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El Evangelio de hoy está tomado del capítulo quinto de San Marcos. Encontramos a Nuestro Señor Jesucristo que realiza dos preciosos milagros: la resurrección de una niña que tenía doce años de edad cuando murió y Cristo la resucita; y la curación de una mujer que con la misma cifra de años padecía una enfermedad de pérdida de sangre (cf. Mc 5,21-43).
Les invito a que en esta ocasión volvamos nuestra atención a la resurrección de esa niña. Nos dice el evangelista, que Cristo para referirse a lo que le ha sucedido a la niña, utiliza estas palabras: “La niña no está muerta, sino que duerme” (Mc 5, 39). La gente se queja y se burla de Cristo porque ha dicho estas palabras, pero Él pone orden en medio del caos propio de aquel duelo; nos dice el evangelista que Cristo expulsa la gente de aquella casa y se queda únicamente con los padres de la niña y con tres de sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan (cf. Mc 5, 40). Los papás de las niña y estos apóstoles que podemos llamar privilegiados, van a ser testigos de del momento en el que Cristo con palabras sencillas y llenas de amor devuelve el regalo de la vida a esa pequeñita: “Talitá Kum, ¡Niña a ti te lo digo, levántate!” (Mc 5, 41).
Examinemos los hechos y destaquemos tres cosas, porque aquello que Cristo realiza no solo es una obra de misericordia, también es una obra de pedagogía. Los milagros de Cristo curaron una vez a aquellas personas, pero a nosotros pueden curarnos de muchas maneras: de nuestras ignorancias, de nuestros errores y de nuestros pecados.
Observemos la diferencia entre la actitud de la multitud y la actitud de Cristo; esta es la primera enseñanza que quiero subrayar: esa multitud llorosa, escandalosa, supuestamente está manifestando amor, pero ese amor que se queda solamente en el lamento y que pronto degenera en caos, realmente es estéril; la sola emocionalidad humana no tiene fuerza para cambiar las cosas.
En medio del caos, del sobresalto, de la pura emocionalidad, muy poco es lo que podemos recibir de la obra preciosa de Dios. Cristo en cambio toma una actitud de sobriedad, de cariño y de oración; este es el ambiente propio para percibir las obras de Dios; el escándalo, el ruido, la multitud, no son el mejor ambiente para descubrir lo que Dios quiere de nosotros. Por eso sucede con tanta frecuencia que las obras más bellas de Dios las encontramos por ejemplo, en tiempos de retiro espiritual, un poco de silencio, un poco de orden en nuestra vida y las cosas ya se ven de otra manera; así que he aquí la primera lección: no tanta emocionalidad exterior, no tanta fachada; más interioridad, sobriedad, oración.
Segunda lección: Cristo se dirige a esa niña. La expresión aramea “Talitá Kum”, es una voz que se dirige exactamente a esa persona, “a ti te lo digo”; es necesario dejar encontrarnos por Cristo y es necesario escuchar su voz dirigida exactamente a nosotros. Tomemos las palabras del Evangelio, tomemos los sacramentos de la Iglesia, tomemos las oraciones que tal vez hemos dicho muchas veces, pero esta vez tomémoslas como parte de nuestro propio corazón, como realidad íntima, como conciencia viva de quién es el Dios que ha querido acercarse a nosotros; “a ti te lo digo”, tomemos esa palabra de Cristo, dejemos que su mirada se pose sobre nosotros, dejémonos alcanzar por su voz. Y la tercera lección: A Lázaro le dice: “sal fuera”, a la niña le dice “levántate”. ¿De dónde tiene que levantarse esa niña?, del lecho de la muerte; ¿de dónde tiene que salir Lázaro?, del sepulcro. ¿Qué tiene que cambiar en mi vida?, ¿qué tiene que cambiar en tu vida, para que Cristo sea verdaderamente rey y para empezar una nueva existencia?. Tres lecciones preciosas para este domingo.