Bk04003a

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Fecha: 20030330

Título: No puedo olvidarme nunca que Jesucristo me esta esperando en el cielo

Original en audio: 31 min. 32 seg.


En la liturgia católica se habla a veces de tiempos litúrgicos fuertes: Cuaresma y Pascua; Adviento y Navidad, estos cuatro tiempos litúrgicos, así en parejas, son llamados tiempos fuertes, y de veras que la Palabra de Dios resuena con una fuerza particular, por ejemplo, en la Cuaresma.

¡Qué banquete de enseñanzas, qué cantidad de exhortaciones y qué dulces consuelos nos anuncian las lecturas que acabamos de oír! En las lecturas de hoy se reprende duramente el pecado, pero también se anuncia claramente la salvación.

En las lecturas de hoy se muestra con claridad, se muestra diáfanamente qué significa ofender a Dios; pero con mayor claridad se muestra qué significa que Dios está dispuesto a todo, realmente a todo, con tal de perdonarnos, con tal de redimirnos, con tal de rescatarnos.

Vayamos a la primera lectura, tomada del segundo Libro de las Crónicas. Yo sentía un escalofrío al escuchar esa proclamación de la Palabra, especialmente en esa frase que dice: “El Señor, Dios de sus padres, desde el principio, -desde el principio-, les envió avisos por medio de sus mensajeros" 2 Crónicas 36,15.

"Ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo, a tal punto, que ya no hubo remedio” 2 Crónicas 36,16.

Eso me impresiona mucho: "Dios mandó avisos, Dios mandó advertencias, pero se burlaron de las advertencias, se mofaron de los mensajeros y hubo un punto en el que ya no hubo remedio" 2 Crónicas 36,15-16.

Y esas palabras realmente son para infundirnos santo temor, pero quizá si somos pecadores no sólo recibiremos santo temor, sino incluso miedo. ¡Cuántos avisos nos ha mandado Dios, cuántas veces nos ha advertido sobre faltas que seguimos repitiendo!

¿Cómo no sentir temor ante eso que nos dice la Palabra de Dios? “Subió hasta un punto donde ya no hubo remedio” 2 Crónicas 36,15-16.

"Perdóname lo que he hecho y dame la fuerza para nunca más, nunca más pecar; quiero tomar en serio tu Palabra, Señor, me doy cuenta de que soy débil, me doy cuenta de que prometo y no cumplo, me doy cuenta de mi incoherencia".

"Ayúdame, Señor, que no se añada a la montaña de mis culpas, haber prometido y no haber cumplido; que no se añadan todas mis faltas, haberme burlado de ti, Señor; no es burla, no quiero burlarme de ti jamás, jamás".

"Lo que ha podido suceder en mi vida es por causa de debilidad, pero no es que yo quiera burlarme de ti".

Y en esa humildad de corazón sigamos escuchando lo que nos dice la Palabra. Fijate lo que dice al principio en esa primera lectura: “Todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades y mancharon la casa del Señor” 2 Crónicas 36,14.

Esto es muy interesante, porque de lo que se está hablando en esa primera lectura es del destierro.

Y cuando llegaron los caldeos por el año 587 a saquear a Jerusalén, a incendiar la Ciudad Santa, a realizar una matanza espantosa, a violar y abusar de tantas mujeres, a llevarse como motín de guerra a los desterrados, cuando llegaron los caldeos profanaron el templo, se robaron los vasos sagrados, se llevaron todo el oro, la plata y lo que pudieron encontrar de valor.

Pero analicemos bien la lectura. El templo, antes de ser profanado por el agresor, antes de ser manchado por el extranjero, había sido manchado por los mismos habitantes de Jerusalén, por el mismo pueblo de Dios; antes de ser manchado por los enemigos de Dios, había sido manchado por el pueblo de Dios.

Esto nos lleva a una consideración muy profunda, porque nos lleva a entender que jamás será manchada la casa de Dios por fuera, si primero no ha sido manchada por dentro. Es algo parecido a lo que nos dice Cristo en el evangelio: “No es lo de fuera lo que hace impuro al hombre, es lo que sale del corazón” San Mateo 15,20.

No fueron los caldeos los que destruyeron el templo, el templo primero se destruyó en el corazón de los judíos, primero ellos destruyeron el templo profánandolo, manchándolo con sus infidelidades y después vino lo de afuera. Cuando el templo está manchado por dentro, entonces está abierto para que los enemigos de fuera lo destruyan.

Cuando el templo está limpio y santo por dentro, entonces está tan bien robustecido, está fortalecido ante el ataque exterior, esto lo podemos aplicar a nuestro propio corazón, especialmente a virtudes como la sinceridad, la pureza y la paz.

Nadie nos puede quitar la paz desde fuera, si primero nosotros no hemos entregado la paz desde dentro; nada que tenga el mundo nos pueda arrebatar la pureza desde fuera, si nosotros no hemos entregado desde dentro.

Nada que tenga el mundo nos puede arrebatar la pureza desde fuera, si nosotros no hemos entregado desde dentro la llave de la pureza; nadie nos puede obligar a mentir y no hay engaño que tenga poder en nosotros, si nosotros por dentro no hemos manchado el templo con nuestras mentiras.

De manera que el primer destierro, la primera devastación no fue cuando Nabucodonosor cargó con los judíos, antes de que Nabucodonosor cargara con los judíos, los judíos se habían ido espiritualmente del lugar de la Alianza, porque le habían dado la espalda a Dios.

Esta es la segunda enseñanza que nos da esta lectura, la primera enseñanza es aquella que ya no hubo más remedio y lo que eso implica para nuestra conversión, la segunda es esta del templo.

De esa primera lectura podemos tomar una tercera enseñanza aún. ¡Qué profecía la de Jeremías, cuando la escuchaba sentía escalofrío! “Hasta que el país haya pagado sus sábados” 2 Crónicas 36,21.

Jeremías, ¡qué verbo te concedió Dios! ¿Qué quiere decir eso? El sábado fue la institución santa, que en el Antiguo Testamento prescribía que todos quedaran libres de la ley del trabajo para que no tuvieran corazón de esclavos, sino corazón de hijos ante Dios.

El sábado es una institución santa que libera el corazón para que no sea esclavo de lo que está haciendo, sino para que sea amigo de Dios. Antes de ser un trabajador para Dios, sea un amigo de Dios, y ya en el Nuevo Testamento diríamos más: “Un hijo de Dios”.

¿Pero qué pasaba en Israel? La gente no respetaba el sábado, trabajaban también el sábado, porque simple y llanamente trabajaban a todas horas, trabajaban siempre, se hacían esclavos de las cosas que creían que tenían, eran esclavos de su trabajo y las cosas de esta tierra los encadenaban de tal manera, de tal modo estaban dominados por los intereses de esta tierra, que no dejaban descansar la tierra.

Jeremías, lo mismo que otro profetas, predicó en contra de esa esclavitud: "Tú no puedes vivir esclavo de tu trabajo, de tus negocios; siempre hay negocios urgentes, siempre hay más dinero que ganar, siempre hay modos más perfectos de hacer los trabajos".

"Pero tú no puedes ser esclavo de eso; tú necesitas tiempo para el Señor, tiempo para oírlo, tiempo para celebrarlo, tiempo para celebrar la Alianza y sentirte libre, necesitas recordar a menudo que eres libre para que no se te entre corazón de esclavo".

Pero resulta que Jeremías y los demás profetas predicaban sobre estas cosas y nadie les prestaba atención, no tenían el corazón de libre, y por eso no dejaban descansar las máquinas, las pocas que tuvieran, y no dejaban descansar la tierra.

Entonces Jeremías un día les dijo: "Mira, tú tienes que trabajar siempre, porque tienes que trabajar siempre ¿cierto? Pues hay un día que te van a arrancar de la tierra y ese día la tierra va a descansar de ti".

Qué palabra tan dura: “Tu no dejas descansar la tierra”; estamos en un pueblo de agricultores ¿no? Tú no dejas descansar la tierra, no la puedes dejar descansar"; lo que le estaba diciendo era: "Tú eres esclavo de tu trabajo, tú no dejas descansar la tierra, pues el día que te saquen de aquí, esa tierra va a descansar".

Y decía Jeremías esa palabra que hemos oído ahí: "Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación hasta que se cumplan los setenta años" 2 Crónicas 36,21.

Y eso es muy cierto, muy cierto, el que vive de tal manera esclavo del trabajo un día dejará descansar, hoy ya no diríamos la tierra, un día dejarás descansar tu computador, un día dejarás descansar tu caja registradora, un día descansarán tu mostrador, un día descansarán tus parqueaderos, un día descansará lo que tú no dejas descansar, porque eres esclavo de lo que estás haciendo.

Y esta monición de Jeremías realmente nos invita, al mismo tiempo, a ser libres y a dedicar nuestra libertad a la gloria y al conocimiento del Señor.

¡Sé libre, sé libre, para que las cosas no se tengan que liberar de ti! ¡No aprietes, no te aferres de tal manera a las cosas, que haya que desterrarte, encarcelarte, enfermarte o matarte para que las sueltes!

¡Que palabra tan dura! ¡No te agarres tanto a las cosas que haya que enfermarte, matarte o desterrarte o encarcelarte para que las sueltes!

El segundo libro de los Macabeos, cuenta cómo algunos de los que salieron al combate dentro los judíos, una guerra de las varias que se cuentan en ese libro, algunos que salieron al combate, llevaban ídolos en la ropa, en los bolsillos, los tenían ahí aferrados, algunos de ellos murieron con esos ídolos apretados en las manos y tuvieron que morir para soltar los ídolos.

¿Que no tenga que venir la muerte para que tu sueltes tu ídolo, suéltalo antes de morir! ¡Suéltate! ¡Liberate! ¡Que no haya que liberarte desterrándote, enfermándote o matándote! ¡suéltalo! ¡Que no tenga que caer sobre ti la palabra de Jeremías, entonces tú no dejas descansar la tierra, pues después de que te lleven, esa tierra va a descansar!

¡Que dura la palabra de Jeremías! Una palabra que nos enseña qué significa ser verdaderamente libres, y de esta primera lectura no terminemos con ese sabor tan duro que le hace temblar a uno, porque uno piensa: “¡Dios mio, ojalá no tengas que utilizar ese lenguaje conmigo! Que no tengas que decir: "A este toca enfermarlo"".

Y es que Dios llega a eso, le hablaba Ignacio de Loyola y no le entendía, y le habla y no le entendía, entonces una herida "y te vas a la cama, y te quedas quieto, y entonces ahí sí entendiste"; ¿por qué seremos así los seres humanos? ¿Por qué tan tercos? ¿Por qué tan duros?

Pero Dios no quiere eso, Dios primero manda avisos, Dios primero manda mensajeros, Dios primero dice: “Primero por las buenas: ¡Suelta, suelta por favor, siente que eres libre, libérate, piensa en mí, déjate amar por favor!”

"Y por favor", ¡y nada!. "Bueno, ¡entonces toca llevarte en destierro, en destierro tal vez a otro país! No acabemos con ese sabor, pensemos que hay una esperanza, una bella esperanza que se anuncia al final de la primera lectura de hoy.

Resulta que los caldeos se consideraban los dueños del mundo y pudieron hacer cosas como eso, como desterrar a los judíos y despedazar a Jerusalén, pero no eran los dueños.

En medio de las tragedias, en medio dela desolación, en medio de las enfermedades, el Señor sigue siendo el Señor y Él no entrega su soberanía a nadie, Él sigue siendo el Señor, y es bien interesante cómo Dios se vale de las mismas codicias humanas para llevar adelante su plan.

La Biblia nos da una versión piadosa de cómo fue la liberación del destierro. Resulta que Ciro, rey de otro reino que estaba surgiendo con fuerza detrás de los caldeos, como pisando los talones a los caldeos, Ciro, rey de Persia, dice estas palabras según la Biblia: “El Señor me ha dado todos los reinos y me ha encargado que le haga una casa” 2 Crónicas 26,23.

Es una versión bastante generosa con Ciro, en otras partes de la Biblia se habla del mismo Ciro, y Ciro no era tan piadoso, ni tenía esas palabras; por allá dice uno de los profetas, refiriéndose a Ciro: “Deje ese orgullo, usted sólo es un instrumento de Dios, ¿acaso el bastón se enorgullece con el que lo maneja?" Isaías 10,7.

"Usted es sólo un instrumento, Ciro, y eso es bello, en medio de las codicias, en medio de los intereses humanos, Dios sigue siendo Dios y se sigue valiéndose de todas esas cosas para llevar adelante su plan".

“¿Quién de entre vosotros pertenezca a ese pueblo? Sea su Dios con él y suba” 2 Crónicas 36,23. Y piensa uno lo que significa eso, el castigo que cesa, la desolación que se acaba, el destierro que termina.

Esto es algo que conmueve mucho, porque nuestra vida también tiene momentos de destierro y nuestra vida también tiene momentos de desolación, y Dios se valdrá de cosas insospechadas y de personas insospechadas, que muchas veces no sabrán que son instrumentos de Dios, Dios se valdrá de esas personas para enviarnos un mensaje como este.

Un día Dios nos mandará un mensaje, mira, como dijo Isaías en el capitulo cuarenta: "Ahora ya consuelen a mi pueblo, díganle que he sufrido doble castigo por sus pecados" Isaías 40,1, eso fue lo que dijo Ciro ¿no?

"Sea su Dios con él y suba" 2 Crónicas 36,23, y de ahí viene aquel salmo: “¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor!” Salmo 122,1.

El tiempo de desolación va a terminar, Dios no es un Dios infinito en su cólera, es un Dios infinito en su amor y Dios, que trae tiempos difíciles y trae destierros, es el Dios que incluso a través de los mismos intereses humanos, sabe abrir puertas para decirnos como dijo Isaías: “Mira, se acabó el tiempo de tu castigo, se acabó el tiempo de la prueba quédate en paz” Isaías 40,1

Y si a uno le parece extraordinario que esto suceda, pensemos en lo que nos dice el evangelio de hoy, es todavía más grande, porque el castigo no tienes que sufrirlo tú.

La noticia es todavía mejor, la noticia no es: “Ya te castigué lo suficiente, ya te puedo levantar el castigo”, que ya era una noticia grande, la noticia es mejor, la noticia es: “Ya hubo uno que pagó el castigo por ti”"

Me acuerdo de un señor que contaba su testimonio, no se cuántas veces lo había contado; pero casi siempre lloraba al contarlo y me hizo llorar también un poco, este hombre cuenta lo lejos que estuvo de Dios, cómo le dio la espalda al Señor, al parecer, cómo se burló de Dios.

Pero el Espíritu Santo obró poderosamente en él y a través de unas predicaciones él tomó una decisión que parecía imposible, absolutamente improbable, confesarse, y fue a confesarse después de treinta o cuarenta años, después de una vida muy perdida, después de treinta o cuarenta años de servirle a Satanás, después de treinta o cuarenta años de servirle al pecado.

Este hombre se acerca a confesarse y a medida que va hablando se empieza a dar cuenta de cómo había maltratado a Dios, de cómo Dios no se merecía eso, empieza a darse cuenta de cuánto lo había amado Dios y que mal había correspondido él.

Y cuando termina su confesión, pues él se acordaba que la confesión tenía una penitencia y entonces él pregunta que cuál era la penitencia y el sacerdote le dice: “Su precio ya fue pagado, basta con que dé las gracias”.

Y este hombre, que a medida que iba diciendo sus barbaridades, iba sintiendo: "Yo jamás le podré pagar a Dios, jamás podré reponer todo lo que yo he hecho mal, jamás", y seguía diciendo sus pecados y seguía diciendo: “jamás podré reponer lo que he hecho”.

Y le dice el sacerdote: “Su cuenta está en ceros, usted no debe nada, ya fue pagada, dedíquese a dar gracias”, y dice él como enfrentándose con la noticia, que el amor todavía era mejor, enfrentado con la noticia de que Dios lo amaba más de lo que el pensaba.

Pues se pone a llorar y le dio tanto dolor, pero al mismo tiempo tanta alegría haber ofendido a un Dios tan bueno, como dice la oración, y en cierto modo se dedicó después a eso, a predicar, a contar su historia, a decirle a todo el mundo que tenemos un Dios mejor de lo que pensábamos, porque eso es lo que nos ha dicho el evangelio, ese es el evangelio de hoy.

"Dios no mandó su Hijo al mundo para que condenara al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él no será condenado" San Juan 3,17-18

¡Que palabras tan grandes, tan grandes! Si ya lo de Isaías nos hacía llorar de gozo: "Consolar a mi pueblo, decidle que ya pagó doble culpa, ya pagó doble castigo por sus culpas" Isaías 40,1.

"Hoy, por fin se acabó mi castigo"; Pues ahora es mejor todavía, mira, es que por ahí resultó uno que dijo que quería recibir el castigo que tenía que tocarte a ti, resultó uno que dijo que te amaba tanto que prefería sufrir Él y dejó esto escrito, que se te perdonará todo, se llama Jesús.

Y por eso dice uno que no hay noticia tan grande como la noticia de la gracia, no hay noticia tan grande como la noticia del amor, no hay noticia tan grande como la noticia del Señor.

Pidamos al Señor como dice el salmo, pidamos al Señor que nunca se nos olvide Jerusalén, así estemos en el lugar más triste, en el lugar más solo, así estemos en el lugar más confuso o más deprimente, así nos pongan encima la bota los caldeos, aunque eso suceda, no nos podemos olvidar de Jerusalén.

Y decir; "Aunque pobre, aunque sucio, aunque enfermo, aunque caído, yo soy de la raza de Dios y mi ciudadanía está en Jerusalén y no me puedo olvidar de Jerusalén, alguien me espera en Jerusalén".

Uno de los terribles dolores del destierro es que destruye la familias, pues bien, nosotros que somos desterrados, en cierto sentido y tenemos que considerarnos desterrados mientras no lleguemos al cielo, nosotros tenemos que decir: “Alguien me espera en Jerusalén”.

Decía por eso uno de los Santos Padres, tal vez San Bernardo: "Los santos anhelan nuestra compañía y nosotros tan distraídos".

"Alguien me espera en Jerusalén, alguien allá en el cielo está esperando que yo llegue para abrazarme y besarme, todos los ángeles, todos los santos, pero sobre todo Jesús. No me puedo olvidar de Jerusalén, porque Jerusalén, la verdadera, la del cielo, allá está Jesús que me está esperando, Él lo dijo ¿no? “Me Voy a prepararles un lugar” San Juan 14,2.

"Allá me está esperando; y aunque pase por lugares terribles y aunque pase por cañadas oscuras, seguramente por culpa mía, aunque pase por cañadas oscuras, yo se que Él me espera en Jerusalén, yo se que Él me aguarda allá y que por su bondad y por el precio infinito que pagó por mí, por esa Sangre Santísima, yo sé que allá nos vamos a encontrar".

Entonces me va a mirar y va a estar feliz de que yo esté ahí y cuando extienda sus brazos para abrazarme, voy a mirar en sus manos las Llagas, precio de mi salvación, yo voy besar esas Llagas y le voy a decir: ¡Gracias, gracias, gracias, cuánto me amaste!"

Y El me repetirá la frase de hoy: “Sí, mi niño, porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único” San Juan 3,16. 2 Crónicas 36,23