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Fecha: 20060507

Título:

Original en audio: 39 min. 9 seg.

En proceso de transcripción 


Amadisimos hermanos, durante todo el tiempo de la pascua, y en realidad durante toda nuestra vida cristiana, estamos celebrando una sola realidad, la gran noticia, Jesús está vivo, el Señor está vivo y está dando vida.

No sólo está vivo sino que está vivificando, no sólo ha recuperado la vida sino que es la fuente de la vida nueva, a través del derramamiento del Espíritu Santo, a través del don de Pentecostés, los discípulos de Cristo quedaron impregnados con la vida misma del Resucitado.

Por eso no es extraño que ellos, ya desde los primeros tiempos, empezaron a realizar prodigios admirables, porque no eran ellos, era el espíritu de Dios, el espíritu de Cristo, el Cristo vivo obrando en ellos, realizando maravillas, comunicando nueva vida.

Y la primera lectura de hoy nos recuerda uno de los milagros que fue decisivo en los comienzos de la predicación evangélica, el milagro mismo no está contado ahí, pero podemos recordarlo aquí fácilmente, entraban Pedro y Juan al templo y un mendigo paralítico de nacimiento pedía limosna, Pedro se le quedó mirando fijamente y le dijo oro y plata no lo tengo pero lo que tengo..." (véase Hechos 3, 1-5) y lo que tenía era la vida de Jesús, el poder de Jesús, el espíritu de Jesús.

"Lo que tengo eso te doy, en el nombre de Jesús levantate y anda y este hombre que nunca había caminado se pone en pie, se pone en pie de un salto y empieza a brincar y empieza a caminar a correr manifestando con su misma alegría y con esos saltos de gozo, lo que significa la vida cristiana" (véase Hechos 3, 8-9).

Nosotros que estuvimos postrados por el pecado y condenados a una triste mendicidad suplicándole gozos al mundo, suplicándole un poquito de alegría a una botella, suplicándole un poquito de amor al dinero de la prostitución, nosotros que estuvimos suplicándole un poquito de amistad construida a base de chismes, mentiras y calumnias.

Nosotros que hemos pedido sentirnos un poquito importantes a base de soberbia, hemos sido mendigos de los ídolos y de las mentiras de este mundo, postrados y condenados a la mendicidad, hasta que llegó un Apóstol, hasta que llegó la predicación vigorosa de Jesucristo a través de algún ministro, a través de algún Pedro, a través de algún Juan, a través de alguien.

Esa buena noticia nos alcanzó como una oleada, como una inundación de amor, y entonces nosotros lo mismo que este mendigo, hemos saltado de gozo y hemos entrado en la casa de Dios, porque lo mas admirable de este milagro es que ese pobre mendigo estaba siempre a la puerta y nunca entraba, y esos son muchos católicos que están siempre a la puerta, están siempre ahí en el borde, saben que algo extraño sucede en el altar, saben que algo extraño sucede con el pan y el vino, saben que se cuentan historias sobre el perdón y sobre la sanación; pero todo lo miran de lejos como extranjeros.

Dice San Pablo la Carta a los Efesios, "todo lo miran de lejos pero nunca entran". Una vez que el espíritu de Dios se apodera de ti, ya no eres extranjero ni forastero, dice Pablo en la carta a los Efesios, cuando llega el espíritu de Dios hacia ti, ya sientes que eres de la familia y eso fue lo que sintió el mendigo, que no solo pudo caminar, no sólo pudo saltar, sino que por fin, por fin pudo entrar en el misterio.

Ese es el significado de la entrada al templo, pudo entrar en la casa de Dios, pudo sentirse de la familia de Dios.

Eso es también lo que nos dice la segunda lectura. Miremos hermanos que amor tan grande nos ha tenido Dios para llamarnos sus hijos y es verdad, porque lo somos, el día que uno se convence que uno es hijo, que es verdad que uno es hijo, entonces uno salta de gozo y uno, como este mendigo, no puede parar de cantar y de celebrar el amor de Dios, porque soy de la casa de Dios, porque pertenezco a su familia.

¿Ustedes han sentido esa alegría? ¿Ustedes han sentido ese gozo? Levanten la mano el que haya sentido ese gozo de ser de la familia de Dios, muchos han sentido ese gozo.

Este hombre entró alabando a Dios no solo con los gritos de júbilo, sino con su cuerpo curado. Los cuerpos curados, los cuerpos sanados, las vidas reconstruidas son la gran alabanza, la alabanza no es en primer lugar asunto de palabras.

Jesús nos advirtió que la oración no era la multiplicación de palabras, es tu vida sanada, es tu familia reconstruida, es tu mirada que ya no tiene que bajarse avergonzada, ahora ya puedes mirar a los ojos, ahora ya no tienes que esconderte de Dios, ya no eres Adán escondiéndose entre las hojas del Paraíso, ahora eres de la familia, ahora miras a los ojos, ahora sientes paz en tu corazón y ese corazón tuyo que palpita con ritmos de alabanza, esa es la gratitud, ese es el gozo que también experimentó ese mendigo.

Por supuesto un milagro de este tamaño no podía quedar inadvertido, la gente que tal vez entraba solo por costumbre, solo por rutina a aquel templo de Jerusalén, se encontró un día con algo absolutamente inusitado, un hombre que cantaba y gritaba y lloraba de alegría y no dejaba de dar saltos, y algunos pensarían "este está loco" y otros pensarían, como pensaron de los Apóstoles en Pentecostés, "este debe de estar muy borracho" (véase Hechos 2, 13)y no estaban equivocados, hay una ebriedad santa, hay una santa ebriedad que trae el Espíritu, un sentimiento de gozo desbordante que no cabe en palabras y por eso, porque no cabe en palabras.

El capítulo 16, 17 del evangelio de San Marcos dice: “que los que crean en Jesucristo hablarán lenguas nuevas" simplemente porque no existen en los idiomas del mundo, una palabra que pueda expresar lo que se siente cuando uno por fin, por fin puede abrazar el amor de Dios, cuando uno por fin puede sentir el beso y la acaricia de Dios, cuando uno por fin puede decir "entonces si soy de los tuyos" "entonces sí soy de tu familia".

La gente extrañada vió que este hombre daba brincos y gritaba como un loco y también es verdad que estaba loco, porque es una locura, pero una locura santa el encontrarse con Dios y muchos de los que han venido a esta casa de oración, que se llama "la Mansión", saben muy bien lo que estoy diciendo con esta locura, porque para el mundo, para los valores de este mundo, siempre será una locura, que tu gastes una noche en vigilia o que tu gastes una mañana recibiendo instrucción y aprendiendo a bendecir a Dios.

Para el mundo siempre será una locura que tu cultives la honradez, que ames la pureza. Para el mundo siempre será una locura que tu renuncies a vengarte y que en cambio prefieras orar por tus enemigos.

Para el mundo todas esas cosas son locas y son extrañas y nosotros siempre seremos extraños y locos para este mundo, hasta que la figura de este mundo pase, hasta que los cielos se deshagan, con gran estrépito aparezcan los cimientos de la tierra y el Señor Jesús vuelva en gloria, en ese momento quedará claro que lo que era realmente loco era darle la espalda a El y lo que era realmente tonto era evitar su Palabra.

Pero mientras llega ese momento glorioso, mientras llega ese momento grande y santo, mientras llega ese momento en el que todos los ojos tendrán que contemplar la gloria del que regresa a tomar posesión y gloria del universo, mientras llega ese momento, nosotros estamos saludablemente condenados a ser unos locos.

No esta mal ese título, porque loco consideraron a Jesucristo y loco consideraron a San Pablo, "de tanto estudiar ya se te revolvió el seso" le decían a San Pablo y loco consideraron a San Francisco y loco consideraron a Maximiliano María Kolbe cuando escogió dar su muerte en un martirio horroroso, intercambiando su destino con un preso condenado a muerte, o sea que si somos de esos locos, feliz nuestra locura, y si somos de esos locos, bendito sea el Señor porque pertenecemos a la asamblea de sus elegidos.

El impacto maravilloso de esa locura causó revuelo, la noticia se divulgó inmediatamente por todo Jerusalén, un gran milagro ha acontecido, algo está sucediendo y tenía que ser así, porque el Señor Jesús está vivo y el que está vivo da vida.

Jesús, óiganme bien hermanos, Jesús está vivo; pero no está ocioso, Jesús no está ocioso, está vivo y se pasea en medio de su pueblo, está vivo y está ocupado curando gente, está vivo y está ocupado alejando el imperio de satanás, está vivo y está instruyendo a los suyos, está vivo y está reuniendo a su pueblo, está vivo y está llamando a muchos y a muchas para que se gasten, para que se consuman dando luz.

Como la imagen preciosa de este cirio que tenemos aquí, como me gusta el cirio de la pascua, como me gusta esa imagen preciosa de una luz que se gasta en frente del pueblo, muchos sienten ese llamado, muchos sienten esa vocación, entiendan bien eso, no viene de ustedes, eso viene del Señor Jesús que está vivo y que hace cosquillas y caricias en tu corazón para que te sientas convocado y te sientas llamado a quemarte como ese cirio dando luz a otros, Jesús está vivo pero no está ocioso y una prueba impresionante de que el está vivo y dando vida, fue el milagro de este paralitico curado.

Entonces la gente se reunió, se reunió porque querían entender lo que había sucedido, algunos decían que no era en verdad el mendigo, otros decían que si era y el dio testimonio y dijo que sí, que el Señor lo había curado; pero fue sobre todo la predicación de los Apóstoles la que mostró quien era el verdadero autor de ese maravilloso milagro.

La historia debería tener un final perfecto y feliz; pero lamentablemente las autoridades de ese tiempo, en vez de postrarse con gratitud ante el rey de la gloria, sintieron que el poder del Cristo vivo era como una amenaza al poder que ellos tenían.

Ellos sintieron que su poder estaba siendo cuestionado por esa oleada maravillosa de amor, en realidad tenían razones para temer, porque allí donde reina Jesucristo, allí donde de veras aparece el esplendor de Cristo, cualquier otro reinado, cualquier otro imperio, cualquier otro aparato que queramos presentar y cualquier otro pasto se queda chico,

Todo palidece frente a la luz de Jesús, todo se ve tan pequeño y casi ridículo frente a la luz de Jesús, en realidad estos judíos, estas autoridades judías tenían razones para tener miedo, porque efectivamente, ahí donde brilla Jesucristo, todo lo que antes parecía luz, ahora es casi sombra y ellos sentían que iban a ser eclipsados por Jesús, por eso empezaron a perseguir a los Apóstoles y los sometieron a juicio.

Y la respuesta que dio el príncipe de los Apóstoles, San Pedro, es lo que hemos escuchado en la primera lectura de hoy.

De esto que sucedió con las autoridades judías tenemos que aprender algo, si es verdad que el Señor Jesús brilla con la luz inmortal de la Pascua, si eso es verdad solo tienes dos opciones, dos: o te pones a luchar contra esa luz o te dejas invadir de esa luz.

Ese es el juicio de la historia humana, una vez que el crucificado y sepultado ha resucitado, ante la luz de su resurrección sólo hay dos opciones: o intentas tapar esa luz o intentas luchar contra ella o te dejas llenar de esa luz para volverte luz también tú.

Y hoy tenemos que tomar esa opción hermanos, si queremos recibir de Dios esta invasión saludable, esta deliciosa inundación de la luz, Cristo para convertirnos también nosotros en luz o si queremos neciamente y estérilmente luchar contra esa luz.

La historia cuenta como muchos quisieron luchar contra esa luz y cuenta también el desenlace de sus vidas, y el desenlace, el final de sus esfuerzos, cuando estos acontecimientos de la primera lectura de hoy sucedían, todo parecía quedarse en una anécdota, por allá en un rincón del imperio romano.

Lo grande, lo fastuoso, lo impresionante era la vida del emperador romano con todas sus huestes y sus ejércitos, con todas sus provincias, sus riquezas, con su inmenso poder, veinte siglos después ¿Qué queda de todo eso? ¿Qué queda de todo ese pasto? ¿Qué queda de toda esa supuesta

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