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Fecha: 20030809

Título: "Si tuvierais fe, nada os seria imposible"

Original en audio: 53 min. 10 seg.


Queridos Hermanos.

La fe y el amor son las dos palabras grandes de las lecturas que hemos oído. Se nos pide una fe total y se nos pide un amor total, amor sin divisiones, fe sin grietas; una fe absoluta, un amor permanente. Lo propio del amor, lo que se pide para el amor es que sea constante; lo que se pide para la fe, es que sea grande.

Una fe inmensa, una fe sin medida, y un amor que sea capaz de proclamarse a todas horas y en todos los lugares.

Primer pensamiento entonces para reflexionar hoy: fe y amor. La vida es sencilla, nuestros pecados son complicados; el pecado complica la vida. Analiza qué complica tu corazón y verás que son tus pecados y los pecados de otras personas; pero la vida es simple, la vida es sencilla y la sencillez de la vida la reencontramos, la disfrutamos en la fe y en el amor.

La fe que nos permite saltar hasta la dimensión de Dios, el amor que nos permite abrir la puerta para que sus promesas sean realidad en nosotros.

Como predicador me siento casi dividido porque quisiera hablar tanto de la fe como del amor. Pues demos un paso, pasemos a una segunda parte en nuestra reflexión, detengámonos en la fe, pensemos cuál es el milagro, cuál es la grandeza de la fe.

La fe es como un puente, hay una frase que personalmente me ha ayudado a entender qué es la fe, es la frase que se encuentra en la Carta de Santiago, donde dice. “bueno, tú crees que hay un Dios, pues los demonios también lo creen” (véase Carta de Santiago 2,19).

Esa frase me ha servido inmensamente, “los demonios también creen que hay un Dios” (véase Carta de Santiago 2,19), obviamente, eso no les sirve para salvación, es algo que no produce vida en ellos, es algo que no los cambia; ellos creen que hay un Dios, y creen que hay un Dios fuerte, eso lo testifica la Escritura según San Marcos, creen que es tan fuerte Dios, que cuando un endemoniado se encuentra con Jesús, le suplica: “Por Dios te pido que no me atormentes” (véase San Marcos 5,7), habla como una fiera asustada; el demonio conoce no sólo que Dios existe ,sino que conoce que Dios es poderoso.

Entonces uno se pregunta, pues sí saben que Dios existe y sí saben que Dios es poderoso, y con otros pasajes también podríamos mostrar que también saben que Dios es bueno, ¿por qué eso no les aprovecha? ¿Dónde está la falla? ¿En donde está el problema? Saben que existe un Dios y saben que ese Dios es bueno, ¿entonces por qué no les sirve? ¿Por qué eso no produce vida en ellos?

Porque ellos saben que Dios está allá, Dios allá es bueno, Dios allá es santo, Dios allá es fuerte, Dios allá es poderoso; la fe es Dios acá, la fe no es saber cosas sobre Dios, la fe es admitir, con asombro, que ese Dios del que sabemos algunas cosas, -aunque Santo Tomás dice que es más lo que ignoramos que lo que sabemos-, ese Dios del que sabemos algunas cosas, tiene que ver con ellos; la fe no es saber que Dios es poderoso, sino saber que tiene poder en mi.

La fe no es saber que Dios es bueno, sino saber que Dios ha sido bueno conmigo; la fe no es reconocer que Dios es santo, sino reconocer a Dios capaz de santificarme, esa es la fe, y una fe así es la que resulta superior a los ataques del demonio, superior al viento helado del mundo que se burla cuando creemos; superior a las seducciones pegajosas de la carne.

Esa es la fe, esa es la fe que nos rescata del demonio, del mundo y de la carne; la fe que es capaz de admitir un Dios que se mete con mi vida, un Dios al que reconozco poderoso y al que le otorgo poder en mi, un Dios al que reconozco bondadoso y cuya bondad canto en mi existencia, un Dios al que reconozco santo y lo reconozco capaz de santificarme.

Cuando uno piensa estas cosas, mis queridos hermanos, uno piensa que tal vez habría que hacer un credo distinto, voy a decir una cosa muy horrible, muy horrible, ¿están preparados? Lo muy horrible que voy a decir es que el credo, casi todo el credo lo podría decir un demonio, ¡imagínate! Que Dios es Padre, que Dios es Hijo y que Dios es Espíritu Santo.

El demonio tiene un doctorado en teología, de manera que lograr un doctorado en teología no necesariamente es lograr mucho, los demonios saben todas esas cosas, y saben que nació de María y saben que María es virgen; los demonios saben muchísimo y pueden escribir muchas cosas, en revistas como "Sígueme" o en cualquiera de esas editoriales, eso lo saben los demonios y ese no es el tema.

Un demonio podría decir casi cualquier credo, pero hay unas frases, hay unas pequeñas frases que los demonios no pueden decir, por ejemplo, en el Credo Niceno Constantinopolitano, el credo largo que a veces llamamos, hay una frase que no podría decir el demonio: “Que por nosotros y por nuestra salvación…”, eso no lo puede decir. Lo que Dios es en si mismo, eso sí lo puede decir, pero que ese Dios haya hecho algo por mí, eso no lo puede decir.

Si nosotros tomamos, por ejemplo, el símbolo de los Apóstoles, y miramos y nos preguntamos, ¿de eso qué podría decir un demonio? Qué tal esa homilía: ¿qué podría decir un demonio del símbolo de los Apóstoles? Porque uno tiene que buscar aquello que es propio de nosotros, algo que verdaderamente sea único.

A ver, veamos, “Dios Padre Todopoderoso, creador del Cielo y de la Tierra; Jesucristo su único hijo nuestro Señor”, eso no lo puede decir, puede decir que Jesucristo es el Señor, pero admitir que Cristo es su Señor, no lo puede decir, sin embargo en exorcismos ha sucedido que tiene que reconocer que es su Señor, es decir, lo reconoce, porque finalmente tiene que obedecer.

Pero la primera frase incómoda es esa, sin embargo con incomodidad, un demonio podría decir eso, podría decirlo no porque quisiera decirlo sino porque le toca decirlo.

Que fue concebido, que nació, que padeció, que fue crucificado que descendió a los infiernos, que resucitó, subió, que está sentado a su derecha desde ahí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”, todo eso lo puede decir el demonio.

“Creo en el Espíritu Santo”, lo cual significa creo que hay Espíritu Santo, eso sí lo puede decir; “La santa Iglesia Católica”, le tocaría decirlo; “la comunión de los santos”, le torturaría pero le tocaría decirlo; “creo en el perdón de los pecados”, es una frase imposible sobre todo porque el sentido es, “creo en el perdón de mis pecados”, "creo que mis pecados pueden ser perdonados", esto es muy grande y no lo puede decir.

De manera que la fe es el puente maravilloso, es el puente por el cual le doy la oportunidad, por el que me abro a Dios para que Él haga su obra a su tamaño.

¿Qué es tener fe? Tener fe es algo como esto: “Creo que Dios puede perdonarme todo”, “creo que Dios puede consagrarme”, “creo que Dios puede hacer de mí un gran santo”, eso es fe.

Creo que Dios puede hacer santos, creo que hay santos en el mundo, eso lo puede decir cualquiera, gente que lleva una vida perversa y que no hace sino burlarse de las cosas de la Iglesia; respeta la Madre Teresa de Calcuta, y dicen: "Sí, ella es una santa, pero a mi no me interesa ser santo."

Hay un dicho grosero en ingles, pero traducido, claro, dice: “Las niñas buenas van al cielo, las niñas malas van a donde quiera, van a cualquier parte”; entonces, "sí, La Madre Teresa, sí, se fue al cielo, bien, que disfrute su Cielo, a mí me interesa mi vida, me interesa disfrutar, me interesa mi pecado."

Creer que hay santos no es creer gran cosa, creer que Dios me puede hacer santo, eso si es la fe, creo que Dios puede perdonarme, creo que Dios puede transformarme, creo que puede iluminarme, creo que pude enviarme, creo que puede santificarme, eso si es la fe. Claro, esa es la fe que mueve las montañas, esa es la fe que cambia la vida.

Pasemos al tercer punto de la enseñanza, hablemos de la falta de fe, uno disfraza la falta de fe de muchas maneras, porque es muy vergonzoso no tener fe, sobre todo es vergonzoso no tener fe cuando se supone que uno debería tenerla.

Si uno, por ejemplo, es Padre Dominico y encima tiene una parroquia, se supone que tiene fe y la gente espera, y es muy duro para uno cuando le toca reconocer que uno no tiene fe, o que tiene uno una fe muy raquítica, a veces la fe de uno merece más un regaño que otra cosa, como pasó en la escena del Evangelio.

Pues bien, uno disfraza la falta de fe de muchas cosas, y son disfraces que deberían darnos risa, si no nos dieran tanta tristeza y si nos causaran tanta rabia. Uno disfraza la falta de fe, son cosas chistosas, yo les voy a contar algunas, pero nos para reírse porque son muy tristes, porque cada vez que te disfrazaste saliste perdiendo.

Imaginémonos un paralítico que sabe que viene Jesús, su enfermedad, una artritis espantosa, le ha retorcido los pies monstruosamente; ve que viene Jesús y entonces se sienta o hacen que lo sienten al borde del camino, se pone el manto cubriendo los pies deformes, saluda, sonríe y le dice: "chao, Jesús"; “lo engañó”, Jesús no le vio los pies deformes. ¿Quién perdió? Perdió él. Lo triste y lo que da rabia de disfrazarse es que uno hace ese ejercicio, el ejercicio de dejar pasar a Jesús.

¿Cuáles son los disfraces de la fe? Son muchísimos, todos son tejidos en el infierno, todos son diseñados por Satanás y todos tienen un propósito: que te pierdas de lo que Dios te quiere dar.

Por ejemplo, uno de los disfraces más comunes: me hablan de alguien, bueno; por ejemplo, San Martín de Porres oraba por la conversión de los niños, pero a él lo insultaban, le decían “perro mulato”, entonces San Martín le hace este ofrecimiento a Dios, y era un adolescente y hace este ofrecimiento a Dios: “Señor, no volveré a enojarme cuando me digan "perro mulato", y voy ofrecerte ese sacrificio por tales o cuales intenciones".

Cuando uno recuerda su propia adolescencia y uno recuerda que uno estaba tan lejos de esa clase de sentimientos, por lo menos en mi caso, cuántos sentimientos de generosidad, de humildad hay metidos en esa frasecita de san Martín: “Te prometo no enojarme cuando me digan "perro mulato", y eso lo ofrezco por…”.

Como eso nos deslumbra, como eso nos sobrepasa entonces decimos: “No, es que hay gente que tiene ese temperamento”, lo atribuimos al temperamento, lo atribuimos a la educación, hay gente educada para ser paciente; lo atribuimos a los estudios que ha hecho o a los estudios que no ha podido hacer.

Es decir, atribuimos la bondad heroica que encontramos en los santos a su historia, es decir, como mi historia no ha sido tan buena, entonces yo no tengo que ser exigido; es decir, hay personas que están destinadas a ser buenas y hay personas que estamos destinadas a ser mediocres o ser malas.

Ese es un disfraz para no creer; "mi pasado no da para más, mi vida no da para más, mi cultura no da para más; es que claro que haya gente penitente por allá en la Europa Septentrional, puede ser, pero aquí en medio de todo este folklor, en medio de todo este tropicalisimo, es que aquí las pasiones hierven, es que aquí no hay modo"; ese es un disfraz.

Creer que las personas son distintas de Dios, como mi pasado no da para más, no se me puede exigir más. Es un disfraz muy triste, porque precisamente lo que Dios quería mostrar contigo era que, aunque tus circunstancias no ayudaban Él sí podía, Él puede hacerlo, acuérdate cómo acaba la lectura, para Él no es imposible, Él puede hacerlo.

"Pero es que mi pasado", "pero es que mi formación", "pero es que mi temperamento", "es que mi cabeza no da para más", "eso es para los inteligentes", "eso para los que han estudiado", "eso es para los que tienen otro temperamento", "eso como para las mujeres", dicen los hombres; "no, eso es como para los hombres", dicen las mujeres.

Disfraz, la fe no es la consecuencia de tu pasado, la fe es una ruptura de gracia en tu historia. Precisamente lo maravilloso que va a traer la fe a tu vida, es que tú no dabas para eso y sin embargo Dios lo hace, tú no tenías para eso y sin embargo Dios lo hace.

"Ah, pues que María sufrió mucho frente a la cruz, y soportó todo"; "no, es que ella estaba predestinada para eso, ¿pero yo qué? ¿Y tú qué? No, ¿pues yo estoy predestinado al pecado entonces? No,no estamos predestinados para eso, quitemos ese disfraz; ninguno de nosotros es el fruto necesario, irrevocable de una historia o de un pasado, precisamente la historia es el brinco maravilloso que trae la gracia a tu vida. Decía un padre de mi comunidad: "¡Déjate de pitorreos, quítate ese disfraz!"

Segundo disfraz: "es yo sí me lo merecía, pero ya me equivoqué y ya no lo merezco"; es el disfraz con el que Satanás mintió a Judas Iscariote para llevarlo a la desesperación, no sabemos si finalmente a la condenación, eso lo tiene que resolver Dios, no nosotros; pero para llevarlo a la desesperación, lo vistió con ese disfraz: "Tú tuviste tu oportunidad y la perdiste."

Miren, hay una historia tan conmovedora que sucedió no hace mucho, le contaron al Papa Juan Pablo II del caso de un sacerdote que había abandonado completamente su vocación, había hecho casi todo lo malo que podía hacer y vivía como mendigo, cantaba en las calles, había quebrantado todos sus votos, todas sus promesas, es decir, estoy hablando de una persona que realmente profanó, si ustedes quieren hablar así, profanó su sacerdocio hasta el fondo, eso implica falta de pobreza, castidad y de obediencia gravísimas.

Este sacerdote cantaba como un mendigo por la calle y alguien que conoció el caso le contó al Papa y el Papa Juan Pablo II, que según cuenta esta narración, que no he sabido que sea desmentida, invitó a que lo fuera a ver este sacerdote y lo invitó a hablar con él, un sacerdote que lo había perdido todo, es decir, ¿que tipo de pecados no había cometido ese señor? Cuando llega con el Papa, pues este hombre que se esperaba lo más terrible, y lo que le dice el Papa es: “Quiero que me confieses”, esas fueron las palabras casi de saludo del Papa Juan Pablo II.

Ahí empezó la conversión de este Padre, no es un mal apostolado confesar Papas, y ya el que ha confesado Papas, pues siente que puede hacer muchas otras cosas seguramente.

Después de que confesó a Juan Pablo II, entonces le dijo: “Ahora vamos a hablar de tu situación, ¿qué es lo que podemos hacer por ti?”

El disfraz que siempre nos va a poner el demonio es: “Mira, ya lo perdiste todo", "ya la embarraste", "ya no hay nada que hacer", "esto ya se acabó”; es la desesperación. El demonio quiere vestirnos con el ropaje de la locura y de la desesperación para que nosotros sintamos que, “no, yo tuve la esperanza, "yo hubiera podido ser", "en otras circunstancias yo hubiera sido”; a veces pienso que ese pretérito potencial “hubiera” se lo inventó el diablo, ¡porque hay tantas frases de “hubiera” que van en contra de la fe!

“Yo hubiera sido”, que era la frase que le repetía el demonio día y noche a ese sacerdote cuando era un mendigo por las calles de Roma; “yo hubiera podido ser…” “pero mira, que te has vuelto un andrajo”, “mira cómo pisoteaste tu sacerdocio” “mira cómo destruiste tu oportunidad”, “mira cómo malgastaste tu vida”, “mira cómo rompiste tu vocación”, “mira que no hiciste nada que valiera la pena”.

A esperar el día en que este hombre, en una borrachera, o en alguna traba, o en un acto de locura, se le atravesara a un bus o se suicidara de otra manera. Pero en Juan Pablo II habita Jesucristo y lo primero que hace Juan Pablo II es demostrarle: “Tú puedes ser”; el lenguaje del demonio es: “Tú hubieras podido ser”; el lenguaje de Dios es: “Tú puedes ser”.

Ese es otro disfraz, el de “hubieras podido”, el lenguaje de Cristo es: “Tú podrás ser” “Tú puedes ser”; el lenguaje del demonio es encerrarnos en nuestro pasado y con nadie lo intenta tanto como con las almas consagradas, vírgenes, religiosas, sacerdotes, tratarán de ser enloquecidos con la voz del infierno, e intentarán con todas las fuerzas de su ser angélico, tratarán de encerrarnos con nuestro pasado: “Mira lo que hiciste”, “mira lo que desperdiciaste” “ya no te lo mereces.”

Los santos, como santa Catalina de Siena, han encontrado una estrategia maravillosa para defenderse, porque en últimas, de todo lo que dice el enemigo es: “Mira que no te mereces“; pero ahí empieza la oración de los santos: "claro que no me merezco, si me lo mereciera no sería gracia, pero es gracia, mi salvación es gracia y por eso Catalina muere invocando la Sangre.

Ella no apela a nada más, ni a sus virtudes, ni a sus milagros, ni a sus conocimientos, ni a sus apostolados, ni tampoco se enloquece pensando en sus pecados, en sus caídas, en sus imperfecciones o en sus errores. Catalina, libre como una paloma del Espíritu, vuela cantando al Cielo: "Sangre", y esa es nuestra respuesta, esa es nuestra solución, eso es lo que nosotros tenemos. De manera que ese es otro disfraz para no creer.

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