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En cierto modo, Jesús no desapareció la tempestad, la cambió de lugar, para que el ser humano aoprenda a buscar las pregiuntas fundamentales no fuera de sí mismo sino a dentro, y para que allá adentro, tenga que preguntarse: "¿Quién es este que hasta el viento y el agua le obedecen?" (''véase'' San Mateo 8,27).
 
En cierto modo, Jesús no desapareció la tempestad, la cambió de lugar, para que el ser humano aoprenda a buscar las pregiuntas fundamentales no fuera de sí mismo sino a dentro, y para que allá adentro, tenga que preguntarse: "¿Quién es este que hasta el viento y el agua le obedecen?" (''véase'' San Mateo 8,27).
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Y no encontraron respuesta en ese momento. Jesús deja abiertas preguntas, agrieta nuestras seguridades y no necesariamente las sana en ese mismo instante.
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Esas gritas, esas fracturas en el mundo que teníamos tan armado, son útiles para que entren los ejércitos del Señor. Así como en las antiguas ciudades era necesario abrir una brecha, derribar alguna puerta, para que pudiera entrar el ejército que estaba al asalto, así también Dios deja abiertas inquietudes y preguntas; hay problemas que se quedan sin solución y quizá mucho tiempo.

Revisión del 15:44 7 jun 2008

Fecha: 19980630

Título:

Original en audio: 4 min. 22 seg


Viene Nuestro Señor Jesucristo no sólo para dar respuesta a nuestras preguntas, sino también para darle preguntas a nuestras respuestas. Viene Jesucristo a traer paz y también a inquietar. Viene el SDeñor Jesucristo a poner orden en esa tierra, y eso, a desarmar el orden que a veces creemos que tienen nuestras cosas en esta tierra.

Causa profunda admiración entre sus discípulos calmando la tempestad. Pero como decíamos en otra ocasión, esto en realidad lo que logra es que la tempestad se les entre a los discípulos. Ahora ya el temporal, y las olas que suben y bajan, no son las aguas del mar; lo que sube y baja es el desconcierto de ellos.

Y si antes era la barca la que estaba azotada, quizá por vientos o por la lluvia, ahora son los corazones de ellos los que se sienten azotados, golpeados por las preguntas.

En cierto modo, Jesús no desapareció la tempestad, la cambió de lugar, para que el ser humano aoprenda a buscar las pregiuntas fundamentales no fuera de sí mismo sino a dentro, y para que allá adentro, tenga que preguntarse: "¿Quién es este que hasta el viento y el agua le obedecen?" (véase San Mateo 8,27).

Y no encontraron respuesta en ese momento. Jesús deja abiertas preguntas, agrieta nuestras seguridades y no necesariamente las sana en ese mismo instante.

Esas gritas, esas fracturas en el mundo que teníamos tan armado, son útiles para que entren los ejércitos del Señor. Así como en las antiguas ciudades era necesario abrir una brecha, derribar alguna puerta, para que pudiera entrar el ejército que estaba al asalto, así también Dios deja abiertas inquietudes y preguntas; hay problemas que se quedan sin solución y quizá mucho tiempo.