Bo12002a
Fecha: 19970622
Título: Dejar de admirar el mal que llega, para admirar el bien que se encuentra a nuestro lado
Original en audio: 7 min. 7 seg.
Jesús calmó la tormenta. ¡Vamos a ver si eso es así! Vamos a ver si la tormenta quedó calmada. Los discípulos le decían: "¿No te importa que nos hundamos?" San Marcos 4,38.
Sentían que se estaban hundiendo. ¡Vamos a ver si eso es así! Vamos a ver si se estaban hundiendo, o si ya estaban hundidos. Y vamos a ver si la tormenta se calmó, o si cambió de lugar.
Porque, algunas veces se predica este evangelio como diciendo: "¡Mira! ¡Cuánta paz trae Cristo! Todo quedó en calma." ¿Todo? El viento, sí; el mar, también; el corazón, no.
El corazón quedó en tormenta. ¿Sí calmó Cristo la tormenta? ¿O la cambió de sitio? ¿Y sí era verdad que se estaban hundiendo? ¿O no sería que ya estaban hundidos?
Porque, preguntémonos: ¿Cuál será una reacción, -llamémoslo así-, "lógica", ante el tremendo susto que han pasado esos discípulos? Parece que la reacción normal sería: "¡Hombre! ¡Cálmense! ¡Ya pasó todo, mis amigos! Fue sólo un mal momento, pero ya pasó."
¿Les habla así Cristo? ¡No! Calma la tormenta, y con el mismo impulso, con el mismo vigor, -yo tengo que decirlo-, regaña a los discípulos.
Porque, no les dice: "¡Ya! ¡Sosiéguense! ¡Calma con ese pulso! No se aceleren; ya todo pasó". ¡No! La actitud de Cristo no es, "ya todo pasó", sino más bien, "ahora empieza todo".
¡Ahora comienza todo! No dejemos que se nos predique este evangelio, para afirmar que Cristo simplemente apacigua, que Cristo tranquiliza.
En otros pasajes podremos asegurar que Cristo tranquiliza. En éste, por lo visto, lo que tenemos que decir, es: "Cristo le cambia de sitio a la tormenta. Cristo hace que dejemos de admirar el mal que nos llega y que empecemos a admirar el bien que tenemos a nuestro lado en su gracia, en su presencia."
Cristo quiere que todas esas energías que nosotros gastamos admirando el mal, las empecemos a gastar admirando el bien y confiando en el bien.
Un letrero, una especie de lema, se ha visto en muchas paredes de nuestra ciudad. Se veía, pues, creo que ahora se ha reemplazado por otros lemas. Decía: "Cambiemos la crítica por la acción".
¿Usted se ha puesto a pensar, cuánto tiempo pierde uno maldiciendo a la gente que está lejos, renegando de lo que no va a cambiar, entristeciéndose y amargándose por cosas que no tienen sentido, admirando el mal?
Si el mismo tiempo que nosotros gastamos escandalizándonos de las cosas que suceden, lo empleáramos construyendo el bien que no sucede, otra sería la historia.
Si el tiempo que nosotros gastamos abriendo los tamaños ojos, porque hay olas, porque hay lluvia, porque hay viento, si ese tiempo lo gastáramos abriendo los tamaños ojos para ver que hay Cristo, que hay gracia, que hay vida, otra vida tendríamos.
De manera que el mensaje de este evangelio no es que Cristo es una especie de seguro de vida, que Cristo, -diría alguno-, es una especie de tranquilizante, de "Diazepan".
¡No! Cristo lo que les está diciendo, es: "¿Vieron esa tormenta? Ahora, miren cómo les quedó a ustedes el corazón".
La tormenta se les pasó al corazón. Ellos no quedaron tranquilos. Observa lo que menciona: "Ellos se llenaron de espanto" San Marcos 4,41. ¡Pobres discípulos! Pasaron del miedo de la tormenta al "espanto" de Cristo.
¡Qué pedagogía dura, recia, pero eficaz! Esta pedagogía fue la que hizo santos, la que hizo apóstoles.
"Ellos se llenaron de espanto y empezaron a decirse: ¿Quién será Éste, que hasta el viento y las aguas le obedecen?" San Marcos 4,41.
¿Qué tal que usted empiece a hacerse esa pregunta? ¿Quién será Ése, ese Cristo que ha acompañado mi vida? ¿Somos bautizados, o no?
¿Quién será Ése que me ha acompañado? ¿Quién será Ése que me ha bendecido? A veces parece dormido. ¿Quién será ese Cristo? ¿Quién es?
Eso es lo que hay que preguntarse y volver la mirada hacia Él, reconocerle, bendecirle y dejar de perder el tiempo diciendo que hay muchos males.
Hay demasiados bienes que vendrán por la Palabra, por las manos y por el amor de Cristo. No pierda más el tiempo criticando los males. ¡Llénese de Cristo!
Llénese de Cristo, llénese de la Palabra y del amor de Cristo, y usted descubrirá, cómo una tormenta más grande, cómo una admiración mayor, cómo una alabanza más profunda, llena de gozo, de verdad y de fecundidad su vida.