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Fecha: 19961017

Título: Que la sangre de Cristo renueve en nosotros el bautismo.

Original en audio: 11min 14seg




Como se puede ver, las palabras de Jesús tienen pronto cumplimiento en el evangelio que acabamos de escuchar. Dice Jesús que a esa generación se le habría de pedir cuenta de toda la sangre de los profetas desde la de Abel a la de Zacarías. Y efectivamente, terminada la diatriba, empiezan a acosarlo con preguntas capciosas para acogerlo con sus propias palabras, es decir, para llevar a cumplimiento precisamente, lo que el mismo Señor les acababa de decir.


Tres reflexiones podemos hacernos sobre este encuentro, esta disputa entre Jesús y los fariseos y juristas. En primer lugar, esa expresión que dice el Señor, "a esta generación se le pedirá cuentas de la sangre de los profetas" (veáse Lucas 11, 49-50) hace que la sangre de Jesús derramada injustamente como la de Abel, derramada violentamente como la sangre de Zacarías, sea una sangre más, un manchón más en la historia de la humanidad.


El dolor de Cristo es uno más de los dolores, es uno más de los crímenes que ensangrientan las manos de la humanidad. La sangre de Jesucristo es una más de las injusticias y de los dolores que cuenta la historia de la humanidad. Pero esa sangre no es indiferente a los ojos de Dios, esa sangre está escrita en alguna parte, esa sangre como dice aquel texto de Abel, grita y clama y Dios escucha el clamor de esa sangre injusta. Si no hubo espacio para esas vidas en esta tierra, Dios no fue indiferente a esas muertes en el cielo, y por consiguiente, en la sangre de Cristo aparece retratada la ignominia de la humanidad, el aspecto más oscuro del ser humano.


Cuando se coagule la sangre de Cristo en el madero de la Cruz, esa mancha negruzca será precisamente la imagen de la oscuridad del alma humana, esclava del pecado, incapaz de amar, capaz en cambio de imponerse y de odiar.


Nuestra primera enseñanza entonces es, que Cristo voluntariamente mete su sangre en la larga historia de la sangre injusta del mundo, y de ese modo, Cristo Jesús especialemente El, el completamente inocente, será la gran mancha de la humanidad. Pero en segundo lugar hay que tener en cuenta que esta sangre de Cristo, aunque es injustamente derramada como tantas otras, tiene una particularidad: ( eso no lo dice directamente el evangelio de hoy, pero sí lo dice en otros lugares) que es una sangre derramada por los enemigos de Cristo, pero es una sangre que brota de sus propias venas, para decirlo sin parábola, es una sangre ofrecida por El mismo a los demás, los rapa en la vida, los corta en la trama como dice el rey enfermo en el libro de Isaías, a los demás, los corta en la trama.


Jesús en cambio al morir más que morir da el espíritu, como bien lo dice en el evangelio de Juan, y de ese modo la sangre de Cristo es gloria para Dios, es al mismo tiempo la suprema injusticia de la humanidad y la suprema misericordia del Padre.


Y por eso el manchón negro y coagulado de la cruz, se convierte en fuente de limpieza y de blancura hasta el punto, como sabemos, de que el libro del Apocalipsis nos dice: "de los mártires que han blanqueado sus mantos en la sangre del cordero" (veáse Apocalipsis 7, 14), es una sangre oscura, es una sangre negra que limpia que da blancura y belleza, es al mismo tiempo expresión de lo mas terrible y de lo más hermoso, es al mismo tiempo el último y peor de los crímenes, el más injusto de los asesinatos de la humanidad, pero también la más fina, la más exquisita de las ternuras de Dios.


Y al comulgar, debemos comulgar así, al recibir el cuerpo de Cristo, hay que recibirlo como el cuerpo de un torturado, no se puede comulgar con el cuerpo de Cristo, olvidándose de la cadena lamentablemente larga y pesada de crímenes que pesa sobre la humanidad.


Quien puede beber de la sangre del Señor sin recordar tantas sangres injustas, empezando por la sangre de aquellos que son muertos en el propio vientre de sus madres y a veces, muchas veces dolorosamente, con el conocimiento y la aprobación y el deseo de ellas mismas. No se puede comulgar en la sangre de Cristo, olvidándose de la sangre de tantos que mueren sin fe, sin una mano ayuda, sin una palabra de consuelo.


Pero tampoco se puede comulgar en la sangre de Cristo, sin recordar que Dios desde el principio debía haber anunciado ya en esa figura de Abraham. Lo que pidió a Abraham de sacrificar a su propio hijo nos parece excesivo, excesivo tendría que parecernos el que Dios haya llevado hasta el final el sacrificio de su unigénito.


En tercer lugar dice Jesús: "se le pedirá cuenta a esta generación", de alguna manera Cristo es la última profecía, es el último mensaje...Se le pedirá cuenta a esta generación, está diciendo lo mismo que "en otros tiempos nos hablaba nuestro Padre por medio de los profetas, en estos tiempos, que son los últimos, nos ha hablado por medio del Hijo" (veáse Hebreos 1, 1-2). Cristo como palabra decisiva, como última profecía, como último enviado del Padre.


Ese carácter último de Cristo, hace que El haya sido llamado como el profeta escatológico, el profeta de los útlimos tiempos, o quizá dicho mas sencillamente, el último profeta.


En Cristo nos acercamos así al final de una historia triste, pero también al principio de una historia de amor.


Con Cristo nos acercamos al culmen revosado de las maldades humanas, pero también a la palabra final, a la palabra decisiva de Dios y esa palabra pronunciada en la cruz, es misericordia, es perdón.


Cristo es el último de los profetas, es la palabra última de Dios, es la palabra completa y decisiva del Padre y por eso, recibir a esa palabra es ganarlo todo y perder esa palabra, es perderlo todo.


Que venga sobre nosotros, que caiga sobre nosotros su sangre, gritaba la ignorancia y la rabia del pueblo judío alebrestado por sus jefes, alli frente a Pilato.


Que caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos, es un modo semita de indicar que nosotros nos hacemos responsables de ese crimen.


Cuando así gritaban, quizá sin saberlo estaban cumpliendo esta profecía, le pedirán cuentas a esta generación.


Pero si bien se mira, que caiga sobre nosotros su sangre, aunque fuera dicho con rabia o con ignorancia era una hermosa súplica.


Y el pueblo Cristiano podría gritar también así, ya sin odio sino con grande amor, que caiga sobre nosotros el manatial de su sangre que nos bautice y que renueve en nosotros el bautismo, que blanquee nuestros corazones, que ilumine nuestras mentes y que nos haga semejantes a Dios.