Pablo 20 siglos después - 08
Muy bien hermanos, empezamos recordando la frase que ya mencionamos una vez del filósofo español Javier Zubiri "Los griegos somos nosotros".
Estamos acostumbrados, es nuestro medio natual, constituye el ámbito de lo obvio para nosotros buscar la lógica, la estructura y el ideal cartesiano de las ideas claras y distintas es el nuestro.
Lo que nos gusta de un discurso, lo que suele gustarnos de un discurso es precisamente que haya claridad es casi el requisito primero, fundamental.
Por eso necesitamos un poco un salto intelectual para asomarnos a otros mundos, como pudo haber sido el mundo de Jesús o incluso el del mismo Pablo.
No se nos olvide que Pablo estaba en esa doble pertenencia, él era judío y habla de los de su raza, pero también estaba insertado y pertenencía plenamente al mundo greco-romano.
Por recordar algunas frases paradójicas de san Pablo, él dice "Cristo se hizo maldición por nosotros"(veáse). Es un lenguaje excesivamente duro y creo que ninguno de nosotros espontáneamente utilizaría en la predicación, ni yo estoy sugiriendo que se utilice.
Esa clase de lenguaje es un modo de argumentación judío. Es tomar aquella prescripción de la ley "Maldito todo aquel que cuelga de un palo o de un arbol" (veáse), y a partir de ahí elaborar una predicación.
Pero es algo rudo, es algo tosco, lo mismo cuando él dice también utilizando la palabra anatema o maldición, dice "Yo quisiera ser un maldito con tal de que se salvaran los de mi raza" (veáse).
Es un lenguaje excesivo, es una cosa llevada al extremo y nosotros no hablaríamos así, pero esas expresiones no son del todo ajenas al lenguaje semítico.
Los que conocen de hebreo y de griego, pueden explicarlo mejor, pero por ejemplo, las palabras para amor y para odio. En el Evangelio cuando Jesús dice "El que no odia a su padre y a su madre" (veáse), eso es lo que Él dice, el verbo que utiliza es odiar.
"El que no odia a su padre y a su madre no puede ser digno de mí" (veáse). Nosotros jamás hablaríamos en esos términos, para nosotros las palabras tienen ya un significado, odiar, significa lo que dice el diccionario que significa.
Entonces cada vez que yo utilice la palabra "odio", estoy utilizando lo que dice el diccionario, así funciona nuestro cerebro. Pues así no funciona el cerebro de ellos, muchas veces la palabra odio en el Evangelio lo que significa es no amar o no preferir.
Un ejemplo que me gusta poner con respecto a esa palabra. La palabra hebrea o aramea para amar u odiar es el caso, supongamos, de una familia en la cual hay tres hijas que están en edad de merecer.
Y resulta que un amigo de la familia, un joven que parece un gran, un muy buen partido, empieza a volverse amigo de esta familia que tiene estas tres jovencitas.
Y resulta que a él la que le gustó fue la de la mitad, la segunda, no la primera ni la última. Nosotros planteamos eso en términos de la que le gustó, la que él prefirió.
Pero en el lenguaje semita, en arameo o en hebreo, no sería extraño oír una expresión como esta "Amó a la segunda y odió a las otras dos". No es que tenga odio ni hacia la primera ni hacia la tercera, sino que así se expresan.
Es decir, es un lenguaje que depende muchísimo más del contexto. Para nosotros las palabras existen como en la alacena, como en la nevera, y de ahí las sacamos con un significado estable y permanente y así las decimos a los demás.
Pero resulta que estas personas, esta gente, funciona mucho más con el contexto. Eso se ve bien en el hebreo, por ejemplo, con esa estructura temporal tan compleja que tiene. Para nosotros existe la línea del tiempo: pasado, presente y futuro, es una línea, "Lo que me estás diciendo fue que pasó o es que va a pasar".
En cambio en el hebreo funciona de otro modo, entonces, hay un modo perfectivo y hay un modo imperfectivo. Entonces de acuerdo con el aspecto -llaman ellos-, de acuerdo con el aspecto perfecto o imperfecto que tenga y de acuerdo con el contexto, entonces, tú sabes si se está hablando del pasado o del futuro.
Por eso curiosamente en las traducciones de los Salmos si uno ha tenido ocasión de verlas en distintos idiomas, ve que algunos Salmos que uno está acostumbrado a que se traduzca tal verso en pasado, después va a otro idioma y se lo encuentra, por ejemplo, en futuro.
A mí a cada rato me sucede porque después de muchos años de rezar en español, voy a Irlanda y encuentro todas las traducciones en inglés. Y resulta que hay Salmos que algunos versículos específicos, están dichos, allá se presentan en futuro y nosotros los teníamos en pasado.
O lo mismo si uno compara la Vulgata o la Neovulgata con la traducción española. Todo esto es para decir que no todo es griego, no todo es claridad y no todo es concepto.
Si nosotros funcionamos, si nuestro cerebro se ha acostumbrado a funcionar con las palabras alacena -esas son las palabras nuestras, palabras alacena- o palabras depósito, según la cual idea, uno saca las palabras y siempre significan lo mismo.
Esta gente no obra así, entonces, el lenguaje mismo de ellos es muy diverso. Y quiero destacar esto, el objetivo de esta enseñanza es un poco ayudarnos a despertar la mente a la novedad del Evangelio.
Decíamos en nuestra sesión anterior que fáscilmente estamos tentados de creer "Eso yo ya lo conozco", pero observa que ahí estamos cayendo en una trampa mental que es muy propia del estilo griego.
Si yo, por ejemplo, he hecho un curso en mecánica de fluidos y lo he aprobado y lo he entendido, pues, en buena lógica no tiene ningún sentido que yo vuelva a tomar el mismo curso, no tiene lógica porque ya lo conozco. "Hombre que ya sé las ecuaciones, ya sé los ejercicios, ya eso lo aprendí, ya no tengo que volver a estudiarlo".
Según la mente griega, lo que estamos haciendo aquí es una comparación entre la mente griega y la mente semita.
Según la mente griega, el universo es un cuadriculado y yo voy avanzando en ese cuadriculado, cada cuadrado corresponde a un concepto, un concepto para cada realidad, una realidad para cada concepto y yo voy avanzando en la realidad y voy encontrando estructuras y yo voy avanzando, voy tomando posesión del mundo a través de ese mecanismo.
Pero resulta que los sabios judíos, los sabios, los del Talmud, pero antes de eso, los sabios que meditaron en la Escritura y la Mishna y todas esas cosas, y los Midrash o midrashim. Ellos vuelven sobre el mismo texto, por ejemplo, el relato de Adán y Eva, cuántos Midrash o cuántos midrashim hay sobre el relato de Adán y Eva.
Y vuelven al relato de Adán y Eva, y otra vez el relato de Adán y Eva, para nosotros es una historia que "ya me la sé, ya me la aprendí, ya sé en qué termina".
Es deicr, nosotros obramos, bueno, quizás estoy siendo injusto al decir nosotros. Pero la tendencia griega-racionalista-conceptual lo que hace es cuadricular el mundo y "Bueno, ya entendí la parte de Adán y Eva, ya entendí la parte de Cristo, ya entendí san Pablo, ya entendí el Cristianismo, ya se acabó la novedad del Cristianismo, ahora venga a ver qué es lo próximo".
Esa es la trampa en la que hemos caído o esa es la trampa a la que conduce la mentalidad griega. En cambio, al judío no le sucede eso, porque el judío no está acostumbrado a avanzar en una cuadrícula sobre el cósmos, sino avanzar como quien saca, como quien extrae de una mina o como quien saca agua de un pozo, es más o menos esa imagen.
Entonces se vuelve al mismo relato y se le encuentra otra cosa y el relato crece con la persona y la persona crece con el relato. Es decir, se establece una relación orgánica entre la Palabra y el oyente. Entre el predicador, el oyente y la Palabra, y ese triangulo va creciendo.
De manera que el ideal de sabiduría para los semitas no es el que tiene una cuadrícula más amplia, el que puede hablar de muchos más temas.
Para nuestra mentalidad occidental un sabio es lo que eran los grandes sabios del Renacimiento. Ese es un sabio para nosotros, un Leonardo da Vinci, que sabía pintura, que sabía escultura, pero también sabía anatomía, y también sabía ingeniería, lo que era la ingeniería en esa época, y también sabía lo que era la química en esa época, ese es el ideal para nosotros.
Es decir, el ideal occidental heredado de los griegos es una cuadrícula muy muy extensa según la cual el mundo entero cabe ahí.
Ese ideal en la Edad Media se expresa por medio de la palabra "suma", una suma es eso, es una gigantesca cuadrícula que se supone que debe cubrir muchas cosas, debe recorrerlo todo.
El sabio por excelencia, el punto de referencia por excelencia es Aristóteles, que cubrió todo lo que se podía cubrir en aquella época. Entonces habla de animales, habla de plantas, habla de fenómenos atmosféricos, habla de minerales, pero también habla de metafísica y de lógica y de razonamiento, ese es el ideal que ha quedado para nosotros.
Esta gente semita obra de otro modo, el ideal es la persona que ha crecido con la Palabra, la persona que puede escuchar más ecos en la palabra. No la persona que la conoce, sino la persona que puede escuchar más ecos.
El rabino sabio es el que escucha "Adán, Adán, Adán", mayor es la sabiduria de esa persona, eso se ve muy bien en el caso de Salomón, tenía una teoría
min 11-12.