Pablo 20 siglos después - 06

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En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén.


Muy bien, estamos con los límites de Occidente y uno de ellos que es muy claro en las emisoras de Latinoamérica, es la conversión vista como superación de vicios. Los grupos protestantes, bueno, digamos sectas, en Latinoamérica utilizan mucho la radio, y también ahora más la televisión los movimientos de tipo evangélico.

Y en su difusión el dar testimonios, el contar las historias de conversiones, es muy importante. Las conversiones siguen un esquema bastante repetitivo, “yo era borracho”, o “yo era ladrón”, o “yo vivía en depresión”.

Las conversiones de hombres sobre todo son muy típicas, todos o borrachos o drogadictos o las dos cosas, o mujeriegos o personas que traen en su vida resentimientos, por ejemplo por abuso sexual de la niñez.

Es decir que hay una serie de lacras sociales que se repiten mucho y que son como la fuente incesante de conversiones, especialmente para estos grupos. Esas lacras tienen que ver fundamentalmente con el juego, el alcohol, la droga, el sexo, y un poco algunas otras cosas, pero sobre todo esas.

Eso le puede hacer creer a uno que la fe cristiana es fundamentalmente un modo, es un recurso para salir de esos vicios, para salir de esas cadenas, y también puede dar la idea de que donde no existan esa clase de problemas la fe cristiana tampoco se necesita.

A esto es a lo que nos vamos a referir en este momento. Como la mentalidad occidental se concentra tanto en el sujeto frente al objeto, el yo que tiene el control de su vida, el yo que tiene el control de sus recursos de su pensamiento. El yo que el yo que es dueño de sí mismo y dispone de sí y hasta cierto punto vive para sí.

Ese Yo, así con una Y mayúscula, pues eso implica que la conversión finalmente corresponde a la experiencia de salir de ese Yo que encadena, salir de esa idolatría de ese Yo.

Muchos protestantes -por lo menos en mi país-, describen la conversión como: “Tú te quitas del centro de tú vida, tú te quitas del trono en el que tú mismo te has puesto y le permites, le otorgas ese trono a Jesucristo, convertirse es darle el trono de tú vida, el centro de tú vida a Jesucristo, sales de ahí tú, para que sea Él el que reine en tu vida”. Ese es como el lenguaje común dentro de este estilo de conversión.

Pero resulta que hay una especie de paralelo entre el mensaje del pecado y el mensaje de la gracia. Juan Pablo II, decía que estas dos nociones van en paralelo. Por ejemplo, si se pierde la noción del pecado, se pierde la noción de la gracia, y creo que esa es una intuición muy correcta.

En efecto donde no aparece pecado, tampoco aparece la necesidad de la salvación, tampoco aparece el Salvador, tampoco aparece redención, tampoco aparece Iglesia, tampoco aparece nada.

Ayer comentabais algunos, sobre cómo por ejemplo aquí existe el tema de lo que es pecado y lo que es delito. Entonces, si la persona no siente que está cometiendo un delito, tampoco siente que está cometiendo un pecado.

Y si la persona no siente que está cometiendo pecado, tampoco termina de ver cuál es el propósito de pasarse a otra religión, aceptar un determinado credo, ir a unas reuniones, que para él serán eso, unas reuniones, unos ritos como sería por ejemplo la Misa.

Es decir, estas dos nociones están unidas, la noción de pecado y la noción de gracia. Podemos decir que se relacionan como el hambre se relaciona con el alimento. Una persona sin hambre no entiende ni el gusto de comer ni la necesidad de comer.

Entonces, lo primero es crear el hambre, pero el hambre se crea sola. Entonces lo primero no es crear el hambre, lo primero es hacer descubrir el hambre. En cierto sentido la evangelización tendría que ser eso: ayudar a la persona a descubrir su hambre profunda para que luego descubra en Cristo el alimento que sacia esa hambre. Si no hay el descubrimiento del hambre tampoco hay el descubrimiento del alimento.

Esto puede resultar un poco difícil cuando uno viene de Occidente, porque uno está acostumbrado a unos cuantos perfiles de “hambre”. Hay unos amigos que aprecio muchísimo, ello son un pequeño –bueno, no tan pequeño-, movimiento apostólico, que trabaja con inmigrantes en California, la mayor parte de ellos, por supuesto, mexicanos y centroamericanos.

Y estos amigos organizan lo que ellos llaman “cruzadas”, cruzadas de evangelización, muy al estilo carismático. Reuniones normalmente de un fin de semana con mucha predicación, con cantos, tienen también la celebración de la Eucaristía, tienen exposición del Santísimo Sacramento y cada vez que pueden invitan también algunos sacerdotes para que ayuden con la confesión.

Son como misiones populares que realizan, algunas de ellas muy numerosas, de miles de personas. Entonces en una cruzada típica de mis amigos de California, lo que el predicador va a decir a la gente ya se sabe desde el principio.

Lo que el predicador le va a decir a la gente es: “Tú no tienes que vivir encadenado a tu vicio, tú no tienes que vivir encadenado a tu licor que te está destruyendo, hay uno que es capaz de liberarte si tú te entregas a él”.

Ese es el esquema fundamental: “Si tú entregas tu corazón vicioso, si tú entregas tu cuerpo acostumbrado al pecado, si tú lo entregas a Jesucristo, tú experimentas el poder de Jesucristo en tu vida”.

Cuando ese mismo esquema se quiere aplicar en otras latitudes, en otras culturas, la cosa no es tan sencilla. Porque tal vez la persona no tiene esa misma experiencia de vicio, o tal vez, no lo ve como vicio, o tal vez no termina de ver en dónde está lo malo de eso, o tal vez su vicio es otro, es decir, no es tan sencillo.

De manera que el propósito de esta lección o de esta charla es que caigamos en cuenta de ese elemento que podemos llamar cultural que tiene una tremenda importancia a la hora de anunciar la gracia. Porque si no descubrimos a qué estamos respondiendo, seguramente no estamos respondiendo a nada.

La noción de pecado -en cuanto concepto-, tiene historia y se encuentra anclada a circunstancias que dependen de las culturas y los tiempos. Es interesante ver que la narrativa de la gracia, lo mismo que la del pecado, nunca tiene una forma única. Si yo voy de un lugar a otro, pues no puedo llevar el mismo cuento, no basta, no basta llevar el mismo cuento, a qué estoy respondiendo.

Esto pues por supuesto, conecta con otras cosas que se hemos dicho antes. De lo que se trata entonces, es de percibir en dónde puede estar la necesidad, percibir, percibir dónde está esa hambre. Ayudar a que esa hambre se esclarezca y ayudar a que la persona o las personas puedan dar ese paso.

No hay una narrativa única del pecado, no hay una narrativa única de la gracia. Ha de redescubrirse en las varias coordenadas en que el amor de Dios es rechazado. Porque hay muchas maneras, lamentablemente hay muchas maneras de rechazar el amor de Dios. Entonces de algún modo lo que nos toca preguntarnos es: “¿aquí cómo se está negando a Dios, aquí cómo se le da la espalda a Dios?”

Pueden salir cosas interesantes de esto, para darnos cuenta cómo ha evolucionado este tema del pecado y de la gracia, qué mejor que ir a la Escritura. La vida de los apóstoles en general era notoriamente sana. Si pensamos en los vicios típicos de sexo, licor, droga, codicia, cosas de esas, podemos decir que la vida de los apóstoles era notoriamente sana.

Y destaco esto porque entonces hay que preguntarnos ¿de qué se convirtieron ellos? Si ellos dejaron algo para encontrar a Cristo, si ellos mismos tuvieron una experiencia de la gracia de Cristo, ¿cuál fue esa experiencia?

Pablo habla de su formación estricta, ahí doy un par de citas de Hechos de los apóstoles 22,13 y 26,5. Ósea, la conversión de San Pablo no fue una conversión moral. Dicho de otro modo, si San Pablo hubiera escuchado a mis amigos católicos de California, ese mensaje, tal vez, no le hubiera dicho nada.

Porque el mensaje de California es: “Mira tú que estas encadenado en tu droga y…”, y Pablo hubiera dicho: “No, yo de eso no conozco, ni eso ni el licor”. Ni el sexo seguramente, eso no es. La formación de él era una formación estricta, él dice: “Yo fui formado en la secta más estricta del judaísmo”. Entonces ¿en qué consistió la conversión de Pablo si no fue una conversión moral?

Y Pedro, pues Pedro tampoco era un alcohólico. Pedro asegura en Hechos de los apóstoles capitulo 11, asegura: “Nunca nada impuro ha entrado en mi boca” dice él. Entonces, quiere decir que Pedro, -aunque estaba en Galilea que no brillaba ciertamente por su observancia de la fe-, Pedro era un observante. Pedro observaba la ley judía, y no comía lo que estaba prohibido por la ley.

Entonces ¿qué fue lo que encontraron ellos? ¿Cuál sería el pecado de Pedro que fue sanado, que fue perdonado por Jesús? Sin embargo el mismo Pedro se reconoce pecador porque en ese pasaje donde Jesús se sube a la barca de Pedro y le dice: “Apártala un poco” (véase San Lucas 5,3), y empieza a predicar y después del sermón, Jesús le dice que eche la red y viene la pesca milagrosa, cuando Pedro ve el milagro lo que hace es arrojarse a los pies de Jesús y decirle: “Apártate de mí porque soy un pecador” (véase San Lucas 5,8).

Pero Pedro era un observante de la ley, no tenemos razón para pensar que él estuviera en las garras de algún vicio en particular. Tal vez tenía mal carácter, pero no parece que fuera lo que hubiera atraído la atención de un predicador de mis amigos de California.

¿Por qué dice Pedro eso? ¿A que se refería? ¿Qué podía estar en la cabeza de él cuando dice: “Apártate de mí que soy un pecador” (véase San Lucas 5,8)?

Dice San Pablo en primera Timoteo, del capítulo primero: “Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor que me ha fortalecido porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, aun habiendo sido yo antes blasfemo, perseguidor y agresor. Sin embargo, se me mostró misericordia porque lo hice por ignorancia en mi incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor fue más que abundante con la fe y el amor que se hallan en Cristo Jesús, palabra fiel y digna de ser aceptada por todos. Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero. Sin embargo por esto hallé misericordia, para que en mí como el primero, Jesucristo demostrara toda su paciencia como un ejemplo para los que habrían de creer en Él para vida eterna. Por tanto al Rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, a Él sea honor y gloria por los siglos de los siglos, amén.”