Pablo 20 siglos después - 12
Fecha: 20090205
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Original en audio: 62 min. 8 seg
Es desconcertante y triste ver a Europa dar la espalda a sus raíces cristianas, no sólo ni principalmente por lo que digan los papeles de una supuesta Constitución europea, sino ante todo porque la mayor parte de la gente se pronuncia en contra de las enseñanzas de la Iglesia y del Evangelio, especialmente en lo que atañe a la moral de la familia y el respeto a la vida frágil: el aborto, la eutanasia.
Ante un cuadro así, es muy humano querer ver resultados pronto, es decir, querer que muy pronto salga a luz un Cristianismo renovado, vigoroso y a la vez fiel a sus raíces multiseculares; un Cristianismo con real incidencia en la vida pública y en la sociedad.
Sin embargo, lo que uno se encuentra es casi lo opuesto, por ejemplo, con respecto al aborto es claro que la batalla se está perdiendo país tras país, ese es un hecho concreto; y luego sigue la eutanasia y las distintas versiones de matrimonio y de divorcio.
En ese sentido, España va bien, bien adelante, está marcando la parada a todos los que van detrás, gracias al actual Presidente del gobierno.
Entonces, lo que podemos desear, lo que es natural desear es que haya un cambio, y que haya un cambio pronto, y que la legislación refleje esa moral compartida por todos.
Es entendible, que quienes somos cristianos católicos, anhelemos ver que todo el desconcierto, el cinismo, el libertinaje, retroceden al fin, y llega un tiempo de orden, de sensatez, de respeto a Dios y a sus leyes y de celebración fervorosa de sus misterios.
Pero entre el estado actual y ese estado deseado hay, sin dida, un estrecho bastante largo, y aunque no seamos muy mayores en edad, -aunque algunos quizá lo somos-, la convicción que uno tiene es que ya uno no verá esto.
Entonces, de lo que se tata es de aprender a sembrar. ¿Qué hay que hacer en este momento para poner bases, para sembrar en ese futuro?
"El desconcierto y el dolor pueden llevarnos a actitudes erradas". Este título que he querido dar la las dos predicaciones, esta que tenemos y la siguiente, pues es un título un poco conflictivo, eso de hablar de errores es como presentarse uno en el terreno de:"Yo soy el que sé, yo soy el que está en la veradad y yo soy el que puedo enseñar".
Pero yo más bien utilizo aquí la palabra más o menos en el sentido en el sentido en el que también la utilizaba, por ejemplo, Santo Tomás. Santo Tomás tiene una cantidad de títulos que son "contra", "Contra Errores Graecorum"; una de las Summas más famosas de Santo Tomás, pues es, por supuesto, "Contra Gentiles".
Entonces, en la mentalidad medieval, el decir uno: "Estoy contra tal cosa", no era animadversión, sino era una manera de fijar la propia postura, "que los demás sepan a qué atenerse, en dónde estoy parado yo".
Recientemente, el penúltimo Maestro de la Orden, Tiimothy Radcliffe, hablaba mucho de la importancia de esto: "En una conversación, tú fija tu postura y fíjala claramente", lo cual significa que tú hay cosas que compartes y hay cosas que no compartes. Cuanto más claro seas, dentro de un ambiente de respeto, se entiende, incluso de caridad; pero cuanto más claro seas tú, más avanza el diálogo.
La idea que preside este modo de hablar, repito, no es atacar, no es descalificar, sino es presentar una serie de posturas, que en este caso son fruto de una análisis, de una experiencia particular, que es la mía, quizá compartida por otros; pero aquí no se trata de posesión de la verdad ni se se trata de animadversión, sino se trata de fijar lo que ha sido el resultado de mi experiencia, porque así es como puedo ser útil.
Ya otro dira: "Pues esto que plantea Nelson no me convence o no me sirve; yo estoy en desacuerdo en esto y esto". Pero cuanto más claro sea yo, más rápidamente se llega a en qué estamos o o estamos de acuerdo.
Por eso, hace un tiempo me puse a compilar esto que he llamado "errores", "doce errores que no podemos cometer", errores que deberíamos tratar de evitar atoda costa. Y la razón, para mí, la razón de evitar estos errores, es que los errores hacen más dolorosa la espera, hacen más largo el camino.
La mayor parte de los títulos casi que se explican por sí solos; por una vez voy a leer la lista de los doce errores. El primero, declararnos derrotados; segundo, apelar a una rutina juiciosa y seguir como si nada pasara; tercero, añorar el pasado y reugiarnos en él; cuarto, vender más barato el Evangelio; quinto, disparar anatemas contra todos.
Sexto, fiarnos demasiado de la apologética y los argumentos; séptimo, poner las esperanzas en el diálogo interreligioso, el movimiento ecuménico o las causas sociales compartidas; octavo, encerrarnos en los grupos piadosos; noveno, querer resolver los problemas con manuales, cánones y rúbricas.
Décimo, reemplazar a los sacerdotes con otro tipo de personas, o sea, básicamente laicos cualificados; once, centrar las fuerzas en la visibilidad política o en la relevancia social; duodécimo y último, suponer que veremos la cosecha.
Esta lista nace de algo de mi experiencia en Colombia, pero sobre todo de los últimos años en Europa, específicamente Irlanda; pero creo que, guardadas las proporciones, puede servir en otros contextos.
Bueno, vamos a ir comentando algunas cosas sobre estos errores, repito, unos son más obvios que otros. El primero es declararnos derotados, entregar las armas. Esto sería simplemente reconocer la semilla que portamos, desconocer la semilla del Evangelio.
"La calidad de nuestra semilla es incorruptible" 1 San Pedro 1,23, nos dice el Apóstol San Pedro en uno de sus textos; "nosotros, -dice él-, hemos nacido de semilla incorruptible" 1 San Pedro 1,23.
Y ese "incorruptible" a mí me ha llamado la atención, porque nosotros, no sólo nuestro cuerpo, sino nosotros como seres humanos, y nuestras propias vocaciones, y nuestras instituciones son corruputibles.
Por ejemplo, la legislación dominicana, no porque sea la nuestra, -pero ya que estamos solos ponderémonos-, la legislación dominicana es una maravilla, para mí es una maravilla de la especie humana, así la catalogo.
Ese balance tan delicado y tan sabio que hay entre la comunidad y el superior; entre el individuo y el grupo; entre el apostolado personal y lo que hemos llamado a veces "proyecto comunitario"; ese querer que todas las voces sean escuchadas, pero que también haya un camino resuelto.
¡La legislación nuestra es una maravilla!