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Fecha: 19990920

Título: El templo devastado y el templo reconstruido

Original en audio: 16 min. 8 seg.


El acontecimiento del destierro es el hecho más triste que encontramos en el Antiguo Testamento. El destierro tuvo dos fases: una fase en el año 721, cuando el reino del norte, Israel, fue desterrado por los asirios, y se acabó con el pueblo. Quedaron sólo dos tribus, las que se mencionaron hoy al comienzo del libro de Esdras; es decir, Judá y Benjamín ( véase Esdras 1,5 ).

Y ese reino del sur, llamado comúnmente reino de Judá, resistió hasta el año 587, en que fueron desterrados los judíos por el rey Nabucodonosor. Este destierro duró cerca de setenta años, y terminó, providencialmente, cuando Persia venció a Babilonia, y un rey de Persia, Ciro, sirvió de instrumento de Dios, así lo ve la Biblia, para que los judíos pudieran volver a su tierra.

Este decreto del rey Ciro iba a constituirse como en una voz de resurrección para el pueblo. Podemos decir, que el pueblo de Israel vivió la muerte. El pueblo de Judá, el reino de Judá vivió la muerte. "Cómo cantar un cántico de Sión en tierra extranjera", dice ese salmo, lleno de tristeza ( véase Salmo 137,4 ).

Y en el mismo tono están las lamentaciones junto al libro de Jeremías. Ese libro de las Lamentaciones es el sabor de la muerte. Uno puede saber a qué sabe la muerte. Cuál es el sabor de la muerte lo puede saber uno, leyendo y meditando lo que fue el destierro para estos judíos.

Por eso, en la desolación de Jerusalén y en la muerte del destierro, tenemos una imagen de lo que significa morir para el ser humano, y tenemos como una anticipación de lo que significa la muerte de Cristo.

La verdad es que, aunque los judíos pudieran volver a Jerusalén a reconstruir el templo, según el decreto que se nos recuerda hoy en el libro de Esdras, nunca recuperaron la independencia como nación. La verdad es que "no volvieron a tener signos, ni hay profeta; y nadie entre nosotros sabe hasta cuándo", según como dice un salmo ( véase Salmo 74,9 ).

La verdad es que lo que recuperaron fue mucho menor que lo que habían tenido, y la verdad es que fueron pasando de mano en mano, como una moneda que servía de pago o de botín de guerra.

Y por eso van pasando ellos de una potestad a otra, de un imperio a otro. Estaban en manos de los romanos cuando nació Nuestro Señor Jesucristo, y de esas manos salieron para las manos de la muerte, nuevamente, cuando Pompeya, en el año setenta y pico, arrasa Jerusalén, y se acaba otra vez este pueblo.

Volverán a recobrar su independencia, volverán a tenerla, sólo en el siglo veinte, con motivo de la segunda guerra mundial, al final de ella. En el año de 1948 surge el estado de Israel. O sea que la recuperación que vino con este retorno a Jerusalén, fue una recuperación relativa.

Y sin embargo, encontramos en libros como este de Esdras, o en el llamado libro de la consolación en Isaías, los capítulos cuarenta y siguientes, cuarenta hasta el cincuenta y cinco, expresiones llenas de júbilo, llenas de alegría por la restauración. Todo esto es como repasar historia para nosotros.

"Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar", dice este salmo ( véase Salmo 126,1 ), que es como una respuesta de Dios al salmo de las cítaras tristes. "La boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares, el Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres" ( véase Salmo 126 , 2-3 ).

Pero no podemos quedarnos recordando solamente la historia. La historia se vuelve palabra, la historia se vuelve mensaje. La primera Carta a los Corintios dice: "Y todo esto sucedía en figura" ( véase 1 Corintios 10,11 ), en figura para nosotros; es una enseñanza que está ahí para nosotros.

Y son muchas las aplicaciones que se han hecho. Por ejemplo, se puede comparar al templo de Dios con la presencia de la gracia santificante en el alma. Podemos decir que el pecado mortal, que destruye la vida de la gracia en nosotros, es algo así como el destierro a Babilonia.

Y ese Salmo 74, que cuenta la devastación del templo, cómo arrancaron el entramado, las esculturas, cómo profanaron la morada de Dios, ese es el salmo que también nos cuenta, qué pasa en el corazón humano cuando Satanás se apodera de los tesoros de Dios, y profana con su suciedad, y con su odio, con su alarido de guerra, lo que había sido morada de Jesucristo.

Podemos decir lo mismo del encarnizamiento de los enemigos de la fe contra los mártires. También ahí, en los cuerpos despedazados de los mártires, encontramos la realidad que estaba figurada por la destrucción del templo de Jerusalén. Esa sevicia, ese odio sin medida contra los mártires, todo género de refinados tormentos se ha alzado contra los testigos de Jesucristo. Esos cuerpos, que son templo del Espíritu, han sido arrasados.