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Fecha: 19970316

Título: Una catequesis sobre el misterio de la Cruz

Original en audio: 10 min. 8 seg.


Muy Queridos Hermanos:

El evangelio que acabamos de escuchar, lo podemos leer como una preciosa catequesis sobre el misterio de la Cruz de Cristo. Y esta catequesis es muy necesaria. Porque, sin ella, la cruz se puede convertir simplemente en un adorno que se lleva en el cuello.

O, puede convertirse en un gesto supersticioso que hacemos cuando queremos que nos vaya bien, o que hacemos cuando en la cancha de fútbol el balón finalmente logró entrar en la red. Por un impulso medio mágico, trazamos la señal de la Cruz, o trazan la señal de la Cruz algunos jugadores.

Nos llega muy a tiempo esta catequesis sobre la Cruz. Porque, como sabemos, ya está a las puertas la Semana Santa. Y en el centro de la Semana Santa será levantada la Cruz de Cristo, para que la miremos y admiremos, para que la amemos y obedezcamos.

A muchos de nosotros nos parece que la Cruz es simplemente un absurdo, o quizá vemos en ella sólo el resumen de los dolores que uno tiene y no quisiera tener. Como la persona que sufre un fracaso matrimonial y dice: "Pues, esta es mi cruz".

El evangelio de hoy, tomado de San Juan, capítulo doce, nos hace una preciosa enseñanza de lo que significa la Cruz. Y con la ayuda de Dios, yo quiero destacar algunos puntos de esa enseñanza, sobre todo, para que en la Semana Mayor, en la Semana Santa, podamos apreciar mejor qué es lo que Dios nos ofrece.

Dice Jesucristo: "Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado" San Juan 12,23 Primera enseñanza: de acuerdo con el evangelio de Juan, la Cruz es la gloria de Cristo. Cristo es glorificado, sobre todo, en la Cruz.

La cruz fue un suplicio que se inventaron los romanos para torturar ejemplarmente a criminales públicos, en especial, a los esclavos rebeldes. Es el resumen de las humillaciones que el pueblo romano quiso acumular en un sólo tormento, para que sirviera de castigo ejemplar, y para que nadie repitiera las faltas que veía precisamente en el crucificado.

Los romanos crucificaron a muchísima gente, principalmente, a esclavos rebeldes, como he dicho. Pues, bien, Cristo Crucificado participa también de esa humillación. Es ofendido, es desnudado, es lacerado, es puesto en el madero con un letrero encima.

Esa costumbre la tenían los romanos, para que en ese letrero se pudiera leer la causa por la que ese fulano había sido crucificado. Pero, en el caso de Cristo, el letrero que allí se lee, "Jesús Nazareno, Rey de los judíos", no es ninguna humillación, sino la proclamación de cómo Dios sí cumplió sus promesas, las que había hecho a David y a Abraham.

Además, es la manifestación del exquisito y poderoso perdón de Dios. Por eso, la Cruz de Cristo es la gloria de Cristo. Y todo cristiano debe poder decir con San Pablo: "Yo no me avergüenzo de la Cruz de Cristo" Carta a los Romanos 1,16.

Segundo punto; dice el evangelio: "Si el grano de trigo, al caer en tierra, no muere, queda infecundo. Pero, si muere, da mucho fruto" San Juan 12,24. La Cruz de Cristo es el momento de la siembra de un amor que dará una cosecha maravillosa.

Un grano de trigo es demasiado pequeño y se pierde en las manos. Pero, un trigal está a la vista de todos. La Cruz de Cristo fue como ese granito de trigo. Y todos nosotros que hemos nacido de su amor, somos la cosecha de esa gracia. Nosotros somos el fruto del trigal de ese granito.

Por tanto, cuando miramos a la Cruz, miramos como a la fuente y al origen de toda la vida divina en nosotros.

Dice Cristo: "El que se apega a la vida, la pierde. Pero, el que no se apega a ella en este mundo, se asegura una vida eterna" San Juan 12,25. De aquí sacamos nuestra tercera enseñanza: La Cruz de Cristo es la puerta para la vida perdurable, y es también la cátedra suprema.

Si Cristo es el Divino Maestro, el lugar donde nos dio la más preciosa enseñanza sobre lo que significa amar, vivir y morir, fue exactamente la Cruz. Amar es donarse así. Vivir es dar la vida y, "morir es vencer al maligno" San Juan 12,31, como nos dice también en este mismo texto.

La muerte de Cristo y la muerte del cristiano, es el testimonio de que el poder del pecado no es infinito. Es la certeza de que el poder del amor vence sobre el poder del egoísmo.

"El que quiera servirme, que me siga. Y donde yo esté, estará también el servidor" San Juan 12,26, dice Cristo. Y de aquí tomamos nuestra cuarta enseñanza: La Cruz es la señal del cristiano.

No existe cristianismo sin Cruz. No existe fe en Cristo sin el reconocimiento agradecido de que en ese patíbulo y en esa tortura, la vid dio su fruto. No existe cristianismo sin reconocer, que la Sangre de esa verdadera vid que es Cristo, se convirtió en vino de la Nueva Alianza.

"Ahora, mi alma está angustiada" San Juan 12,27, dice Jesús. "Le pido al Padre que me libre de esta hora. Pero, ¡si para esta hora vine al mundo! ¡Padre, glorifica tu Nombre!" San Juan 12,27-28.

De aquí sacamos nuestra quinta enseñanza: La Cruz es el lugar de la angustia y el dolor.

Y si hemos dicho que es el camino del cristiano, significa que nuestra fe no es una especie de seguro de vida para que no nos pasen desastres, calamidades, enfermedades. No es un amuleto, no es un talismán.

La Cruz de Cristo no es una cruz magnética de gran poder. Las cruces magnéticas, las cruces mágicas, hechas con aleaciones extrañas, las cruces a las que se les hace propaganda en las revisticas de los periódicos y en las revisticas de los quioscos, esas cruces utilizan abusivamente la Cruz de Cristo.

La Cruz de Cristo no es una cruz magnética que atraiga la buena fortuna. La Cruz de Cristo no trae la buena fortuna, sino trae la gracia.

Y la gracia no es economizar el dolor o la dificultad. Pero, sí es vencerlo desde un sentido nuevo, desde una generosidad nueva que trasciende a esta propia vida.

Finalmente, una sexta enseñanza. Dice Cristo: "Cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí" San Juan 12,32.

En la tragedia de Cristo, en el absurdo de Cristo, están a la vista nuestros propios absurdos, para que viéndolos vencidos en Él, ya no sean tortura, obstáculos, ya no sean barrera o fracaso en nuestra propia vida.

Por eso, cuando Cristo dijo: "Atraeré a todos hacia mí" San Juan 12,32, estaba dando respuesta a esa súplica que aquellos hombres le habían hecho al principio del texto que escuchamos: "Queremos ver a Jesús" San Juan 12,21.

El que quiera verle, levante sus ojos a la Cruz gloriosa, y reconozca ahí el manantial de gracia que ha traído vida a todos nosotros.