Pablo 20 siglos después - 05
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén.
Bueno, buen día para los que no nos hemos saludado todavía. Continuamos nuestra aproximación al carisma dominicano, creo que puede ser útil hacer como una recapitulación sobre todo del enfoque de estas reflexiones, porque uno se pasa la vida entera apreciando y tratando de vivir –de algún modo- el carisma de nuestra orden.
En este caso particular, lo que nos interesa es ese contraste entre los dos extremos que vemos hoy en el mundo. Por un lado, la indiferencia religiosa, la secularización que es un poco un hecho en todas partes. Pero por otro lado también, la radicalización, el fundamentalismo, la intolerancia.
Detrás de esa tensión, pues nos encontramos con el problema, con la cuestión -digo mejor-, la cuestión fundamental de la búsqueda de la verdad y la adquisición de la verdad. Somos siempre buscadores, pero la pregunta también es si podemos afirmar que hemos encontrado, o si somos simplemente eso: buscadores.
Entonces, el que el se declara perpetuo buscador, pero nunca haber encontrado, es el escéptico, es el que no quiere que en el ámbito público haya ninguna afirmación de tipo trascendental o religioso. Mientras tanto, el que está demasiado seguro de lo suyo, considera que ya tiene la verdad.
¿Cómo mediar entre estas posiciones? Pues una posibilidad sería el uso de la razón, pero luego hay que hacer un poco la crítica de la misma razón, ahí parodiando a Kant. Hay que hacer la crítica de la misma razón, porque la razón tiene muchos aspectos, la razón también es histórica hasta cierto punto. Nos encontramos que lo que eran argumentos convincentes y contundentes en una época –y por eso vimos aquellos ejemplos bíblicos-, a nosotros nos dirían poco.
Mientras que para nosotros el paradigma del conocimiento, casi la única versión del conocimiento humano que parece convencer, es el conocimiento científico. Las cifras, las estadísticas y cosas parecidas, eso también tiene su propia limitación, también está abierto a toda clase de manipulaciones.
Yo creo que esta crisis financiera en la que nos encontramos en todo el mundo, es muy interesante desde ese punto de vista. Cuando uno se pregunta finalmente de dónde viene el valor del dinero, en medio de todas esas cifras. Esa danza de números que sale en las pantallas de las bolsas de valores, ahí hay muchas cifras, ahí hay muchas estadísticas, pero hay mucho conocimiento. Realmente ahí hay una verdad que emerge de todas esas pantallas.
Lo único que uno ve, la única afirmación que parece clara, es que sigue habiendo lo mismo que conocemos del corazón humano: codicia de parte de unos, vanidad, engaño, y luego pues a ver qué posición van a tomar los gobiernos al respecto. Entonces, ese es un poco el recorrido que hemos hecho y nos hemos encontrado con que existe un universal, si la razón no es ese universal que desearíamos que fuera.
Entonces, ¿cuál puede ser un universal que sirva de punto de encuentro, de lenguaje común para abordar cuestiones como estas de la intolerancia o la indiferencia? Y ese universal, pues nosotros cristianos, lo encontramos fundamentalmente desde la Biblia, en lo que vivió Israel.
Israel tiene una literatura que no exalta al mismo pueblo de Israel, esa es una afirmación muy importante dentro de este conjunto de lecciones o charlas. Israel no exalta su propio ser, Israel exalta a Dios. Y en el proceso de declarar la grandeza de Dios resulta muy importante reconocer la propia incoherencia, la propia miseria.
Entonces ahí se va perfilando algo que encuentra su expresión más definitiva –podríamos decir- en la Cruz de Cristo. La indigencia, la necesidad, la carencia, la contingencia, la incoherencia, todas esas palabras y muchas otras, denotan una profunda hambre, una profunda necesidad en el ser humano, y eso sí que parece que nos hermana a todos.
Entonces el verdadero universal cristiano no es el universal de la razón -o en cierto sentido sí lo es repito, pero es que toca hacerle tantos pies de página a esa razón, que a ver con qué nos quedamos-. El verdadero universal de nuestra fe cristiana es la Cruz, es el encuentro de toda miseria humana frente a toda misericordia de Dios, ahí está el gran universal nuestro. Y ser testigo de eso es finalmente presentar una narración, el universal no es una teoría, el universal es una narración.
Hoy precisamente en nuestra tercera sesión, lo que vamos a hacer –ya os explicaré un poco mejor después-, lo que vamos a hacer es un ejercicio esencialmente de narración. Entonces, el universal con el que nos encontramos, el terreno común es una narración. La narración de mi necesidad y cómo ha encontrado respuesta en Dios.
Lo último que hicimos en la sesión pasada, fue referirnos al caso de la gnosis, no como un concepto limitado a lo que se llama estrictamente gnosticismo. Sino gnosis en conexión con una serie de filosofías e incluso credos o sistemas de creencias, como puede ser el mismo taoísmo, como puede ser el budismo y lo que parece emerger de ahí.
En el cristianismo la afirmación nuestra es que la necesidad, la profunda necesidad del ser humano, ha encontrado una respuesta en la bondad, en la gracia, en el regalo de Dios, ese es un modo de abordar el tema. El otro modo es el del budismo fundamentalmente o el de la gnosis, que es la supresión del sufrimiento, la supresión de la necesidad.
Dado el hecho de que hay una universal que se llama la necesidad, el hambre, la indigencia, la incompletud del ser humano; frente a ese hecho hay dos respuestas básicas. Uno es extinguirlo, ese es el budismo o esa es la gnosis, la supresión de la materia, la supresión de la necesidad, extinguir la capacidad de experiencia del sufrimiento –se extingue pero no se responde-.
Entonces es muy importante, yo creo, reconocer esa diferencia entre el enfoque gnóstico, budista, taoísta, por una parte, y el enfoque cristiano. En el enfoque gnóstico, budista, taoísta, lo que se hace es acallar, lo que se hace es extinguir la necesidad. El cristianismo proclama algo diferente, proclama que la excesiva bondad, la liberalidad incontenible de Dios, ha provisto respuesta a esa necesidad.
Por eso, el ideal budista, el ideal gnóstico, termina siendo la disolución, que es algo así como un retorno al no-ser. El nirvana budista casi equivale a eso en la práctica y la identidad personal, en la práctica, desaparece también.
Por el contrario, en el cristianismo lo que se termina afirmando es una relación intensa, es una relación personal, en la cual cada redimido puede llamar a Dios Abba, cada uno puede reconocer a Dios como su Abba, es una relación intensísimamente personal. Yo creo que ese paralelo puede ser útil.
Hay un universal que se llama: existen necesidades, existen lo que dicen en inglés, longings -esas urgencias, esos anhelos profundos del corazón humano-, y eso parece que es un universal, efectivamente.
Pero a ese universal se le responde de dos modos, o por la línea budista gnóstica -que es la extinción de esa necesidad-, sin darle finalmente respuesta, sino conduciendo más bien a la disolución en la nada. O el estilo o la propuesta cristiana que es la afirmación de que esa respuesta sí se ha encontrado, la ha dado Dios en su Hijo Jesucristo y eso conduce finalmente a una plenitud, que nosotros llamamos vida eterna.
Bueno, hasta ahí vamos en nuestro recorrido y según eso, pues, vamos a tener ahora, unas dos o tres reflexiones sobre lo que podemos llamar los límites de occidente. Yo considero que este es un tema de enorme importancia, no sólo para el presente, sino para el futuro inmediato de la Iglesia.