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Fecha: 19970209
Título: En la oscuridad resplandece la luz de Cristo
Original en audio: 15 min. 22 seg.
Queridos Hermanos:
El Evangelista Marcos nos presenta a Jesús en plena acción, como hemos comentado en otra oportunidad, más que los discursos de Jesús, más que predicaciones de Jesús, trae esa primera y fundamental predicación que son los hechos, hechos milagrosos, sanaciones, exorcismos, incluso resurrecciones de muertos.
La primera palabra que dice Dios cuando va a tomar en serio una vida, no es una palabra sino es un hecho, cuando Dios va a entrar en serio a una existencia, no entra con discursos sino entra con realidades, entra con hechos y esa clase de hechos, son los que nos cuenta el Evangelista, especialmente en este texto que hemos escuchado y en algunos otros de su predicación.
Dice así: “Al atardecer cuando se puso el sol empezaron a traerle todos los enfermos y los afligidos por el demonio” San Marcos 1,32.
La indicación del Evangelista es de tipo temporal, se refiere al hecho que hacia las seis o siete de la tarde, empezaron a traer a todos los enfermos que había en el pueblo para que Jesús les sanara; pero en ese dato temporal hay un hermoso significado espiritual que quiero compartir con ustedes.
Cuando se estaba poniendo el sol, cuando se ocultaba el sol de esta tierra, amanecía el sol del cielo, amanecía el sol de justicia, amanecía Cristo.
Cuando se estaba ocultando la luz de este sol que había visto y había dejado enfermos a esos hombres y mujeres, empieza a brillar con fuerza la luz de Cristo, que no solo va a contemplar sino que va a derrotar, va a vencer la enfermedad, el imperio de Satanás, la muerte, el pecado.
Y digo que en esto hay una enseñanza espiritual para nosotros, porque así sucede también en la vida, uno está apegado a una cantidad de cosas, y a veces es necesario que Dios haga ocultarse el sol y uno se quede como en tinieblas, para que pueda empezar a brillar ese otro sol que es Cristo.
Es un poco triste decirle pero es también sincero decirlo. La mayoría de nosotros nos hemos encontrado con Cristo porque se nos apagó un sol, porque nos quedamos a oscuras, porque no sabemos para donde ir, y la enfermedad se abalanza sobre nosotros, o la muerte o el demonio.
Se necesita a veces, en algunas vidas, que se oculte el sol y que la persona se deba entera a la noche y pruebe lo que son las tinieblas, se necesita que esto suceda para que caigamos en la cuenta de quién es Cristo, de qué significa ser enfermo y qué significa entonces descubrir la salud.
Ese sol que tiene que ocultarse, cambia de una persona a otra, hay personas que hemos llegado a Dios por una enfermedad, por un fracaso, por una soledad, por un absurdo, por una tristeza, por una sensación de sin sentido, por asco de los demás, por miedo ante la muerte; esas cosas que he mencionado son como los distintos tipos de noche que cada uno de nosotros tiene.
Y cuando ese sol se oculta y cuando llega la tiniebla de una crisis económica, de un desempleo, de un vacío afectivo, de una catástrofe familiar, nuestro primer impulso es renegar y maldecir: "¿Por qué me pasa esto a mì?"
Pero si nosotros estamos atentos, descubriremos que en esa noche hay un nuevo sol, en la tiniebla de esa crisis hay una nueva oportunidad, o mejor, lo que hasta ahora estábamos llamando tragedia, de pronto a partir de hoy lo podemos llamar oportunidad.
Y me parece que el evangelio, en algún sentido, quiere enseñarnos eso, que mientras nosotros estemos renegando de la noche y estemos maldiciendo la tiniebla y nuestra vida y nuestra pobreza o nuestra enfermedad, mientras estemos en esas, no descubriremos esas poesías que tiene la noche y que no tiene el día. Ese mensaje que sólo se podía escribir con letras negras en nuestra existencia.
Cada uno, entonces, puede pensar por que noches ha pasado y que noches no ha aceptado; es posible que en esa tragedia de un matrimonio que no funcionó, de un hijo que parece irremediablemente perdido, de una traición, de una estafa, es posible que en esa noche que hasta ahora sólo nos ha traído amarguras, es posible que ahí esté la tinta negra con la que se puede escribir la palabra amor, es posible que ahí esté.
Y si uno se encuentra el negro de la tinta, la negrura de la tinta y reniega de ella, no cae en la cuenta de que con esa misma tinta, así oscura, así tenebrosa, con esa tinta se puede escribir la palabra luz y la palabra salvación.
La invitación entonces es, a leer de otra manera nuestra vida. Si revisamos la historia de la Iglesia encontraremos muchas personas, que cuando el sol se había ocultado y cuando se quedaron a oscuras, incluso como nosotros, estuvieron un rato renegaron con amargura y dijeron: "¿A quién le pasa lo que me pasa a mi?" Pero luego fueron encontrando en ese frasco de tinta negra, luz, para escribir la poesía de su vida.
Estoy pensando, por ejemplo, en San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús siglo XVI, un hombre que veía clara su carrera militar, él tenía su plan, pero no se le había ocurrido pensar que tal vez Dios tuviera otro plan, menos había imaginado que el Plan de Dios era mejor que el suyo.
Una enfermedad, una batalla, es herido, no había recursos de la medicina de hoy, no se conocen los antibióticos, larga convalecencia. En esa larga convalecencia, a Ignacio se le ocurre leer de distintas cosas y lee libros de caballería, libros de historietas fantásticas, y lee otras que nos son fantasías aunque le parecen, vidas de santos; y mientras va leyendo las vidas de los santos, su corazón de pronto empieza a inflamarse en un amor nuevo.
Un día, todavía sin levantarse del lecho llega a una conclusión, mejor, llega a una pregunta, porque en la vida cristiana como que es mejor tener preguntas que respuestas: "¿Y si yo hiciera lo mismo que hizo San Francisco o Santo Domingo?"
Y a partir de ahí empieza a acariciar un nuevo proyecto, ya no ser soldado de un rey en esta tierra, ahora ser soldado de Cristo; ya no gastarse por la plata o los imperios de este mundo, ahora gastarse por el reinado de Dios.
Esa luz le llegó en medio de la tiniebla de una enfermedad, probablemente, si a él no le sucede eso, el seguiría con su idea terca de que tenía que ser un gran militar, supongamos que lo hubiera conseguido, ¿hubiera sido mejor para él ser ese gran militar que ser el santo que es hoy para Dios y para la Iglesia? Era mejor para el eso?
Le cuento otra historia, una mujer, María Ramos, una fracasada en el matrimonio, le fue mal; una mujer piadosa, española, no se pudo entender bien con el esposo y el esposo la maltrató, el esposo se vino para América y ella en un último esfuerzo, que ya consideraba humillante, se vino con todas las dificultades, aquí a nuestra tierra americana.
Y dio vueltas, y su matrimonio, al parecer nunca se arregló; y estando aquí en América en la región que hoy se llama Chiquinquirá, en Boyacá, esta mujer ha empezado a cultivar un espíritu de piedad.
Cuántas veces lloraría y le reclamaría a Dios, cuántas veces no le diría, tal vez con gritos: “Señor, ¿Para qué me casaste, para qué matrimonio, para qué sacramento? ¿Para atarme a esa porquería de hombre?” Seguramente ella sintió eso muchas a veces; pero después de ese desengaño y de esa amargura, su vida se va orientando de otra manera.
Aquí en Colombia se une en oración, se une de corazón a la obra evangelizadora de la Orden de Predicadores o Padres Dominicos, precisamente de la Comunidad de este amigo que les habla; y María Ramos empieza una vida de oración, primero, para encontrar un consuelo a su vida.
Voy a orar, ¿quièn entiende un fracaso de ese tamaño? Pues voy a orar", y empieza a orar. Pues esta mujer se ha convertido en una gran contemplativa, en una mujer de una profunda oración, que ya no oraba por huir de sus problemas, ya oraba porque había encontrado amor y un amor indestructible.
¿Sabe usted lo que le sucedió a María Ramos? Un día estaba orando frente a una imagen descolorida, donde le contaban que en una tela vieja que había estado dibujada una la imagen de la Virgen.
Y ella le tomo un cariño especial a ese pedazo de lienzo y le decía palabras lindas a la Virgen María, por ejemplo, le decía: “Rosita, Rosita del cielo, ¿hasta cuándo estarás oculta? ¿Cuándo mostrarás tus colores?"
Y seguía orando ahí y era una mujer de oración, mucho más de lo que oran, de lo que oramos la mayoría de religiosos hoy, una mujer de mañanas y tardes de oración. Un día, en la mañana del 26 de diciembre de 1586, esta mujer fracasada, pero que ya no maldecía su suerte, se levantaba después de hacer una larga oración frente a ese lienzo descolorido.
Acaba de irse ella y pasaba una indiecita con su pequeño niño, fue el niño el que primero vio el milagro, grita el niño de júbilo y le dice a la mamá, señalando el cuadro, cuadro que ya no estaba en su sitio, sino que había bajado al suelo, la imagen de la Virgen se había renovado en sus colores.
María Ramos vuelve bañada en lágrimas de júbilo, saluda a la Santísima Virgen y ve ahí la respuesta a su oración, y encuentra en ese amor y en esa dicha, lo que no había podido encontrar nunca en esta tierra. Ese es el mismo cuadro que se venera en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario en Chiquinquirá.
Y si me permiten, les diré que realmente el pueblo de Chiquinquirá es un pueblo fundado por la Virgen María, probablemente a María Ramos le hubiera podido ir mejor, hubiera podido ser una mujer española que se entiende muy bien con su esposo allá en las tierras españolas, hubiera podido ser una magnifica esposa allá en España.
Pero cuando a ella le sucedió todo lo que le sucedió aquí, y cuando gozosa descubrió ese amor de María y ese amor de la Iglesia y ese amor del Evangelio, no se cambiaba por nadie.
Podría dar màs ejemplos, pero dejemos así, que los próximos ejemplos que no los diga yo sino que los diga usted, que usted aprenda a leer sus aparentes fracasos, sus aparentes noches, que usted aprenda a leer sus aparentes tragedias como grandes oportunidades.
Sólo tres condiciones: primero, deje de maldecir y de babosear. Segundo, arrepiéntase usted de sus pecados, que los tiene, que con sus ojos entenebrecidos no se ve nada. Tercero, pregúntele a Dios, no tanto: "¿Por qué me vino esto?" Sino: "¿Para qué me ha llegado esto, Señor? ¿Qué es lo que tú quieres sacar de aquí?
Haga este ejercicio y un día cuéntenos, un día díganos aquí en el convento lo que ha hecho Dios con usted, y como lo que parecía una noche, ha sido el más esplendoroso día.