I301001a
Fecha: 20011009
Título: Cristo nos devuelve los derechos de Cielo
Original en audio: 22 min. 32 seg.
Jesús se puso de parte de la enferma, de parte de la enfermita. Eso es muy tierno, muy bello, y le da a uno mucha esperanza. Jesús tuvo que defender a esta mujer, y la defendió. El enemigo malo, Satanás, la oprimía, pero Jesús la defendió.
Los poderosos de la sinagoga salían con unas historias extrañas de que sí sábado, de que no sábado, y Jesús defendió a la mujer. Por encima del poder del diablo, y por encima de las intrigas y las trampas de los hombres, Jesús defendió a la mujer. La defendió, la curó, salió por ella, se puso delante.
Esto nos da a nosotros mucha esperanza. Porque nosotros creemos, que si Jesús salió a defender a esa mujer, a defenderla del demonio, a defenderla de la enfermedad, y a defenderla de la gente, fue porque Jesús amó a esa mujer con un amor de compasión, con un amor afectivo, y con un amor efectivo.
El amor de Cristo es afectivo, porque se compadece, pero es efectivo, porque libera. Y esas son las dos caras del amor, que nosotros necesitamos.
Nosotros necesitamos amor afectivo, necesitamos ser comprendidos, muchas veces en nuestra debilidad, en nuestros fracasos, en nuestras enfermedades. Necesitamos amor afectivo, pero también necesitamos amor efectivo: alguien que tenga poder para defendernos de nuestros enemigos. Y eso es precisamente lo que ha mostrado Cristo aquí, que tiene amor efectivo, capaz de liberar, lo que nos da muchísima esperanza a nosotros.
Estaba Jesús enseñando en una sinagoga; había ahí una mujer. La mujer encorvada podía oír, y seguramente no podía ver, por lo menos cómodamente a Jesús. Pero Jesús sí podía verla a ella. Ella podía oír a Jesús. El evangelio no nos dice de ninguna súplica de ella: fue la mirada de Jesús, el poder de la mirada de Jesús; todo está en los ojos de Jesús.
Estaba encorvada, y no podía enderezarse. Al verla, el poder está en eso, en los ojos de Jesús. Esto es muy grande para nosotros, y esto nos da muchísimo consuelo, y muchísima esperanza a nosotros, porque el poder está en los ojos de Jesús.
Esta mujer seguramente no podía ni siquiera ver a Jesús, y el texto no habla de ninguna oración o súplica que ella hubiera hecho. Simplemente estaba ahí, con el peso de su enfermedad, con el peso de la opresión de Satanás, y con el peso de las intrigas de la gente.
Ahí estaba ella encorvada; y estaba encorvada, porque tenía encima un peso terrible: el peso de la acción de Satanás,el peso de la enfermedad, y el peso de la gente. Porque a veces se cumple aquello que dice el refrán, "al caído caerle".
Ella estaba encorvada, porque tenía mucho peso encima. Ella no vio a Jesús, tal vez, no sabemos. Pero lo importante es que Jesús sí la vio a ella.
Y eso es lo fundamental: todo está en la mirada de Jesús, todo está en los ojos de Jesús. Ahí, donde Jesús fija su mirada, ahí fija su Corazón. Y ahí, donde Jesús fija su Corazón, fija su compasión. Y donde Jesús fija su compasión, trae libertad, trae sanación, trae transformación, trae nueva creación.
Todo está en los ojos de Jesús. La mujer no hizo nada. Al verla, Jesús la llamó. No aparece ni una sóla palabra de ella en este texto. Jesús la llamó, ella fue, le dijo: "Mujer, quedas libre de tu enfermedad" ( véase San Lucas 13, 12). Démonos cuenta del derroche de valor de Cristo, valor que nace del tamaño amor que tiene por nosotros.
Permítanme hermanos que les recuerde, que en las sinagogas, los hombres y las mujeres tienen, por lo menos tenían en esa época, lugares separados. La sinagoga era propiamente para los hombres; eran los hombres los que tenían espacio en la sinagoga, y había una especie de balcón, que en algunos sitios parecía un gallinerito, y ese era el lugar donde se apiñaban las mujeres si querían oír. Pero no podían intervenir, ni leer la Palabra, ni mucho menos predicar.
Jesús rompe con esas reglas, obra con una libertad soberana, está por encima de todo eso, y la fuerza de su amor provoca esta situación. La llama: "Mujer, quedas libre de tu enfermedad" ( véase San Lucas 13,12 ).
Hubiera podido liberarla solamente con la voz, pero quiso acercarla. Eso era un escándalo, por lo menos una cosa demasiado extraña en una sinagoga, donde hombres y mujeres siempre estaban separados. Jesús le impone las manos a ella, Jesús rompe toda barrera, Jesús trasciende, Jesús vence las fronteras, Jesús vence las dificultades.
Miremos cuántas cosas podían separar a Jesús de esta mujer: La mujer endemoniada, Jesús Santo; la mujer enferma, Jesús sano. Pero Jesús toca a la mujer. Recordemos cuántas veces en la Torá, en el Pentateuco, se advierte de no tocar a los enfermos; pero Jesús va más allá de la enfermedad. Las costumbres de la época dicen: "Mujeres a un lado, hombres a otro". Jesús le impone las manos, va más allá de las costumbres humanas, de las tradiciones humanas.
¡Cuántas cosas los separaban! El hecho mismo de tocarla: En esta cultura, hombres y mujeres jamás se tocan en público, jamás. Puede parecernos a nosotros extremista eso, pero tal vez nosotros estamos en el otro extremo: aquí la gente se toca demasiado. Allá nada, y aquí de pronto demasiado. Allá no se toca la gente en público prácticamente.
Pues Jesús está más allá de las costumbres sociales, de las tradiciones humanas, de la enfermedad, más allá de todo. Jesús toca a la mujer. Es tan bonito pensar que esta mujer estaba encorvada; es decir, era como la imagen de alguien que está sobrecargado, y Cristo pone su mano ahí, pero no para cargarla más, sino para quitarle la carga.
Y esto tiene un significado alegórico y místico, que quiero compartir con ustedes. Cuando nosotros nos acercamos a Jesús, Jesús nos dice cuáles son las reglas del juego, y nosotros sentimos que esa es otra carga más. Pero la carga de Jesús es como las manos de Jesús con esta mujer. La mujer está encorvada, y Jesús le pone la mano encima; pero no le pone la mano encima para cargarla más, sino para liberarla.
Cuando nosotros estamos viviendo mal, y nos acercamos a Jesús, sentimos que Jesús nos va a poner la mano encima, nos va a recargar. Y Jesús nos pone la mano encima, pero no para recargarnos, sino para liberarnos.