aquí podemos hacer una relación con el evangelio, decía Cristo: “Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre queme ha enviado” San Juan 6,44.

Uno tiene que saber que todas estas gracias son verdaderamente gracias celestiales. Uno tiene que saber que el avance en la vida espiritual no es porque la gente no quiera proponérselo. Esto no es así.

Hay un sacerdote muy inteligente, que fue profesor de filosofía, de teología, doctorado en no sé cuántas cosas, al cual el Señor Dios le cambió completamente la vida, y lo puso administrar un manicomio.

Él, que había sido prior de su comunidad, ya tenía práctica. No, no tenía práctica. Sí había sido prior, pero no tenía práctica. Dice este Padre, que tiene unos libritos que son para eso, para reírse, como ustedes están haciendo.

Dice este Padre que él, en ese manicomio, trabajando con neuróticos, psicóticos, retrasados mentales, una población sumamente difícil, yo creo, para la mayor parte de nosotros. Dice Él que ahí él vino a entender el Evangelio. Este señor, que tenía doctorados y estudios, él era el leído de de su comunidad, pero vino a entender cómo era el Evangelio fue allá.

¿Por qué? Porque en contacto con el retrasado mental, en contacto con la persona que tiene una idea fija, una obsesión, y no logra quitársela; en contacto con el enfermo mental, él descubrió que el esfuerzo humano, a veces hasta el dolor, y hasta despedazar el alma en trizas, no alcanza para muchas cosas, y él entendió ahí que sólo Dios puede juzgar, sólo Dios.

Si uno se acerca a la comunidad humana, si uno se acerca a la iglesia, si uno se acerca a su comunidad local recordando esto, uno vive de otra manera, indudablemente. “Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado” San Juan 6,44. De manera que con esos dos pensamientos a uno, poco a poco, le va cambiando la vida.

Primero, el desierto de Elías, el derecho a pataleta, el cansancio, la crisis profunda, la conciencia de que el camino es superior a las fuerzas. Eso me hace mirarme de otra manera y mirar a los demás de otra manera.

Segundo: “Nadie puede venir a mí, si el Padre no lo trae” San Juan 6,44. Eso me ayuda a mirar a los otros de otra manera, pero, ¡ojo! También a mirarme a mí de otra manera, a mí mismo: "¿Y yo por qué no he podido superar tales y cuáles cosas?"

Hay muchas razones, pero una, que es muy importante, es porque no puedo. ¿Por qué no he podido? Pues porque no puedo. Tan sencillo como eso. No puedo. ¿Qué quiere decir? ¿Qué me voy a rendir? No, no me voy a rendir. Voy a seguir, voy a buscar, voy a propiciar, Voy a disponerme y, sobre todo, voy a suplicar.

Mi experiencia como director espiritual, que no soy, es que la persona que aprende a tener paciencia con su propio camino, aprende a tener paciencia con el camino de los demás.

Y un último comentario sobre otra frase del Evangelio. Dice Jesús: “Vuestros padres comieron en el desierto el maná, y murieron. "Este es el pan, -pan prefigurado por aquello que comió Elías-, este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera" San Juan 6,49-50.

Los que comieron el maná en el desierto murieron en el sentido físico; pero también hay una interpretación alegórica de eso. Ese pan, ese maná, no tuvo el vigor suficiente para mantener viva la Alianza, para mantener vivo el puente con Dios.

Este otro Pan, que es el mismo Cristo, el cual vamos a comulgar en unos minutos, este es el Pan que mantiene viva, que mantiene nueva, que conserva en su eterna majestad la Alianza de la cruz.

Me gusta pensar en el Pan así, el Pan que mantiene viva la Alianza; que no deja morir el vínculo; que atrae sin cesar; que tiene fuerza por sí mismo. Este Pan que tiene fuerza por sí mismo para atraer y para mantener viva la presencia, el anuncio y la realidad de la Alianza entre nosotros.

Comamos este Pan con humildad. Vamos a comulgar hoy. Creo que aquí no haya muchos humildes, por lo menos de este lado del presbiterio, no hay muchos humildes.

Pero mire, procuremos comer hoy el Pan con humildad, sabiendo que sólo Dios puede atraernos hacia Él; que sólo Él puede dar fuerzas para el camino; que sólo Él mantiene viva la Alianza; que sólo Él puede hacernos bondadosos y comprensivos.

Porque sólo Él es el Señor y merece la gloria.

Amén.