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El poder y la misericordia de Dios.
Tiempo real en audio: 11 min. 55 seg.
Fecha: 19951104
Queridos hermanos.
Las lecturas del día de hoy unen dos palabras, dos palabras que en nuestro mundo, en nuestra sociedad parecen opuestas, contradictorias, incompatibles, son ellas: Poder y misericordia.
Nosotros asociamos el poder con aquellos que tienen dominio, con aquellos que tiene autoridad, gobierno; y asociamos la palabra misericordia con los términos: compasión, ternura, debilidad.
Poder, puede tener el que tiene armas; misericordia puede tener el que está desarmado, poder puede tener el hombre que se hace sentir en su casa porque él es el hombre de la casa. Misericordia se supone que tendría que tener la mujer porque es más compasiva, porque es mamá, incluso de habla del sexo débil, como si nosotros los hombre fuéramos el sexo fuerte al que le corresponde le poder, mientras que a las mujeres les corresponde la compasión.
Desde luego que los estudios sicológicos desautorizan ese modo de hablar; En muchísimos aspectos resultan más fuertes, más tenaces, más constantes las mujeres, y los hombres resultan mucho más débiles y mucho más necesitados de misericordia. Pero creo ya que con estos ejemplos, se comprende como estas dos palabras parecen irreconciliables en nuestra sociedad y en el mundo cual y como lo conocemos.
Pero resulta que el libro de la Sabiduría (véase Sabiduría 11.22-12.1) nos ha dicho en el día de hoy: “Señor, tú te compadeces de todos porque todo lo puedes”, de manera que perece que Dios tiene la plenitud del poder – hasta ahí sabíamos, y eso suena como lógico- pero que esa plenitud del poder es lo que hace precisamente que ese poder sea misericordioso y ahí es donde uno no entiende.
Creo que un ejemplo resulta útil, voy a recordar mi época en la universidad Nacional: tuve una dificultad académica, porque resulta que en mi recibo de matrícula parecía que no tenía que pagar una determinada cuenta, de los varios rubros que vienen estipulados en esos recibos, había una cierta cifra que yo no debía pagar; pero el papel que decía que yo no debía pagar eso no me había llegado a las manos, cuando ya se estaba venciendo la fecha última de matrículas.
De manera que la misma Universidad me exoneraba de pagar ciertos derechos, pero no me daba a tiempo el papel y ya llegaba el último día para pasar ése papel a la Secretaría Académica; voy yo, con mi pequeña angustia a la oficina de Secretaría Académica, para exponer mi caso y yo le decía la señor que atendía ahí, que desde luego estaba muy atareado con la cantidad de gente, yo le decía: “Mire mi recibo debe estar por salir, no sé que haya sucedido, pero no lo tengo en éste momento y sé también que hoy es el último día de matrícula y que como ya estas son fechas extemporáneas, por lo visto me voy a quedar sin estudiar”.
El hombre sin parpadear mi miró de arriba abajo y dijo: “ Pues entonces no se puede matricular”, uno siente por dentro como una especie de contrariedad, disgusto, ira; pero se contiene y trata de explicarle al caballero que no es culpa de uno, que puede preguntar al departamento de un lado y de otro, que no me ha salido ese papel, y eso no es culpa mía, simplemente no me puedo matricular, incluso es un favor que la Universidad me hace: “no señor no se puede hacer nada, por favor dé permiso que hay hucha gente”.
Entonces uno haciendo un último esfuerzo, le dice, en éste caso le dije: “Perdone caballero, con quién pudiera yo hablar sobre mi situación, ante quién puedo apelar”, “ante mí y yo no le dejo”. Esto es lo que llamamos el despotismo de los mandos medios, me fui entonces con el resto de mis papeles a la Decanatura, a un mando evidentemente superior que al del secretario, pedí cita, el decano o el que hubiera le plantee el caso, sonrío compasivo, precisamente compasivo de ver la angustia del muchacho, y me dijo:” No hay ningún problema, en cuanto le salgo ese recibo viene y habla personalmente conmigo, se entiende directamente conmigo y yo paso esto por la otra vía –ustedes saben que todas las oficinas tienen dos vías: la de abajo que es la cola y la de arriba que es la del jefe-, entonces me dijo, no se preocupe, yo paso esto por la otra vía y lo suyo no tiene inconveniente alguno”.
Y así fue y de hecho pude seguir estudiando sin ningún incoveniente. Yo creo que el contraste entre estas dos actitudes nos enseña mucho; es evidente que tenía mucho más poder ése superior académico, que creo era el decano, es evidente que él tenía muchísimo más poder y él sabía y él podía entender que era lo que estaba sucediendo.
El otro hombre tiene poquito poder, pero precisamente porque es poquito trata de hacerlo sentir, manoteando, gritando y poniéndose intransigente. Así nos pasa a nosotros los seres humanos, como nosotros tenemos poquito poder, gritamos mucho y levantamos la voz y nos empinamos; como el niño malcriado y consentido cuando no logra de la mamá lo que quisiera; entonces grita y se empina para que la mamá lo tome en cuenta.
Así somos nosotros los seres humanos, porque tenemos poquito poder, porque podemos poco, por eso tratamos de hacernos sentir. De manera que el hombre que llega a su casa gritando, vociferando, insultando, golpeando, ése es el que tiene menos autoridad, ése es el que tiene autoridad ante la esposa, y porque no tiene poder y porque tiene poca autoridad, muy poquita respetabilidad, por eso tiene que hacerse sentir a gritos.
Cuando el esposo se sabe respetado, se sabe amado y se sabe entendido, no tiene que acudir a esos recursos; y cuantas estrategias nos buscamos nosotros para hacernos sentir, cada una de esas estrategias es una prueba de que nos falta la autoridad o quizás el poder que nosotros quisiéramos.
Distinto es el caso de nuestro Dios, Dios tiene todo el poder, Él es realmente OMNIPOTENTE, todo poderoso y precisamente porque lo puede todo, Dios no tiene porque estar bramando ni tiene porque estar gritando, porque Él tiene el poder de todos, porque no hay quien escape de su mano, y precisamente por eso Él, lo mismo que el decano de mi historia, y muchísimo más, infinitamente más, Él puede compadecerse de cada caso.
En momentos como los que vive nuestra patria, nosotros que tenemos muchísimo poder, podemos caer en la tentación de levantar los puños al cielo y decirle: “Dios, manda un rayo que quiebre por la mitad a todos los inicuos, a todos los malvados”; y de pronto alguien podría decir, sí, padre eso es lo único que se merecen esos desgraciados porque han hecho y deshecho.
Con esas actitudes solo mostramos que poco conocemos del poder de Dios, Él que todo lo puede sabe compadecerse de todos y esta es la historia de este evangelio. Zaqueo –un explotador- porque los recaudadores de impuestos en tiempos de Jesús, eran unos explotadores, ellos no tenían más sueldo que lo que lograban exprimirle a la pobre gente. Pues bien, Zaqueo, jefe de recaudador de impuestos –¡cuántas maldiciones tenía en la cabeza, cuántas maldiciones le habían echado encima los pobres de su tiempo¡-, ninguna de esas maldiciones había logrado convertir a Zaqueo, porque todas esas maldiciones querían un dios que a base de rezos, palo y mazo, cambiara la historia.
Llega Jesús, el humilde Jesús y dejándose invitar a la casa de Zaqueo, y mostrando dos gotas de misericordia ha logrado lo que no lograban todas esas maldiciones. Dios sabe entrar a nuestras vidas por la puerta en la que somos blandos, por la puerta de nuestra debilidad, por ahí sabe Él entrar y hace maravillas.
Por eso la segunda carta a los Tesalonicenses nos ha dicho: “No se dejen asustar por mensajes o supuestas revelaciones, de que el mundo se va a acabar de que esta a las puertas”, desde luego que hay que convertirse y convertirse pronto porque Jesús está pasando por nuestras calles, pero no es asunto de asustarse ni de traer el imperio del terror, del terror religioso en este caso, es asunto de dejarnos ganar por la piedad, de dejarnos convencer por el amor, de que el argumento de la Sangre de Cristo triunfe sobre nosotros.
Así sea para gloria del Padre. Amén.