I171001a

De Wiki de FrayNelson
Revisión del 05:24 20 jul 2007 de Fraynelson (Discusión | contribuciones) (New page: '''Fecha: 20030728''' '''Título: El problema de los idolos''' '''Original en audio: 22 min. 10 seg.''' Amados Hermanos: Quiero referirme a la primera lectura del día de hoy, que ...)

(dif) ← Revisión anterior | Revisión actual (dif) | Revisión siguiente → (dif)
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20030728

Título: El problema de los idolos

Original en audio: 22 min. 10 seg.


Amados Hermanos:

Quiero referirme a la primera lectura del día de hoy, que está, simplemente, colmada de enseñanzas para nosotros. Es una escena, que tal vez muchos recordamos, por haberla visto en la televisión o en el cine.

Por ejemplo, en esa gran producción de "Los Diez Mandamientos", una de las primeras películas de cine que veía yo en mi infancia, cómo olvidar el gesto de disgusto infinito de Moisés, de tristeza profunda, que marca, que ensombrece su rostro, cuando arroja con santa ira las Tablas de la Ley al pie de la montaña.

Tratemos de comprender, qué fue lo que sucedió ahí. La escena es impresionante, pero necesitamos no quedarnos solamente con la impresión, sino tratar de buscar luces, tratar de buscar enseñanzas para nuestra propia vida.

Y lo que encontramos es maravilloso, y es maravilloso por una simple razón, porque este no es un pecado más. Podemos decir, que lo que les pasó a los hebreos en aquella ocasión, hermanos, es lo mismo que nosotros llevamos repitiendo: En el fondo, todos los pecados se parecen; en el fondo, todos los pecados son repetición.

Porque todos son darle la espalda al mandato de Dios, inventarnos disculpas o justificaciones, y poner en lugar de Dios, algo o alguien. Esa es la estructura básica de un pecado y de todos los pecados.

De manera que, tal vez, nosotros no tenemos becerros de oro, físicamente hablando, pero cada uno de nuestros pecados está retratado aquí. Cada uno de nuestros pecados se parece a lo que hemos oído en esa primera lectura ( véase Éxodo 32, 15-24 ; 30-34 ).

¿Qué fue lo que sucedió? Empecemos por ahí. Resulta que Moisés ha venido predicando al pueblo, y les ha enseñado que hay un Dios, el Dios de los padres, el Dios de Isaac, Abraham y Jacob, que ha mirado con compasión a su pueblo, y que lo ha sacado con mano poderosa y con brazo extendido.

Pero nadie ha visto nunca a este Dios. Entonces viene el reclamo. Aquí viene, tal vez, la primera enseñanza concreta para nosotros, el reclamo de los hebreos.

Como Moisés se fue allá, a un larguísimo retiro espiritual, más largo que un retiro ignaciano, porque eran cuarenta días, entonces los hebreos no sabían qué hacer. Moisés se fue a retiro, pero no dejó en retiro a los hebreos. Quizás ese es un error, porque a los hebreos ya les pareció, que cuarenta días era demasiado. Y entonces, le dijeron a Aarón, el hermano de Moisés: "Haznos un dios que vaya delante de nosotros, pues a ese Moisés que nos sacó de Egipto, no sabemos qué le ha pasado" ( véase Éxodo 32 , 23 ).

Es decir, es interesante. Ellos no creían que estaban traicionando a Yahveh. Simplemente buscaban verlo, tenerlo cerca, sentirlo cerca, y también poder llevarlo, poder contar con Él, incluso, poder manejarlo, poder manipularlo.

Ahí está la estructura del pecado, transformar a un dios en un poder que está cerca de mí, y del que yo puedo disponer. Ese es el resumen de la magia. La gran diferencia entre la fe y la magia es, precisamente, esa.

La fe es: "Yo sigo lo que Dios quiere". La magia es: "Yo pongo el poder en mis manos, yo tengo un dios conmigo, yo puedo disponer de Dios". En la fe, "Dios me controla a mí"; en la magia, "yo controlo a Dios".

Y los hebreos pasaron el delicado límite entre la fe y la magia. Les pareció muy duro mantenerse bajo el poder de Dios, y les pareció, en cambio, muy amable, porque organizaron festín, cuando pudieron tener a Dios bajo su control. Esa es una enseñanza.

Hay otra enseñanza para nosotros. El pueblo hebreo había visto cosas maravillosas. Si nosotros recordamos el texto del Éxodo, que hemos venido leyendo en esta semana, realmente, lo que había hecho Dios, era simplemente espectacular.

Y por eso es "tan fácil" hacer una película sobre los diez mandamientos, porque es ver todas esas escenas, cuando les mandó mosquitos, cuando les mandó sapos, cuando les mandó tinieblas, o cuando abrió el mar ante ellos: cosas espectaculares.

Pero ninguno de esos espectáculos sirvió para conservar la fe. Esta es la segunda enseñanza. Uno puede haber visto, uno puede haber vivido cosas. Las cosas espectaculares pueden ayudar a despertar la fe, pero las cosas espectaculares no nos ayudan a conservar la fe.

Y por eso no nos extraña, entre los que estamos aquí, cuántas veces hemos visto verdaderos milagros. Yo hablaría, por ejemplo, de lo que conozco de esos congresos de sanación, congresos de evangelización, congresos de adoración, especialmente los organizados por la Renovación Carismática Católica.

A mí me aterra pensar, que hay gente que me habla de milagros que han sucedido a través de oraciones mías. Eso es una cosa que a mí me espanta, pero han sucedido, y hay gente que cuenta: "Yo me sané de tal cosa". "A mí me pasó esto...". "Yo me curé con sus palabras, con su oración".

O sea que Dios obra, y las cosas espectaculares, no solamente están en las páginas de la Biblia. Dios obra, Dios es capaz de hacer ese tipo de cosas. Y las cosas maravillosas sirven; claro que sirven, sirven para despertar la fe.

Pero pasa el tiempo, y muchas de esas personas que estuvieron en congresos, y que vieron milagros, y que vieron tantas cosas, luego son proclives a enfriarse, a alejarse, vuelven a sus negocios, vuelven a sus asuntos, y a veces vuelven, incluso, a sus pecados.

Por tanto, la segunda enseñanza es: La fe puede nacer con cosas espectaculares, pero la fe no se conserva de esa manera. La fe no se conserva con espectáculos.

Y de aquí podemos entender un poco, por qué Nuestro Señor Jesucristo era tan renuente a eso de dar señales cuando se las pidieran. Cuántas veces le dijeron los fariseos: "Bueno, a ver, haga una señal en el Cielo". ¿Era que no podía? Pues claro que podía.

Pero, ¿para qué hacer espectáculos? Los espectáculos tienen su lugar en la vida del cristiano según la providencia de Dios. Pero los espectáculos no nos sirven para conservar la fe, y esta es la segunda enseñanza que nos interesa.

¿Qué más podemos aprender de esa lectura? El comportamiento de Moisés es raro. Bueno, uno entiende la ira, pero después hace una cosa rara: Muele el morraco ese, el monstruo ese, o el coso ese que habían hecho, lo muele, lo echa en agua, y se los da a beber ( véase Éxodo 32, 20 ).

¿Qué pretendía Moisés con eso? Al parecer, tenía, por lo menos, dos objetivos:

Primero, mostrar que eso no era ningún Dios. Es decir, a veces es necesario destruir el ídolo, para sentir que sólo Dios es Dios. Hay que destruir el ídolo, hay que apartarse del ídolo, hay que sentir claramente en el corazón, que eso no es Dios.

Y en segundo lugar, se los dio a beber. ¿Por qué? Pues, para hacerlo desaparecer de sus ojos, y para que nunca más quisieran hacer algo parecido.

Porque, evidentemente, si quedaba ese objeto por ahí, rodando, o si se refundía, no de refundirse, sino de volverse a fundir; si se volvía a fundir para hacer otros objetos, esos otros objetos, igual podían servir para ser un nuevo ídolo.

Bueno, ¿y eso qué nos dice a nosotros? ¿Qué significa eso de destruir el ídolo? Algún protestante, que estuviera oyendo estas palabras, diría: "Ah, pues eso está clarísimo. Significa, que cada uno tiene que ir a la casa, coger cuanto cuadro encuentre de la Virgen, de la llamada Virgen María", como dicen ellos, " todos los cuadros que encuentren del llamado Corazón de Jesús, y tienen que destruir eso, hacer hogueras, porque hay que destruir el ídolo". Y los protestantes a veces, no todos son así, toman esas actitudes sectarias, esas actitudes durísimas.