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Fecha: 20091109

Título: Del sacrificio de Cristo en la cruz nace un arroyo de amor para la Iglesia

Original en audio: 21 min. 35 seg.


Sí, mis hermanos, es evidente que las lecturas de hoy nos invitan a mirar el misterio de la Iglesia.

La primera lectura, del libro del profeta Ezequiel, nos cuenta las obras maravillosas que realiza un arroyo extraño que sale del templo, un río que nace del altar del templo.

Por supuesto, el profeta en ese momento piensa en el templo de Jerusalén, pero en ese templo no había ningún rio que saliera, es como algo que está únicamente en la palabra del profeta, en su mente, probablemente en su deseo, un río que sale del altar, y es un rio interesante porque se va volviendo más y más grande, mucho más grande.

Y es un río que lleva la vida, y es un río que vence a la muerte, y es un río que alimenta, y es un río que sana, todas esas características tiene el río que nace del altar. Vamos a ver a qué podemos comparar ese rio, un río que crece, que sana, que alimenta, un río que da vida.

En la lectura del evangelio encontramos un cuadro muy diferente, otra vez está el templo de Jerusalén, pero la imagen que se nos muestra no es esa imagen serena y hermosa que nos ha presentado el profeta Ezequiel, más bien, la imagen del evangelio es la de una controversia, es un tiempo polémico, difícil, todos conocemos lo que sucedió: Jesús purifica el templo.

De ahí aprendemos que el templo de Jerusalén no va a ser el destinatario definitivo de las promesas de Dios, en cambio hay otro templo que es el Cuerpo mismo de Cristo.

Así como en el templo de Jerusalén se reunían los judíos para ofrecer sus sacrificios y alcanzar el favor de Dios, así nosotros nos unimos, estamos unidos al Cuerpo de Cristo y estamos unidos al sacrificio de Cristo; y así, en Cristo, somos agradables a Dios.

Y aquí vemos que ese nuevo templo, ese templo que es el Cuerpo de Cristo, ese sí que tiene el arroyo del que hablaba la primera lectura, no solamente porque del Cuerpo de Cristo salieron sangre y agua: cuando Cristo estaba en la cruz un soldado chuzó su pecho y al instante, según nos cuenta el Evangelista San Juan, al instante salieron sangre y agua.

Ahí se vio nacer, como materialmente, como físicamente, se vio nacer ese arroyo, pero por supuesto ese arroyo tiene un significado más profundo, no es solamente el agua que salió del Cuerpo de Cristo muerto en la cruz.

Por lo pronto observemos que Cristo en la cruz estaba ofreciendo el sacrificio, por eso decimos que Cristo en la cruz era a la vez Sacerdote, Víctima y Altar.

El profeta Ezequiel nos decía que del altar salía el arroyo y el altar es el mismo Cristo, Él es Sacerdote, Él es la Víctima y Él es el Altar, y de Él nace este arroyo, y vamos a ver si el arroyo que nace del sacrifico de Cristo es un arroyo que crece, y un arroyo que sana, y un arroyo que vence a la muerte, y un arroyo que alimenta.

El mismo evangelista San Juan nos dice, cuando Cristo completa el sacrificio, nos dice lo siguiente, no dice que Cristo murió, aunque por supuesto murió, pero lo dice de un modo más profundo, de un modo evocador, dice: “Cristo entregó el espíritu” San Juan 19,30.

La comunicación del Espíritu Santo, el regalo del Espíritu Santo es lo propio del sacrificio de Cristo, ese Espíritu fue el que consagró a Cristo, el que ungió a Cristo como Cordero que quita el pecado del mundo.

Cristo fue ungido para esa hora, para la hora de la cruz; Cristo recibió el Espíritu Santo no para sí mismo, porque siendo como era Dios, obviamente no necesitaba unción alguna, pero la humanidad santísima de Cristo sí la necesitaba, porque según nos explica Santo Tomás, la humanidad de Cristo fue el instrumento que, unido a la divinidad, ofreció el sacrificio por el que somos salvos.

Así que el Espíritu Santo ungió a Jesucristo, hizo posible y agradable el sacrificio de Cristo; y el sacrificio de Cristo quitó el obstáculo, quitó la barrera que separaba a Dios y el hombre.

El sacrificio de Cristo abrió el camino real entre Dios y el hombre; el sacrificio de Cristo abrió las puertas del paraíso no solamente para el ladrón arrepentido, sino para todos nosotros los que creemos en Cristo.

Así que, abierto el camino, un nuevo diluvio pudo caer sobre la tierra. Santa Catalina de Siena nos dice que Cristo era como un saco lleno del amor de Dios y que ese saco se rasgó, se rompió en el sacrificio de la Cruz y todo ese amor pudo derramarse sobre nosotros.

Así que ya sabemos cuál es el contenido, cuál es la característica del río que vio el profeta Ezequiel, ese rio no contiene otra cosa sino la abundancia del amor de Dios, que ahora que se ha ofrecido el sacrificio, puede derramarse profusamente sobre nosotros.

Ese rio no es otra cosa sino el diluvio del amor de Dios que ha podido caer sobre la tierra, gracias al acto generoso, gracias al sacrificio bendito de nuestro Salvador en la Cruz.

Ese es el río, y si quieres darle otro nombre a ese río, ese río se llama Pentecostés, ese río se llama donación del Espíritu, ese río se llama comunicación del amor divino, ese río tiene todas las características de lo que dijo Ezequiel: es un río que va creciendo, lo mismo que el fuego en paja seca.

A mí nunca se me olvida ese momento tan bello que tenemos en la Vigilia Pascual, vuelve con tu memoria, por favor, a la Semana Santa, hay una celebración que es la más importante de todas las que tenemos los cristianos: la Vigilia Pascual.

En la Vigilia Pascual lo que hacemos es asociarnos al sacrificio de Cristo precisamente, miramos el sacrificio de Cristo, pero no desde la tristeza de la vida que se pierde, sino desde la alegría de la vida que renace, porque en la Vigilia Pascual celebramos al Cristo resucitado.

Bueno, en la Vigilia Pascual hay un momento en que el sacerdote u otro ministro idóneo, entra con esa vela inmensa, con el cirio pascual, y en un momento dado esa vela es la única luz en la iglesia, porque toda la iglesia está oscura, sí te acuerdas de esa celebración, por supuesto, en la Semana Santa.

Pero una vez que el cirio pascual llega al centro de la iglesia, entonces la gente puede encender las velas, los cirios que han traído.

¿Y qué sucede entonces? Que cada uno va tomando la luz del cirio pascual, pero luego los que ya han encendido esa luz le pasan la luz a otras personas, y esos le pasan la luz a otras y otras personas y muy pronto, es una escena muy linda, muy pronto toda la iglesia se llena con la luz de la Pascua de Cristo. Es la misma imagen de ese río que va creciendo.

A medida que nosotros, hermanos, a medida que nosotros nos dejamos alcanzar por el amor de Jesucristo, a medida que nosotros nos dejamos alcanzar por el amor de su Espíritu Santo que brotó con abundancia en el sacrificio de la Cruz, a medida que nosotros nos dejamos alcanzar por ese amor y por ese Espíritu, también nosotros nos convertimos como en nuevos manantiales que damos amor a otras personas.

Y cuando ellas sean alcanzadas también por el amor de Dios y queden prendadas de la bondad y la mansedumbre de Cristo, esas personas también le van a pasar esa alegría y ese amor a otros y a otros y a otros; por eso, el río que nace del altar, es decir, el Espíritu Santo que nace por mérito del sacrificio de Cristo, va creciendo y creciendo y va haciéndose cada vez mayor.

Este río que vio el profeta Ezequiel cuando llegó al mar que llamamos el mar Muerto, lo cambió. Las aguas del mar Muerto mis hermanos, tienen ese nombre porque esas aguas no pueden albergar vida, hay una explicación física y química para ese fenómeno.

Sucede que el mar Muerto es alimentado fundamentalmente por el río Jordán. Todos los ríos, en su paso, van recogiendo sales minerales del camino por donde van pasando, y por eso el mar es salado.

La sal del mar no proviene del lecho marino, la sal que hay en el mar proviene de todo el camino que han hecho todos los ríos de todo el mundo en toda la historia, ese recorrido hace que las aguas van recogiendo miligramos de sal aquí y allá y esa sal llega hasta el mar y ahí se acumula.

¿Pero cuál es el problema del mar Muerto? Este mar no tiene desembocadura, el mar Muerto no tiene a dónde llevar sus aguas, las aguas del mar Muerto simplemente tienen que salir de ahí por evaporación.

Eso significa que en una región relativamente limitada, ha ido llegado agua con miligramos y miligramos de sal por siglos y siglos, de modo que se ha acumulado tantísima sal en ese mar que no hay ser vivo que aguante tanta sal y por eso el mar muerto es así, muerto.

Pero resulta que el profeta Ezequiel nos dice que el agua que salió del altar llegó hasta ese mar, el mar de las aguas saladas, el mar de las aguas salobres, y sucedió un milagro: el agua del altar limpió el agua del mar.

Por supuesto, desde el punto de vista de la química eso no puede suceder, si yo tengo agua salada y le echo otra agua, pues, queda menos salada; pero siempre queda difícil de beber, porque el agua que llega no le puede quitar la sal al agua que estaba.

Bueno, así suceden las cosas en el orden físico y químico; pero el profeta Ezequiel nos está hablando de otro orden, el profeta Ezequiel nos está contando lo que sucede en el corazón humano.

El corazón humano es como ese mar Muerto, porque el corazón humano no se quiere saciar nunca, el corazón humano quiere siempre recibir y recibir y no se llena nunca.

La gente que busca dinero nunca le parece que tiene bastante; la gente que quiere placeres nunca le parece que tiene bastante; la gente que quiere poder siempre quiere más y más y quieren durar y durar en el poder, porque así es el corazón humano, es como el mar Muerto, nunca se llena, pero de tanto recibir y llenarse de cosas, el corazón humano, lo mismo que el mar Muerto, se vuelve así, muerto.

El corazón humano no puede a veces albergar la vida, y por eso hay personas en las que se cumple lo que dice el libro del Apocalipsis: “Tienes nombre de vivo pero estás muerto” Apocalipsis 3,1.

Hay personas que en realidad son como cadáveres ambulantes, están muertos por dentro, se han muerto porque han pretendido llenarse de lo que jamás podrá llenarlos, como el mar Muerto han querido solamente recibir y recibir y recibir, y por eso su corazón se ha muerto, ellos son el mar Muerto.

Pero cuando el río que nace del altar, es decir, el amor que sale de la Cruz de Cristo llega hasta estos corazones, esa agua nueva, esa vida nueva del el Espíritu es capaz de cambiar esos corazones. Eso, que no lo puede realizar ni la física ni la química, eso sí lo puede hacer el Espíritu de Dios.

Ejemplo clarísimo lo tenemos, digamos en el capítulo 19 del evangelio de San Lucas, ahí se nos cuenta de un hombre que llamado Zaqueo, este hombre era un ricachón cobrador de impuestos, egoísta, codicioso como el que más, ladrón, había acumulado y acumulado cosas, su corazón era un pozo de egoísmo, su corazón estaba muerto.

Pero Jesús, con la potencia de su amor, llegó a la casa de Zaqueo y sabemos lo que sucedió: ese corazón que estaba tapado se destapó, Cristo destaponó el corazón de Zaqueo y Zaqueo fue capaz de empezar a dar.

Ya no es agua muerta, como el agua del mar Muerto, ahora es agua viva la que ha llegado al corazón de Zaqueo, y Jesús declaró: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa" San Lucas 19,9.

Así que el agua de Cristo, el agua de su amor, el agua de su Espíritu tiene el poder suficiente para cambiar el corazón humano, y también para sanarlo y también para alimentarlo. Todo se cumple en Cristo, todo se cumple en el cuerpo de Cristo.

Esta reflexión que nos propone la Iglesia, hermanos, es para que amemos más a Cristo, y sobre todo hoy en particular, para que amemos el Cuerpo de Cristo, para que amemos la Iglesia, que tiene su unidad en torno a aquella persona que es el que llamamos "Vicario de Cristo", ¿por qué lo llamamos así? Porque Cristo le dijo al Apóstol San Pedro: “Apacienta mis ovejas” San Juan 21,17.

Pedro y sus sucesores, que son, por supuesto, los Papas, Pedro ha tenido el encargo de congregar sobre esta tierra, reunir, apacentar, alimentar el rebaño, el cuerpo de Cristo, y ese ministerio del Papa, ese recoger el rebaño de Cristo, visiblemente se representa en la iglesia que tiene el Papa.

Todo obispo tiene una iglesia, esa iglesia, la del obispo se llama la catedral, porque es donde el obispo tiene su cátedra, donde el enseña.

La catedral del Obispo de Chiquinquirá es la catedral del Sagrado Corazón; la catedral del Arzobispo de Bogotá es la catedral primada, que queda en la plaza de Bolívar; la catedral del Obispo de Roma es San Juan de Letrán, la iglesia cuya consagración estamos recordando hoy.

Entonces hoy estamos recordando que el cuerpo de Cristo es el lugar donde se vive ese arrollo de amor, esa vida que Cristo ganó para nosotros en la cruz.

Y esa iglesia, que por supuesto no cabe en un solo templo, la celebramos de una manera simbólica en la iglesia del Papa, la iglesia del sucesor de Pedro, porque al Apóstol Pedro Cristo le encomendó: “Cuida mis ovejas” San Juan 21,17, "reúne, protege, apacienta el rebaño".

Amemos a la Iglesia, la Iglesia tienen sus heridas, la Iglesia tiene sus errores, tiene sus lacras, tiene sus enfermedades, pero la solución no es atacar a la enferma, la solución no es criticar a la que está enferma si la vemos enferma.

La solución es rogar, implorar a Cristo que ese manantial que sana, bañe a la Iglesia, para que la Iglesia se cure de todas sus llagas, resplandezca, como nos dice el Apocalipsis, “resplandezca como una novia bellísima” Apocalipsis 21,2, digna de ese novio hermoso que es Jesucristo, el que no celebró sus bodas en esta tierra, porque espera celebrarlas en el cielo.

Sigamos esta Eucaristía con la alegría de esta fiesta y con la alegría de tener también aquí en el altar el mismo sacrificio que nos otorga el arroyo de agua viva, el arroyo del amor de Dios.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.