Pablo 20 siglos después - 12

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20090205

Título:

Original en audio: 62 min. 8 seg


                         CONTINUARÁ LA TRANSCRIPCIÓN...

Es desconcertante y triste ver a Europa dar la espalda a sus raíces cristianas, no sólo ni principalmente por lo que digan los papeles de una supuesta Constitución europea, sino ante todo porque la mayor parte de la gente se pronuncia en contra de las enseñanzas de la Iglesia y del Evangelio, especialmente en lo que atañe a la moral de la familia y el respeto a la vida frágil: el aborto, la eutanasia.

Ante un cuadro así, es muy humano querer ver resultados pronto, es decir, querer que muy pronto salga a luz un Cristianismo renovado, vigoroso y a la vez fiel a sus raíces multiseculares; un Cristianismo con real incidencia en la vida pública y en la sociedad.

Sin embargo, lo que uno se encuentra es casi lo opuesto, por ejemplo, con respecto al aborto es claro que la batalla se está perdiendo país tras país, ese es un hecho concreto; y luego sigue la eutanasia y las distintas versiones de matrimonio y de divorcio.

En ese sentido, España va bien, bien adelante, está marcando la parada a todos los que van detrás, gracias al actual Presidente del gobierno.

Entonces, lo que podemos desear, lo que es natural desear es que haya un cambio, y que haya un cambio pronto, y que la legislación refleje esa moral compartida por todos.

Es entendible, que quienes somos cristianos católicos, anhelemos ver que todo el desconcierto, el cinismo, el libertinaje, retroceden al fin, y llega un tiempo de orden, de sensatez, de respeto a Dios y a sus leyes y de celebración fervorosa de sus misterios.

Pero entre el estado actual y ese estado deseado hay, sin dida, un estrecho bastante largo, y aunque no seamos muy mayores en edad, -aunque algunos quizá lo somos-, la convicción que uno tiene es que ya uno no verá esto.

Entonces, de lo que se tata es de aprender a sembrar. ¿Qué hay que hacer en este momento para poner bases, para sembrar en ese futuro?

"El desconcierto y el dolor pueden llevarnos a actitudes erradas". Este título que he querido dar la las dos predicaciones, esta que tenemos y la siguiente, pues es un título un poco conflictivo, eso de hablar de errores es como presentarse uno en el terreno de:"Yo soy el que sé, yo soy el que está en la veradad y yo soy el que puedo enseñar".

Pero yo más bien utilizo aquí la palabra más o menos en el sentido en el sentido en el que también la utilizaba, por ejemplo, Santo Tomás. Santo Tomás tiene una cantidad de títulos que son "contra", "Contra Errores Graecorum"; una de las Summas más famosas de Santo Tomás, pues es, por supuesto, "Contra Gentiles".

Entonces, en la mentalidad medieval, el decir uno: "Estoy contra tal cosa", no era animadversión, sino era una manera de fijar la propia postura, "que los demás sepan a qué atenerse, en dónde estoy parado yo".

Recientemente, el penúltimo Maestro de la Orden, Tiimothy Radcliffe, hablaba mucho de la importancia de esto: "En una conversación, tú fija tu postura y fíjala claramente", lo cual significa que tú hay cosas que compartes y hay cosas que no compartes. Cuanto más claro seas, dentro de un ambiente de respeto, se entiende, incluso de caridad; pero cuanto más claro seas tú, más avanza el diálogo.

La idea que preside este modo de hablar, repito, no es atacar, no es descalificar, sino es presentar una serie de posturas, que en este caso son fruto de una análisis, de una experiencia particular, que es la mía, quizá compartida por otros; pero aquí no se trata de posesión de la verdad ni se se trata de animadversión, sino se trata de fijar lo que ha sido el resultado de mi experiencia, porque así es como puedo ser útil.

Ya otro dira: "Pues esto que plantea Nelson no me convence o no me sirve; yo estoy en desacuerdo en esto y esto". Pero cuanto más claro sea yo, más rápidamente se llega a en qué estamos o o estamos de acuerdo.

Por eso, hace un tiempo me puse a compilar esto que he llamado "errores", "doce errores que no podemos cometer", errores que deberíamos tratar de evitar atoda costa. Y la razón, para mí, la razón de evitar estos errores, es que los errores hacen más dolorosa la espera, hacen más largo el camino.

La mayor parte de los títulos casi que se explican por sí solos; por una vez voy a leer la lista de los doce errores. El primero, declararnos derrotados; segundo, apelar a una rutina juiciosa y seguir como si nada pasara; tercero, añorar el pasado y reugiarnos en él; cuarto, vender más barato el Evangelio; quinto, disparar anatemas contra todos.

Sexto, fiarnos demasiado de la apologética y los argumentos; séptimo, poner las esperanzas en el diálogo interreligioso, el movimiento ecuménico o las causas sociales compartidas; octavo, encerrarnos en los grupos piadosos; noveno, querer resolver los problemas con manuales, cánones y rúbricas.

Décimo, reemplazar a los sacerdotes con otro tipo de personas, o sea, básicamente laicos cualificados; once, centrar las fuerzas en la visibilidad política o en la relevancia social; duodécimo y último, suponer que veremos la cosecha.

Esta lista nace de algo de mi experiencia en Colombia, pero sobre todo de los últimos años en Europa, específicamente Irlanda; pero creo que, guardadas las proporciones, puede servir en otros contextos.

Bueno, vamos a ir comentando algunas cosas sobre estos errores, repito, unos son más obvios que otros. El primero es declararnos derrotados, entregar las armas. Esto sería simplemente reconocer la semilla que portamos, desconocer la semilla del Evangelio.

"La calidad de nuestra semilla es incorruptible" 1 San Pedro 1,23, nos dice el Apóstol San Pedro en uno de sus textos; "nosotros, -dice él-, hemos nacido de semilla incorruptible" 1 San Pedro 1,23.

Y ese "incorruptible" a mí me ha llamado la atención, porque nosotros, no sólo nuestro cuerpo, sino nosotros como seres humanos, y nuestras propias vocaciones, y nuestras instituciones son corruputibles.

Por ejemplo, la legislación dominicana, no porque sea la nuestra, -pero ya que estamos solos ponderémonos-, la legislación dominicana es una maravilla, para mí es una maravilla de la especie humana, así la catalogo.

Ese balance tan delicado y tan sabio que hay entre la comunidad y el superior; entre el individuo y el grupo; entre el apostolado personal y lo que hemos llamado a veces "proyecto comunitario"; ese querer que todas las voces sean escuchadas, pero que también haya un camino resuelto.

¡La legislación nuestra es una maravilla! Pero no está exenta de ser mal utilizada, y no falta el que encuentra el detalle, la coma, el parágrafo para salirse con la suya. Es decir, aún la ley nuestra, que recoge una experiencia de sabios y santos, puede ser corrompida.

Nuestras vocaciones son corruptibles, por supuesto, cada vez que tenemos que reconocer con humildad: "Necesito confesión", ¿eso qué es? Que algo en mí se ha pudrido, que algo en mí huele mal, que necesito renovarme, que necesito sanarme, quiere decir que estoy sujeto a corrupción.

Y así sucesivamente. Nuestras instituciones más venerables puede caer y han caído, de hecho, en corrupción de una o de otra manera; pero la Palabra de Dios es incorruptible, esto no sólo significa que dura, no es solamente como aquellos granos de trigo que encontraron en las pirámides de Egipto y que luego los sembraron y crecieron.

O sea, llevaban cuatro mil años guardados, y sin embargo no se habían dañado. No significa únicamente que la Palabra de Dios dura, sino significa que es más fuerte, más fuerte que todo lo que pudiera corromperla.

Creo que un ejemplo interesante nos lo da el Papa Gegorio Magno en la lectura que está en el día de su fiesta precisamente, cuando él dice que la Palabra tiene tanta fuerza, que juzga al mismo que la pronuncia, y él dice: "Por amor a esta Palabra, dejo que esta Palabra me condene".

Nosotros llevamos una Palabra que es tan fuerte, que es tan vigorosa, que es capaz de renovarnos a nosotros mismos, o por lo menos, es capaz de traer luz para situarnos en la verdad de los que somos, tenemos y hacemos.

Entonces, declararnos derrotados es un pecado contra la Palabra; declararnos derrotados es un pecado contra ese texto en particular que dice que la Palabra es incorruptible. Y, por supuesto, uno siempre se siente tentado de esto, en pequeño y en grande.

Las circunstancias pueden ser bastante adversas, y aquí serviría la parábola del sembrador, basta con mencionarla; las dificultades que dice Cristo ahí son las mismas que siguen sucediendo una y otra vez.

Gente que acoge la Palabra con entusiasmo, esa gente puede ser personas o puede ser culturas; culturas que acogen el Evangelio con entusiasmo, pero como una moda, y pasa la moda, y pasaron las conversiones, pasó la oleada de conversiones.

O también, gente que agoge la Palabra, pero queluego, en la maraña de los entretenmientos, de los placeres, de los negocios, y hoy podríamos decir la tecnología, la administración, la política, se complica, se enreda, se asfixia la semilla del Evangelio.

Es decir, vemos muchos fracasos, y es hasta cierto punto explicable que uno sea tentado de esto, de derrotismo. Pero una cosa es sentirse desalentado y otra declarase en derrota.

La pregunta es cómo vencer el desaliento cuando ves que la casa se te va quedando sola, que tu mensaje no es atacado, porque el mensaje atacado por lo menos algo pinta, pero el problema es cuando tu mensaje ni siquiera es atacado, por eso, dicho sea entre paréntesis, y que sirva de tributo de amor a España, yo tengo plena confianza en el revivir del Cristianismo en España.

Es tanta la virulencia de ataque contra la fe, contra la Iglesia, que para mí esa es señal, de uno y de otro bando, de la concienca de la vitalidad que está a ahí.

Yo creo, quizá no lo alcance a ver mayormente en el tiempo que Dios me dé en esta tierra, pero que España se levanta de donde está, y que viene una generación muy distinta y con el vigor que es característico de ese país, para mí eso no tien duda.

Lo que sucede es que yo lo veo, -perdón que pontifique aquí de un país que no es el mío-, pero lo veo como un país de extremos: si se tata de santos, pues es hasta el extremo, hasta reventarse, hasta rabiar; y si se tata de apostatar, pues a apostatar con todo, con ganas y maldecir, invocar al infierno, y discípulos de Satanás, y no sé cuántas cosas más.

Entonces, se va entre extremos; pero esos extremos hasta cierto punto hablan de una vitalidad. Más grave, me parece a mí, es elcaso anglosajón, donde lo que se va tendiendo es una cobija de irrelevancia: "No importas", "no existes", "tú, ahógate; vete a tu sacristía y suicídate. Procura no hacer mucho ruido". Es más o menos lo que va quedando allá: "No pintas nada", "no existes".

Cuando eso sucede, cuando la casa se va quedando sola, cuando las fuerzas vivas de la sociedad prescinden de todo aquello a lo que uno le ha empeñado la vida, eso duele mucho.

Claves que he encontardo y que me han servido: bueno, que el Cristianismo no tiene que ser una religión de mayorías. Es interesante pensar que cuando Pablo murió, no había en el mundo más cristianos de los que hay hoy en taiwan, esa cifra lo hace pensar a uno.

Y Pablo trabajó, y se esforzó, y todo aquello, y los demás apóstoles; pero muy probablemente no había más cristianos en todo el mundo, de los cristianos que hay en taiwan. Entonces eso le da a uno una cierta perspectiva.

El mensaje de aquellos apóstoles fue calificado de ridículo, de escandaloso, subversivo; les valió cárcel a los apóstoles, mofa, destierro, exclusión, indiferencia. En cierto sentido, ser cristiano es estar dispuesto a ser minoría y lo anormal es lo contrario, hasta cierto punto.

Jesús en ninguna parte presenta la obra del Reino como una obra de mayorías. Nos habla de la puerta estrecha, y nos habla del camino estrecho, y cuando lo presionan mucho, entonces dice: "Muchos van por la senda ancha; pocos van por la senda estrecha" [[:Category: ]].

Eso no tiene que reflejar necesariamente estadísticas o censos del cielo; pero lo que sí muesta eso es que Jesús tenía la convicción de que, por lo menos, sobre esta tierra, el Reino no es una presencia aplastante, no es una presencia mayoritaria.

Por supuesto, en nuestros países la realidad ha sido otra. Para nosotros lo que ha sido normal, ha sido lo que el Evangelio consideraría excepción.

De todas maneras, la consigna que pongo aquí, creo que sigue siendo cierta: que la Iglesia tiene que preocuparse cuando es mayoría; es más en ese momento cuando parece que tiene que preocuparse.

El otro punto que sirve es mirar el conjunto: la fe florece en muchas partes del mundo. ¿Tenía que estar siempre en primavera y creciendo en Europa? Pues sería de desear, pero las cosas humanas no suelen ser así.

Entonces, si uno mira el conjunto, pues uno ve que, en medio de persecuciones, la fe está creciendo en la India. A mí no me deja de impresionar que nuestros queridos jesuitas, a los que hay que mencionar periódicamente, pues tienen seis Provincias allá en la India; algo debe estar sucediendo allá para que haya vocaciones para seis Provincias.

Y en otros sitios suceden cosas así. En mi propio país, estamos con unos estudiantados de arriba de cincuenta personas, y cada año el Noviciado, doce, quince, y eso descartando una cantidad de gente que está haciendo fila para entrar.

Entonces, las realidades van cambiando de un sito a otro, y no sabemos, hay muchas sorpresas que pueden darse. También en ese mirar en el conjunto sirve.

La otra cosa que sirve para tratar de evitar este desaliento, es recordar lo que Karl Rahner llamaba la "invernada", ahora, yo no sé qué tan castiza es esa palabra. Karl Rahner habló de la "invernada de la de la Iglesia".

Hay momentos en que toca resistir el temporal y aguantar, y de esa purificación sale una cosa nueva, seguramente más humilde, seguramente más alegre, seguramente menos acartonada. recordemos que cuando la Iglesia se va volviendo mayoría, los que tiene el poder son los burócratas.

En una Iglesia de mayorías, son los intrigantes y los burócratas los que logran el poder, porque son esos los que saben cómo entrar a palacio, y cómo manejar, y a qué horas hay que hablarle al monarca, y de quién tengo que volverme amigo.

Entonces cuando la gente empieza a idolatrar demasiado, o a recordar con nostalgia, que es lo que vamos a mencionar también después, de la Iglesia anterior al Vaticano II, y la Misa en latín y todas aquellas cosas, pues de ese romanticismo pronto hay que despertarse.

Porque esa Iglesia era una Iglesia que estaba llena de mucho de esto, mucho de la murmuración de pasillo y mucho de saber con quién tengo que hablar y a qué horas tengo que hablar y de quién tengo que ser amigo.

Para repetir la frase, que me gustaría que quedara con cierto énfasis, una Iglesia de mayorías tiende a ser una Iglesia de burócratas; una Iglesia de minorías tiende a ser una Iglesia de profetas.

Claro, también hay veces en que somos minoría. Pero lo que sucede a menudo es que esa minoría nos hace recuperar toda aquella teología tan bella de las fronteras, del famoso Capítulo general de Ávila, que fue el que habló de las fronteras; y a mí me parece que lo que se dijo ahí de las fronteras sigue teniendo toda su validez, como si hubiera siodo escrito hoy a primera hora.

Y eso que se dice de la Orden, eso que se dice de la evangelización, eso sigue siendo una realidad de la Iglesia; el serminoría, el quedarnos un poco sin recursos, nos ayuda a una montaña de cosas:nos quita acartonamiento, nos simplifica, nos obliga también a encontrarnos.

Me contaba este querido hermano que cuando estaba empezando la misión aquí en Taiwan, y cuando hubo el primer aire acondicionado, perdón lo cuento en público, ya todos lo sabrán; cuando llegó el primer aire acondicionado, pues tres frailes a dormir en la pieza que tenía aire acondicionado.

Pero eso era en esa época, ahora, frailes de mi generación, y me incluyo yo el primero, somos muy celosos de "mí habitación para mí, y ojalá que tenga su propio baño, y ojalá que..."

Entonces, la carencia, la necesidad nos obligan a abrirnos al hermano, a descubrirlo en otra dimensión; mi hermano no es un desconocido, no es una competencia; mi hermano es el que me ha visto llorar, y me ha visto sufrir, y me ha visto sudar, y me ha visto trabajar, y sabe dónde me aprieta el zapato, y bueno, de todas estas cosas, indudablemente, conocéis mucho más vosotros que yo.

Entonces, hay una ventaja en esto, hay una bendición, hay una grandeza. Y muchas veces, en una Iglesia de mayorías, la mirada que nos damos unos a otros es una mirada de desconfianza, una mirada de supicacia; en una Iglesia de minorías a veces aprendemos a admirar como nadie al otro, porque sabemos que está dejando la piel en esto; le vemos, literalmente, quemarse, día por día, hasta que entregó lo último.

Y eso produce una certeza de la presencia de Cristo, una certeza de la presencia de la gracia. Claro, igual nos vemos los defectos; igual, cuando estamos así pocos y pequeños y reducidos, pues va ser mucho más difícil que aparezcamos como los grandes, porque no lo somos tampoco.

Cuando uno ha tenido ocasión de dar así ciertas giras de predicación... El otro día os contaba que me han invitado varias veces a California a predicar a hispanos, y alguna de estas reuniones, como llega tanta gente, son reuniones de cientos y de miles; hay veces que me ha tocado predicar a miles de personas.

Entonces, claro, uno ahí se siente más o menos la estrella, porque llegan y te hospedan en un buen lugar, un buen hotel, no lo máximo, pero muy, muy bueno. Y de ahí pues tú vas a allá y te encuentras con miles de personas, y gran micrófono, y tal, y Cristo, y no sé cuánto, y aplausos al gran predicador, y tú te sientes estrella.

Pero en eso hay mucha mentira. Yo no soy esa estrella, yo no soy ése. Lo que yo soy seguramente se conoce mucho más así en ese trato a corta distancia.

Entonces, casi que hay muchas ventajas que aparecen ahí, aparece mucho la verdad del Evangelio. recordemos que nunca fue tan intensa la comunión, nunca fue tan intensa la koinonía, como en ese tiempo de las catacumbas.

Los relatos de las actas de los mártires, auque les quitemos todo el embellecimiento, que también lo tienen; y exageración, que también la tienen, hablan de gente que aprendió a amarse; aprendieron a amarse como eran, en la realidad de lo que tenían y en la realidad de lo que carecían.

Entonces, lo primero: nada de sentirnos derrotados, hay en nosotros una semilla incorruptible, el tesoro está intacto, el barro se resquebraja o puede romperse, pero el tesoro está intacto.

Que hay que resistir, pues sí, hay que resistir, y hay que saber que el Espíritu saldrá por otro lado; el Espíritu llevará por otras naciones, tendrá otras horas distintas, tendrá otros tiempos distintos.

Lo que pasa también, a veces, es que uno tiene prisa, uno quiere ver el fruto, uno quiere no sólo sembrar sino que se vea: "He aquí que yo soy el misionero, y he aquí que aquí estan los misionados". Pero muchas veces eso no se logra, por lo menos no con todo el esplendor que uno quisiera.

El segundo error fue muy típico en Irlanda. Es famosos que, cuando el Arzobispo de Dublín volvió del concilio Vaticano II, pues claro, había bastante curiosidad entre el clero preguntar: "Bueno, y ya ha teminado, -eran años, ¿no? Un proceso de años elconcilio Vaticano-.

Termina el vaticano II y le preguntan al Arzobispo de Dublín: "Bueno, ¿y qué viene ahora, qué sigue ahora?" Y entonces dice él: "Dos o tres pequeños cambios, pero "business as usual"".

y acababa de pasar, lo que muchos mirarán después como un Sunami que arrasó con la Iglesia, así lo miran muchos integristas, que el Concilio Vaticano II acabó con la Iglesia; para otros, el Concilio vaticano II es el principio de una primavera del Espíritu. Así habló Pablo VI, así han repetido los siguientes Papas.

Pero para este obispo, no: "Business as usual"; es decir, tú, con tu Breviario; yo, con mi Misa, y aquí seguimos, y a aquí no ha pasado nada".

Las consecuencias de tratar de aferrarse a una rutina y tratar de seguir como si nada pasara, son desastrosas, son son terribles. Porque luego queda muy difícil, -esa expresión cómo me gusta en inglés-; luego queda muy difícil el "catch a", ¿no? El tratar de alcanzar eso luego es un problema, eso luego es muy difícil, y ha tocado hacerlo un poco improvisadamente, y sobre todo la formación se resiste mucho.

Hay gente que ve la situación de la Iglesia de un modo bastante estoico, su consigna es: "Sigamos haciendo bien lo que sabemos hacer bien. La tormenta pasará. La gente volverá". Y seguimos con nuestros horarios de Misas. Quede claro una vez más, si fuere necesario, que yo vivo agradecido con los irlandeses, pero que están en esto están en esto.

ellos tiene su horario, "aquí tenemos nuestro horario de Misas: que ala Misa de nueve y media llegaron doce personas; que a la Misa de diez y media llegaron quince personas; que a la Misa Mayor llegaron cincuenta personas, pues un día volverán, o no volverán, aquí nos moriremos, el último que se muera apaga la luz, y ya, ahí quedó".

Pero, en eso hay una especie o de temor, o de arrogancia, o yo no sé que, que es como esperando a que la realidad tiene que responder a lo que yo le estoy diciendo, es como diciendo: "Un día la gente tendrá que convencerse de que como estábamos estábamos bien, y mientras tanto, pues yo sigo aquí machacando en frío".

Hay un núcleo valiosos de esperanza y de deseo de fidelidad en estas palabras, no cabe duda que eso es admirable; pero también hay un riesgo de miopía de los signos de los tiempos. Y la principal miopía es que en una Iglesia de mayorías tú puedes limitarte a abrir la Iglesia, que ya se te llena; pero en una Iglesia de minorías no llegará sino el que se sienta invitado, no llegará sino el que tenga una razón para ir.

Entonces mientras que en la Iglesia de mayorías podemos aquí esperar a que vengan, en la Iglesia de minorías tenemos que hacernos simpre la pregunta de cómo ir, de cómo invitar, de cómo convocar.

Y esto es maravilloso, si lo pensamos bien, esto es maravilloso, porque es que la plabra "Iglesia", como ya lo hemos recordado, signiofica eso: convocación, es el convocar; la Iglesia es el fruto del acto de convocar, y yo no convoco simplemente quitándole el cerrojo a la puerta, y ¡ale!, entrar y vamos a la Misa.

Ese es un acto que presupone que ya existe una fe, y que ya existe una práctica, y que ya existe una necesidad.

Entonces en esto hay una cierta, a veces timidez, a veces arrogancia, a veces comodidad; pero junto a eso también hay otras virtudes de fidelidad y de una cierta esperanza: "Bueno, llegarán mejores tiempos". Pero existe ese peligro, existe el peligro de esa miopía.

Yo creo que un caso interesante nos lo dan los primeros cristianos cuando fueron expulsados de Jerusalén, allá cuando mataron a Santiago el Mayor. Cuando fueron expulsados de Jerusalén, hubieran podido quedarse en cuidades pequeñas y menos problemáticas, Jericó la tenían ahí al pie, Betania estaba ahí no más; hubieran podido efugiarse ahí, quedarse ahí, y aquí esperar a que pase la tormenta.

Pero ellos no hicieron eso. Ellos convirtieron la persecución en evangelización; y a mí me parece que ese es un paradigma que nosotros no podemos obviar, bajo riesgo de traicionar al Evangelio. Lo que hicieron aquellos cristianos fue convertir la persecución en evangelización.

Y esto no es otra cosa sino leer la obra del Espíritu: "Que aquí no me quieren, es una mala noticia, y es triste, y es doloroso"; pero si yo me quedo sólo mirando a la gente, lo único que veo es ese dolor.

Pero un momento, si en este instante el Espíritu está escribiendo algo en la historia de la Orden, en la historia de la Iglesia, en la historia de mí vida, "que aquí no me quieren", de pronto significa, "me quieren en otra parte".

Es decir, ¿cómo nos estamos imaginando que el Espíritu Santo nos va a decir que nos toca movernos a otro sitio? ¿Van a salir avisos de neón en el cielo? Creemos que no. Entonces el Espíritu nos hablará así, con las puertas que se cierran y las puetas que se abren.

Entonces, ¿por qué vamos a renegar de que se cierren las puertas, si tanto nos está diciendo el Espíritu con la puerta que se cierra como con la puerata que se abre? Si ambas cosas son lenguaje de Dios, ¿por qué una sí queremos recibirla y la otra no? Dice Job en esa lectura que sale en Laudes: "Si recibimos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?" Job 2,10.

Pues una de las interpretaciones alegóricas de eso es esto; yo necesito las dos cosas: yo necesito que se me cierre una puerta y necesito que se me abra otra. Y aquí yo hago una aplicación ahí pedestre, que es el caso mío en Villavicencio.

Cuando nosotros empezamos la misión en Villavicencio allá en Colombia, pues llevábamos año y medio en que, bueno, experimentando una cosa, y como que sí funcionaba y como que no, atención, que yo era el líder de eso, y nunca, nunca caminó.

Ahora, yo no sé si porque eso no caminó, recuperé mi vocación de hacer doctorado de Teología, porque cuando eso no caminaba, fue cuando apareció el Provincial a decirme: "Mira, que mejor te vas a Europa y haces un doctorado". Probablemente fue un acto de compasión del superior mayor que dijo: "Mira, dejemos esto. Este ya pateó bastante el agua y no ha hecho nada; más vale que se vaya y por lo menos saca un doctorado en este tiempo".

El hecho concreto, es que si yo recuerdo mi etapa en Villavicencio, tengo dos o tres recuerdos buenos; pero ese fue un fracaso, punto.

Las cosas hay que darles su nombre, eso fue un facaso, tan fracaso fue, que cuando yo salí, después sacaron otro, tuvieron que cerrar temporalmente esa casa, con un acto de caridad ahí: "Bueno, que nadie se enteré que ahí Nelson acaba de hacer el ridículo de su vida. Ya está haciendo su doctorado en Irlanda".

Y después, calladamente y con gran caridad, volvieron a abrir la casa en un lugar incluso distinto geográficamente, y ahí parece que va caminando bien.

Entonces, para mi historia personal, parece que yo necesitaba que se me cerrara esa puerta para que se me abrieran otras. Y entonces, bueno, ahí he resultado predicando en otros lugares, y en algunas partes como que fuciona bien y en otras partes dicen: "Bueno, ya te conocimos, ya puedes irte a hacer otro doctorado a otra parte, porque ya aquí estuvo bien".

Pero bueno, el ejemplo se entiende: el Espíritu nos hablará tanto por los éxitos como por los fracasos.

Y el libro de los Hechos de los Apóstoles no es los hechos de los Apóstoles, es los hechos del Espíritu. En el plan de san Lucas, esto es muy interesante, si miráis los prólogos del tercer Evangelio y de Hechos de los Apóstoles, el plan de Lucas es muy claro, es: la obra del Espíritu en el Mesías y la obra del Espíritu en los discípulos del Mesías. Para Lucas el Protagonista es el Espíritu.

Y en ese libro, que nosotros llamamos "los Hechos de los Apóstoles", pero que en realidad es los hechos del Espíritu en la comunidad cristiana, ahí es clarísimo. Ya ellos tenían organizado: "Bueno,listo, nos vamos a Listra a evangelizar". Y no, que se trabó, que no sé que, que no funcionó.

Bueno, pues quiere decir, y Lucas lo toma con mucha naturalidad: "El Espíritu no nos dejó entrar a tal parte, entonces sigamos para tal otra".