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Fecha: 20020329

Título: Jesucristo frente a los poderes de este mundo

Original en audio: 36 min. 3 seg.


En estas lecturas hemos visto a Nuestro Señor Jesucristo cerca de la gente importante de aquel tiempo. Jesús no estuvo cerca de los importantes, -podemos decir-, por lo menos de los que son tenidos por importantes a los ojos del mundo.

Los relatos del evangelio nos presentan a Cristo más bien rodeado de la gente que no cuenta, del pueblo más pobre, humilde y enfermo. Los que solían estar cerca de Cristo, eran los leprosos, las prostitutas, los publicanos, la basura de aquel tiempo.

En el momento de su Pasión, sin embargo, Jesús está cerca de gente muy importante a los ojos del mundo. Se trata, ni más ni menos, que del sumo sacerdote de los judíos, y se trata del procurador romano. Si atendemos al evangelio de Lucas que se proclama en otro año distinto, pues también del rey Herodes.

Y por eso, hoy quiero compartirles una meditación sobre ese encuentro de Jesús, que es el Rey, que es Nuestro Rey, que es el Señor de los Señores. Cuando se encuentra a Jesús, que es el Señor de los Señores, con los señores de este mundo, con la gente importante de este mundo, ¿qué pasa? Esa es la pregunta que nos hacemos hoy.

Y el evangelio según San Juan nos ayuda a responder esa pregunta. ¿Cómo es Jesús frente a los poderes de este mundo? Y la respuesta que vamos a encontrar, es que Jesús no toma una actitud, ni de miedo, ni de adulación, ni de negociación. Lo que Jesús hace frente a los poderes de este mundo, es lo mismo que ha hecho siempre, y eso es evangelizar.

Vamos a mirarlo en los textos mismos que hemos escuchado, porque este ejemplo de Jesucristo nos enseña la grandeza de su Ministerio, la grandeza de su Corazón, la grandeza de su Palabra, y amigos míos, hoy más que nunca, hay que enamorarse de la grandeza de Jesucristo, para no dejar que ningún ídolo se adueñe de nuestro corazón.

La Primera Carta de Juan, que tiene tanta poesía, que tiene tanta elocuencia, de un modo casi brusco, nada poético, termina diciendo: "Hijos, cuidado con los ídolos" (véase 1 San Juan 5,21). Pues siguiendo esa advertencia, amemos la grandeza de Jesucristo, y seremos libres de toda idolatría.

Jesús está cerca de la máxima autoridad judía y cerca de la máxima autoridad romana en aquella región. Pilato representaba al gran rey de ese tiempo, rey político, rey económico, que se consideraba señor de vidas y haciendas. Aún más, se consideraba prácticamente un dios. Porque los emperadores romanos, llamados los Césares, se consideraban dioses.

Pilato es como el representante de ese dios que vive en Roma, y mientras tanto, el sumo sacerdote, que era Caifás, es representante de ese Dios que habló por medio de Moisés, el Dios de la Ley. Jesucristo es representante, es presencia y sacramento del Dios que es Padre.

¿Qué va a pasar cuando se encuentren estos tres hombres, cada uno a su manera representando la divinidad? Eso es lo que nos va a ayudar a resolver el evangelio de Juan.

Nos dice el Evangelista: "Apresaron a Jesús y lo llevaron ante Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año" (véase San Juan 18,12-13). Anás era el suegro de Caifás; propiamente el sumo sacerdote era Caifás. Pero Anás había sido sumo sacerdote.

Para los que son expertos en la Biblia, habrán notado que ahí hay un error. Efectivamente, el sumo sacerdote era un cargo vitalicio. Se supone que se era sumo sacerdote para toda la vida. Pero no es error del Evangelista. Es un error de la gente de esa época, que conscientes de todo el poderío que tenía el sumo sacerdote, porque era el gran negociador frente al Imperio Romano, entonces habían hecho del sumo sacerdocio un cargo que se rotaban entre varias familias.

Y para que el poder no saliera de esas pocas familias, hacían lo que se suele hacer, casarse entre ellos. Esta es la razón por la que Anás y Caifás estaban emparentados. Anás era un poco mayor, y ya había sido sumo sacerdote. Caifás era sumo sacerdote ese año, pero el verdadero poder detrás del trono, el que seguía tejiendo los hilos de la política y moviendo como títeres a los demás, es Anás.

Y Anás siente que le ha llegado su hora; siente que es el momento de tomarle cuentas a ese revoltoso, a ese hombre que anda por ahí alborotando gente y poniendo en peligro todo el edificio religioso, que ellos con tanta diplomacia y política han logrado levantar.

Anás siente que ha llegado su turno, y por tanto, empieza a preguntarle, acribilla a preguntas a Jesucristo. Interrogó a Jesús acerca de los discípulos y la doctrina. Esperaba Anás, que conocía todos esos intríngulis de la Ley y todos esos detalles de la Ley de Moisés, que iba a coger a preguntas a Jesús y lo iba a dejar convicto, culpable frente a los demás miembros del Sanedrín.

Pero la respuesta de Jesucristo, que no tiene una gota de adulador ni de miedoso, es clara: "He hablado abiertamente al mundo. He enseñado en la Sinagoga y en el Templo. No he dicho nada a escondidas. Pregunta a mis seguidores" (véase San Juan 18,20-21), es la respuesta que le da Jesucristo.

"Pregunta a mis seguidores" (véase San Juan 18,21). Mientras que Anás, en ese diálogo con Jesucristo, toma el papel de la autoridad, tanta autoridad que uno de los suyos le da una bofetada a Cristo, autoridad por el poder, autoridad por la fuerza, Jesucristo toma el poder de la autoridad por la enseñanza.

Jesús está tan convencido del poder de su enseñanza, que puede decirle a Anás: "Véte donde mis discípulos" (véase San Juan 18,21). ¡Qué maravilloso Maestro es Éste, que está convencido que sus discípulos pueden dar razón de Él!

Jesús mismo había dicho en una ocasión: "Cuando un discípulo termine su formación, será como su Maestro" (véase San Lucas 6,40). Y Jesús está convencido, que de tal manera, con tal poder, con tal unción, ha llegado a los corazones de los discípulos, que ellos pueden dar razón de quién es Él.

De modo que si Anás va con las herramientas de su interpretación de la Ley de Moisés, o va con las herramientas del poder de la fuerza bruta, Jesucristo va por dentro con la convicción del que es verdadero Maestro y que sabe, que su unción, su enseñanza ungida, ha llegado hasta el fondo de los discípulos.

Anás es la representación de la fuerza, esa pezuña, esa garra que está puesta sobre el cuello de Israel, y que mantiene así, sojuzgado al pueblo: terrorismo de estado, podríamos llamar eso.

Jesucristo, en cambio, es la manifestación de Aquel que tiene los corazones, de Aquel que llega a lo profundo de las conciencias, de Aquel que es Rey y Señor de las almas.

"Tú tienes autoridad, Anás, porque tienes espada, porque tienes una lengua aduladora, porque tienes capacidad de tejer hilos políticos. Yo tengo autoridad", -dice Cristo-, "porque tengo los corazones, porque tengo la Palabra, porque tengo la unción". Ese es el enfrentamiento entre Anás y Jesucristo: "Pregunta a mis discípulos" (véase San Juan 18,21).

Pero hay algo más sutil aquí. ¿Anás hubiera podido decir lo mismo? ¿Podría haber dicho Anás: "Pregunta a mis discípulos" (véase San Juan 18,21)? Claro que no. Porque el que es intrigante y el que sólo sabe tejer con los hilos de la política y de esa diplomacia de salón, ése no sólo es mentiroso, sino que cría mentirosos.

El que se hace con el poder a base de astucia, de pezuña, de garra y de fuerza, ése no puede decir: "Pregúntale a mis discípulos" (véase San Juan 18,21), porque los discípulos no van a estar de acuerdo con lo que les manda Anás.