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Fecha: 20000716
Título: En Jesucristo se cumple la promesa
Original en audio: 16 min. 15 seg.
Casi siempre, en las lecturas de los domingos, hay una relación próxima entre la primera lectura y el Evangelio, no suele ser tan cercana la relación de la segunda lectura, a veces francamente trae un tema bien distinto, o a veces su conexión con el Evangelio es un poco más accidental.
La razón está en que los Evangelios, pues, son básicamente narración, y la segunda lectura suele ser tomada de las Cartas, y las Cartas son más doctrina, más reflexión, podríamos decir, sobre la obra de Dios.
Vayamos a las lecturas de hoy y busquemos, de acuerdo con esto, cómo se relaciona la primera lectura y el Evangelio. La primera fue tomada de Amós, y el Evangelio fue tomado de San Marcos.
Tratemos de buscar, -este es un ejercicio que debe hacer no solamente el sacerdote, el diácono o el predicador, sino yo creo que todos los que participamos en la Santa Misa-, tratemos de buscar cuál sería esa palabra de conexión, cuál sería ese puente que podemos establecer entre la situación de Amós y aquello que nos cuenta el evangelio, cuando Jesucristo envía a sus Apóstoles, envió a los doce.
Amós es un profeta y Jesús envía a los Apóstoles; pero atención, Amós se presenta como un enviado de parte de Dios, él tenía su oficio, pero es enviado de parte de Dios; y ahora, en el evangelio están los Apóstoles, que son enviados por la palabra de Jesucristo.
En últimas, podemos decir, enviados por Dios; ahí hay como una conexión, ahí hay como un puente, por lo menos un primer puente. En la primera lectura tenemos el caso de un enviado de parte de Dios, y en el evangelio tenemos el caso de unos enviados de parte de Dios.
Pero estos enviados tienen la Palabra de Dios, también aquí se parecen. Amós predica, los Apóstoles predican, la noticia que llega de parte de Dios; la noticia que Dios envía es necesaria para la salud del mundo, pero el mundo no la acoge, no la recibe fácilmente, entonces Amós encuentra el rechazo, encuentra la dificultad, encuentra confrontación, incluso de parte de los que debían apoyarlo.
El sacerdote Amasías, allá en casa de Dios, como traduce aquí, es decir, en Betel, el sacerdote Amasías debía velar por los intereses de Dios y debía sentir que esa Palabra de Dios era para propagarla; pero el primero en oponerse es el mismo sacerdote.
Hay una oposición, hay una confrontación, sin embargo, Amós hace valer la autoridad del que lo ha enviado y pone por encima esa autoridad: "Usted no fue el que me mandó a mí, esto viene de parte de Dios, esto es una profecía".
Algo parecido sucede en el evangelio. Los Apóstoles van predicando la victoria de Dios sobre el mal, fundamentalmente, sobre los espíritus inmundos y sobre la enfermedad; pero no sólo eso, eso es como lo más visible, que expulsan a los demonios y que curan a los enfermos; pero hay una expresión anterior: "Salieron a predicar la conversión, echaban demonios, curaban enfermos" San Marcos 6,12-13.
También la palabra "conversión" es una palabra que nos sirve para relacionar estas dos lecturas, la conversión indica esa vuelta hacia Dios. Y Amós es un predicador de la conversión, un predicador, podríamos decir, un poco brusco, un poco fuerte, porque los tiempos, pues, también eran bruscos y fuertes, tiempos de grave injusticia y de traición a la Alianza.
Bueno, descubrimos que, efectivamente, sí hay varias relaciones entre estas dos lecturas, se trata de gente enviada por Dios, con una noticia que encuentra resistencia, pero que tiene poder para sobrepasar las dificultades; y una noticia que se sintetiza en la palabra "conversión", eso es lo que le sucede a Amós y eso es lo que le sucede a los Apóstoles.
Realizado este ejercicio, podemos intentar otro, que desde luego será aplicar este texto a nuestra vida. Hay muchas maneras de aplicarse los textos. Casi siempre, yo creo que siempre, en las lecturas aparecen varios personajes, por ejemplo: Jesús, los Apóstoles, la gente; o si no en el otro: el pueblo, Amasías, Amós.
Espontáneamente uno trata de relacionarse con alguno de los personajes, que es el que uno siente como más cerca a uno.
Seguramente, digamos el caso de un sacerdote, pues fácilmente se va a sentir relacionado con los Apóstoles, porque al fin y al cabo, de la misión apostólica proviene la misión de los obispos y de la misión de los obispos y del ministerio de ellos, de alguna manera nace el nuestro, y como uno dirige la Palabra, entonces es fácil para uno asociarse con la parte de los Apóstoles y Amós, esa sería como una asociación que a mí me vendría muy espontáneamente.
Pero conviene, al hacer ese ejercicio, no quedarse uno en lo más inmediato, además, de esas asociaciones fáciles salen conclusiones que son las mismas de siempre, y es muy hermoso buscar cuál es la novedad que la Palabra tiene para mí en este día, en este momento.
Por ejemplo, hagamos este experimento, no nos identifiquemos inmediatamente con el profeta, que es como el protagonista y es también el protegido de Dios y es el que tiene el mensaje de salvación. ¿Qué tal intentar algo distinto?: "¿Cuándo yo he sido Amasias?" Al fin y al cabo Amasias era sacerdote, yo también soy sacerdote.
Yo, al hacer la aplicación de este texto a mi vida, yo también debería pensar en eso: "Bueno, ¿y no será que la Palabra que me denuncia yo intento excluirla?" Esa también es una aplicación válida, uno no tiene que ponerse siempre del lado de los buenos, ni del lado de los que son de Dios, a veces uno está en el otro lado, uno está en la resistencia pasiva, en la resistencia agresiva o rebelde, esa es una comparación posible.
Y lo mismo con respecto al evangelio, ¿qué tal hacer esta comparación?: Dios envía Apóstoles que hacen tres cosas: predican conversión, expulsan demonios y curan enfermedades. Muy bonito para mí compararme con los Apóstoles y pensar que yo llevo la Palabra del Señor, soy misionero y espero que, efectivamente, el poder de Satanás sea quebrantado, y la enfermedad sea vencida, y la conversión llegue, eso es bonito, esa identificación es bonita, es agradable para uno.
Pero hagamos otra identificación en esta aplicación a nuestra vida: ¿y qué tal que yo piense que yo soy el pueblo?
Jesús en ese texto habla también del pueblo y dice que hay pueblos que reciben y que hay pueblos que no reciben; y dice qué le va a pasar a los pueblos que reciben y a los pueblos que no reciben.
Entonces yo también me puedo poner en el lugar del pueblo y también me puedo preguntar: "¿Cuál es la gente que Dios me ha enviado? ¿Cómo he tratado yo a la gente que Dios me ha enviado? ¿Desde hace cuánto Dios me está llamando? ¿Cómo me ha llamado? ¿Cómo he recibido yo el llamado de Dios y cómo he recibido a esas personas que Dios mandó?"
Esas personas enviadas por Dios, ¿qué hice yo con esas personas? ¿Cómo las he tratado? ¿Cuánta gente tuvo que salir de mi vida sacudiéndose el polvo de los pies para denuncia de mis pecados? ¿Cuánta gente fracasó tratando de anunciarme a Dios? Eso también es aplicación de la Palabra a nuestro caso.
Dice Jesús: "Si un lugar no os recibe ni os escucha, sacudíos el polvo de los pies" San Marcos 6,11. "¿Yo a quiénes he escuchado? ¿A quiénes he recibido y por qué los he recibido?" Eso es interesante y eso también es aplicación para nosotros, eso también es luz que llega a nuestro caso.
Hay otra manera de hacer aplicación a estas mismas lecturas. Resulta que el envío está unido a la autoridad, Jesús envió a los Apóstoles con autoridad.
La aplicación bonita es pensar uno que cuando uno predica la Palabra de Dios, entonces uno tiene autoridad; pero cambiemos, busquemos el otro registro, a ver: "¿Y yo he recibido la autoridad de los que predican la Palabra de Dios? ¿Yo realmente me he plegado ante la Palabra de Dios? ¿He sido obediente, he sido dócil a la Palabra de Dios? ¿He recibido esa autoridad? ¿He reconocido al Autor del que viene esa autoridad? Son palabras, desde luego, vecinas y parientes.
Estas aplicaciones nos invitan a reflexionar sobre nosotros. Qué tal llegar a preguntas todavía más profundas: ¿He reconocido, he admitido el poder de Dios en mi vida, como para que Dios haga conmigo lo que Él quiera?"
"¿De qué me quejo yo si la obra de Dios se vuelve lenta, si se interrumpe, si se aplaza? ¿Tendré derecho a quejarme si soy yo mismo el que no recibe al Autor que envió a la gente con autoridad? ¿Entonces cómo me puedo quejar de que las cosas no marchen, si yo en buena parte tal vez soy el que está deteniendo esta marcha?
Son reflexiones que podemos hacer a partir de la Palabra. Este tipo de ejercicios que hoy he hecho con ustedes, es más o menos lo que en la Iglesia se llama "Lectio Divina", es una manera de acercarse a la Palabra de Dios, que es muy conocida sobre todo entre los monjes.
La Lectio Divina es ese proceso de lectura, de acogida, de diálogo con la Palabra, que hace que finalmente la Palabra y yo hagamos una trenza, nos abracemos, nos acojamos mutuamente, hasta que yo no pueda separar a la Palabra de mi vida, ni pueda separar a la vida de la Palabra.
La Lectio Divina es un ejercicio maravilloso que hace que mi vida quede cosida con hilos de sabiduría y de amor a la Palabra de Dios.
Y por eso, además de compartir algunos contenidos, quería hacer esta reflexión así, pues porque yo la necesito, porque me hace bien, porque me mueve también a mí y porque yo creo que puede ser útil a ustedes. También ustedes, con paciencia, con amor, invocando el nombre del Señor, pueden tomar la Palabra de Dios y hacer este tipo de ejercicios.
¿Y en dónde termina el ejercicio? Todo ejercicio espiritual debe concluir en nuestra acogida, cada vez mayor y cada vez mejor, de la propuesta divina.
"Te recibo, Señor, te recibo; reconozco que necesito esa misericordia y esa salvación", las que nombrábamos en el salmo: "Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación" Salmo 85,9.
"Reconozco que necesito tu misericordia, reconozco que sin ella se desvanece lo que soy, se agrietan mis certezas, se rompe, Señor, mi vida; mi vida está rota, mi corazón está contrito. Entra por las grietas de mi alma, llega, Señor, y completa tu obra en mí, haz lo que sólo tú puedes hacer".
Quedémonos con esas palabras de esperanza del final del salmo. Y en toda Lectio Divina hay que llegar hasta allá, no debe detenerse uno solamente en que, "sí, soy un pecador, ah, bueno, ya acabé".
No, soy un pecador significa: me vuelvo hacia Dios, le abro mi vida, mejor, se la presento abierta y rota, y le dice: "Es tuya, ven, obra, transforma, convierte", con una gran esperanza, porque dice este final del Salmo: "El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto" Salmo 85,13.
Hemos sido tierra ingrata tal vez sí, por lo menos si veo mi vida tengo que decir eso, hemos sido tierra ingrata; pero Dios tiene lluvia vitaminizada, tiene lluvia nueva, tiene lluvia nutritiva, tiene lluvia poderosa, que contiene ya los fungicidas, pesticidas, o lo que sea, lo que tenga que contener esa lluvia existe, esa lluvia llegará a mi vida.
Dios va a regarme, Dios va a rociarme con su lluvia, Dios va a hacer que esta tierra ingrata y estéril ya no sea más ni estéril ni ingrata, pues va a llover sobre mí la lluvia. "El Señor nos va a dar lluvia, y nuestra tierra va a dar su fruto" Salmo 85,13.