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Fecha: 19970119
Título: Hay que buscar a Dios desde la propia realidad humana
Original en audio: 11 min. 10 seg.
Cuando Dios llamó a Samuel, Samuel confundió la voz de Dios con la voz del sacerdote Elí, y por eso se fue corriendo donde el sacerdote a decirle: “Aquí estoy, vengo porque me has llamado” 1 Samuel 3,3-5, la tercera vez que esto sucede Elí comprende que no se trata de una voz humana sino de la voz de Dios.
Y por eso invita a Samuel, a Samuel niño, a que le responda a Dios y Dios le habla a Samuel y Samuel, por esa comunicación, por esa unión con la Palabra de Dios se convierte en boca de Dios, se convierte en profeta para el pueblo de Israel.
Yo quiero destacar esa primera afirmación básica que hacemos: la voz de Dios se parecía a la voz del profeta Elí.
A lo largo de mi ministerio sacerdotal, breve sin duda, he podido comprobar sin embargo, muchas veces, que cuando nosotros buscamos la voz de Dios, buscamos una voz distinta de las voces humanas, como quien dice, nosotros como que razonáramos así: "Si es Dios el que me va a indicar el camino, tiene que ser una voz muy distinta de todo lo que yo he escuchado".
Pero resulta que lo que nos muestra ese relato del Primer Libro de Samuel, es que la voz de Dios no es sólo muy distinta, sino que es muy parecida a las voces humanas, y quizá esta es una de las razones por las que nos cuesta trabajo encontrar la voz de Dios, porque la buscamos como ella no es, la buscamos cual no se presenta.
Voy a buscar la voz de Dios; pero si es Dios, tiene que ser muy distinto de los hombres y resulta que lo que nos está diciendo la Sagrada Escritura es que, si es Dios, es muy parecida a los hombres.
Dios estaba también llamando a Andrés y a Simón. Andrés se acerca a Jesús, estos dos discípulos se acercan a Jesús y le preguntan: “¿Dónde vives?” Jesús les dice: “Venid y lo veréis” San Juan 1,39.
Ese día lo compartieron, como luego compartirían muchos otros, lo compartieron con el Verbo encarnado, vamos a decirlo en lenguaje solemne, ese día estuvieron con Dios, un día con Dios, ese sí fue un retiro espiritual, un día con Dios.
"Hemos encontrado al Mesías, que significa Cristo" San Juan 1,41, y Jesús se queda mirando a Simón, el hermano de Andrés, y le dice: “Tú te llamarás Cefas” San Juan 1,42. Esa voz venía para Pedro, de ese hombre que tenía ahí adelante, pero esa voz venía para Pedro, de Dios, que estaba ahí.
Dejemos de buscar a un Dios distinto de las personas humanas, dejemos de imaginarnos a un Dios distinto de los hombres y comprenderemos que Dios verdaderamente ha asumido nuestra naturaleza para levantarla. El que siga buscando la voz de Dios distinta de las voces humanas, a lo mejor se encontrará su imaginación.
Me decía una joven que tenía cierta inquietud vocacional: “Yo quisiera que algún día en el cielo, con letras de neón, Dios me dijera, sí ese es tu camino, ya yo quedaba tranquila, ya Dios me dijo que sí que era por ahí”.
Nada más peligroso que un Dios así, nada más peligroso que ese Dios. Cuando a Jesús le pedían que hiciera signos así, en el cielo, se negaba a hacerlos.
Parece que sólo podemos encontrar a Dios en la entraña de la historia humana. Desde luego esto supone una pregunta: "Bueno pero si la voz de Dios va a resultar tan parecida de las voces humanas y además yo soy una persona humana, y yo también tengo mi propia voz, ¿cómo voy a saber que es la voz de Dios la que me está hablando?"
Está bien, supongamos que renunciamos a las letras de neón, supongamos que renunciamos a ese modelo espectacular de la voluntad de Dios, de la voz de Dios, ¿cómo encontraré, como podré yo saber que sí se trata de la voz de Dios?
Pues aquí esta toda la tarea del discernimiento, pero el discernimiento no es darle una patada a lo humano para que quede Dios, porque es que Dios no le da patadas al ser humano.
¿Qué vemos en Cristo? Alguien que le dice al ser humano: “Ven, y vive conmigo este día” ¿Qué vemos en Cristo? Alguien que abraza y bendice a los niños; ¿qué vemos en Cristo? Alguien que acoge a los pecadores y cena con ellos, ese Dios que acoge así al ser humano ¿le va a dar una patada a tu humanidad?
Algunas veces nosotros sentimos que nuestra humanidad es el gran estorbo para encontrar a Dios, ¿se le puede hablar así a Dios cuando Él creó con tanto amor lo que tú eres? Uno tratando de sacar a codazos, pescozones y patadas la humanidad de uno y Dios diciendo: “-Pero si eso es lo que yo amo, ¿por qué te vas a tratar así? ¿Por qué te vas a destruir así?" "-Pero es que esta sensibilidad y esta humanidad, ¡ay, si yo pudiera como quitarme esta humanidad!"
Esto me hace recordar la antigua definición de la nada, la nada es un chorizo sin carne y sin forro, pues hay personas que quieren encontrarse con Dios: “Yo no sé, si Dios desocupará este hábito, y luego quitará el hábito, ahí sí me podía hablar”.
¿Pero a quién le hablaría? Él quiere hablarle a tu humanidad, a la tuya; “-pero es que con tantas limitaciones que yo tengo” ¿Entonces Él a quién salvó? ¿Entonces no es Él Salvador?
"Si me quitaran mis limitaciones y si además yo no hubiera nacido donde nací sino en otra parte, y fuera alto, mono, y de ojo azul, ahí sí".
Entonces, el primer paso es, Dios hablará desde la profunda realidad de lo que yo soy, es posible que yo no logre aceptarme a mí mismo; pero Él sí me acepta y es desde esa realidad mía, con todas las tonterías, con todas las incoherencias, con todas las grietas que tiene mi existencia, es ahí donde Él empieza su palabra.
Es ahí, precisamente, cuando ya no intento ser otro, porque en el fondo, cuando uno dice: “Si desocuparan esta ropa y luego la quitaran”; cuando uno se rechaza a sí mismo, cuando uno dice: "Yo soy el estorbo", ¿qué le está diciendo a Dios? Tu acción puede ser muy poderosa; pero de pronto yo soy como más grande que esa acción".
Es una detestable soberbia la que nos lleva a hablar así, es como si nosotros le dijéramos a Dios: “Soy capaz de detenerte”; es como si nosotros le dijéramos a Dios: “Yo, que soy obra tuya, a pesar de todos los errores, pecados, yo, que soy obra tuya, quedé mal hecho".
"Permite que yo me haga a mi manera, permíteme que yo me imagine que yo fuera distinto, no así tan cachetón sino más espigado, un perfil griego, ¿qué hago yo con esa frente como el palacio de justicia? No, una cosa como más moderada, como más proporcionada".
Entonces, ¿uno qué le está diciendo a Dios? "-Quedé mal hecho", ¿y Dios qué le está diciendo a uno? “Te estoy haciendo”; "-yo quedé mal hecho, Señor", y Dios diciéndole a uno: “-Tú no quedaste mal hecho, lo que pasa es que te estoy haciendo.
"Pero acepta lo que te estoy haciendo, acepta que tù estás en proceso, acepta que tu camino empieza hoy, acepta que yo te puedo dar un nuevo nombre, que yo te puedo poner a marchar en una nueva historia”.
Cuando la persona empieza a aceptar esas realidades y se abre a estas verdades profundas, descubre de un modo nuevo la voluntad de Dios.
Habría que hablar mucho más sobre eso, pero no lo vamos a decir todo aquí, no sea que tenga que reprochárseme lo que le decían una vez a un sacerdote terminada la homilía: “Bueno, ahora sí dijo lo que sabía”. No. hay que tener una cierta moderación.
Hoy apenas queríamos hablar de cómo Dios no le da una patada a su criatura para hablar Él, sino le da una mano a su criatura y le enseña a esa misma criatura a acogerse, a aceptarse en su profundo ser. "Pero es que si todos fuéranos mejores y sobre todo, yo a estas alturas de la vida y con todas las edades que tengo, y si yo....".
Deje de alegar, usted está en proceso; "pero yo ya sé que no me cuezo en dos aguas, yo no, qué proceso ni qué proceso, ya será el proceso de la mortaja...". No, nada de eso, Dios tiene sus ollas de presión que uno no conoce, que logran ablandar también; esas carnes endurecidas Dios las logra ablandar también.
Él es poderoso, Él puede expresar su voz y su voluntad y su amor en nuestra historia.