Bram002a
Fecha: 20000402
Título: Necesitamos una ecología del espíritu
Original en audio: 10 min. 8 seg.
Las tres lecturas que hemos escuchado son tres miradas al misterio de amor que vamos a celebrar en esta Semana Santa. Miramos ese misterio con los ojos de un profeta, este es Isaías en el capítulo 50. Miramos ese misterio con los ojos de un apóstol, este es Pablo en el capítulo segundo de su carta a los filipenses. Y luego miramos ese mismo misterio con los ojos de un evangelista, este es Marcos que habiendo conocido el testimonio de primera mano de los apóstoles y guiado por el Espíritu Santo nos concede hoy el relato de la Pasión del Señor.
Son tres miradas a un mismo misterio y de aquí podemos entender cómo todo, todo mira hacia Jesús. Los profetas, los apóstoles, los evangelistas, la escritura entera habla de Jesús como el mismo lo dijo disputando una vez con los judíos: “vosotros estudiáis las Escrituras, ellas hablan de mí”. Todo mira hacia Jesús, todo habla de Jesús. En la creación, porque todo fue hecho por Él. En el Cielo porque todo fue hecho para Él. Pero especialmente en el orden de la redención porque en Él se han reconciliado todas las cosas.
Dejémonos guiar por estas palabras y miremos desde este domingo el misterio que prontamente vamos a celebrar con la Iglesia en todo el mundo. Quisiera empezar por las palabras del apóstol que describe la pascua del Señor como un movimiento, un descenso, un abajamiento que luego se convierte en un ascenso, en una victoria. En ese capítulo segundo de su carta a los Filipenses Pablo describe los cuatro grandes pasos del abajamiento de Cristo: primero, no hizo alarde; segundo, fue uno cualquiera; tercero, murió, y dentro de ese tercero, cuarto, murió crucificado.
Son los cuatro momentos de la quénosis, del abajamiento, del vaciamiento de Jesús. Y de esos cuatro momentos podemos tomar nosotros toda una escuela de vida espiritual. Porque entendían los antiguos monjes que toda la espiritualidad consistía solamente en una cosa: en adquirir la verdadera humildad. No comprendida esta humildad como una virtud humana, una virtud de convivencia o una virtud que elimina el orgullo, sino como la gran virtud que le abre espacio a Dios. Sin humildad no hay nada porque sólo a la humildad se le ha concedido esa fuerza, la fuerza de abrirle un espacio a Dios. Y por eso en escritos de cartujos y de trapenses, en escritos de monjes y de enamorados de la vida de unión con Dios, una y otra vez vuelve el tema de la humildad. Porque parece que todo lo que hay que lograr en la vida, sobre todo si es vida de consagrados es la verdadera humildad; y tener cualquier otra cosa si falta esta virtud seguramente es tener solamente un engaño, una fachada, una mentira.
Entonces, como estamos mirando el misterio del amor de Cristo con los ojos del apóstol Pablo, y Pablo describe este misterio como un abajamiento en cuatro fases, aprendamos nosotros hasta donde nos es posible cómo es este abajamiento, porque los doctores de la vida espiritual, desde los más antiguos hasta los más recientes ven en la conquista de la humildad la conquista de todo.
Lo primero es que no hizo alarde, y es que Jesús tenía realmente de qué alardear; no hizo alarde de su rango divino, de su categoría de Dios; lo primero es eso, no hizo alarde. En cierto modo y aún más veló, ocultó. Es una cosa como paradójica, que en un mundo donde abundan tantos males, el camino de la humildad comience por esconder el bien. Tantos problemas que hay, tanta maldad y tanto pecado en el mundo, y lo primero que se le propone al que busque seriamente la vida espiritual es que oculte, es que vele sus bienes. Y sin embargo esto es indispensable, esto es indispensable para el camino de la humildad, porque ocultar el bien no es mentir sobre el bien, ocultar el bien es sembrar lo más profundamente en nosotros y en el mundo.
Nosotros no escondemos el bien como el que esconde una vergüenza, sino escondemos el bien como el que esconde una semilla para que dé fruto a su tiempo. Jesús era el Mesías y sin embargo Él no hizo alarde de su condición de Mesías; tampoco lo negó. Como lo oímos en el relato de hoy cuando le fue preguntado expresamente: “¿eres tú el Mesías?” la respuesta fue sí. No mintió, siempre lo fue. Pero no hizo alarde de eso, estaba ahí, oculto.
Esto tiene muchísima sabiduría, mucha sabiduría. Y habría tanto que decir sobre eso porque el que sabe sembrar su bien, el que sabe velar su bien sabe también permanecer firme en ese bien. El que tiene que buscar en mí hasta encontrar el bien que yo tengo, finalmente tiene que aprender mi lenguaje, finalmente tiene que aprender mi lógica, finalmente tiene que aprender mi pensamiento para descubrir ese bien y por eso llega débil al centro castillo del alma que decía santa Teresa de Jesús.
El que sale del castillo del alma es vulnerable y es débil. El que permanece en él, permanece firme, permanece fuerte, porque el que llega hasta el centro ya llega cansado. El que tiene que hurgar en mí para encontrar el bien ya llega cansado y me encuentra fuerte ya así es fácil vencerle.
Lo primero, no hacer alarde; lo segundo, muy parecido, un hombre cualquiera, un hombre cualquiera, con motivo de la guerra entre Estados Unidos e Irak hay muchísimas reflexiones que pueden hacerse, pero, yo he oído pocos comentarios de vida espiritual. Se reflexiona es de la economía, la política, la historia, la religión incluso, pero hay un comentario interesante sobre la vida espiritual. Resulta que el presidente Bush quiere atrapar, quiere matar, quiere acabar a Sadam Hussein. Los medios de comunicación nos hablan de los escondites, los baluartes, se decía en la antigüedad, los búnkers, se dice ahora, en que podría estar escondido Sadam Hussein.
Entonces, como en una versión macabra, hipertrofiada del gato y el ratón, el ejército más poderoso de la tierra busca a una persona para acabarla; y en las múltiples entrevistas que nos presentan los medios de comunicación habla algún Secretario de Defensa o algo así de los Estados Unidos y dice que en cualquiera de los refugios donde esté Sadam Hussein hay suficiente armamento para destruirlo. Es decir, que si ese hombre está escondido en Irak, hay suficientes armas para destruir, no importa cuánto concreto, no importa cuánta tierra se haya excavado, se puede acabar con Sadam Hussein.
Pero, esa persecución, que de acuerdo con la perspectiva estadounidense necesariamente tendrá éxito, tiene éxito porque Hussein no es un hombre cualquiera; perseguir al que no es cualquiera es perseguir a alguien que siempre se está viendo. Y es muy interesante porque uno de los modos de defensa de Sadam Hussein ha sido crear “clones”, dobles de sí mismo. De manera que hay una cantidad de gente maquillada de Sadam Hussein que por lo menos unos días atrás, ya ahora último esa estrategia no funciona, unos días atrás hacía apariciones y engañaba a su propio pueblo y salía y saludaba y al parecer no era Sadam Hussein sino un actor vestido, disfrazado y maquillado de Sadam Hussein para que la gente lo saludara. Es decir ¿qué está haciendo él ahí? Está escondiéndose en el anonimato. Esté tratando de ser uno más, está tratando de disolverse.
En la guerra espiritual pasa exactamente lo mismo: cuanto más visible, cuanto más ostentoso, cuanto más notorio es un personaje, más vulnerable es también. Ser uno cualquiera es una gran defensa. Es algo difícil de explicar, pero los Estados Unidos pueden perseguir hasta matar a Sadam Hussein, pero no pueden perseguir hasta acabar con Pepe Pérez si Pepe Pérez es cualquier persona que nadie sabe dónde vive o que podría vivir en cualquier parte. Tendrían que matar a todo el mundo para matar a Pepe Pérez. Es mejor ser Pepe Pérez y no hay necesidad de tener un búnker, no hay necesidad de encarcelarse en concreto 200 metros bajo tierra. El que es cualquiera, el que se disuelve en el conjunto, el que permanece anónimo permanece más fácilmente a salvo.
Yo no tengo duda de una cosa: si Jesús hubiera podido redimir a la humanidad sin salir nunca a la luz lo hubiera hecho de mil amores. Jesús –aquí especulemos- Jesús no quería el ministerio público, no quería. Miremos lo que fue su vida y descubriremos a uno que amó apasionadamente desaparecer, desaparecer; ¿cómo se las arregló Jesucristo para ser la santidad misma, para ser la pureza misma, para ser la bondad misma y que nadie se diera cuenta? y lo logró tan perfectamente que cuando tuvo que hablar del Reino de Dios la gente se extrañaba y decía “¿pero este?”. Lo cual prueba que había hecho perfectamente su tarea; se había disuelto perfectamente; había desaparecido perfectamente.
Jesús –pienso yo- y quiera el señor que le gusten mis pensamientos, Jesús no quería aparecer. Jesús quería redimir a la humanidad por vía de oración y de penitencia, quería, con la sola fuerza de su unión con el Padre, con la sola fuerza de su súplica, quería así cambiar el mundo entero. Él no quería aparecer, Él no quería manifestarse. Pero entonces predicó Juan Bautista. Empezó a predicar Juan Bautista y llamó al pueblo al perdón, llamó al pueblo al arrepentimiento para el perdón. Juan Bautista empezó a llamar a todos para que se arrepintieran y la gente empezó a responder a ese llamado; fue realmente un movimiento masivo, maravilloso en donde el pueblo entero estaba reconociendo que le había dado la espalda a Dios y que ahora quería encontrarse con Dios.
Y ese movimiento de amor hacia el Padre