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Fecha: 20090201
Título: El momento en el que Jesus empieza a ser la persona mas importante en la vida de uno
Original en audio: 17 min. 41 seg.
Hermanos:
Comentábamos la semana pasada que cada uno de los Evangelistas tiene su propio énfasis, tiene su propio ángulo para mirar a Jesucristo, y el caso es que Marcos enfatiza la manera como Cristo con sus acciones instaura el Reino de Dios.
Fíjate, por ejemplo, en el evangelio que hemos oído hoy: no sabemos de qué estaba hablando Cristo, no sabemos el contenido de su discurso, pero sí sabemos, gracias a este Evangelista, que se trataba de una predicación con poder, una predicación con autoridad, casi podemos decir que la palabra de Cristo en sí misma ya estaba haciendo una obra.
Santa Teresa de Jesús tiene eta frase un poco enigmática, profunda, poética: "Las palabras de Dios son obras", con el solo hablar Dios transforma, su palabra es poderosa. Y ese poder se muestra hoy, por ejemplo, cuando Cristo con la sola expresión de su voluntad y sólo diciendo estas palabras realiza ese exorcismo.Había una persona que estaba posesa, así lo describe el evangelio, y Cristo con una orden, es un imperativo que sale del corazón y de la boca de Cristo y que tiene el efecto de transformar la vida de esta persona, la cambia radicalmente.
Cristo con su poder, Cristo tiene autoridad. Y es interesante porque la gente es la que da el veredicto, la gente sencilla. La gente se da cuenta que hay una diferencia entre la manera de obrar de Cristo y la manera de obrar de los maestros que ellos ya conocían. Muchas de estas personas, seguramente, asistían con frecuencia a la sinagoga y habían oído muchos discursos, había oído muchos maestros, pero notan una diferencia: ven que hay algo distinto en Jesucristo y eso es lo que describen con la palabra "autoridad", Cristo tiene autoridad.
Es difícil saber qué querían decir con esto, pero tratemos de mirar un poco. ¿Quiénes eran los escribas en aquella época? Escribas eran los que sabían leer y escribir, por un lado, cosa que no era frecuente, era como un privilegio socia, hoy la mayor parte de la gente sabe leer y escribir, pero en tiempos de Cristo era una minoría, un porcentaje realmente bajo.
Entonces, en primer lugar eran personas que sabían leer y escribir, pero además eran personas que habían dedicado su vida al estudio, de modo que conocían muy bien los detalles de la Ley, y eran capaces de contar también las distintas interpretaciones, podemos decir que se parece a la gente académica, los profesores universitarios, estas personas muy eruditas, que saben una cantidad de cosas y que entonces pueden decir: "Bueno, sobre tal pasaje de la Biblia, esto se interpreta de este modo, según tal autor, o se interpreta de este otro modo, según otro autor.
Pero finalmente todo eso se vuelve un juego de ideas, eso se vuelve una especie de malabarismo de opiniones: "Este dice esto, pero el otro dice lo otro", y ahí lo único que se exhibe no es el poder de Dios, sino lo que se muestra es la erudición, todo lo que la persona ha estudiado, como si estuviera mostrando: "Yo he estudiado mucho, yo sé mucho", pero es un saber que no toca la vida, es un saber que deja a la gente en la misma perplejidad, que deja a la gente sin orientación, la deja sin una ruta clara.
Jesús, por el contrario, se ve que con su enseñanza obra de un modo distinto, en primer lugar porque o anda citando tantas autoridades,porque no se está exhibiendo a sí mismo y sobre todo porque ilumina profundamente el corazón y porque le hace ver a uno hacia dónde tiene que obrar. Las consignas de Cristo son sencillas, a veces son, podríamos decir, radicales, son drásticas, pero en todo caso muestran una luz, muestran un camino, muestran una dirección, que tal vez esa dirección nos parece imposible, nos parece ridícula.
Cuando Cristo doce, por ejemplo, que amemos a los enemigos: "¡Eh, eso es imposible! ¡Quién se va a poner a amar a los enemigos! ¡Eso es una tontería!" Pero por lo menos hay algo definido, Cristo deja una ruta definida en el corazón.
Por otro lado, también la autoridad de Cristo tiene que ver con el hecho de que nos ayuda a conocernos a nosotros mismos. Tengamos en cuenta que a veces debajo de una capa de muchos conocimientos hay una tremenda ignorancia de uno mismo, una tremenda ignorancia de la propia vida y del propio corazón. Uno puede saber muchas cosas de ingeniería o de contaduría, uno puede saber muchas cosas de física, de matemáticas, de actualidad, de moda, de farándula, y sin embargo uno no conoce el propio corazón, y esa ignorancia de uno mismo es la peor ignorancia.
Esta santa italiana del siglo XIV, Santa Catalina de Siena, decía que el paso primero y fundamental en toda vida espiritual está en el conocimiento de uno mismo. Y nosotros vivimos, como San Agustín antes de su conversión, nosotros solemos vivir volcados hacia afuera: "A ver dónde consigo el dinero, a ver dónde consigo la fama, a ver dónde consigo el placer, a ver dónde consigo..., estamos volcados hacia afuera, no necesariamente placeres malos, no necesariamente conocimientos malos.
La persona que sabe mucha ciencia, por ejemplo, o mucha filosofía, no vamos a decir que sabe cosas perniciosas; la persona que disfruta la naturaleza, no vamos a decir que está disfrutando un placer ilícito; pero se nos va la vida en eso, en el deporte, en la naturaleza, en la moda, en las fiestas, en los amigos, vivimos hacia afuera, y se nos olvida que el conocimiento más importante suele estar adentro.
Y esto también lo describió San Agustín cuando le dice a Dios: "Tú estabas adentro de mí, pero yo estaba afuera". Mira esa frase de San Agustín. Le dice San Agustín a Dios: "Tú estabas adentro de mí, pero yo estaba afuera, y así volcado sobre las cosas, no te encontraba".
Entonces, la palabra de Cristo tiene autoridad porque en muchos pasajes, en muchos modos de obrar de Cristo, el corazón humano queda como desnudado; es como la persona que le revela a uno una verdad profunda, es la persona que le muestra a uno cómo es el corazón de uno en toda su realidad, a veces, con mucha frecuencia, es una realidad un poco vergonzosa, porque uno también vive mucho de máscaras, uno pone una fachada elegante, bonita delante del mundo, pero quizás por dentro somos personas con mucha depresión, con mucho miedo, con mucha inseguridad, con mucha tristeza, con mucha desorientación.
Y sin embargo, pues, uno se mantiene como un actor presentando el papel de que uno sabe muchas cosas y que uno sabe para dónde va, y todos nos decimos las mismas mentiras, pero de pronto allá dentro en los corazones lo que hay no es tan hermoso.
Cristo, con esa palabra, con esa manera de ser como que quita la costra, como que deja la herida en carne viva, como que nos desnuda, como que nos muestra que nuestra vida en el fondo ha sido muy desperdiciada. San Agustín, por mencionarlo por tercera vez, se dio cuenta que había amado poco y mal; ya tenía más de treinta años, pero se dio cuenta que había amado muy poco, que la cuota de amor era muy poca, que la cuota de felicidad era muy poca, que la vida se le estaba escurriendo, según el proverbio aquel, "como el agua entre los dedos".
Y eso es lo que siente mucha gente hoy, y por eso a veces llegan a la desesperación y dicen: "Pues si se me va a ir la vida gota a gota, mejor la acabo de una buena vez"; si de pronto esa es la sensación que tú tienes hoy, si de pronto sientes que las horas, los días, las semanas se te van escurriendo como agua entre los dedos, y dices: "Cuál es el sabor de todo esto? ¿Cuál es el sentido de todo esto? ¿Esto finalmente para qué sirve? ¿Para qué estoy aquí?" Que es la gran pregunta que toda persona consciente termina haciéndose en algún momento de su vida, ahí es donde muy a menudo Jesucristo nos ayuda como a desnudar el corazón.
Repito, lo que aparece suele ser dramático, a veces uno casi que entra como en una tristeza mayor, si se quiere, a veces uno llega a la conclusión: "Yo lo que he sido es un gran egoísta, es decir, he vivido como si la vida fuera una fiesta detrás de otra fiesta, y al final no queda nada. O he vivido como parte de un engranaje, un engranaje que mueve toda esta maquinaria que se llama la sociedad, y yo muevo una partecita de eso, pero ¿para dónde va todo? Pues finalmente para alimentar las arcas de los más adinerados, o finalmente para alimentar el ego de los más poderosos, entonces detesto esta vida".
Ese descubrimiento es fuerte, puede ser, repito, un poco duro, pero ese descubrimiento también hace que uno encuentre una verdadera puerta, es decir, hace que uno pueda empezar a tomar decisiones nuevas. Realmente la respuesta de la vida no es complicada, fuimos hechos para el amor, pero el amor con todas sus consecuencias.
Y lo que pasa es que uno no se atreve a amar porque si uno empieza a amar, en primer lugar el corazón está muy a oscuras, y está muy débil, y están todas las confusiones que trae la carne, y todos los malentend¡dos del lenguaje, y todas las miserias de las otras personas. Entonces uno no se atreve a amar, de pronto uno intentó amar y no le funcionó. Entonces vivimos así asustados, encogidos, pero en el fondo la única posibilidad es amar.
¿Y cómo puedo yo dar un sentido de amor profundo, real a mi vida si a la vez sé que el mundo es como es, si sé que la vida es como es, si sé que yo mismo soy tan débil como soy, tan inconstante como soy? ¿Cómo puedo hacerlo? Es ahí donde el Evangelio de Jesús va dando sus luces, donde el ejemplo de Jesús, primero que sus palabras, nos va dando sus luces.
Porque es ahí donde uno empieza a interesarse a fondo en Jesucristo; ya no Jesús como una persona simpática que dijo unas cosas, tal vez, notables o poéticas, sino muna persona increíblemente cercana, una persona que se convierte en una interpelación continua, porque lo que uno ve en Jesús, según el testimonio de los Evangelios, según el testimonio de la gente que lo conoció, es una persona que realmente vivió esa coherencia y esa alegría y ese manantial de amor, es decir, lo que uno quisiera ser.
Pero Él lo vivió a fondo y dice uno: "¿Cómo Él pudo? ¿Cómo puede ser eso? ¿Cómo puede vencerse la muralla de la pereza, la muralla de la inconstancia? ¿Cómo puede vencerse la seducción de la carne, de la comodidad? ¿Cómo puede vencerse el hielo de la indiferencia de los demás? ¿Cómo puede vencerse el látigo del desprecio, de la ingratitud en los otros?" Y uno ve que Jesús realmente llevó su barca hasta el puerto, Jesús hasta el final es ese testimonio increíble de amor.
Y esto es lo que nos va a mostrar el evangelio de Marcos todo este año: que Jesús es un testimonio fantástico, increíble, sobre todo increíblemente coherente, un testimonio de amor. Y uno empieza a sentir que Jesús no es una historia religiosa más, no es para ponerlo en paralelo con nadie más, porque uno ve que el amor que llega hasta el extremo no es precisamente lo que está ahí en todas partes, en todas las vidas o en todas las religiones.
Jesús de pronto aparece como alguien absolutamente único, y uno empieza a acercarse a ese Jesús, quizás con algo de timidez, quizás con algo de vergüenza, como le pasó al mismo Pedro, que en un cierto momento se reconoció completamente pecador y le dijo a Jesús: "Mira, tú apártate de mí, que yo soy un pecador" San Lucas 5,8.
Pero aunque sea así, medio con timidez, con vergüenza, uno se va acercando a Jesús, y de pronto uno se lanza a hacerle una pregunta y le dice: "Oye, ¿tú puedes hacer algo por mí? ¿Será que tú puedes darme algo? ¿Será que tú me puedes regalar un poco de esa alegría que tienes, de se amor que tienes, de esa coherencia que tienes, de esa sabiduría que tienes? ¿Cómo es eso que tú vives si miedo? ¿Es que no te das cuenta que la gente te usa? Jesús, ¿no te das cuenta que la gente se aprovecha de ti? ¿Cómo puedes seguir amando tú? ¿Cuál es tu secreto?"
Y ahí es donde Jesús se convierte como en el gran líder de la vida de uno, ahí es cuando Jesús se convierte en el personaje más admirable de la vida de uno, y ahí es donde Él empieza a revelarnos sus secretos, y el primer secreto, y sólo lo mencionamos hoy, es sin duda su relación con Dios Padre.
Jesús no es simplemente un humanista, Jesús no es simplemente una persona que le gusta hacer el bien. Muchas veces hacer el bien sabe a vinagre, muchas veces hacer el bien es durísimo, durísimo porque nos enfrentamos a la indiferencia, la ingratitud, la burla, la critica, la amargura de la gente, y sin contar todo lo que uno lleva por dentro.
Hacer el bien no es un picnic, hacer el bien no es un paseo, hacer el bien es duro, es esforzado; pero Jesús nos muestra que más allá de esta realidad humana que somos existe esa fuente de la que Él mismo está pegado, esa fuente que es Dios mismo. Y ahí el misterio de Cristo se vuelve todavía más profundo porque no sólo es el hombre más admirable que uno pueda conocer, sino que es realmente la revelación de Dios.
Y empieza uno a sentir que junto a Jesús no solamente me vuelvo más humano, sino que Jesús es mi manera de entender a Dios; Jesús es mi diccionario sobre Dios; Jesús es mi puente hacia Dios; Jesús es el lenguaje de Dios para mí. En ese instante el Evangelio empieza a suceder en nuestras vidas.
Como se ve, mis hermanos, algo de esto es lo que la gente en esa sinagoga estaba experimentando: lo veían a Él, quién sabe cómo sería eso, ¿no? ¡Mirar predicar a Jesús! ¡Verlo a Él predicando! ¿Cómo serían esos ojos o esas manos? ¿Cómo sería escuchar tanta sabiduría junta? ¿Cómo sería mirar en un lenguaje tan sencillo verdades tan profundas? El hecho es que la gente sintió un poco de lo que tal vez nosotros podemos sentir hoy: una fascinación absoluta con esta maravilla que se llama Jesucristo, y empezaron a a abrir el corazón hacia Él, y ahí sucedió el Evangelio.
Que ese mismo Evangelio suceda en nosotros hoy y siempre.
Amén.