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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20030216

Título: Jesus: el poder de su voluntad y su misericordia

Original en audio: 12 min. 26 seg.


Es muy grande el poder de la voluntad de Jesucristo, lo que Él quiere se realiza: un acto de su voluntad trajo la salud a este enfermo. La voluntad de Jesucristo es eficaz, es poderosa, la voluntad de Jesús puede reconstruir a una persona.

Esto es una buena noticia porque hay muchas vidas que necesitan ser reconstruidas, quiere decir que si nosotros entregamos una vida destruida, la voluntad compasiva de Jesucristo puede reconstruirla.

No entreguemos las vidas destruidas al abismo de la desesperación, no despeñemos las vidas destruidas cuesta abajo por la colina del odio, no prendamos fuego a las vidas destruidas para ver cómo arden en su cólera o en su absurdo.

Las vidas destruidas tienen un lugar: la compasión de Cristo; y si llevamos las vidas destruidas al corazón de Jesucristo, Cristo puede reconstruirlas.

Primera enseñanza para el día de hoy: miremos cómo sucedió este milagro tan hermoso. Jesús sintió compasión, la voluntad de Jesucristo es poderosa con nosotros porque es compasiva con nosotros.

Lo primero es, Jesús sintió compasión; hubiera podido sentir otras cosas, hubiera podido sentir asco –porque la lepra es una enfermedad que produce repugnancia-. Hubiera podido sentir rabia, porque el leproso no estaba obedeciendo la Ley, la Ley decía que los leprosos tenían que estar lejos.

Hubiera podido sentir disgusto, hubiera podido sentir fastidio, porque Jesús llevaba mucho tiempo predicando y sanando, es como un médico que está terminando el día y le llega un caso muy difícil, pero la Biblia no dice que Jesús sintió fastidio, ni que sintió rabia, ni que sintió asco. Dice que Jesús sintió compasión.

Esta es otra buena noticia para nosotros, porque a veces nos demoramos en volver a Dios, porque pensamos que Dios va a sentir rabia por tanto tiempo que estuvimos lejos; o va a sentir asco por los sucios que son nuestros pecados; o va a sentir disgusto, porque cuando las cosas nos salen mal, ahí sí vamos donde Dios.

Pero “Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre” Carta a los Hebreos 13,8, dice la Carta a los Hebreos. Éste Jesús que siente compasión por el leproso es el mismo Jesús que sigue sintiendo compasión por todo aquel que se le acerque.

Podemos acercarnos a Jesús con la certeza de que en Él no dominan ni la rabia, ni el fastidio, ni el asco. En Él tiene maravilloso poder la compasión, la compasión es la capacidad de tomar el dolor de la otra persona y cargárselo en el propio corazón, esa es la compasión.

El acto más grande de compasión de Cristo fue la Cruz, porque ahí fue donde, como dice el profeta Isaías: “Tomó sobre sí nuestras cargas” Isaías 53,4.

El gran acto de la compasión de Cristo es la Cruz, el gran lugar de la sanación es la Cruz. Por eso, mirando a Jesucristo crucificado descubrimos las fuentes vivas de la misericordia de Dios.

Llevamos dos enseñanzas, la primera es el poder de la voluntad de Cristo, las vidas destruidas no hay que tirarlas a la desesperación, hay que llevarlas a los pies de Cristo. El segundo es, el poder de la compasión de Jesús. Jesús sintió compasión, extendió la mano y lo tocó, tocó al leproso, este era un acto inconcebible según la Ley de Moisés.

El leproso debía estar lejos, no debía acercarse y si él se acercaba uno no debía acercarse a él, pero Jesús permite que se acerque y Jesús extiende la mano y lo toca. ¿Por qué Jesús toca al leproso? Jesús hizo milagros solamente hablando, con su sola palabra.

Por ejemplo cuando resucitó a Lázaro, -uno de los milagros más grandes de su ministerio público-, lo hizo solamente hablando. Él no tomó al muerto y empezó a friccionarlo, a ver si recuperaba calor; con su sola palabra lo resucitó.

Pero esta vez Jesucristo añade un gesto profundamente significativo. Jesús extiende la mano y toca al leproso. Hermanos, con este gesto Jesús nos enseña algo, que su amor es más grande que el asco, es más poderoso que el asco.

Y esta es una noticia muy buena también para nosotros, porque quiere decir que a Jesús nadie va a frenarlo, nadie, nadie puede frenar el amor de Jesucristo, nadie. El asco es un movimiento de repugnancia y de distancia frente a aquello que creemos que nos puede ensuciar gravemente, lastimar, dañar, destruir.

Pues bien, el asco no detiene a Jesucristo, Él toca al enfermo. Es maravilloso pensar en ese choque de la Carne sana de Cristo y de la carne enferma del leproso. ¿Por qué la Ley mandaba tan lejos a los leprosos? Porque se pensaba que si la carne sana tocaba a la carne enferma, la enfermedad le iba ganar a la salud.

“No toques al leproso, porque la lepra se te prende”, era lo que se creía; “si la carne sana toca a la carne enferma, se daña la carne sana”, pero Jesús toca al leproso, la Carne sana toca a la carne enferma y la Carne sana, sana a la carne enferma.

Hay más salud en la Carne de Cristo, que enfermedad en nuestra carne.

Y este es un principio muy importante, porque te sirve para una cantidad de cosas. Hay más luz en los ojos y en el pensamiento de Cristo, que oscuridad, que tinieblas en tus pensamientos y en los de cualquier persona.

Hay más perdón en el corazón de Cristo que pecados en tu corazón. Hay más gracia en la bendición de Cristo que desgracia en tu vida. ¡La Carne de Jesús vence! ¡La Carne sana de Cristo, no sólo es Carne sana, sino sanadora.

¡Jesucristo gana! Su Carne sana nos sana, su Carne sana es sanadora. Él no sólo está libre de pecado, sino que nos limpia de pecado; no sólo está libre de odio, sino que nos libera del odio; no sólo está libre de la enfermedad, sino que nos cura de nuestras enfermedades, ¡Hay poder en Jesucristo!

¿Cómo hacemos para que Jesús nos toque? Hagámonos esa pregunta para terminar. El Papa San León Magno decía una cosa bellísima: “Lo que era sensible, lo que era tangible, tocable del Verbo de Dios, lo que era sensible de Jesucristo ha pasado a los Sacramentos”.

A través de los Sacramentos, Jesucristo sigue siendo la Carne sana que nos sana. Especialmente en los Sacramentos apreciamos cómo hay más perdón en Cristo que pecados en nuestra vida. En los Sacramentos Jesucristo nos toca, nos acaricia, nos reconstruye, nos mima, nos besa.

En los Sacramentos, especialmente en la Confesión y en la Santísima Eucaristía, Jesucristo nos toca, nos acaricia, nos reconstruye, nos sana.

En la voz del sacerdote, por ejemplo, cuando absuelve el pecado, estás oyendo a Jesús. El sacerdote no dice: “Jesús te perdona, vete”. El sacerdote dice: “Yo te absuelvo”, pero ese “yo” no es el Padre Alberto, el Padre Omar, el Padre Nelson.

Ese “yo” es el “yo” de Jesucristo, que con su ternura se inventó un camino para acariciar nuestras vidas, a través de la Confesión y a través de la Eucaristía, especialmente.

¡Jesucristo sigue extendiendo su mano y sigue tocando nuestra vida, y sigue cambiando nuestra vida!. “Yo te absuelvo”, eso no te lo dice, -aunque la voz es la de quien tú conoces-, el Padre Alberto, el Padre Omar o el Padre Nelson.

Aunque la voz sí la reconoces, también reconoces que en esa voz hay Otro que te habla, "Otro", con o mayúscula; "Otro", que es Jesús que está tocando tu vida y está transformándola.

Éste es nuestro Salvador, el que se compadece, el que tiene un poder infinito para vencer todas nuestras maldades, para disipar todas nuestras tinieblas, para curar todas nuestras enfermedades, y para liberarnos de todas nuestras cadenas.

Es Jesucristo. Admiremos, adoremos e invoquemos el Nombre de nuestro Salvador, porque en Él está nuestra salud.