Pasc011a
Fecha: 20090412
Título:
Original en audio: 43 min. 12 seg.
Hermanos:
El mensaje inmenso de alegría que tiene la Pascua sólo puede servirnos si podemos conectarlo, si podemos unirlo con el misterio de la Cruz.
Cristo mismo, con una gran pedagogía, con una ternura muy profunda, quiso que en su Cuerpo, ya glorificado, permanecieran las principales señales de la Pasión, a saber: sus Llagas.
Cristo quiso que en su Cuerpo Glorioso quedaran las Llagas de la cruz por una razón, o tal vez por dos. La primera, para que nosotros pudiéramos conectar, pudiéramos relacionar el misterio de la Cruz con el misterio de la gloria.
Y la segunda, no menos sino más importante, porque con esas Llagas, Cristo está implorando, en la gloria del cielo, la misericordia del Padre en favor de todos nosotros. la intercesión inagotable, la intercesión perenne de Cristo resucitado en el cielo consiste simplemente en eso, mostrar para siempre sus Llagas, exhibir para siempre las señales de un amor sin límites.
Nosotros también tenemos que aprender a relacionar la Cruz con la gloria, la tristeza con la alegría. Si hay una ciencia que es importante en esta vida, es aprender cómo se relacionan la noche con el día; tenemos que aprender la ciencia del amanecer, el amanecer, el alba, esa hora preciosa en que las tinieblas, muy a su pesar, tienen que retroceder porque llega el día nuevo.
Tenemos que aprender cómo se llega al día, tenemos que aprender cómo el dolor, con sus hebras tristes, puede tejer un paño de alegría, un paño de gozo, un paño de gloria.
Y el evangelio que la Iglesia escoge para nosotros en este día, en esta Eucaristía, que el Padre Omar llamaba "madre de todas las Eucaristías", este evangelio nos ayuda a conquistar esa ciencia, porque es la que más vamos a necesitar mientras estemos en esta tierra.
Es verdad que ya hoy nos gozamos en Cristo resucitado, le hemos dado aplausos de amor, hemos derramado lágrimas de gozo, y sin embargo sabemos que cuando salgamos por esas puertas, nos siguen esperando una cantidad de problemas, dolores, carencias; nuestros fracasos tal vez no entran a la Misa, pero sí que nos están esperando apenas algamos de ella.
Nuestras enfermedades, las deudas que tenemos, el desempleo, la traición de los amigos, en fin, todo aquello que sigue siendo cruz, nos está esperando, tal vez con una sonrisa burlona, nos está esperando.
No me cuesta imaginar al demonio sonriendo por allá en alguna esquina, fuera, fuera, muy lejos de esta iglesia, pero esperándonos a cada uno de nosotros y diciéndonos, con ese sarcasmo propio de Satanás: "Con que mucha Resurrección, ¿no? Pero aquí te sigue esperando tu desempleo, tu tristeza, tu soledad, tu enfermedad.
Aquí te sigue esperando la traición del amigo que más querías, la desaparición de tu hijo, el duelo en el que estabas; aquí están todos tus problemas, olvídate de esas ceremonias, olvídate de ese teatro, la vida real es triste, la vida real es dura, la vida real es opaca, la noche sigue reinando".
Eso es lo que querrá decirnos el demonio, apenas salgamos de esa puerta. Y por eso necesitamos, antes de salir por esa puerta, aprender la ciencia del día, cómo se conecta la noche con el día, cuál es la ciencia del amanecer.
Eso fue lo que aprendió María Magdalena, porque nos dice el evangelio de hoy: "El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro, cuando aún estaba oscuro" San juan 20,1.
Ella fue al sepulcro, y fue al sepulcro cuando aún estaba oscuro. El sepulcro, imagen de la muerte, oscuridad, imagen de ese poder de las tinieblas; pero María Magdalena vio el proceso, lo mismo que aquellos Apóstoles, María Magdalena vivió el proceso, el cambio de la noche hacia la luz, el cambio de la noche hacia el día.
Y nosotros nos preguntamos cómo es eso posible. Porque tenemos que salir de esta Eucaristía no solamente gozosos, sino, escúchenme bien, tenemos que salir blindados en nuestro gozo.
Porque lo primero que vamos a encontrar al salir de aquí es la sonrisa sarcástica de las tinieblas diciéndonos: "Con que mucha Semana Santa, ¿no? Pues mire que el mundo sigue igual, mire que sus deudas siguen igual, mire que su enfermedad sigue lo mismo, mire que usted sigue siendo esto y esto y lo otro".
Pero nosotros podemos aprender esta ciencia. Quien nos va a servir de guía es María Magdalena, pero también otro discípulo de cristo, al cual en el cuarto evangelio se le llama "el discípulo amado", ese discípulo amado la tradición de la Iglesia lo identifica con Juan el Evangelista.
A ver qué podemos aprender de juan el Evangelista. Lo primero está en ese verbo: "Ël vio y creyó" San Juan 20,8, "kai éiden kai epísteusen", "y vio y creyó" San Juan 20,8.
La construcción del original griego nos enseña algo, nos enseña la simultaneidad y la causalidad que hay: "Vio y creyó" San Juan 20,8. Se dan como al mismo tiempo, y sin embargo, el ver es la causa del creer.
Sé que esto suena extraño a nuestros oídos; muchas veces hemos pensado que creer consiste no ver; creer, muchas veces pensamos, consiste en aceptarlo que no vemos. Pero elevangelio de hoy nos dice: "Vio y creyó" San Juan 20,8, ¿qué fue lo que vio?
Miremos nosotros con los ojos del evangelista, miremos con los ojos del discípulo amado, descubramos qué fue lo que él vio, para que también nosotros podamos creer lo que él creyó.
Si devolvemos un poco la película, si nos devolvemos hasta el Viernes Santo, decubrimos que Cristo, mientras estaba muriendo en la cruz, fue abandonado por sus Apóstoles.
Pero un momento, no por todos, hubo uno que permaneció, ése que permaneció, que tal vez no tenía cara de Apóstol, porque era demasiado joven ése era este mismo discípulo, era el discípulo amado.
Es decir, el discíplulo que estuvo al lado de la cruz fue el discípulo que primero pudo reconocer a Cristo. Esta es una pista muy interesante que no nos dejará perder.
El discípulo amado estuvo al pie de la cruz, el discípulo amado escucho las palabras finales de Cristo; el discípulo amado recibió el tesoro magnífico, la Virgen Madre, a ése discípulo le dijo Cristo: "Ahí tienes a tu madre" San Juan 19,27.
El discípulo amado vio cómo se derramaba la Sangre del Cordero; el discípulo amado escuchó la oración de Cristo; el discípulo amado escuchó también ese grito misterioso que dio Cristo cuando murió.
Porque el Evangelista Marcos nos dice que "Cristo, dando un fuerte grito, expiró" San Marcos 15,37.
Y ese grito se llama un grito misterioso porque, según consta en la ciencia médica, cuando una persona tiene los brazos extendidos mucho tiempo, y usted puede hacer el experimento cuando quiera, después de unos cuantos minutos la respiración empieza a dificultarse.
La gran mayoría de los que eran crucificados, por ejemplo, por el Imperio Romano,morían asfixiados, y por tanto, completamente incapaces de habllar, muchísimo menos capaces de gritar.